Es justo pensar esto: que, si precisamente el alma es inmortal, necesita, desde luego, un cuidado, no sólo para este tiempo al que llamamos vida, sino también para siempre; y, además, el riesgo parece que también ahora sería tremendo si alguien se olvidara de ella.
Platón, Fedón
Entiendo que hay cierta dificultad, cuando no tabú, para hablar de condiciones de salud complicadas, ya sean éstas propias o ajenas. A mi juicio, esto ha hecho que se instituya una peculiar costumbre: si nos enteramos de la enfermedad de alguien, la comentamos en voz bajita y con mucho recato hasta que, de susurro en susurro, de discreción en discreción, todo el mundo acaba medio sabiendo lo que medio sucedió. Como no me gusta esa práctica del cuchicheo respetuoso, prefiero decir, de manera directa, cuáles fueron las circunstancias que me traen ahora a compartir lo que verdaderamente me interesa, que no es sino una breve reflexión sobre el alma y la muerte. Voy entonces a ello.
Por edad, complexión y hábitos, jamás había imaginado estar cerca de fallecer tempranamente por una embolia pulmonar. Es cierto que de vez en cuando he fantaseado, con una mezcla de temor y morbo, con algunas variaciones de mi propio desenlace. Sin embargo, normalmente en mi mente cobran forma decesos que poco tienen que ver con fallos del organismo indignos de quien se percibe como suficientemente fuerte y saludable. Como verán, hasta en las elucubraciones sobre la catástrofe personal salen a relucir grandes dosis de engreimiento e ignorancia. La cosa es que, ¡oh, sorpresa!, hace unos días me veía repentinamente desalojado de un acelerado mundo en el que creía tener un rol protagónico, para quedar postrado en una cama de hospital desde la que el médico me explicaba cómo esa otra corriente vital, la de la oxigenación y la sangre, era también interrumpida por terribles conglomerados de proteínas, plaquetas y células que habían decidido, sin consulta ni permiso, colapsarme. Quizá si los doctores que me atendieron leyeran esto pensarían que estoy exagerando al decir que estuve cerca de la muerte. Sin embargo, es indudable que así lo sentí en varias ocasiones. La primera, cuando decidieron operarme de urgencia debido al alto riesgo de desprendimiento de alguna de esas obstructivas formaciones; otra, cuando me hicieron saber que al fin y al cabo era afortunado porque la que había llegado ya al pulmón estaba alojada en un lugar periférico que no comprometía la vida.
Lo cierto es que esta situación me llevó a pensar que cuando uno ha estudiado filosofía, la muerte, además de ser la misma que la de todos, también constituye un recurrente objeto de estudio. Por ejemplo, cualquiera que se dedique a la disciplina ha quedado, en algún momento de su formación, fascinado con esos sabios estoicos para quienes el fin de la vida no es más que un acontecimiento natural e inevitable que, lejos de temerse, habría de aceptarse con imperturbable sosiego. El argumento de Epicteto, sencillo y rotundo, es uno de los más conocidos bálsamos intelectuales para hacer frente a la angustia del ocaso: mientras existimos, la muerte no está; cuando ésta acaece, nosotros ya no estamos. ¿Por qué entonces preocuparnos por algo con lo que no hemos de coincidir? También, cómo no, hemos dedicado una buena parte de nuestro tiempo y esfuerzo a escudriñar el pensamiento fenomenológico de Heidegger. Su imponente obra nos enseña que nuestra condición es la de estar orientados hacia un momento límite que nos hace conscientes de la finitud y que nos abre a las múltiples posibilidades en que consiste una vida auténtica.
