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Si hay una cosa que es parte de nuestra vida cotidiana, que es inevitable tanto por su presencia como por sus efectos en ella, es la política. Sí, aquella que parece siempre tan lejana y, paradójicamente, al alcance de nuestra mano. Parece lejana cuando la vemos en las noticias y está a nuestro alcance al usar un servicio público o cuando pagamos el IVA incluido en el precio de un producto. Pero la política no está sólo allí: también está en otros aspectos de nuestra vida, como el espectáculo, el deporte o las artes. No obstante, aunque se encuentre en todas partes, mantiene cierta especificidad que la diferencia de la economía, de la cultura o la religión.

Este texto inaugura una serie de reflexiones expositivas para explicar algunos de los principales conceptos que permiten comprender mejor la doble condición de la política: su especificidad y su presencia amplia en nuestra vida cotidiana. La finalidad de estos textos es fomentar la discusión crítica, pues estos breves ensayos ofrecerán recursos para pensar de forma simple y clara los problemas políticos, y así plantearse una postura ante ellos. Por ello, no presuponen un conocimiento previo o una formación especializada, simplemente un interés por los temas.

Serán textos sintéticos que recurrirán a ejemplos de actualidad (nacionales o internacionales) para lograr su objetivo. También se apoyarán en ideas de pensadoras o pensadores que, desde la disciplina de la política, se han planteado preguntas similares a las que buscan responder estos ensayos. Así, además de servir de una introducción crítica a conceptos y problemas de la política, también presentarán las aportaciones que han contribuido a enriquecer la disciplina de la política.

El punto de partida de esta serie son dos palabras aparentemente obvias: la política y lo político. La distinción entre ellas trasciende el género o la categoría gramatical, y tiene implicaciones importantes para hacerse una idea y tomar postura sobre ellas; sin embargo, esto es un problema relativamente moderno. Nuestra concepción de la política proviene de las antiguas ciudades helénicas del siglo V a. C. aproximadamente, pero la distinción entre el sustantivo (la política) y el adjetivo (lo político) es más reciente: apenas data del siglo XX d. C.

Las acusaciones de sionismo contra Ozzy Osbourne tras su muerte el año pasado sirven de ejemplo para pensar esta distinción. Como mencioné entonces, Sharon (su mánager y esposa) y él firmaron una carta que acusaba a la BBC de antisemitismo y de sesgos en su cobertura del genocidio israelí en Gaza. ¿Qué había de político en su firma? Aunque él declaró que no se involucraba en política porque no la entendía, accedió a firmar esta carta de claro contenido político. Era una postura pública ante un asunto político (el genocidio) y buscaba incidir en una cuestión política (influir en la línea editorial de la BBC, la televisión pública británica). Al ser ambos figuras públicas prominentes en el Reino Unido, su fama sirvió a un fin político, es decir, a incidir en la toma de decisiones en un asunto contencioso.

Como reflexión inicial podemos decir que la política precede a lo político, en el sentido de que primero definimos un campo de la vida humana y después nos preocupó pensar qué lo distinguía. De vuelta a los helénicos, Emilio Lledó explica, en su introducción a los diálogos de Platón, que la polis como unidad política nació cuando cambió la dinámica de la organización social en la antigua Grecia. Mientras que las primeras comunidades dependían de los lazos familiares y de una jerarquía clara entre gobernantes y gobernados, cuando crecieron más allá del núcleo consanguíneo, fue necesario pensar una nueva forma de mantener la comunidad.

Así nació la política en el mundo occidental: por la necesidad de preservar comunidades donde el desarrollo social y económico daban lugar a problemas de organización y toma de decisiones ante una creciente población, de organización cada vez más compleja. Visto desde el presente no parece tan lejano, pues incluso hoy enfrentamos esos problemas. Ya sea a nivel micro, como cuando no hay servicios públicos como agua, una calle bien pavimentada o un servicio regular de recolección de basura; o macro, cuando el Congreso vota una reforma electoral, el presupuesto de egresos anual o la creación de nuevos impuestos… En cada caso, la política se trata de resolver los problemas que hacen posible la existencia de una comunidad.

