Desde hace tiempo, varios articulistas e intelectuales de corte liberal —al menos según ellos mismos— han emprendido una suerte de cruzada para hacer presentable a la ultraderecha. En Europa, en particular, a partir del ascenso de partidos ligados a esta ideología, políticos como la francesa Marine Le Pen —condenados por sus propuestas radicales al ostracismo— han emprendido la tarea de limpiar su imagen o, al menos, hacerla presentable ante los electores, pues ahora tienen posibilidades reales de acceder al poder. De esta manera, si antes eran abiertamente antiglobalistas, ahora moderan sus diatribas contra la Unión Europea; si antes —siguiendo el ejemplo de Le Pen y de su padre— hacían comentarios antisemitas, ahora respaldan —siguiendo la línea de la OTAN— a Israel en su avance genocida en Gaza; si antes promovían el proteccionismo, ahora evitan condenar el dogma del libre mercado, uno de los factores que ha empobrecido a su base electoral. Lo que se mantiene intacto, por ejemplo, es la demonización de los migrantes, chivos expiatorios de las numerosas crisis de nuestro presente.
Ante este contexto, los intelectuales que respaldaron, en su momento, las políticas neoliberales impulsadas desde la década de los 80 en varios países del mundo, ahora ponderan con cierta complacencia a la ultraderecha mundial. Una vez que acabó el consenso del “Fin de la historia” —como anunció falazmente el politólogo Francis Fukuyama en 1992—, los ideólogos neoliberales tuvieron que subirse al ring para convencer a la opinión pública de que los problemas de la economía global —como la burbuja especulativa hipotecaria que reventó en el 2007— y de un orden mundial cada vez más inestable eran aduanas dolorosas pero necesarias para llegar a las promesas del capitalismo del siglo XXI. Insistían e insisten: cualquier camino diferente al suyo puede arruinar décadas enteras de avances liberales, aunque los datos del último tercio del siglo XX y lo que llevamos del actual evidencien un grave aumento de la desigualdad y, lo peor, el progresivo exterminio del estado del bienestar que surgió después de la II Guerra Mundial. Ofrezco un dato del Banco Mundial: “En 2022, un total de 712 millones de personas vivían en la pobreza extrema en todo el mundo, un aumento de 23 millones en comparación con 2019”.
De tal suerte, los intelectuales neoliberales —por llamarlos de alguna forma— han emprendido la tarea de demonizar cualquier intento de regular el capitalismo de este siglo. Ni hablar de los cada vez más frecuentes llamados de un sector de la academia por superar este sistema económico. Con la consigna de “todos los extremos son nocivos”, han colocado al programa progresista en la línea de una ultraizquierda caricaturizada que, por definición, atenta contra los valores democráticos y las instituciones. La trampa de estos intelectuales es que no se asumen como simpatizantes ni, por supuesto, militantes de partidos de ultraderecha como La Libertad Avanza en Argentina, Vox en España o Agrupación Nacional en Francia. Lo que hacen es apelar a un supuesto centro que, en la práctica, no existe, y no porque la famosa polarización ideológica haya acabado con esta orientación política, sino porque el centro siempre jugó a favor, por ejemplo, de la desregulación económica y adoptó la dictadura del mercado. El caso de la socialdemocracia europea es el más claro. De esta forma, el centro participó en el embate contra las clases populares, sin el estigma o la etiqueta de lo radical, y más bien legitimado, al menos hasta la primera década de este siglo, por la meritocracia, el mito del emprendedor y el individualismo. Cuando estos anzuelos ya no fueron suficientes para que la gente aceptara el programa del liberalismo económico, el centro dejó de seducir a los votantes que se entregaron a políticos —como el argentino Javier Milei— que han lucrado con el descontento a partir de un supuesto radicalismo. En este nuevo escenario, el centro y sus promotores condenaron, en el mejor de los casos, las excentricidades de esta nueva ola de personajes, pero no discreparon mucho —o guardaron silencio— de las medidas económicas enfocadas en el achicamiento del Estado, la implementación de medidas de mano dura ante las protestas y las facilidades otorgadas a los intereses corporativos, contrarias a la defensa de lo público.
Uno de los medios más representativos de este tipo de propaganda es el portal español The Objective. En un artículo reciente, “La extrema derecha y los relatos de terror”, el autor Javier Benegas replica la estrategia para la “desdemonización” —como la llama el investigador Pablo Stefanoni— de la ultraderecha: la coloca como el “mal menor” ante el avance de los radicales de izquierda. La argumentación de Benegas es tan superficial que, en un párrafo, elogia a los miembros del partido de Le Pen porque “no gritan en la Asamblea Nacional”, al contrario de los políticos de Francia Insumisa, el partido de izquierda dirigido por Jean-Luc Mélenchon. El autor considera —más allá de las continuas evidencias de grupos neofascistas en el mundo— que el verdadero peligro es la ultraizquierda a pesar de que, difícilmente, podríamos señalar a países en el mapa gobernados por esta ideología. Sin embargo, mediante el discurso del miedo a un enemigo imaginario y formidable —característica histórica, por cierto, del fascismo—, Benegas nos previene de la infiltración silenciosa de la ultraizquierda.
¿The Objective es identificado en la órbita de la ultraderecha? No —y lo mismo pasa con otros medios parecidos—. En la superficie navega con una bandera que invita a la razón y que, en apariencia, rechaza el extremismo político. Sin embargo, sus columnistas —entre quienes se encuentra, por cierto, el filósofo Fernando Savater— consideran peccata minuta la agenda de la ultraderecha, pues se “modera” cuando llega al poder y, además, es preferible ante la opción ideológica opuesta, aliada —faltaba más— del islamismo radical, el feminismo radical, el ecologismo radical, el igualitarismo radical y todos los radicalismos nocivos a juicio de los liberales centristas. De esta manera, le limpian la cara a la ultraderecha, partiendo de argumentos tramposos como la libertad de expresión, transformada en pretexto para dar cabida a discursos de odio, tan frecuentes en esta línea ideológica. Así, se normalizan ideas que, en tiempos pasados, no tenían lugar en el debate público y, por supuesto, no formaban parte de las propuestas electorales.
