En uno de sus más recientes libros, Louis A. Pérez Jr., profesor de la Universidad de North Carolina, en Chapel Hill, y uno de los más prolíficos historiadores de Cuba en Estados Unidos, sostiene que la estructura de la historia de la isla está signada por la búsqueda infructuosa de una soberanía plena. En el libro, que lleva por título The Structure of Cuban History. Meanings and Purpose of the Past [‘La estructura de la historia cubana. Propósito y significados del pasado’] (2015), Pérez Jr. da mucha relevancia a la intervención de Estados Unidos en la isla, en 1898, al final de la última guerra de independencia de los cubanos contra España. Aquella intervención marcó profundamente a los actores políticos del siglo XX cubano, que durante dos generaciones —entre la de Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras, y la de Fidel y Raúl Castro—, intentaron revolucionar el país hasta alcanzar el completamiento de su soberanía. El desenlace de aquella historia, en la Revolución de 1959 y su ordenamiento socialista a partir de 1961, encierra una inocultable paradoja: el Estado refundado a partir de entonces desarrolló una política económica dependiente de la venta de azúcar —principal producto cubano, tanto en tiempos de la hegemonía de España como en la de Estados Unidos, entre 1898 y 1958— al bloque soviético de la Guerra Fría y de la importación de petróleo de Moscú.
Un temprano acuerdo entre el gobierno cubano y la URSS, en febrero de 1960, más de un año antes de que se reconociera el carácter socialista de la Revolución, aseguró a la isla la compra a bajo precio de petróleo soviético. Tras el acuerdo, el gobierno insular impuso a las refinerías estadounidenses y británicas, Esso, Texaco y Shell, la medida de refinamiento forzoso de crudo soviético. Las refinerías se opusieron, desde luego, como parte de una política bien arraigada de no colaboración con los gobiernos comunistas en la Guerra Fría.
A la negativa de refinamiento de petróleo de la URSS por aquellas firmas, el gobierno de Fidel Castro respondió con una ley de nacionalización de esas y otras empresas estadounidenses, en junio de 1960, a las que se sumaron cientos de incautaciones más a partir de agosto de ese mismo año. Para septiembre u octubre de 1960, luego de aquellas nacionalizaciones masivas, sin precedentes en la historia de las revoluciones o los populismos latinoamericanos del siglo XX, se hizo evidente que el socialismo cubano sólo podría desarrollar su proyecto económico y social bajo un esquema de inscripción en el bloque soviético.
Durante los años 60, hubo corrientes políticas dentro del liderazgo revolucionario cubano, como la que encabezaba el Che Guevara, que intentaron contrarrestar aquella creciente dependencia del bloque soviético con una aproximación a China y una localización de la isla en las redes de la descolonización y el tercermundismo. La Conferencia Tricontinental, celebrada en enero de 1966 en La Habana, cuando Guevara estaba oculto en la embajada de Cuba en Dar es-Salam, Tanzania, luego del fracaso de la guerrilla en el Congo, fue un momento central de aquel proyecto.
Tras la ejecución de Guevara en Bolivia en 1967 y el apoyo explícito de Fidel Castro a la invasión soviética de Checoslovaquia, en el verano de 1968, se aceleró el acoplamiento de La Habana al eje soviético. Entre 1971 y 1972 se oficializó el ingreso de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), el mercado común de los socialismos reales de Europa del Este. Durante dos décadas, hasta la descomposición definitiva de la URSS, en 1992, la isla formó parte de la así llamada “división internacional socialista del trabajo”, por la cual Cuba vendía azúcar al bloque soviético a cambio de energía, maquinaria industrial y asistencia científica y tecnológica.
Luego de la caída del Muro de Berlín, Cuba intentó alianzas comerciales y recepción de créditos e inversiones de España, Canadá, México y otros países latinoamericanos. El reforzamiento del embargo comercial de Estados Unidos, con las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), obstruyó esos intentos, pero tampoco contuvo del todo cierta diversificación de las relaciones internacionales de la isla. El verdadero giro a esa diversificación de los 90 se produjo a principios de la década siguiente, cuando la consolidación del gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, sobre todo, después del fracaso, en 2002, del golpe de Estado en su contra, abrió las puertas a un acuerdo bilateral duradero entre el chavismo y el castrismo.
