Nos dice que la más mínima decisión profética, la elección de una palabra en lugar de otra, por ejemplo, puede cambiar por completo el aspecto del futuro. Nos dice: “la visión es amplia, pero cuando uno la atraviesa se convierte en una puerta muy estrecha”. Él siempre huía de la tentación de escoger un camino claro y seguro y advertía: “Ese sendero conduce inevitablemente al estancamiento”.

De El despertar de Arrakis, por la princesa Irulan

A apenas unos días del estreno de Dune 2, podemos constatar que la expectación provocada por el último trabajo de Denis Villeneuve es mayúscula. Nada extraño si tenemos en cuenta los poderosos ejercicios de marketing que pone en marcha una producción hollywoodiense de esta envergadura, el prestigio de quien es el más atrevido director de cine de ciencia ficción contemporáneo o el merecido éxito que tuvo la proyección de la primera parte, un deslumbrante viaje de ensoñaciones y tragedias que a algunas nos hizo preguntarnos si las bebidas con las que entramos a la sala no habrían sido mezcladas con unas dosis de especia. Pero, además y sobre todo, estamos esperando con ansias por ver cómo se plasma, en el trabajo actoral de Timothée y Zendaya, en las insondables atmósferas musicales de Hans Zimmer y en la pericia narrativa de Villeneuve, una de las historias más reconocidas, influyentes y de culto de la literatura de ciencia ficción, género despreciado y expulsado a las secciones juveniles de las bibliotecas y librerías por esos tristes guardianes de la seriedad realista del canon que, paradójicamente, pensaron que el momento de la vida de mayor curiosidad, imaginación y brío sería un lugar propicio para destierros literarios.

 Y sí, muchas de nosotras nos acercamos a Dune, la fascinante novela de Frank Herbert, cuando “correspondía”, o sea, cuando éramos jóvenes. No obstante, acá estamos, con canas y unas cuantas novelas más “serias” leídas, aguardando con impaciencia el día del estreno. Pero entonces, ¿qué tiene esta historia para haberse convertido en un clásico que no deja de atraernos? ¿Por qué la ansiada espera por la segunda parte de esta nueva versión cinematográfica? Desde luego que no es por esa alegre nostalgia con la que las culturas nerd, geek o friki se anclan a algunas mitologías de la industria cultural que forjaron parte de sus fantasías, inquietudes, gustos e identidades. En este sentido, probablemente no encontraremos en las salas de cine un cosplay como los de Star Wars —una saga que, por cierto, tiene clarísimas influencias de Dune— y nos perderemos la oportunidad de comer palomitas cerca de un espectador ataviado con un traje fremen de destilación de sus propios líquidos. No, el entusiasmo que genera la aventura de los Atreides habita en las mismas regiones del espíritu que esa otra gran odisea literaria “juvenil” que es El señor de los anillos. Porque las alucinantes dunas del desierto, el proyecto biotecnoreligioso de las Bene-Gesserit, la magnificencia de los gusanos de arena, el modo de vivir de los fremen, la perfidia de los Harkonnen y el valor de la codiciada melange no sólo dan forma a uno de los más complejos y fascinantes mundos de ficción que se hayan imaginado, sino que expresan profundas verdades sobre nuestro real universo. Muchas de ellas, relacionadas con temas fundamentales para la ecología política como la escasez de recursos, el extractivismo o la terraformación, han sido, desde la publicación de la novela en 1965, objeto de numerosos análisis que esperemos se multipliquen en estas semanas teniendo en cuenta la pertinencia y urgencia que cobran en nuestros días antropocénicos. Sin embargo, y a la espera de que las conversaciones sobre estas cuestiones proliferen, en las pocas líneas que siguen sólo me quiero centrar en la idea nuclear que a mi juicio subyace y se agita —como un gigantesco gusano moviéndose bajo las dunas de Arrakis— en el periplo de los Atreides: la de que la vida no se despliega como una sucesión determinista de eventos, sino como una jam session que hace vibrar de formas impredecibles al Universo.

