
Opinión
Mel Buer (traducción de Yunuén Zavala de la Rosa)
El 18 de marzo, The New York Times publicó los resultados de una investigación periodística de cinco años sobre la conducta sexual inapropiada de César Chávez, el famoso líder campesino y gran activista de los derechos civiles. En el reportaje del Times, exhaustivo y realizado con sumo cuidado, se detallan diversos casos en los que Chávez abusó durante años de mujeres y niñas mientras encabezaba la Unión de Campesinos (UFW, por sus siglas en inglés). Dos de esas agresiones —una de ellas muy violenta— fueron relatadas por Dolores Huerta, cofundadora de la UFW y activista de los derechos civiles. Tras la publicación de la investigación, Huerta, ahora de 95 años, emitió un comunicado para confirmar sus acusaciones.
Como escribí ayer en mi propio boletín, el reportaje deja muy claras algunas cosas: ante todo, que las sobrevivientes de los abusos de Chávez, algunas de apenas 12 años, “se quedaron calladas durante décadas porque les preocupaban las consecuencias que estas revelaciones pudieran tener para el movimiento; porque tenían miedo de que nadie les creyera y de las posibles repercusiones de sacar a la luz esa información.”
En los movimientos progresistas norteamericanos ha imperado una cultura del silencio, la cual conlleva reprimir estos daños y abusos en nombre de un supuesto “bien mayor”. Esa misma conspiración de silencio se extiende y permea en el resto de la sociedad, y muchas víctimas de agresiones y abusos sexuales que conozco han tenido que guardar silencio para preservar la reputación de sus agresores. No es esa la cultura progresista ni interseccional que quiero heredar.
No deberían haber pasado 60 años para que estas mujeres fueran escuchadas. No deberían haber pasado décadas antes de que estas mujeres sintieran que sus experiencias podían ser validadas. En definitiva, no deberíamos haber tenido que esperar treinta años desde la muerte de Chávez para enterarnos de los abusos y traumas que sufrieron, cuando ya una rendición de cuentas y una justicia verdaderas son posibilidades cada vez más remotas. Estas mujeres han estado allí, viendo cómo su país veneraba al hombre que abusó de ellas; cómo era elevado hasta los más destacados anales de la historia de los derechos civiles. No tendrían que haber cargado con un peso tan grande durante una parte tan larga de sus vidas.
No puedo pensar en ninguna mujer en mi vida que no haya sido agredida, manipulada o sometida al grooming por hombres en los que confiaban. Apenas esta semana he estado leyendo conversaciones donde mujeres detallan sus experiencias de acoso y comparten recuerdos profundamente dolorosos, todo ello en un intento de hacer entender a los lectores cómo esta cultura de violencia y manipulación invade todos los espacios que habitamos. Desde que cumplí dieciocho, yo misma he sido agredida en múltiples ocasiones por personas en las que pensé que podía confiar. Al igual que en el caso de Dolores Huerta, dos de las agresiones que sufrí resultaron en embarazos. Mi agresión más reciente fue en 2022. Es inquietante la regularidad con la que todo esto sucede.
Dentro de los espacios de organización, esta cultura cíclica de abuso, dominación y silencio ha persistido por décadas. Estas noticias sobre Chávez, así como la enorme presión que sintieron nuestras hermanas de la UFW para guardar silencio en pos de salvaguardar la reputación, no sólo del líder, sino de la labor del movimiento obrero en general, subrayan cuán sometidas están las instituciones de izquierda y sus prácticas sociales al impulso de silenciar las denuncias de abuso y desacreditar a las denunciantes en potencia.
Esta nueva información sobre los daños y el esfuerzo pactado por mantenerlos en silencio no son vestigios del pasado. En 2017, a partir del movimiento #MeToo, la periodista laboral Alex Press escribió para In These Timesacerca del problema insidioso y generalizado de la violencia sexual en los espacios progresistas y sindicales. “En la izquierda aspiramos, y con razón, a tener estándares más altos que la mayoría de las comunidades cuando se trata de violencia sexual”, escribió. “No soy la única que ha experimentado la inmensa presión que se ejerce sobre cualquiera que hable de violencia sexual en un espacio de organización. En el peor de los casos, no dejan de recordarte el daño que puedes causarle al movimiento al denunciar a un hombre prominente (no siempre es un hombre, pero suele serlo) de violencia sexual.”
Mantener en silencio los abusos, sin embargo, les ha causado más daño que beneficio a los movimientos. En los últimos años, he visto cómo organizaciones enteras de activismo han implosionado porque se descubre que los líderes han agredido a sus novias, colegas y esposas. Con precisión casi mecánica, otro líder carismático que logró reunir a un grupo de organizadores es expuesto como un cabrón de primera que abusó de su posición para hacerle daño a otras personas. Algunos líderes abandonan el movimiento por completo, mientras que otros encuentran maneras de esperar y resurgir. Asegurarse de que cualquiera de ellos se enfrente a consecuencias duraderas por sus acciones usualmente significa entrar en una batalla difícil de pelear y difícil de ganar. Una batalla que quienes denuncian en solitario, como es lógico, dudan en asumir si no cuentan con una red de apoyo más amplia. El resultado, en muchísimos casos, ha sido un statu quo de silencio y encubrimiento, que fragmenta los movimientos, y la migración de las mujeres radicales y trabajadores hacia el exilio y la diáspora.
