La democracia, entendida no sólo en los sentidos procedimental y electoral, basa su sentido en lo social como denominador común entre los individuos. Así, «requiere un fuerte cultivo de la sociedad como el lugar donde experimentamos un destino común incluso en las diferencias y otredades» (Brown, 2020: 43). No sólo refiere, pues, a una forma de elección de gobierno ni a una forma particular de gobierno entre otras, sino que alberga un sentido de movimiento, de diálogo, de inclusión y discusión; de construcción conjunta y de participación colectiva. Sin una noción de lo social, o de la sociedad, no podemos tener un piso común para poder participar, o discutir, en determinados tópicos relativos al destino de lo que compartimos. Por ende, el piso común que permite el despliegue de la democracia demanda el reconocimiento de la igualdad política entre cada uno de nosotros, pues ésta asegura que tanto la composición como el ejercicio mismo del poder esté autorizado por la totalidad y deba rendirle cuentas a ésta (Brown, 2020: 39).
Si la democracia no es únicamente una forma de gobierno, un régimen o un conjunto de instituciones que aseguran la transición política de los poderes, sino un modo de ser de lo político en el que es posible expresar libremente el disenso y las exigencias de la parte de los que no tienen parte o, lo democrático requiere de lo social como lugar de procedencia y como territorio. Pero también lo social, como afirma la politóloga Wendy Brown, debería ser visto en consonancia con la democracia
como el lugar donde experimentamos un destino común más allá de las diferencias y la separación. Situado conceptualmente y en la práctica entre el Estado y la vida personal, […] es el lugar donde ciudadanos de extracciones y recursos enormemente desiguales pueden juntarse y pensarse; […] donde somos más que individuos o familias, más que productores económicos, consumidores o inversores, y más que meros miembros de una nación.
(Brown 2020: 43-44).
No obstante, para la teoría neoliberal, «no existe tal cosa» como la sociedad, según fue aseverado famosamente por Margaret Thatcher, una de las pioneras de la implementación de la economía-política neoliberal en Inglaterra a principios de la década de 1980. Dentro de la lógica neoliberal, sólo existen individuos y familias, unidades mínimas de la composición social y únicos responsables de su prosperidad o su decadencia. Para Friedrich Hayek, economista austriaco, y una de las grandes inspiraciones de Thatcher (“Esto es en lo que creemos”, expresó una vez en público, mientras sostenía una de sus obras, según documenta Stuttaford), la sociedad no es más que una “expresión burda” o una “nueva deidad”; una reminiscencia nostálgica de tiempos pretéritos en los que el género humano vivía en pequeñas asociaciones. O, en el peor de los casos, un pretexto para la coerción gubernamental (Brown, 2020: 46).
La ofensiva neoliberal hacia lo social y la sociedad se ha dado también tanto en términos epistemológicos —es decir, en cuanto a la concepción misma del mundo y de la vida—, como en términos normativos —pues establece nuevas normas sociales— y prácticos —al implementar desregulaciones económicas y declinar políticas destinadas a la protección de los sectores vulnerables de la sociedad—. Un ejemplo: mientras que la democracia, entendida según los términos expuestos al principio de este artículo, requiere de regulación y de instituciones —tanto fiscales como jurídicas, laborales, educativas, etc.—, que funjan como mediadoras y responsables, en tanto que se les confiere una labor, para la óptica neoliberal esto significa una reducción de la libertad. De la libertad en abstracto, pero sobre todo de la libertad económica, financiera y empresarial: el tipo de libertad que importa al neoliberalismo y a sus élites económicas. En aras de la defensa de esa libertad, el discurso neoliberal insiste en que las crisis se originan por la distribución económica; esto es, por la «apropiación indebida de recursos por parte de varios “otros” (países, etnias, religiones, culturas, géneros, sexualidades), […] [y enmarca] así el conflicto distributivo como una guerra contra esos [otros]» (Nunes, 2024: 61). Como veremos más adelante, este tipo de antagonismo contra la igualdad distributiva, tan característico de lo neoliberal, resuena en la óptica del mundo de las derechas políticas, que suelen ser, y han sido, su catalizador ideológico. Alberto Toscano se le refiere en “Notes on Late Fascism” como la “política conservadora de la reproducción antagónica”; una vía que el liberal-libertario presidente Javier Milei pareciera tener muy en claro cuando, durante su discurso en la Conferencia Política de Acción Conservadora, se expresa de manera combativa, frontal, contra los que considera los enemigos en común de sus causas: «no cedamos frente al mal, no cedamos frente al socialismo, hay que combatirlo con más fuerza y terminarlos a patadas en el culo […] Retroceder nunca, siempre acelerar y caminando hacia el fuego. La mejor defensa es siempre un buen ataque».
Me gustaría citar aquí a Margaret Thatcher, en una entrevista realizada en 1987 por Douglas Keay para la revista “Woman’s Own”, en la que podría resumirse el prisma —epistemológico, moral y práctico— desde el cual el neoliberalismo esgrime su batalla contra lo social:
[las personas] han seguido echando sus problemas a la sociedad y, ¿quién es la sociedad? ¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres individuales y hay familias y ningún gobierno puede hacer nada excepto a través de la gente, y la gente se cuida a sí misma primero […] muchos de los beneficios [antes] estaban destinados a ayudar a la gente que era desafortunada… Ése era el objetivo, pero de alguna manera hay algunas personas que han estado manipulando el sistema… cuando la gente viene y dice: “Pero, ¿qué sentido tiene trabajar? ¡Puedo conseguir lo mismo sólo con el subsidio!”.
