La incertidumbre y el miedo acechan sin descanso a la población migrante y racializada de y en América Latina, aunque hay momentos que parecen especialmente turbulentos. Uno de esos momentos fue la pandemia del Covid-19, que significó un parteaguas en las dinámicas de movilidad e inmovilidad, en la precarización de las condiciones de vida y también en las luchas colectivas y procesos organizativos de las poblaciones móviles. Por ello, durante la pandemia se crearon o reforzaron redes y organizaciones conformadas por y para migrantes, refugiades y personas que retornaron a sus países de origen de manera voluntaria o forzada. Hoy, este tejido colectivo vuelve a ser indispensable para responder al temor generado por el  segundo mandato presidencial de Donald Trump, especialmente ante sus amenazas de deportaciones masivas y ante los efectos que ciertas medidas recientemente adoptadas —como la suspensión de programas que ofrecían vías legales de migración y la paralización de fondos para la “ayuda al exterior”— tienen en países latinoamericanos y en organizaciones que apoyan a poblaciones migrantes.

“Sabemos que este año será bien duro, de mucho trabajo”, dice Mariangel, venezolana radicada en México y una de las coordinadoras de Caminantas, red de mujeres migrantes en Guadalajara. Se refiere a los casos de mujeres que han sido devueltas desde la frontera México-EE. UU. en las últimas semanas, y que han llegado a Guadalajara y otras ciudades mexicanas en condiciones de alta vulnerabilidad. “Nos toca pensar y ponernos creativas para hacer más, para apoyar a las personas que están aquí varadas”. Marcela, colombiana, y una de las fundadoras de esta red, agrega que, si bien los efectos de las políticas trumpistas no llegaron inmediatamente hasta el centro de México, sí comenzaron a sentirse desde finales de febrero, cuando comenzaron a hacerse evidentes los acuerdos entre Trump y la presidenta Claudia Sheinbaum para reforzar los controles migratorios, tanto en zonas fronterizas como en el interior de México. “Migración empezó a hacer redadas en las carreteras de Jalisco y el Bajío mexicano, y a visitar empleadores de personas migrantes —cuenta Marcela—. Por eso, tenemos más mujeres que buscan información sobre procesos de regularización, además de personas varadas y con necesidades de ayuda humanitaria”.

Este momento de tensión e incertidumbre recuerda a los orígenes de Caminantas, en plena pandemia, y su esfuerzo por crear un espacio para que mujeres migrantes se acompañen y apoyen mutuamente. Hoy son tres colombianas, una venezolana y dos mexicanas quienes impulsan esta red de mujeres conectadas por experiencias de movilidad y por los sentimientos, a veces encontrados, de intentar construir un hogar lejos del hogar. Por medio de esta organización, brindan información práctica, orientan y abren espacios de encuentro y esparcimiento para mujeres migrantes. Entre ellas se sostienen emocionalmente y facilitan la vida diaria en medio de la hostilidad urbana, la xenofobia, la violencia de género y los discursos que victimizan a las mujeres migrantes. La Red Caminantas reúne a cerca de 130 mujeres de más de 10 nacionalidades, la mayoría de ellas originarias de Centro y Sudamérica, aunque también hay mujeres de lugares más lejanos, como Siria. Otros espacios como éste se han creado en ciudades latinoamericanas donde les migrantes “echan raíces”, a la vez que problematizan las formas tradicionales de concebir el asentamiento, la integración, la familia, el hogar y la manera de brindar y recibir apoyo en momentos inciertos.

Lo que presentamos en esta columna es parte de los resultados de una investigación etnográfica realizada entre julio y diciembre de 2024 en Guadalajara, México y Quito, Ecuador, gracias a  la cual conocimos y aprendimos de diversas prácticas organizativas, formales e informales, que son impulsadas por y para personas migrantes.[1] También nos referiremos a las conversaciones que mantuvimos en febrero y marzo de este año con integrantes de estos mismos colectivos, debido al remezón causado por la llegada de Trump.