En vez de enfrentar las humillaciones cotidianas de tener que interactuar con quienes se rehúsan a reconocer su humanidad, muchas de esas mujeres deciden irse por completo de esos espacios. ¿Pero qué pasa con nosotras como personas? ¿Como seres humanos vivos, que tienen pensamiento y sentido de pertenencia? Bajo la violencia del patriarcado, quedamos relegadas a segundo plano, cuando no invisibilizadas del todo. Afirmar tu autonomía alborota a más de uno, y la inteligencia y la independencia de pronto se perciben como amenazas. En el caso de Huerta, esto derivó en agresión, humillación pública y censura. “Nunca me he identificado como una víctima”, dijo Huerta en su comunicado, “pero ahora entiendo que soy una sobreviviente; sobreviviente de violencia, de abuso sexual, de hombres autoritarios que me veían, a mí y a otras mujeres, como cosas de su propiedad, cosas que podían controlar.” El hecho de que, a pesar de ello, haya seguido adelante con su labor es testimonio de su fuerza como mujer y como líder de uno de los movimientos más influyentes en la historia de Estados Unidos. Pero nunca debió haber sido sometida a ese tipo de abuso en primer lugar.
La autora feminista Rebecca Solnit escribió lo siguiente sobre Chávez en Bluesky:
Cuando crees que eres el liberador de tu pueblo y al mismo tiempo estás abusando sexualmente de mujeres y niñas que pertenecen a ese grupo de personas, estás demostrando que no las reconoces como personas. (Lo cual es algo muy usual…) La gente dice que esto tiene que ver con los hombres “poderosos”, pero en una sociedad que escucha a los hombres por encima de las mujeres y niñas, que los trata a ellos como competentes y fiables, y a ellas no, todos los hombres tienen el poder de abusar. Y pasa en todos los niveles y en todos los sectores de la sociedad.
Hemos visto una mejora notable en el trato hacia las mujeres después del #MeToo, pero es evidente que todavía hay mucho trabajo por hacer. “Las cosas son mucho más equitativas de lo que eran y a la vez están muy lejos de serlo realmente”, escribió Solnit en un ensayo reciente para The Guardian. Nuestro movimiento, centrado en ideales progresistas de equidad, justicia e igualdad, en el trabajo y el hogar, así como en los espacios de organización y vida pública, se debe enfrentar a una cultura de violencia y dominación que se ha perpetuado durante siglos, y debe apuntar a cortar de raíz hasta el último remanente de ella en nuestras vidas. Si queremos prosperar y tener éxito como un movimiento progresista, tenemos que abordar este problema con franqueza. No podemos criticar los archivos de Epstein ni denunciar los abusos flagrantes que están sucediendo en movimientos conservadores, como TradWife y MAGA, entre otros, si nos negamos a reconocer los abusos que ocurren entre nuestros propios grupos y hacer algo al respecto.
Como apunté en mi boletín, “César Chávez está muerto. La pregunta ahora es, ausente el líder para rendir cuentas, ¿cómo puede el movimiento lidiar con estas revelaciones dolorosas, crear espacio para la sanación de las víctimas, y avanzar juntas? Como las víctimas dijeron: ‘El héroe es el movimiento’”.
La reacción ante las noticias sobre los abusos de Chávez ha sido rápida: ciudades, estados, universidades y sindicatos han buscado distanciarse del líder que alguna vez fue tan hondamente admirado. En la Fresno State University —donde el alumnado se organiza para apoyar a los trabajadores del campo en espacios estudiantiles, y donde una buena parte de los estudiantes son de hecho campesinos o hijos de campesinos—, el rector, Saúl Jiménez-Sandoval, mandó cubrir con una manta negra la estatua de Chávez que ocupaba un lugar destacado dentro del campus. El Departamento del Trabajo quitó el retrato de Chávez de su edificio en Washington, D. C., y colgó una bandera estadounidense para cubrir su nombre grabado en la pared.
Las celebraciones del Día de César Chávez han sido canceladas en varios estados y ciudades, mientras que en otros lugares pretenden renombrar la efeméride como Día de los Trabajadores del Campo. (Mi estado natal, California, acaba, de hecho, de anunciar este cambio). Algunos líderes sindicales, organizaciones laborales, funcionarios municipales y activistas han utilizado las redes sociales para demandar una respuesta inmediata y duradera ante las denuncias. Una propuesta recurrente es quitar el nombre de Chávez de las escuelas, calles y parques públicos, y reemplazarlo por el de Dolores Huerta. En su primera entrevista desde la publicación de la investigación, Huerta sugirió que, en cambio, las calles deberían llevar el nombre de los mártires del movimiento de los trabajadores. “Cada calle debería llevar sus nombres”, declaró a los reporteros de LatinoUSA.
El llamado inmediato a la solidaridad con las víctimas y la rápida campaña para quitar el nombre de Chávez de esos espacios han sido una reacción alentadora. Durante mi labor periodística y documental, he visto de cerca lo que la UFW puede lograr. El trabajo que han hecho para reforzar las defensas contra las redadas de ICE, para proteger los derechos de los trabajadores con y sin visa, y para mejorar las condiciones laborales en los campos de California y otros lugares es poco menos que un milagro, hecho realidad gracias al incansable trabajo de sus miembros organizadores. Como muchos han señalado, Chávez era sólo un hombre, y un hombre no hace un movimiento.
Conforme avancemos y comencemos a lidiar honestamente con las repercusiones de esta investigación, debemos seguir prestando atención a los peores excesos de la violencia patriarcal en nuestro movimiento y buscar la forma de ir hacia adelante, una que ponga al frente de todo lo que hacemos los ideales feministas interseccionales. Hay una oportunidad de seguir adelante con honestidad tras este devastador informe, siempre y cuando seamos lo suficientemente valientes para comprometernos con ella.
* El presente artículo fue primero publicado, en su idioma original, en The Nation. Agradecemos a la autora y sus editores por otorgarnos el permiso de traducirlo y difundirlo en nuestro idioma.