
Dossier Educación
Isaura Castelao-Huerta
Es bien sabido que las demandantes exigencias propias de un doctorado pueden ser estresantes para muchas personas, especialmente si tomamos en cuenta que la neoliberalización de la academia ha significado que se incrementen el individualismo, la competencia y la exacerbada productividad académica. Esto puede traer como consecuencia que las y los estudiantes inscritos en programas doctorales enfrenten retos y tengan necesidades de apoyo académico y emocional que no están siendo atendidas por las instituciones, principalmente porque no se destinan recursos para ello. ¿Por qué va a ser importante el bienestar y la salud mental de un/a estudiante, cuando lo que se prioriza es la eficiencia y la producción académica?
Frente a este panorama, quiero presentar cómo existen académicas/os que llevan a cabo las que pueden considerarse prácticas de cuidado y cuidadosas, fundamentales dentro de la academia neoliberalizada pues ayudan a sostener la vida de las y los estudiantes, y permiten el establecimiento de relaciones basadas en la confianza y la solidaridad. Para ello, retomaré sucintamente algunas de las percepciones que 15 estudiantes de doctorado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) compartieron conmigo acerca de los cuidados que percibieron recibir por parte de sus tutoras/es principales de tesis.[1]
Los cuidados son una serie de pensamientos, acciones y prácticas que se realizan cuando hay una toma de conciencia de nuestra vulnerabilidad, de la vulnerabilidad de los demás y de la vulnerabilidad del mundo que habitamos en sus dimensiones física, social, política, económica, simbólica y psíquica (Izquierdo, 2004). La ética del cuidado involucra “otorgarle un lugar central al cuidado en la orientación de nuestras vidas” (Izquierdo, 2004, p. 133) para lograr el sostenimiento de nuestro mundo. En ese sentido, retomo los preceptos de María Fernanda Olarte-Sierra y Tania Pérez-Bustos (2020) para entender las prácticas de cuidado como un despliegue de amabilidad y de preocupación por las/os otras/os, en tanto que las prácticas cuidadosas buscan evitar potenciales peligros, percances y daños.
Antes de entrar en los detalles de las prácticas de cuidado y cuidadosas percibidas por estudiantes de doctorado de la UNAM, es necesario señalar brevemente a qué me refiero cuando señalo que la academia está neoliberalizada, además de masculinizada (Acker, 1994). El neoliberalismo es una teoría política y económica, según la cual la mejor forma de lograr el bienestar humano es permitir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales individuales dentro de un marco institucional, establecido y preservado por el Estado, caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio (Harvey, 2007). Más allá de su aspecto económico, Wendy Brown (2015) subraya que el neoliberalismo es una racionalidad que propaga los valores y las mediciones del mercado en todos los aspectos de la vida, incluida la academia. Por ello, de acuerdo con Kathleen Lynch, la neoliberalización de las universidades “exacerbó el descuido en la educación superior” (2010, p. 59) de los sentimientos y las emociones de sus integrantes, dejando de lado la relacionalidad entre las personas. Este descuido en realidad ya existía en la academia, debido a la visión masculina-Cartesiana-clásica de la educación, que considera lo racional separado de lo emocional. Así, persiste una racionalidad Cartesiana-neoliberal que construye a las instituciones como “zonas desapasionadas y objetivas, libres de emociones” (Lipton, 2020, p. 205). Como resultado, el cuidado se descarta como un factor “blando”, menos importante que las habilidades intelectuales o técnicas (Clegg y Rowland, 2010; Keeling, 2014). Es así como el cuidado en las instituciones de educación superior “es una interrupción no deseada del carácter declaradamente racional-intelectual del esfuerzo académico” (Breeze y Taylor, 2020, p. 51). Esto tiene como consecuencia que en la academia prevalezca “una cultura de jerarquía, competencia e individualismo” que promueve la rivalidad y genera un ambiente hostil, mediante “la erradicación de las culturas de solidaridad, cuidado y colectividad” (Motta y Bennett, 2018, p. 634).