A lo largo de tres décadas, durante la Guerra Fría, Cuba dependió de la Unión Soviética, y durante un cuarto de siglo, en la Postguerra Fría, se unió a Venezuela en una alianza económica y geopolítica, de seguridad y de ideología, de resistencia a la hegemonía de Estados Unidos en la región y de promoción de los modelos gubernamentales del bloque bolivariano que se asumían como parte del llamado “socialismo del siglo XXI”. Esas dos experiencias, la soviética y la bolivariana, exhiben un patrón histórico, fuertemente vinculado a la política exterior del sistema político derivado de la Revolución de 1959.
Si se suman a esas dos prolongadas interrelaciones las constantes aproximaciones a Rusia y a China y, en menor medida, a Corea del Norte e Irán, en todo el periodo posterior a la caída del Muro de Berlín, es posible concluir que las dependencias desarrolladas por Cuba son siempre con potencias o naciones rivales de Estados Unidos. En algunos casos, esas potencias o naciones, como China o Vietnam, han representado, en diversos momentos, verdaderas alternativas para la política económica de escaso rendimiento de La Habana.
La reticencia del gobierno cubano a un avance hacia la adopción de esos modelos del socialismo de mercado asiático, que habrían facilitado una mayor integración de la isla a zonas emergentes y crecientes del comercio en el Pacífico, ha tenido un peso enorme en la incapacidad para remontar la dependencia. Esa reticencia está relacionada con una debilidad del reformismo en la cúpula cubana, que podría explicarse tanto por ortodoxias ideológicas como por una vocación absolutista en el control político.
Que una economía sea dependiente de otra no implica, desde luego, un vínculo colonial. El concepto de “lo colonial” en el siglo XXI globalizado se transforma a gran velocidad. Las economías de América del Sur, por ejemplo, son cada vez más dependientes de China. México, por su lado, destina el 85% de sus exportaciones a Estados Unidos. Ninguna de esas dos poderosas conexiones permitiría hablar de un vínculo colonial entre China y Suramérica o entre Estados Unidos y México.
En Cuba, sin embargo, la dependencia, primero de la Unión Soviética y luego de Venezuela, pasó de la productividad de una economía concentrada en el azúcar a una improductividad ligada al turismo y las remesas como fuentes fundamentales de los ingresos nacionales. La transformación estructural de la economía en el siglo XXI, a favor de un esquema de servicios y de ingresos de la diáspora cubana, impedía un tipo de relación complementaria e interdependiente con Venezuela.
La Venezuela chavista sólo podía importar, de Cuba, servicios médicos y educativos, y asesoría de seguridad. Esas importaciones, pagadas con un generoso subsidio petrolero, aseguraban el funcionamiento de la economía cubana, aunque con bajos o descendientes índices de crecimiento. A diferencia del periodo soviético, que en los años 70 y 80 reportó un crecimiento ascendente de la economía cubana, concentrada en el azúcar, el periodo bolivariano no alcanzó en Cuba una plena dependencia productiva.
No toda dependencia productiva es colonial, aunque toda dependencia improductiva tiende a serlo, ya que el país dependiente está a merced de los ingresos de su proveedor. Durante el colonialismo histórico de los grandes imperios atlánticos, entre los siglos XVI y XIX, las colonias americanas de Gran Bretaña, Francia, España y Portugal fueron productivas. Durante los procesos neocoloniales de Estados Unidos en el Gran Caribe y Centroamérica, en la primera mitad del siglo XX, cuando la colonización dejó de estar ligada estrictamente al dominio demográfico y territorial, se produjeron no pocos casos de dependencias improductivas.
A inicios de 2026, cuando colapsa la conexión con la Venezuela chavista y es sometida por Estados Unidos a una cuarentena energética, Cuba se encuentra en una condición de extrema dependencia improductiva, que facilitaría una nueva recolonización. De acuerdo con el patrón histórico aquí descrito, la dirigencia cubana estaría buscando la forma de evitar que ese proceso favorezca un restablecimiento de la hegemonía de Estados Unidos en la isla. Pero lo cierto es que no hay otra potencia, mediana o grande, a nivel regional o global, con mayores posibilidades prácticas de abastecer de energía a Cuba y pedir a cambio un involucramiento decisivo en los destinos de la isla.