La investigación buscaba indagar, mediante ese enfoque dual, cómo viejas y nuevas movilidades conectan a México y Ecuador, y a la región andina y mesoamericana de manera más amplia, pero no sólo por los tránsitos migratorios, que en buena medida tienen como destino final EE. UU., sino también por los asentamientos, ya sea temporales o más permanentes, y la manera en que les migrantes tejen redes y despliegan estrategias colectivas para reconstruir sus vidas en ciudades latinoamericanas.  Nos preguntamos cómo se organiza tanto la población migrante que se establece en México y Ecuador, como aquella que retorna —voluntaria o forzadamente— a estos países, así como cuál es su interés de juntarse “entre iguales”, según dijeron repetidamente las personas con las que conversamos.

Guadalajara y Quito fueron el centro de nuestro estudio, pues en ambas ciudades encontramos una compleja combinación de movimientos —de tránsito, salida y llegada, incluyendo los retornos, las crecientes deportaciones y las re-emigraciones—, y luchas organizadas, relativamente estables y con diferentes grados de institucionalidad. Estas luchas que seguimos de cerca nos invitaron a repensar las formas de acción colectiva, más allá de las nociones dicotómicas de adaptación o desobediencia, y más bien desde las prácticas cotidianas de cuidado. Algunas de las organizaciones que acompañamos surgieron en barrios populares o actúan desde espacios comunitarios donde construyen comunidades solidarias, de mutuo apoyo, complicidad y afectividad, para lidiar con los momentos de soledad, sortear barreras y prejuicios, y para empezar una nueva vida sin que esto signifique necesariamente que la movilidad termine.

Así, en Quito encontramos numerosas organizaciones impulsadas por migrantes venezolanes, y ecuatorianes que retornaron voluntariamente —de España, Venezuela, México—, pero que no han dejado de moverse. Varias de las personas que fundaron estos espacios han vuelto a salir para escapar de la precariedad material y la inseguridad que creció considerablemente en Ecuador desde la pandemia. Aunque muchas organizaciones se han debilitado han prácticamente desaparecido a causa de estas continuas movilidades, otras se han mantenido. Algunas han construido lazos transnacionales y redes virtuales. Otras, con nuevos y viejos integrantes, y no pocas dificultades, siguen luchando colectivamente para exigir derechos y hablar con voz propia, sin depender tanto de los proyectos internacionales de ayuda humanitaria que se multiplicaron con la llamada “crisis migratoria venezolana”, pero son puntuales y temporales. Por ello, las organizaciones de base han creado redes para darse la mano entre grupos y personas que comparten similares problemáticas y abrir espacios más horizontales de apoyo y propuesta. Es el caso de Alianza Migrante, una red nacional integrada por treinta organizaciones de migrantes y refugiades y cuyo coordinador, Eduardo, es un ecuatoriano retornado de México.[2]

Eduardo considera que las políticas de Trump en materia migratoria han tenido efectos inmediatos en Ecuador. Menciona las deportaciones de personas ecuatorianas desde EE. UU. que, aunque no son nuevas, crecieron considerablemente desde el año pasado, y sobre todo en los primeros meses de 2025, al igual que el número de migrantes ecuatorianos que no han podido avanzar hasta EE. UU. y se han quedado en México en condiciones muy precarias, pero “sin que haya mayor interés ni respuesta del Estado ecuatoriano”. Eduardo también expresa preocupación por el congelamiento de fondos que la agencia de cooperación estadounidense, USAID, destinaba para proyectos de apoyo a migrantes, en varios países de la región; sin embargo, considera que la afectación es mayor para ONGs y grandes organizaciones humanitarias que dependían de estos dineros y han tenido que recortar personal y paralizar proyectos, y no tanto para organizaciones de base que costean sus actividades con recursos propios (mediante aportes de sus integrantes, donaciones y otras acciones de autogestión).[3]3 “Nosotros no paramos, seguimos trabajando, aunque sabemos que este año las condiciones serán más complicadas porque habrá más necesidades”, dice.

