La derrota de Kamala Harris en las elecciones del pasado 5 de noviembre ha sido explicada con rapidez y abundancia. Hay dos modelos básicos: los que señalan una causa única (el voto latino, el centrismo de Harris, etcétera) y los que coleccionan los factores que sobredeterminaron el resultado (del tipo “diez y siete razones por las que perdieron los demócratas”). El común denominador de estos modelos es su carácter negativo: tratan de dar cuenta de las razones por las cuales no sucedió lo que debería haber sucedido, el único resultado concebible desde su perspectiva sobre el avance de la historia hacia la democracia y la igualdad. Trump obtuvo dos millones y medio (1.6% del total) de votos más que Harris, un margen pequeño pero significativo por ser el primer republicano que —en un sistema que electoral que le da la ventaja estructural a ese partido al sobrerrepresentar ciertos distritos y estados del país— gana de hecho la presidencia con el voto popular y la cuenta total de los votos del colegio electoral desde 1988.
En ese escenario, tal vez sea más útil preguntarse por qué ganó Donald Trump. Aquí también hay hipótesis a granel, pero todas tienden a enfatizar factores negativos en la conducta de los votantes; es decir, la ausencia de algún valor positivo que explique la preferencia por el candidato republicano. Una hipótesis es que los votos reflejan las fallas de la educación en el país, lo cual también explicaría el racismo que se manifestó con pocos escrúpulos durante la campaña del republicano. En efecto, Harris obtuvo más votos entre los sectores con educación universitaria y con mayores ingresos. Del dato a la explicación, se requiere asumir que sólo los universitarios son educados. Pero el promedio de escolaridad en el país es de 14 años, durante los cuales los alumnos tienen la oportunidad de aprender, y de olvidar, la historia de la esclavitud, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial o la lucha por los derechos civiles. Otra interpretación es que, por razones de género e identidad étnica, los votantes no fueron capaces de identificarse con Harris, a pesar de su superioridad ética e intelectual sobre Trump.
Detrás de todos estos razonamientos hay prejuicios morales e históricos que no es fácil admitir en estos momentos de duelo y autopsia. Vale la pena, entonces, un ejercicio incómodo pero necesario: describir el programa implícito detrás de la victoria republicana.
Desenterrar esas premisas del voto por Trump significa reconstruir un programa que no fue formulado y comunicado sistemáticamente, pero que revela su coherencia y sugiere un nuevo consenso político. Aunque el ejercicio deje poco lugar al optimismo, hay que partir de que los votantes eligieron a Trump porque estaban de acuerdo con ese programa. Trump evitó hablar del Proyecto 2025, un plan de políticas y estrategias escrito por ideólogos de derecha, pero en lo básico, y con un lenguaje menos pretencioso, prometió cumplirlo. Si nos atenemos a lo que Trump ofrecía podemos decir que la mayoría de los votantes estuvieron de acuerdo con las siguientes propuestas:
1. Es necesario expulsar a los inmigrantes indocumentados. Las deportaciones masivas que se pondrán en práctica cuentan con la anuencia de grandes sectores de la población, incluyendo a un alto porcentaje de los clasificados dentro del grupo demográfico generalmente definido como “latino”, y a muchos demócratas. Los primeros no son un grupo homogéneo y no checan el mismo cuadrito en la sección race en los formatos censales: pueden ser Hispanic or Latino, pero también Black, White o Asian. Gracias a la deshumanización de las recientes oleadas de inmigración, es posible para muchos inmigrantes más asentados, o para sus hijos, creer que las deportaciones no van a afectar a sus familias porque ellos sí son gente de trabajo y decencia. El acceso al consumo y al trabajo crean una sensación de seguridad que asume que la retórica política no puede afectar a fondo la realidad material. Esa deshumanización ya era obvia con los campos de concentración y la separación de familias durante el primer gobierno de Trump. Ya estaba ahí incluso durante el gobierno de Obama, que deportó más gente que ningún otro presidente hasta ahora. Esta anuencia, a veces implícita, incluye a los demócratas que, salvo pocas excepciones, nunca intentaron contradecir el discurso antiinmigrante y racista de los republicanos. Reconocieron, en cambio, que el sistema migratorio “está roto”. En cuanto a la acusación de que los inmigrantes comían gatos y perros, los demócratas las consideraron dignas de risa, pero no vieron la necesidad de una reafirmación de la humanidad de los inmigrantes haitianos. Tal vez algunos hubieran querido decirlo, pero la campaña de Harris sabía, correctamente, que abrir la boca en defensa de los inmigrantes significaba perder votos. El racismo que ahora se proyecta abiertamente contra los inmigrantes —pero que también sigue incluyendo a otros grupos racializados—, sigue siendo popular. Se trata de un consenso racista que va más allá de las categorías censales y condensa viejas y nuevas formas de imaginar ese otro que amenaza desde afuera.
2. Es necesario combatir la opción de decidir sobre el propio cuerpo, sea en términos de cambio de sexo o de acceso al aborto seguro. Ambas posibilidades están ligadas para los republicanos, porque amenazan el orden sexual de la sociedad y su reproducción demográfica. Las uniones homosexuales deben ser eliminadas por la misma razón. Ninguno de estos objetivos se apoya en una promesa económica o demográfica explícita, pero se corresponde con la preocupación de que los inmigrantes reemplacen a los nativos gracias a sus mayores tasas de fertilidad. El discurso pro vida de las denominaciones religiosas cristianas no ha sido confrontado tampoco por los demócratas, temerosos de ofender sensibilidades religiosas con cualquier reivindicación de laicismo. Este consenso sexual vincula el sexismo de Trump y sus seguidores con la necesidad de detener el “reemplazo” de los ciudadanos por los de afuera. La violencia sexual y el machismo son parte integral de su plataforma, no una conducta anómala de algunos de sus miembros.