Para entender esta metáfora jazzística y las tesis con las que se vincula habría que acudir a los textos de no ficción del propio autor de la novela. Por ejemplo, en el ensayo “Un nuevo mundo o ningún mundo”, el que fuera también periodista y ecólogo nos recuerda una de esas importantes perogrulladas que, por lo mismo, muchas veces pasamos por alto: que el futuro no tiene por qué ser semejante al pasado y que, por tanto, resulta insensato y estéril apelar constantemente a las soluciones que nos sirvieron ayer para afrontar los obstáculos que quizá tengamos que soslayar mañana. Para hacernos caer en la cuenta de esto, Herbert nos plantea una pregunta parecida a ésta:

¿Cuál es el patrón de la siguiente serie numérica?

5, 4, 10, 2, 9, 8, 6, 7, 3, 1. 

Si has acertado, ¡felicidades!  Si no, acá va la respuesta, inevitablemente sencilla cuando ya se tiene:  la hilera se va desarrollando en orden alfabético.

La moraleja que acompaña a este pequeño acertijo es la de que si nos acostumbramos a buscar aquellos patrones que nos han sido útiles para dar con las respuestas correctas a nuestras más recurrentes interrogantes, bloqueamos la capacidad de detonar interpretaciones originales que bien pudieran resultar más interesantes ante la aparición de situaciones inéditas. Esta máxima, que orienta las reflexiones y preocupaciones ecológicas de Herbert, determinará su concepción de la ciencia ficción pues, ante la pregunta de qué papel debería jugar el género en la promoción de la creatividad como herramienta para hacer frente a la indeterminación del futuro, su respuesta es —por la singularidad que representa al compararla con otras concepciones más frecuentes— francamente sugerente: el mayor valor de este tipo de literatura reside en su capacidad para diversificar los posibles escenarios venideros. Esto porque la creación de múltiples situaciones imprevisibles nos coloca, como lectoras, en una mejor posición para afrontar las contingencias y nos dota de herramientas de las que careceríamos si sólo pretendiéramos desenvolvernos en un esperado porvenir que quizá nunca ocurra. La ciencia ficción, por tanto, pierde su fuelle proponiendo escenarios a los que parecemos abocados como sucede con la mayor parte de las historias catastrofistas que pueblan nuestras pantallas, páginas y fantasías. Su verdadero poder, al contrario, es el de ensanchar y multiplicar los futuros, pues no es sino experimentando una diversidad de mundos —cada uno de ellos con sus singulares contratiempos y oportunidades— cuando logramos forjar nuestro temple y ponerlo en disposición de habitar el acontecer imprevisto. Es así como, frente al empecinamiento determinista de las narraciones apocalípticas, emerge la insólita aventura de Arrakis. 

Lo que se plantea entonces de manera paradigmática en esta singularísima odisea espacial es que el proyecto humano, o mejor dicho, los muchos posibles proyectos humanos, no dependen de precarios métodos de predicción del futuro o de la producción de instrumentos diseñados para funcionar en porvenires que damos por sentado, sino de la originalidad del músico que va creando sobre la marcha una música no ensayada. Por eso nos sigue fascinando, porque nos instala en una vertiginosa jam session que nos invita a pensar que la improvisación y la creatividad pueden ser los caminos más apropiados para transitar cualquiera de esos inéditos escenarios en los que hayamos de desenvolvernos. En este sentido, cuando estemos por fin en el cine y ante la pantalla, nos será muy difícil no buscar, ya sea en las hostiles dunas del desierto, en los alucinados augurios de Paul o en la rudeza del temperamento de los fremen, la idea de que frente al estancamiento que producen las certezas, lo mejor es poner en marcha formas originales de pensar, habitar, planear y transformar el mundo. Aunque, como nos enseñó la novela, lo mejor que podríamos hacer es desconfiar de nuestras expectativas y abrirnos a lo inesperado.

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