De este modo, los cuidados son considerados un trabajo “doméstico” dentro de las instituciones: muchas mujeres se ven animadas/presionadas a realizarlo, consume mucho tiempo, está poco reconocido y es menospreciado. Como resultado, los cuidados no se consideran útiles para la promoción profesional individual (Cardozo, 2017; Castelao-Huerta, 2023; El-Alayli et al., 2018; Gaudet et al., 2021; Lynch, 2010; Magoqwana et al., 2019). Sin embargo, es imprescindible enfatizar que “las universidades repudian y dependen simultáneamente de formas de trabajo feminizadas” (Gannon et al., 2016, p. 195), como las prácticas de cuidado y cuidadosas, las cuales, por una parte, han sido cooptadas por la academia neoliberal, pero al mismo tiempo contravienen dicha gubernamentalidad porque posibilitan que las nuevas generaciones de académicas/os accedan a los recursos y apoyos que necesitan de la mejor manera posible dentro de las condiciones de precariedad, individualismo y competencia resultantes de las políticas neoliberales (Castelao-Huerta, 2021a, 2024a).
Mi interés por la percepción que estudiantes de doctorado podrían tener acerca de los cuidados surgió cuando, en mi tesis doctoral, encontré que profesoras titulares de la Universidad Nacional de Colombia tenían prácticas de cuidado y cuidadosas con algunas/os de sus estudiantes (Castelao-Huerta, 2021b). Así, en el marco de una estancia posdoctoral que realicé en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM, decidí adentrarme en las percepciones que 32 estudiantes de doctorado tenían respecto a la relación con su tutor/a principal de tesis. Los y las estudiantes con quienes conversé estaban matriculadas en los programas de Psicología, Pedagogía, Odontología, Ingeniería, Economía, Física, Urbanismo, Geografía, Estudios Latinoamericanos y Sociología. Después del análisis de la información, encontré que 15 participantes reconocieron características altamente positivas de sus tutoras/es, develando las prácticas de cuidado y cuidadosas que presento a continuación.
Prácticas de cuidado – el trato humano y facilitar la investigación
Una de las características de los/as tutoras más valoradas por parte del estudiantado fue su trato humano, lo que se reflejó en tres acciones: ser personas accesibles, reconocer el trabajo de sus estudiantes e integrarles a la comunidad académica.
La accesibilidad estuvo vinculada tanto a la apertura a conocer cuál es su estado de salud, tanto física como emocional, como a dialogar acerca de los argumentos que los y las estudiantes querían sostener, en lugar de imponerles su visión. Además, la accesibilidad también fue relacionada con el apoyo que los/as estudiantes recibieron para resolver trámites burocráticos, así como con la familiaridad con la que algunas/os tutoras/es les pidieron a sus estudiantes que se refirieran a ellas/os, rehusando el uso de “usted” y/o “doctor/a” y evitando, así, el reforzamiento de las jerarquías académicas.
La segunda característica del trato humano fue reconocer el trabajo, lo que implicó que los conocimientos de los/as estudiantes fueron valorados. Este reconocimiento fue importante porque ayudó a los/as estudiantes a saber que su trabajo estaba bien hecho. Además, les brindó bienestar y les indicó que debían seguir por ese camino.
Una última característica del trato humano involucró que los/as estudiantes fueran integradas a la comunidad académica. Ello se logró al compartir en espacios y tiempos no académicos, lo cual les hizo sentir cercanía con sus tutoras/es y con otras/os profesoras/es.