Desde antes de la llegada de Trump al poder, Roberto, fundador de GDL Sur –Destino y Libertad, una organización que se creó en 2010 en Guadalajara para apoyar a hombres deportados de EE. UU. a México, ya había expresado preocupaciones similares a las que manifiesta Eduardo. Para él, es responsabilidad del Estado acercarse a la población deportada y trabajar con ella para brindarle la atención que necesita, pues es un grupo altamente vulnerable. Los deportados regresan a un país que no comprenden ya que muchos pasaron años en EE. UU., no siempre llegan con recursos ni tienen lazos familiares o redes de apoyo en México, como fue el caso del propio Roberto, quien tuvo que reconstruir su “familia” junto a otros deportados. Además, enfrentan discriminación y han tenido que padecer humillaciones en las instituciones que los atienden. Por eso, a Roberto le pareció indispensable crear un espacio de compañerismo, entre hombres que tienen una cultura binacional, se entienden, se escuchan y se acompañan sin prejuicios.

Integrantes de la red Caminantas en la marcha del 8 de marzo de 2025, en Guadalajara. (Foto: archivo Caminantas)

Nuestro estudio se enfocó en México y Ecuador por ser dos países que han experimentado cambios importantes en sus dinámicas migratorias y en la forma en que sus gobiernos y población responden a la creciente presencia de poblaciones migrantes. Aunque se trata de dos contextos nacionales distintos, y Guadalajara y Quito tienen dinámicas locales muy específicas, hay, entre ambos países, puntos de encuentro. México, además de seguir siendo un lugar de origen migratorio, receptor de deportades y espacio de tránsitos irregulares, esperas y represamiento de migrantes de muchas partes del mundo, también es un nuevo destino y refugio para miles de personas sudamericanas, particularmente de la región andina . Por su parte, Ecuador vive un complejo panorama migratorio: por un lado, una nueva “ola” migratoria, de miles de ecuatorianes dirigiéndose hacia EE. UU., vía México, donde muchos se quedan, si bien cientos son forzados a regresar; por otro lado, salidas de venezolanes que se asentaron en Ecuador y nuevas llegadas de migrantes y refugiades, a pesar de los altos niveles de desempleo, subempleo y violencia que se viven en ese país desde 2021.

México y Ecuador también comparten un clima de inseguridad que ha dado lugar a desplazamientos forzados internos y la exposición de migrantes a graves abusos, tanto de grupos criminales como de autoridades estatales. Es decir, a pesar de las posturas ideológicas opuestas de los gobiernos de México y Ecuador, en ambas naciones se ha militarizado la seguridad interna y en México incluso la respuesta migratoria, lo que ha llevado a extorsiones, secuestros, desapariciones forzadas y muertes violentas que afectan desproporcionadamente a personas racializadas y extranjerizadas. Muestra de esto es el asesinato de seis migrantes en Chiapas por parte de militares, en octubre de 2024, y la desaparición de cuatro niños afrodescendientes detenidos por militares en Guayaquil, donde fueron encontrados mutilados e incinerados a finales del mismo año.

Frente a esta desprotección generalizada y, en el caso de Ecuador, el desmantelamiento de la infraestructura pública de protección, les migrantes se juntan para cuidarse mutuamente y, por medio de espacios de goce y desahogo, hacer la vida más vivible allí donde han decidido (re)asentarse.

Las experiencias organizativas de poblaciones migrantes, tanto en Quito como en Guadalajara, son heterogéneas: reúnen a personas con orígenes, realidades y necesidades muy diversas; muchas tienen actividades de incidencia política, por lo que mantienen diálogos permanentes con autoridades nacionales y locales y otros actores con influencia en el tema migratorio; otras tienen poca esperanza en las posibles  acciones estatales, miran con recelo a la academia y a las agencias internacionales, y prefieren articularse con otras organizaciones de base. Aunque buena parte de estos colectivos se han constituido legalmente como asociaciones civiles o corporaciones, pues así son más reconocidos y tienen posibilidades de recibir recursos para impulsar proyectos propios, también hay luchas más informales y procesos que combinan el activismo público con la resistencia y el acompañamiento silencioso y cotidiano. En todos estos espacios se actúa políticamente cuando se cuestionan estructuras de desigualdad, se rompe con prácticas individualistas y se sostiene la vida cuando todo es incierto o parece desmoronarse.