Pensadores anticoloniales del arranque de la Guerra Fría, como Frantz Fanon y Albert Memmi, advirtieron que las descolonizaciones pueden producir nuevas relaciones coloniales conforme se pasa del tutelaje de una potencia al de otra. En las últimas siete décadas, el proyecto socialista cubano, en nombre de la descolonización de Estados Unidos, ha creado sucesivas relaciones de dependencia con potencias e imperios, que han reproducido diferentes esquemas de dominación cultural e ideológica, como los que tuvieron lugar tanto en el periodo soviético como en el bolivariano. En la política educativa y cultural y en la estrategia mediática del Partido Comunista de Cuba son rastreables esos tutelajes alternativos.
En uno de sus libros más recientes, el escritor franco-libanés Amin Maalouf describe las colonizaciones de los imaginarios emprendidas por imperios rivales de Europa y Estados Unidos, como el ruso y el chino. Esos otros imperialismos contemporáneos son indisociables de procesos altermundistas, como los de los BRICS y el llamado Sur Global, en los que, por vías extractivistas, muchos países del antiguamente llamado Tercer Mundo se transforman en nuevos enclaves de dependencia productiva.
En una reciente Breve historia de Cuba (2025), editada por la editorial Catarata en Madrid, utilizamos algunas de estas categorías para analizar el proceso histórico de la isla en la larga duración. En la Introducción del libro, se anota que la actual crisis cubana “da cuenta de un nuevo tránsito” en la historia insular, por la cual, de “una dependencia productiva en el periodo soviético y chavista, habría un desplazamiento a una dependencia improductiva y extractivista del turismo, las remesas de la diáspora o el subsidio de algún aliado internacional”. En la página final se apunta que esa mutación tiene lugar en “un contexto de indetenible reproducción de pobreza y desigualdad” en la isla.
Que las dos palancas de esa economía precaria sean exógenas —los contingentes de turistas y las remesas de la diáspora— entra en contradicción con una política doméstica e internacional fuertemente subordinada a la agenda ideológica de la resistencia a la hegemonía de Estados Unidos. Para que los dos enclaves de esa economía funcionen eficazmente pareciera, en cambio, que una condición sería el fin del bloqueo y una buena relación con el país donde reside la mayoría de los emigrados de la isla y, también, gran parte de los turistas con mayor poder adquisitivo.
La extrema vulnerabilidad de una economía y una sociedad desindustrializadas, aferradas al turismo y las remesas como fuentes de ingreso, es una plataforma propicia para la recolonización. Esa vulnerabilidad no puede ser atribuida, únicamente, al embargo comercial o las sanciones de Estados Unidos contra la isla. Si la razón de esa vulnerabilidad fuera la política de Washington hacia la isla, entonces la planificación nacional del Estado cubano, los programas quinquenales, la estrategia de desarrollo del Partido Comunista y el diseño del presupuesto insular, que prioriza esas fuentes de ingreso, también estarían subordinados al imperio vecino o no funcionarían en lo absoluto como su antídoto.
La terrible pirueta de que Cuba, después de casi setenta años de política antiimperialista, esté tan cerca de una nueva hegemonía de Estados Unidos, como en 1901, cuando se impuso la Enmienda Platt, sería explicable por la voluntad de Washington sólo si se admite que el Estado cubano carece de autonomía para asegurar su propia independencia desde el punto de vista económico. Esta desconcertante y triste conclusión no haría más que confirmar, a inicios del siglo XXI, la estructura colonial de la historia de esa nación caribeña.
Los temas aquí discutidos son abordados más ampliamente en el nuevo libro del autor, Breve historia de Cuba.
Bibliografía citada
Amin Maalouf. (2024). El laberinto de los extraviados. Occidente y sus adversarios. Alianza Editorial.
Pérez Jr., Louis A. (2015). The Structure of Cuban History. Meanings and Purpose of the Past. The University of North Carolina Press.
Rojas, Rafael. (2025). Breve historia de Cuba. Catarata.
