El sábado 15 de marzo se llevaron a cabo, en distintas plazas públicas a lo largo y ancho del país, jornadas de vigilia y luto nacional, luego de que el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco nos llevara a mirar los horrores que habían tenido lugar en el Rancho Izaguirre en Teuchitlán, donde encontraron fosas, hornos crematorios, restos humanos, ropa, zapatos y algunos otros artículos personales que evidenciaban la violencia y la crueldad que acontecieron allí. En los días siguientes comenzaron a circular también algunos testimonios de sobrevivientes que han puesto sobre la mesa las prácticas desgarradoras y deshumanizantes que ocurrían en el recinto.
Hoy escribo esto como un intento de continuar el llamado que las familias y grupos buscadores nos hicieron al convocarnos ese día —y que nos han hecho desde hace años—, para tratar de seguir hablando de la vida y de la esperanza, aun cuando es absolutamente innegable que en este país seguimos caminando en medio del dolor, el despojo y la muerte de una manera avasallante. Escribo a partir de lo que viví ese día y a sabiendas de mi perspectiva es por fuerza limitada.
Llegamos al Zócalo, el punto elegido para la vigilia en la Ciudad de México. Lo primero fue esa sensación entre conmoverse por toda la gente presente y cierto agobio al reconocer la amplia diferencia entre la cantidad de personas que participa en ese tipo de acciones, vinculadas a experiencias y casos concretos de violencia y de injusticia, y la que acude en otro tipo de coyunturas, como el 8M o las marchas por el 2 de octubre. Damos unos pasos más desde la salida del metro y encontramos los primeros zapatos en el piso, junto con su respectiva vela. Están numerados con pequeñas tarjetas. Entre las que alcanzo a ver, la cifra más alta rebasa el cuatrocientos. Nudo en la garganta, piel erizada, hueco en el estómago, todo el cuerpo en tensión.
Nos acercamos a la pequeña carpa desde donde las familias comparten sus testimonios, nos cuentan de sus personas amadas que siguen desaparecidas, de toda la negligencia a la que han tenido que hacer frente y leen su pronunciamiento. Sus consignas nos recuerdan que lxs buscan porque lxs aman; que quienes faltan son sus hijxs. En medio de ese dolor, que pesa tanto, se alcanza a ver cómo alguien sostiene la mano de quien habla, cómo otras madres buscadoras detienen una sombrilla para taparse juntas del sol. Volteo y me doy cuenta de que ahí está mi profa, siempre compañera. Al lado alguien pasa y te sonríe, aunque no te conoce, porque estamos allí y compartimos lo importante: que Teuchitlán nunca más. Más personas van llegando y reconocen a alguien entre el círculo que formamos alrededor de los zapatos que representan una vida y a la vez una ausencia, de las marcas en el piso en representación de las fosas, de las letras que señalan los crematorios clandestinos encontrados: todo eso que es un horror. Y sin embargo permanece la alegría de encontrarse. Mi amiga me abraza y yo también a ella porque nos damos cuenta de que estamos llorando y allí, entre el desconsuelo, entre la imposibilidad de comprender tanta rabia, tanta injusticia, tantas ausencias, no sé si duele menos, pero creo que duele un poquito menos feo porque fuimos juntas.
Durante el acto ecuménico se nos perdieron muchas palabras, porque no alcanzábamos a escuchar bien. Aun así, se palpaba la dignidad de quienes buscan y el respeto a la vida de las personas a quienes se sigue buscando. Se entonó un canto que repetía “Sé mi luz, enciende mi noche”, y nos invitaron a que comenzáramos a prender las velas colocadas en el piso. Cuando terminó el acto, nos pidieron que nos quedáramos allí, intentando mantener las luces encendidas a pesar del aire, y que, si se apagaban —como iba a suceder una y otra vez—, actuáramos desde el amor y desde la “esperanza terca” y volviéramos a prenderlas. Fue impresionante.