En Quito, un espacio público y a la vez de lucha informal y silenciosa es Palenque, un restaurante de comida colombiana que nació como una estrategia de sobrevivencia y una forma de visibilizar y llevar hasta Ecuador la cultura afrocolombiana. En este lugar, la gastronomía tradicional se combina con música en vivo y leyendas escritas en las paredes que recuerdan la rebeldía de comunidades negras que se fugaron de la esclavitud, tal como hoy les migrantes se “fugan” de otros procesos de opresión y marginación. Mary, originaria de Cartagena, es una de sus creadoras. Cuenta que durante la pandemia fue imposible seguir trabajando con su grupo de vallenato, por lo que empezó a preparar comida con su hermano y pareja, hasta que se creó Palenque, que ahora reúne a migrantes y refugiades de Colombia y Venezuela. “Aquí hemos construido una comunidad, un hogar con muchos migrantes. Yo digo que esto es como un albergue —dice riendo—, porque varios han llegado con diferentes necesidades y con dificultades que son mayores si son personas negras”. Mary asegura que los espacios comunitarios ayudan a escapar de instituciones y procesos burocráticos donde “hay que pasar por miles de filtros, contar mil veces una historia trágica y vulnerarte aún más para conseguir algo básico”. Estos espacios también permiten “acceder a información útil para la vida diaria y a tener un lugar de confianza y familiaridad para compartir y reconstruir la vida”. La “pequeña comunidad” de la que habla Mary gira alrededor de Palenque, pero también se conecta con otros grupos de migrantes que se juntan para trabajar y con colectivos que buscan “hacer grietas”, como ella dice. Uno de estos colectivos es Corredores Migratorios, donde personas migrantes, sobre todo de sectores populares, se reúnen para pensar las movilidades internas e internacionales, para pensarse como migrantes y construir otro tipo de narrativas.

Música del Caribe colombiano, en el restaurante Palenque, en Quito

Las luchas migrantes y estrategias organizativas para el asentamiento y reasentamiento se sitúan en lugares y territorios concretos, como algunos barrios de Guadalajara y Quito. Al mismo tiempo, estas luchas revelan movimientos continuos, así como comunidades de cuidado locales y transnacionales, presenciales y virtuales. Por ello surgió nuestro interés por indagar desde dos espacialidades y las movilidades que las conectan. Con el retorno de Trump, y ante sus políticas nacionalistas y discursos de odio —que se replican en países latinoamericanos—, las organizaciones de base migrante reforzaron sus redes de solidaridad y ese tejido afectivo que atraviesa muchas fronteras. Y es que buena parte de les activistas en México y Ecuador tienen familiares, amigos y conocidos en EE.UU., y han tenido que apoyar y reconfortar a quienes quedaron en medio del camino o suspendieron abruptamente sus planes de llegar hasta el norte, pero no han descartado sus deseos de seguir moviéndose. Por tanto, este nuevo contexto de restricciones y hostilidades nos vuelve a mostrar que las redes de solidaridad radical son indispensables para sostener la vida en momentos críticos, mientras que las prácticas cotidianas y duraderas de organización y cuidado permiten mantener vivo el tejido colectivo afectivo.


Notas

[1] La investigación fue financiada con una beca del Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Avanzados Latinoamericanos, CALAS, por sus siglas en inglés.

[2] Algunas de las organizaciones que son parte o están cerca de Alianza Migrante y fueron parte de nuestro proyecto son: Venezuela en Ecuador, Ecuavella, y la Asociación Lluvia de Arcoiris.

[3] A lo largo del presente artículo, y en la nota anterior, se incluyen los links de redes y organizaciones de migrantes, en México y Ecuador, y los contactos para donaciones que son especialmente necesarias en el contexto actual.

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