Salí de Venezuela en agosto de 2014 para hacer una maestría en México. Después, hice también el doctorado y ahora trabajo acá como académico en ciencias sociales, con Venezuela como uno de mis principales objetos de estudio. Particularmente siempre me ha interesado echar luz sobre conflictos y tensiones poco atendidas y defender la capacidad de agencia, y la heterogeneidad, de actores usualmente invisibilizados por la academia dominante. De este modo, mi país está imbricado con distintas facetas de mi identidad: no sólo es la pertenencia cultural, el arraigo, el hecho de que sea mi lugar de origen, sino que también es indisociable de mi labor académica. Eso es a veces un tanto confuso, esa mezcla entre el trabajo y la identidad personal, todo atravesado por mi país. Por esta razón, volver siempre es complejo: vuelvo a ver a gente que amo, recorro sitios y caminos que siempre me acompañan en el recuerdo, pero también me enfrento a una realidad que busco explicar. Todo siempre en conjunción con las vicisitudes de migrar: las de sentirse ajeno y reconectar.

Estoy por cumplir doce años en México y, durante ese tiempo, he vuelto varias veces a Venezuela: en 2014, 2015, 2018, 2019, 2022, 2023 y ahora a finales del año pasado e inicios del presente. Con cada crisis, el país ha cambiado muchísimo. Cada vez que voy me encuentro con una realidad distinta. Quizá esta última vez me sentí más como un pez en el agua, porque, en comparación con 2023, las cosas habían cambiado un poco menos y había un marco de referencia más cercano con el que pude conectar más rápido. Cuando la crisis estaba en su peor momento, ir a Caracas era muy duro, porque parecía una ciudad fantasma. Las caras de la gente eran lúgubres. Más recientemente, con los cambios del gobierno en términos de apertura económica, las sonrisas parecían volver. Es muy raro pasar de lo lúgubre a ver esa tímida reactivación y no poder entender del todo qué significa.

En realidad, Venezuela toda es muy difícil de entender, sobre todo si no estás allí. Si te ausentas y vuelves, te conectas con otro tiempo. Eso exige mucho emocionalmente. Siempre les digo a mis amistades que volver a Venezuela es una sorpresa: no puedes anticipar cómo te vas a sentir. Las expectativas que tienes antes de cada viaje casi siempre terminan siendo distintas a lo que realmente pasa. Pero siempre he intentado estar abierto a los golpes que te pueda dar, como también a los abrazos.

Yo tenía planeado mi viaje del 18 de diciembre al 8 de enero. Mucha gente en México me advirtió que era el peor momento para ir, por todo lo que estaba pasando con el cerco, con el asedio de Trump en el Caribe, con los vuelos, etc. Pero yo quería ir. Mi familia estaba emocionada de verme, y yo de verlos a ellos, pero también mi lado investigador quería estar allí y vivir de primera mano cómo estaba el país en el contexto de amenaza constante. Recuerdo que hice una maleta muy pesada —algo que nunca hago—. De hecho, pagué sobreequipaje por primera vez (pensaba que, si algo pasaba, entonces así tendría ropa para quedarme meses). Pasé las Navidades con la familia, celebramos fin de año, fuimos a la fiesta de una de las alcaldías de Caracas. El ambiente en la ciudad era muy alegre, lo que contrastaba con lo que estaba sucediendo políticamente.

La madrugada del 3 de enero estaba con dos amistades en una fiesta en San Bernardino. Como a las dos de la mañana estábamos por partir cuando escuchamos un avión muy veloz y luego detonaciones fuertes. Nos miramos asustados porque sabíamos que algo grave estaba pasando. Salimos del lugar en el que estábamos y manejé por la ciudad con mucha angustia. Llevé a mis amistades a su casa y, justo en un punto, pasamos como a ocho minutos en coche de Fuerte Tiuna, donde estaba Maduro, y vimos la gran nube negra. Allí no quedó duda: sabíamos que había una incursión militar, sólo que no sabíamos si doméstica o foránea. Llegué desesperado a la casa de mi papá, luego de hiperventilar al volante por la autopista y ver cómo los coches iban a alta velocidad o se detenían de golpe para no seguir por ciertos lugares. Ya en casa abracé a mi papá y me puse a llorar. Escuchamos sobrevuelos y detonaciones por una hora más. Cada vez que se escuchaba algo, me quebraba. No dormí esa noche.

Después de la angustia, se activó mi lado investigativo en clara sobrestimulación. Cuando se confirmó lo que había pasado, salí a recorrer la ciudad y realizar documentación gráfica en algunos puntos del ataque. Eso lo hice el mismo tres de enero y por varios días después. De lo más impactante que recuerdo de esos recorridos era ver que todavía salía humo en algunos lugares. Con todo, ese humo era una señal que corroboraba lo ocurrido, ante la normalidad que vino después. De hecho, fue hasta revictimizante la forma en la que el gobierno ordenó que se retomara la cotidianidad. Todo el mundo estaba en shock, incluso si no querías a Maduro. Era difícil entender lo que había pasado, sobre todo porque no había un relato que hiciera sentido. Bastante rápido regresó el béisbol, el trabajo, el movimiento en las calles… Hasta yo mismo pude regresar a México cinco días después como si nada. Siento que no hemos podido elaborar lo ocurrido. Por mi lado, esa elaboración ha sido desde el trabajo académico, pero no estoy seguro de qué tanto eso abone a una elaboración con “e” mayúscula.

Pienso mucho en mi mamá, quien falleció en 2019. Imagino la angustia que habría sentido viviendo algo así, y su ausencia se hace más presente en momentos como este. Esta experiencia también me deja una lección de humildad como científico social. A diferencia de lo que ocurre en las ciencias naturales, los fenómenos sociales son difíciles de anticipar, y lo ocurrido lo confirma. Muchos no esperábamos que Trump cruzara la línea y ahora tampoco está claro qué significa lo que pasó ni hacia dónde van el país o el mundo. Si eres chavista, estarás molesto y sin entender cómo ahora tus líderes están tan felices de hacer amistad con Estados Unidos. Si eres opositor, estás feliz de que no esté Maduro, con todo el daño que le hizo al país, pero ese sentimiento rápidamente choca con la pared de ver al chavismo todavía en el poder.

La palabra “resiliencia” está muy en boga en estos momentos en las teorías sobre la democracia. En ese sentido, hay que decir que la sociedad venezolana es una que siempre ha sido resiliente. Ya está acostumbrada a resistir lo peor. Lamentablemente, toca seguir demostrándolo. En ocasiones de alta represión en las que no se esperaría que la gente saliera a las calles, siempre termina saliendo. Cualquier vuelta real a la democracia no llega importada por avión, y no queda sino esperar que todo lo vivido recientemente pueda resignificarse, que pueda volverse una oportunidad para generar condiciones sólidas y construir un futuro mejor. Sólo que eso lleva tiempo. Se habla mucho de las posibilidades de una transición democrática y la propia palabra “transición” implica un camino que no será inmediato.

Al volver a México, me sentí muy acompañado por colegas, amistades y mi familia elegida. Esto me permitió confirmar algo, que México también es mi lugar seguro, mi hogar. Creo que estos procesos nos obligan como académicos a salir de las formas acartonadas y cuadradas de expresar nuestras ideas y a imbricar de mejor forma también las emociones en nuestro trabajo. Eso conlleva el desafío de encontrar otras formas de comunicar lo que sucede social y políticamente. Mientras termino de elaborar el trauma, sólo me quedan palabras de agradecimiento a mi gente en Venezuela, en México, y también a la Revista Común por tenerme paciencia y darme este espacio.

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