A la par del trato humano, facilitar la investigación también emergió como una práctica de cuidado que las/os tutoras/es tuvieron al reconocer y encargarse de diversas necesidades académicas de sus estudiantes. Esta práctica se compuso de cuatro acciones. La primera fue llevar de la mano, que básicamente se refiere a enseñar cómo investigar. Pero así como algunas/os estudiantes valoraron positivamente la guía y el tiempo que sus tutoras/es les dedicaron para enseñarles pacientemente, otras/os estudiantes reconocieron una segunda acción que les facilitó la investigación: dar libertad para trabajar a su propio ritmo. La tercera y cuarta acciones ocurrieron sólo en áreas que tienen la necesidad de realizar experimentos. Estas fueron trabajar de manera conjunta y la compra de equipos y/o materiales.
En suma, el trato humano y las acciones que facilitaron la investigación favorecieron el establecimiento de un ambiente amable donde las emociones, los sentimientos y las necesidades de las/os estudiantes fueron relevantes y tomados en cuenta, al tiempo que se reconocieron y valoraron sus conocimientos.
Prácticas cuidadosas – la mentoría y dar cobijo
Los/as estudiantes distinguieron en la mentoría una práctica cuidadosa que incluyó la orientación y el soporte para la carrera académica, el acompañamiento constante y la provisión de retroalimentación interesante y útil.
La orientación y el soporte para la carrera académica se relacionaron tanto con apoyarles en su ingreso al doctorado, como con la preocupación por el camino que seguirán una vez que terminen el programa. Este interés en la carrera académica de sus estudiantes también se reflejó en la constancia en el acompañamiento. Si bien la UNAM establece que las asesorías con estudiantes serán al menos cuatro veces al semestre, algunas/os estudiantes afirmaron tener reuniones semanales con sus tutoras/es. Esta frecuencia fue altamente valorada porque las/os estudiantes reconocieron que estos encuentros les fueron muy útiles para avanzar en sus investigaciones. En relación con ello, otra acción destacada por las/os estudiantes fue la de recibir retroalimentación interesante y útil. Esta retroalimentación incluyó aspectos formales, como la presentación de los hallazgos, pero también recomendaciones para corregir errores y seguir avanzando.
Finalmente, dar cobijo también fue reconocida como una práctica cuidadosa. Ésta implicó que los/as tutores/as mostraron interés e intentaron evitar potenciales daños para las/os estudiantes que pudieran surgir tanto de problemas académicos como personales. Esta práctica se caracterizó por cuatro cuestiones interrelacionadas.
La primera fue proteger a las/os estudiantes, esto es, no dejarlas/os, especialmente en el proceso de la investigación y en la defensa de sus argumentos. Algunos/as estudiantes señalaron que sus tutores/as tuvieron que defenderles inclusive de integrantes de su comité tutor. La segunda cuestión estuvo relacionada con estar al pendiente del bienestar de las/os estudiantes, especialmente a partir de la pandemia por COVID-19, pero también por accidentes o problemas familiares. La tercera cuestión implicó que las y los tutores escucharon y calmaron a sus estudiantes, sobre todo cuando dudaron de sí mismas/os porque tenían que hacer una presentación pública de los avances de su investigación. La última cuestión fue la de comprender y apoyar, especialmente en relación con los retrasos en las entregas.
Es así como la mentoría y dar cobijo brindaron soportes académicos y emocionales que permitieron que las/os estudiantes sintieran confianza y cercanía, lo que favoreció que siguieran avanzando en sus investigaciones, así enfrentaran dificultades.
¿Es posible una academia cuidadosa?
El trato humano, facilitar la investigación, la mentoría y dar cobijo son prácticas que permiten a las/os estudiantes avanzar en sus pesquisas redescubriendo y desarrollando su potencial para la producción de conocimiento. Las/os estudiantes se sienten, así, acompañadas y apoyadas en un ambiente que suele estimular las jerarquías, las relaciones desiguales de poder, el individualismo, el exceso de productividad y la competencia. Como resultado, las/os estudiantes se inspiran en lugar de someterse o desanimarse, y construyen relaciones de confianza y solidaridad. Por lo tanto, ante el embate cada vez más ríspido de las políticas neoliberales, implementar y promover prácticas de cuidado y cuidadosas es fundamental para crear una academia que sea colaborativa, conectada y no competitiva (Gravett et al., 2021): una academia cuidadosa. De acuerdo con Rosi Braidotti, nuestras prácticas pueden alinearse con una ética relacional afirmativa, que incluya “interconexiones relacionales, pacifismo, no violencia y generosidad” (2022, p. 236). Como subraya Donna Haraway, “nos necesitamos unas a otras en colaboraciones y combinaciones inesperadas, en pilas de compost caliente. Llegamos a ser-una con la otra o nada” (2016, p. 4).