Y es que en realidad toda filosofía orbita siempre alrededor del último acontecimiento de las existencias con sentido. Por eso, quien se dedica a su estudio suele hacer de la muerte su compañera constante, aunque en mi caso, lamentablemente, esto no me había puesto en disposición de afrontarla. El argumento estoico no me aliviaba, porque lo que me preocupaba no era encontrarme con la muerte, sino no encontrarme en absoluto. Además, comprender la estructura del “ser para la muerte” no me infundía ninguna sensación de autenticidad en ese momento de “ser próximo a la muerte” en el que toda posibilidad se cerraba. La consciencia de mi falta de temple hizo que me precipitara en una sensación de descalabro filosófico y fracaso personal. ¿Qué era lo que me angustiaba? ¿Por qué esta antifilosófica falta de entereza cuando sentía que me encontraba en ruta directa hacia la no existencia? Fue con este estado de ánimo que mi memoria me llevó de nuevo al Fedón, el texto en el cual Platón narra los últimos momentos de Sócrates, y cuya lectura, a los 16 años, me impulsó a estudiar filosofía. ¿Tenía algo importante que volver a decirme esa obra que antaño marcara el rumbo de mi vocación? ¿Mi recuerdo me trasladaba a esa vida pasada de mi yo juvenil para contemplar de nuevo ideas eternas con las que reorientarme?
En el texto, Sócrates, que está a punto de poner fin a su vida, trata de calmar a sus amigos explicándoles por qué el alma es inmortal. Tristemente ninguno de los argumentos que expone me resultan hoy convincentes y soy incapaz de dejarme arrastrar por este pensamiento sedante. Sin embargo, creo que hay una profunda verdad cuando Platón, en boca de su maestro, afirma que la regente del cuerpo muestra su sempiterna condición en las ideas que recordamos. Porque uno no tiene que ser pitagórico ni manifestar fe alguna en una vida individual más allá de ésta para tomarse en serio la idea de que el alma, si es que eso existiera, tendría que estar vinculada a la memoria. Esa, a mi juicio, habría de ser su natural morada.
Si tanta angustia sentía por la posibilidad de mi propia ausencia era porque quería seguir recordando y que me recordaran. Desde la camilla y con una de esas típicas batas que te dejan el trasero al aire, pensaba en todas esas almas, llenas de sus propias memorias, que la mía albergaba. Imaginaba también lo terrible de convertirse en olvido para quienes en ese momento me cuidaban en la proximidad y la distancia. Pero sobre todo luchaba por poder retener y seguir produciendo recuerdos de una vida con significado al lado de las personas que amaba. En este sentido, sí creo que Platón y quienes siguen pensando que el alma es algo individual se equivocan. Yo la veo más bien como un conjunto de recuerdos compartidos que nos sostienen y prolongan. Su eternidad, lejos de quedar asegurada por la unicidad y la indivisibilidad, depende de relaciones que hacen florecer experiencias dignas de ser recordadas. En definitiva, lo que creo es que lo único inmortal es aquello que, al perecer, persiste como memoria en las otras almas.
Me quedo entonces con la duda de si esto que ahora pienso me hace estar mejor preparado para encarar un final que ha sido momentáneamente postergado. En el mismo Fedón, Sócrates sostiene que, como el alma es eterna, no puede escapar de los males de su existencia y por tanto habría que cuidarla. Ejercer la virtud, la justicia o la templanza sería lo más sensato si estamos condenados a llevarnos perpetuamente a nosotros mismos encima. Pero, ¿qué terapéutica seguir si nuestra continuidad estuviera condicionada a la conservación de las memorias? Mi respuesta está inevitablemente influida por una condición sanguínea que llena mi mente de imágenes hematológicas. Ojalá la próxima vez que me vea en esas circunstancias mi alma no esté coagulada por una masa informe de miedos, tristezas, preocupaciones y enojos. Creo que eso me permitiría sentir que puedo fluir con tranquilidad por el continuo torrente de una vida en común que se oxigena transportando, reteniendo y produciendo buenos recuerdos. Sin ser experto clínico, sospecho que quizá dispongamos de un efectivo y seguro anticoagulante en la alegría, el cuidado, la paciencia, la comprensión y la confianza. Por eso ahora mismo no puedo evitar pensar que la serenidad para afrontar la muerte depende de saber, en el momento definitivo, que no eres un trombo que obstruye la vida de las personas que amas.