3. Es necesario elevar las tarifas para derrotar a China y su creciente poder económico. La autosuficiencia es más segura que una economía ligada al resto del mundo por medio de las cadenas de producción e inversión que han crecido rápidamente en las últimas décadas. La globalización como requisito del crecimiento ahora no es una promesa sino una amenaza. Así, las tarifas pueden ser utilizadas, sin preocuparse por su costo, como instrumentos de presión política ante el mayor culpable, a los ojos de los republicanos, de la migración: México.
4. No hay que inmiscuirse en conflictos lejanos a las fronteras de los Estados Unidos. En general, cualquier uso de recursos nacionales, sean militares o de ayuda, fuera de las fronteras nacionales es superfluo. La dictadura, los abusos contra los derechos humanos y el genocidio no son de la incumbencia de los ciudadanos de Estados Unidos. La defensa de la democracia no es motivo para mandar tropas fuera del territorio nacional. Por contraste, y siguiendo el modelo israelí, el uso de la fuerza sin respetar las normas de la guerra se justifica para mantener la integridad nacional y el control interno.
5. Las élites universitarias son un montón de malcriados y quejones que deben ser sometidos a las mismas penurias que los ciudadanos comunes. Su énfasis en temas de diversidad, igualdad y acción afirmativa no son más que retórica destinada a mantener sus privilegios. La multiplicidad y confrontación de perspectivas no es una condición para el conocimiento. Las universidades en los Estados Unidos son una industria que se beneficia de la diversidad sexual, la migración, la economía global y el cultivo de las relaciones internacionales. Es necesario recortar su tamaño y su prestigio para que la enseñanza superior pueda adaptarse al resto de las premisas del modelo republicano.
Todos estos objetivos pueden vincularse a un legado fascista que, por fin, aunque ya muy tarde, los demócratas centristas se han atrevido a nombrar. Hay una genealogía muy clara entre Hitler y Trump que el segundo reconoce con poco disimulo. El suyo es un populismo de corte post fascista impulsado por un deseo latente, cada vez más visible, de llegar a un orden autoritario admirado que viene de un pasado mítico. Para la mayoría de los votantes, sin embargo, ese legado histórico no es relevante. Denunciar esa genealogía no sirve para contradecir el programa, puesto que la opinión pública en Estados Unidos, incluso entre los que están espantados por el triunfo republicano, ve su presente como una configuración única, sin precedentes en la historia. La radical excepcionalidad del presente es una ilusión lo bastante fuerte como para eliminar cualquier argumento histórico. Desde esa perspectiva, el tiempo histórico no se mueve como un encadenamiento de causas y efectos, y tratar de organizarlo mediante la razón, y no el mito, es ocioso.
Aquí vale mencionar otra explicación negativa del triunfo republicano: los votantes fueron objeto de un discurso mendaz en el que la realidad era falseada para dar lugar a una visión resentida de la derrota de 2020 y de las múltiples causas legales contra Trump, ambas producto de un supuesto complot inconfesable de las élites demócratas. Debemos reconocer que los votantes no se equivocaron al razonar que la conducta delictiva de Trump dejaría de serlo una vez que regresara al poder. La justicia no es, en esa visión, una serie de normas neutrales sino otra expresión del poder.
En suma, este modelo implica el rechazo de los atributos del progreso que son fundamentales para el liberalismo, e incluso de la concepción histórica de la modernidad. Ese rechazo se dirige contra distintas formas de teleología optimista construidas alrededor del crecimiento demográfico, la libertad sexual, el crecimiento económico, la paz mundial y el conocimiento científico.
El vínculo entre estas premisas del voto trumpista y la realidad social, económica y política no es lo que importa, puesto que la política, dentro de este modelo, es concebida ante todo como un acto de voluntad. La fortaleza del líder y la de su pueblo son indisputables, y cualquier intento de matizar el programa es signo de debilidad.
No queda más que reconocer la realidad expresada por la elección y actuar en consecuencia. La resistencia interna ante las inminentes medidas del nuevo gobierno va a ser minoritaria. Nunca va a tener el impulso mesiánico del trumpismo. Sólo tendrá éxito cuando construya un nuevo consenso y pueda adquirir legitimidad legal. Esto último es cada día más difícil por la consolidación del proyecto trumpista gracias al control republicano de los tres poderes. Es posible imaginar que esta situación pueda ser revertida en el futuro si el mesianismo trumpista llegara a concebir la idea de reformar la constitución, tal vez para perpetuar su mandato o el de su sucesor, o para eliminar derechos civiles. Eso desataría la posibilidad, inconcebible en este momento tanto para republicanos como para demócratas, de aceptar que el sistema institucional estadounidense sea perfectible y pueda ser reformado. Antes de que eso suceda, las leyes y las políticas sobre migración, género, comercio y política exterior basadas en las premisas listadas arriba van a reflejar la voluntad mayoritaria. Pensar que una contingencia histórica, en la forma de un evento extraordinario dentro o fuera del próximo gobierno, pueda desviar este camino descendente es poco más que una forma de consolación.
