A pocos días de las elecciones del 2 de junio de 2024, Claudia Sheinbaum se posiciona en el primer lugar de las preferencias electorales, Xóchitl Gálvez en segundo y Jorge Álvarez Máynez en tercero. Esos resultados no podrían haber tenido lugar sin la crisis de los partidos políticos por la que atraviesa México desde hace unos años; por ello, en vez de centrar la reflexión exclusivamente en los aciertos, errores, características o infortunios de las dos candidatas y el candidato, hay que revisar con mayor detenimiento las correlaciones de fuerzas y reconfiguraciones internas de los partidos políticos a los que representan.
Para empezar, hay que tomar en cuenta que el crecimiento de Movimiento Ciudadano (MC) no sólo se basa en un marketing político con canciones pegajosas y propuestas demagógicas, tiene un trasfondo aún más profundo: el declive de la coalición “Fuerza y Corazón por México” (o PRIANRD), alianza político-electoral entre PRI, PAN y PRD, y cierta desilusión de algunos ciudadanos ante Morena como se ha expresado en diversos medios de comunicación. Desde el 2012, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN) han caído radicalmente de las preferencias de la ciudadanía, al punto de que, en 2018, ambos partidos compitieron separados y sufrieron un descalabro desastroso, acompañado del triunfo arrasador de López Obrador en las urnas.
En 2020 decidieron que su antigua alianza legislativa conocida como “Pacto por México” se convirtiera en la coalición electoral “Va por México”, que fue capaz de unificar el proyecto neoliberal en un solo bloque y atraer al voto opositor a López Obrador y su partido político: Morena. Los lastres que carga la ahora alianza opositora son, al mismo tiempo, los resultados de todos los gobiernos de corte neoliberal desarrollados entre 1982 y 2018: desigualdad, pobreza, privatizaciones de empresas públicas, estancamiento del salario mínimo, precarización laboral, militarización del país justificada en el combate contra el crimen organizado, violencia y represión social, en una larga lista de motivos que azuzaron la rabia y el hartazgo de los y las mexicanas.
De esa caída en las simpatías del PRIAN se alimenta MC, que apuesta por “disfrazarse” de progresista en la retórica, aunque sostenga un contenido represor y neoliberal en los hechos, como lo demuestran sus experiencias de gobierno en Jalisco y Nuevo León. MC se alimenta de aquellas personas desencantadas del PRIAN, pero que deciden evitar el apoyo a Morena.
En paralelo, ha tenido lugar una reconfiguración en Morena pues, llegando al gobierno, ese partido ha optado por un viraje pragmático que le ha llevado a aceptar todo tipo de “chapulines”, que, en una lógica de oportunismo, y al ver el crecimiento acelerado de Morena, han preferido “saltar” para mantener el “hueso”, antes que quedarse a sucumbir con sus partidos de origen. Ante esto, el argumento del nuevo pragmatismo morenista ha sido la intención de sostener una nueva gobernabilidad hegemónica, concesionando lugares a cambio de votos y estructuras políticas.
La nueva transición pragmática de Morena genera desilusión por parte de lxs militantes “leales” pero, al fin y al cabo, ellas y ellos son convencidos de que prefieren aguantarse el pragmatismo antes que apoyar a la alianza opositora de las derechas, o al emergente MC. En cambio, ciertos sectores de las clases medias jóvenes se han inclinado por la opción marrullera y demagoga de MC, que permite una cómoda distancia de Morena y del PRIANRD.
Otros sectores de las clases medias más afines a la derecha política han apostado por una férrea oposición al lopezobradorismo y a Morena, asumiendo una postura cada vez más ultraconservadora, como quedó en claro durante las manifestaciones del Frente Nacional Anti-AMLO (FRENAAA) y la “Marea Rosa”, que presumen de un despampanante clasismo racista con alegatos de odio hacia las clases subalternas y las políticas sociales de inclusión del actual gobierno.
Este panorama también es fruto de la crisis de representación de los partidos políticos. Aunque la derecha lanza el lamento inflamado por la polarización, lo cierto es que ésta no fue creada por López Obrador ni por Morena, sino por ellos mismos, que apostaron por una gobernabilidad oligárquica y de pacto con el gran capital, excluyendo al grueso de las clases subalternas.
Ante la catástrofe neoliberal, en 2018 Morena logró representar el descontento social y plantear una propuesta de “cambio de rumbo”, atenuando parcial y momentáneamente la catástrofe; sin embargo, al llegar al gobierno, ha optado también por cuidar la gobernabilidad y el pragmatismo, y pactar el fin de la polarización, es decir, reconfigurar el régimen de partidos a través de absorber o subsumir a priistas y panistas, a cambio de sostener una hegemonía que le permita mantenerse en la conducción del Estado por varios años más.
A eso habrá que sumar que, ahora sin López Obrador en el mapa político (según él mismo lo ha hecho saber), quedará un gran hueco de legitimidad que él encarnaba. Morena no ha logrado canalizar esa legitimidad como órgano colectivo e institucional, por eso tiene que asirse de AMLO en cada momento. No se avizora que, en un escenario sin él, Morena pueda sostenerse mucho tiempo en las preferencias electorales, pues la ciudadanía también castiga lo que no le gusta y ya se tuvo una primera prueba en 2021 cuando se perdió la mitad de las alcaldías de la Ciudad de México por haber colocado pésimos candidatos a contender en la elección.
Por todo ello podemos considerar que la crisis del régimen de partidos políticos no se ha resuelto ni se ha terminado, sólo está puesta en pausa.