Esto no quiere decir que sólo en Grecia tuviera origen la política, claro está. A lo largo del mundo, en regiones tan distantes como el sureste asiático o el continente americano, se organizaron y crearon sus propias formas de hacer política en función de los problemas que enfrentaban dadas sus circunstancias. La centralidad del mundo helénico en la disciplina de la política (con ello me refiero a la ciencia, a la teoría y a la filosofía política) se debe a la difusión y expansión de la cultura europea y sus empresas coloniales, y una tarea pendiente, pero en proceso, es repensar nuestra idea de la política desde las aportaciones de otras experiencias históricas y culturales.

La política es, entonces, un campo de la vida humana relacionado con la experiencia en comunidad, con su organización y preservación, para resolver los problemas propios de la convivencia y el desarrollo social y económico en su seno. Las distintas formas de pensar la política conforman su historia intelectual y lo que llamamos una tradición del pensamiento político. Pero esto nos deja aún con una duda: ya sabemos que la política se encarga de la comunidad y sus problemas de preservación y convivencia, ¿pero así se define lo político?

Hay problemas que se vinculan con el uso y disposición de los recursos y que entran en el campo de la economía; también hay problemas y cuestiones que se vinculan con las expresiones artísticas sobre la experiencia subjetiva o colectiva, que buscan transmitir una forma de ver y vivir en el mundo y se vinculan con el ámbito de la cultura. También existen problemas o cuestiones que tienen que ver con cómo explicamos el mundo a nuestro alrededor, o con los valores morales que rigen nuestra conducta y que entran en el ámbito de la ciencia o la religión. La vida en comunidad también se conforma de las cuestiones que conciernen a estos ámbitos, y no todos involucran necesariamente a la política.

Esto no significa que en ellos no se juegue también la continuidad o la permanencia de la comunidad; sólo significa que tienen un criterio distintivo que no requiere una solución política. No convocamos a una asamblea comunitaria para definir si una pintura, un libro o una escultura son artísticas o expresiones culturales, ni para definir el valor económico de algo. Al momento de pensar qué hace político a un problema, nos enfrentamos a una cuestión filosófica: la de definir las cualidades propias de la política. Para entenderlo mejor recurro a cuatro figuras clave de la disciplina de la política en el siglo XX: Hannah Arendt, Carl Schmitt, Pierre Clastres y Robert Dahl.

Cada uno encontró un criterio de lo político desde distintos enfoques y posturas. Aunque hay otras figuras relevantes, sus aportaciones bastan para explicar este punto. Arendt y Schmitt, alemanes, representan una pugna entre el sentido de lo político: el diálogo o el conflicto. Clastres y Dahl, francés y estadounidense, respectivamente, y desde dos disciplinas modernas (la antropología y la ciencia política), ponen en el centro de la discusión un atributo sobre el que hablaré extensivamente en un siguiente ensayo, pero que es inevitable ahora: el poder.

Hannah Arendt regresó a los griegos para poner al centro el diálogo como un atributo esencial de lo político. Ella identificó, en La condición humana (1958), tres dimensiones de la vita activa (las cuestiones prácticas de nuestra existencia): labor, trabajo y acción. Las dos primeras se refieren, respectivamente, a las funciones orgánicas del cuerpo humano (la labor), y la actividad transformadora de nuestro entorno (el trabajo), mientras que la acción se refería al uso de la palabra entre personas, y por eso la única actividad cuya mediación no era material, ni entre las personas y un mundo inanimado. Mediante la acción dialógica era posible la política, porque reconciliaba la pluralidad de las personas y sus intereses para construir un poder y fundar una comunidad.

En contraposición a esta visión, Carl Schmitt, jurista alemán afamado por su papel en el nazismo, pensaba que lo político se distinguía por dos cosas, ambas vinculadas con la posibilidad de dotar de orden a una comunidad política. En Teología política (1922) propuso que lo político nace al definir aquello que se considera ajeno, y esa definición sólo es posible al tomar una decisión para fundar un orden impuesto por una voluntad soberana. Su definición más famosa está en El concepto de lo político (1927) y establece que lo político depende de llevar el conflicto a un grado de intensidad que permita distinguir entre el amigo y el enemigo, pero no un enemigo privado, sino público; esto es, que represente una amenaza a ese orden.