Sin embargo, es crucial no romantizar las prácticas de cuidado y cuidadosas, y reconocer que son acciones complejas, llenas de tensiones y ambivalencias (Motta y Bennett, 2018), ya que “el cuidado siempre es poderoso y sus relacionalidades son siempre asimétricas” (Thiele et al., 2021, p. 54). Por ejemplo, la práctica cuidadosa de estar al pendiente podría ser interpretada como una intromisión excesiva por parte de el o la tutora. Asimismo, las exigencias de la productividad neoliberal pueden hacer que algunas/os estudiantes reciban cuidado y otras/os no, provocando desigualdades y envidias. Además, las/os estudiantes son conscientes del contexto de precariedad imperante y, en agradecimiento por el cuidado recibido, pueden permitir que sus tutores/as se aprovechen de ellas/os, por ejemplo, pidiéndoles favores personales o solicitando incluirles como autoras/es en sus publicaciones cuando la o el estudiante ha realizado todo el trabajo. Como enfatiza Catherine Manathunga, “las/os supervisores deben ser conscientes de las operaciones de poder en la supervisión de posgrado a pesar de sus mejores intenciones” (2007, p. 207).
Sumado a lo anterior, está la cooptación de las prácticas de cuidado y cuidadosas por parte de la gubernamentalidad neoliberal. Las/os tutoras/es asignan más tiempo para atender las necesidades de las y los estudiantes, a menudo fuera de su horario laboral: están trabajando sin remuneración extra, y este tiempo adicional no se toma en cuenta para incrementos salariales o promociones. El neoliberalismo explota el hecho de que las/os tutoras/es se preocupan por sus estudiantes, haciéndoles trabajar sin compensación. Si bien no todo debe regirse por consideraciones monetarias, las instituciones carecen de reconocimientos por atender adecuadamente los problemas académicos y personales del estudiantado. Los y las tutoras a menudo brindan apoyo casi terapéutico a sus estudiantes, lo que genera una gran carga emocional. ¿Cuál es el alcance de la responsabilidad de un/a tutor/a, en el escenario en el que una persona está muy estresada, ansiosa, deprimida y contemplando abandonar su programa doctoral o, peor aún, suicidarse? En ese sentido, las instituciones descuidadas se perpetúan mediante prácticas bien intencionadas de tutoras y tutores. Como enfatiza Karen M. Cardozo, es indispensable “reivindicar el valor del cuidado reconociendo que trabajar ‘por amor’ nos hace vulnerables a la explotación” (2017, p. 11).
Discutir la transcendencia y la complejidad de los cuidados dentro de la academia podría alterar las jerarquías de género, pues se trata de respaldar dinámicas de poder alternativas basadas en la cultura del apoyo relacional, en lugar del control y el sometimiento. Asimismo, es impostergable pensar cómo podemos evitar que la academia neoliberal se siga sosteniendo y perpetuando gracias a las prácticas de cuidado y cuidadosas. Como académicas feministas en resistencia frente las políticas neoliberales, es urgente que nos comprometamos creativamente con nuevos enfoques pedagógicos y relacionales que favorezcan la valorización del cuidado, la solidaridad y la compasión en la academia, y en la vida cotidiana.
Referencias
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[1] Este texto se desprende de una investigación más amplia (Castelao-Huerta, 2024b).