Nos acercamos a las velas. La mayoría de las personas se acomodó alrededor de ellas, algunas sentadas y otras de pie: parecía que todas formaban una especie de guardia; que estaban ahí como un escudo para proteger las llamas del viento que soplaba en esa tarde. Otras personas comenzamos a caminar entre los zapatos para prender nuevamente las luces que ya estaban apagadas. Nosotres no teníamos encendedor, pero buscamos velas largas entre las que estaban puestas en el suelo y las tomamos para ayudarnos a llevar el fuego de vela en vela. Algunas personas pasaban ofreciendo cerillos. Nos desplazábamos por un espacio acotado, prendíamos unas seis, ocho, diez velas y cuando mirábamos hacia atrás veíamos que ya habían vuelto a apagarse todas. Tocaba regresar ese mismo pedacito de memoria y prenderlas otra vez. A ratos no nos movíamos ya; te esperabas en un lugar donde alcanzaras varias velas y allí, en cuanto una se apagaba, te agachabas a prenderla. Había, como en casi todo, algunas luces más difíciles de encender: la mecha estaba corta, la cera había bajado mucho y había que quemarse un poquito la mano, metiéndola al vaso para que quedara encendida. Algunas el viento no sólo las apagaba, sino que las tiraba.
Era un poco desesperante: de pronto podría parecer sin sentido seguirlas prendiendo si se iban a volver a apagar. Pero estaban ahí, entre todas las personas, las palabras que apelaban a la escucha, para insistir en la convicción de que la esperanza tiene que ser terca, en que no podemos dejar en soledad a quienes buscan. Las palabras que se quedaron al menos hasta pasadas las once de la noche, aunque la convocatoria llamaba a estar de cinco a ocho.
En un par de ocasiones, al menos, daba la impresión de que todas, todas las velas estaban encendidas. Alguien cerca de mí celebró “¡Lo logramos!”. Sonreímos. Nos levantamos y nos detuvimos un momento a ver todas luces, a sentir la calidez del fuego que se alcanzaba a percibir. Eso también era importante. Luego, nos volvimos a agachar: había que volverlas a encender.
En La guerra contra las mujeres (2019), cuando Rita Segato habla de cómo la violencia cruenta, letal y espectarularizada que tenemos ahora es una violencia expresiva que busca siempre dar un mensaje, dice también que hemos de hacernos cargo del lugar de interlocución en que eso nos coloca. Creo que lo ocurrió ese día fue un intento de hacernos cargo, de asumir la responsabilidad colectiva que tenemos frente al arrebato de vidas y de dignidad que, día con día, sigue siendo la realidad del lugar en el que vivimos y que tiene, como una de sus estrategias fundamentales, volverse ininteligible, para así paralizarnos y convencernos de que no hay nada que hacer frente a ello, como señalaba Silvia L. Gil hace unos días.
En ese sentido, me parece que la vigilia fue una forma muy simbólica y palpable a la vez de entender que no hay manera de asumir un compromiso como el que se requiere para transformar estos escenarios de violencia brutal, si no es juntas, juntes, juntos. Que allí, en responder a la convocatoria que nos hacen las personas más directamente atravesadas por estos procesos, como son las familias y los colectivos de búsqueda, y escucharles, está una clave potente para pensar lo que se requiere hacer. Que el acto ecuménico es un gran recordatorio de que la diversidad y el respeto a las diferencias nos permiten ampliar los horizontes, sumar voces, ideas y lugares desde los cuáles construir. Que encender las velas, aunque el viento las apague una y otra vez, y voltear a ver las luces que están iluminando y las manos de quienes les hacen casita para que no se extinga la llama, que todo ello nos invita a pensar en una esperanza que es activa y terca. Una esperanza que se sostiene con la creatividad, la imaginación, las acciones, el tiempo, el cuerpo de una comunidad que, aunque cansada, herida y consciente de toda la estructura que insiste en la violencia como realidad única, se aferra en dirigir la mirada también a las experiencias que nos muestran que no es así, y en seguir reflexionando en conjunto todo lo que nos hace falta para que otro mundo —uno donde hechos como los que ocurrieron en Teuchitlán no tengan cabida nunca más— sea posible.