Mientras que para Arendt lo político se define por la posibilidad de construir desde la pluralidad, para Schmitt lo político sólo es posible mediante la imposición de un orden que define distinciones claras. Cada uno ofrece dos soluciones contrapuestas a lo que ha estado latente, pero ahora debemos señalar: en lo político siempre está presente el conflicto, sobre cómo puede construirse y mantenerse una comunidad, y también sobre resolver sus problemas. Los ejemplos abundan en nuestra vida cotidiana: ya sea la propia dinámica parlamentaria en el Congreso de la Unión (y que Schmitt criticaría severamente como una forma de postergar la decisión soberana), o la pugna que hay entre la CNTE y el gobierno federal por la ley del ISSSTE, en la cual ellos buscan el diálogo y el gobierno sólo parece querer defender un orden establecido.

Si Arendt y Schmitt plantearon dos formas de resolver el conflicto que se encuentra en el corazón de lo político, Clastres y Dahl ofrecen otra perspectiva al enfocarse en un recurso central para la resolución del conflicto: el poder. Mientras que los primeros pensaron lo político desde la filosofía política, los segundos lo hicieron desde un enfoque más científico: la antropología y la ciencia política, respectivamente. Ambos expresan concepciones muy distintas sobre el poder y su papel en lo político, propio de sus experiencias de trabajo: el primero a partir de sus investigaciones sobre las comunidades indígenas tupí-guaraníes en los años sesenta; el segundo desde el enfoque conductual-racionalista estadounidense de finales de los cincuenta y principios de los sesenta.

En La sociedad contra el Estado (1974), Pierre Clastres compiló una serie de estudios donde descubrió un atributo interesante de lo político y del poder. Las sociedades occidentales europeas tienen una concepción coercitiva del poder político, basado en una relación de mando y obediencia, pero en las comunidades tupí-guaraníes del Paraguay Clastres observó la falta de coerción y una concepción del poder basada en la palabra. Antes que la fuerza o la violencia al interior de una comunidad, el poder se expresaba por el uso público de la palabra. Con ello, Clastres llegó a dos conclusiones claras: no es posible pensar lo político sin el poder; es decir, sin la capacidad de establecer un orden y una autoridad. Y que el poder coercitivo es sólo un tipo de poder específico a la experiencia europea, pero no es universal.

La definición de Dahl —que puede leerse en Modern Political Analysis de 1963 y en su artículo The Concept of Power de 1957— es más instrumental y tradicional al canon europeo y, por lo tanto, opuesta a los hallazgos de Clastres: el poder es una influencia coercitiva que, apoyada en la acumulación de recursos, le permite a una persona ejercer el poder sobre otras bajo la amenaza de una sanción. Desde un enfoque conductual, lo característico del poder es la capacidad de gobernar las conductas de otras personas con base en estos dos atributos. Al final, esta concepción define su propia idea de gobierno: gobernar es una relación de mando y obediencia sostenida bajo la amenaza de la sanción.

Los ejemplos de autogestión fuera del poder del Estado, no sólo entre comunidades indígenas sino entre pueblos asediados por el crimen organizado, por ejemplo, son muestra de lo primero: de formas de poder no coercitivas. El ejemplo del poder coercitivo del Estado lo vemos todos los días no sólo con el aparato policial, sino también con las normas jurídicas que nos rigen. Como se puede leer, las dos formas de concebir el poder también pueden conjugarse con las dos formas de concebir la resolución del conflicto, ya sea con el diálogo y la conciliación, o con la imposición coercitiva.

Así, lo político se refiere a la manera de resolver los conflictos propios de construir y preservar una comunidad. La política es, por su parte, la práctica cotidiana que, desde las perspectivas que asumamos para entender el conflicto, se encarga del gobierno, del mantenimiento de la comunidad y de la resolución de sus problemas cotidianos. Lo político dota de especificidad a la política al proponer el poder como un recurso para la resolución de los conflictos derivados de la vida en comunidad y su preservación, pero aún falta un elemento por definir y que esclarecerá mejor esta especificidad. Ya se ha vislumbrado, pero es necesario mencionarlo: es la distinción entre lo público y lo privado, que discutiremos en el siguiente ensayo.

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