Este tipo de expresiones y concepciones, que no están lejos de las derechas políticas de hoy, constituyen de alguna manera el imaginario neoliberal del mundo. Tal imaginario da pie al desmantelamiento de lo social y de lo político, entendidos ambos como terrenos de organización, discusión y participación. En su lugar, se abren paso concepciones ligadas al individuo y a la competencia a toda costa en la batalla por la supervivencia, y que, volviendo a Friedrich Hayek, otorgan un descrédito mayúsculo a la justicia social.
En su conferencia de 1976, “El atavismo de la justicia social” (2012), Hayek demerita los conceptos de justicia distributiva —esto es, la distribución justa de las ganancias económicas— y de justicia social, al considerarlos, precisamente, como un atavismo: para él, la justicia social viene a ser no más que una herencia anticuada de los tiempos en los que el ser humano vivía en hordas y en comunidades pequeñas. Bajo su lógica —la cual viene acompañada de una antropodicea fabulesca sobre los orígenes de la especie—, las sociedades “comunitarias” del pasado no podían sino ceñirse a la observancia de las normas concretas a las que debían someterse por sus leyes. Esto viene a ser para él claramente opuesto a la “sociedad abierta y abstracta” de la que él es defensor, donde la normatividad no es enunciada ni recae en un soberano ni en una institución específica, sino en una suerte de consenso sobre las reglas del juego y en un orden o equilibrio endógeno de las sociedades brindado por el mercado, bajo la condición de que la competencia se encuentre siempre en operación (De Beistegui, 2018: 70). Se trata, para él, de una sociedad nueva «en la que el orden es fruto de la sumisión generalizada a unas mismas reglas de juego, lo que permite a todos hacer el uso más oportuno de su visión personal de los acontecimientos para alcanzar sus objetivos particulares» (Hayek, 2012: 421).
Las reglas del juego en cuestión son, para él, las reglas del mercado: una institución social que vendría a funcionar como un organizador natural del mundo y de las sociedades. Si el tablero de juego es el mercado, los jugadores son los individuos quienes, dicho sea de paso, deberán comportarse como pequeñas empresas o accionarios: deben, pues, administrar bien sus ganancias, expandir su rentabilidad y saber invertir en su “capital humano” —un concepto neoliberal usado en amplitud por Milton Friedman—. La forma en la que los sujetos bajo dicho prisma son imaginados, como lo explica Michel Feher en una entrevista para Nueva Sociedad, es que «la propia gente [ahora debe] venderse, o construirse en proyectos lo suficientemente atractivos como para generar el interés de los reclutadores [laborales] y, a menudo, de los prestamistas [de créditos, por ejemplo]» (Feher, 2019: 145).
Si la miramos con agudeza, esta reconfiguración del modo de pensar las sociedades y la vida de los sujetos responde también a un imaginario específico de cómo debe funcionar el mundo. Se trata del imaginario neoliberal: un imaginario que demerita los objetivos comunes de una sociedad y otorga demasiado espacio a las libertades individuales (principalmente económico-financieras) y al libre juego de la competencia, a la vez que endiosa el interés personal sobre el común. Como también lo expresa Rodrigo Nunes:
Para muchas personas, escuchar que la vida se reduce a una serie de decisiones difíciles en una lucha a muerte por los escasos recursos no parece descabellado […]; esta narrativa resuena con […] el sentimiento profundamente arraigado de que ése es el límite de lo posible y no hay otra forma de cambiar los hechos fundamentales que definen el modo en que vivimos
(Nunes, 2024: 73).
Algunos enunciados centrales de esta concepción de la vida podrían ser: no existe el Otro sino como un adversario a derribar; la justicia distributiva impide la acumulación personal de más capital; mi salud y bienestar dependen de mi responsabilidad y por tanto de mi esfuerzo; o, también, todo lo que obtenga será resultado de mi esfuerzo. La naturalización de la competencia que el neoliberalismo ha tejido a través de los años es incluso una justificación clara, para sus teóricos, de la extracción de valor y de la acumulación de ganancias, pese a que ésta sea, la mayoría de las veces, prácticamente un robo a los esfuerzos de los trabajadores. Por ejemplo, en otra parte de su conferencia, Hayek afirma lo siguiente: “Los elevados ingresos obtenidos por aquellos a quienes favorece la fortuna, sea por mérito propio o por circunstancias meramente fortuitas, son un elemento esencial del mecanismo que garantiza que los recursos se empleen en las aplicaciones que más potencian ese fondo común del que todos, en algún momento, tomarán su parte” (2012: 425). Como es notorio para él, los receptores de las grandes fortunas económicas garantizan el crecimiento de un “fondo común” del que todos tomaremos parte en algún momento. La lógica que se encuentra detrás de esto es tan simple que parece absurda dadas nuestras actuales condiciones de vida: dejar ganar a los afortunados es sinónimo de que todos ganemos en el futuro. Tal es el piso, por decirlo de alguna manera, del pensamiento neoliberal: el antagonismo es fecundo.
Aunque los ejemplos de Thatcher y Haye pudiesen parecer ya viejos, hoy es innegable su vigencia en personajes como Javier Milei o Salinas Pliego. Este último participó en la más reciente Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), la cual tuvo lugar en Argentina el pasado diciembre de 2024. Para subrayar la actualidad y el arraigo del imaginario neoliberal al respecto de la igualdad y la libertad, me gustaría citar un fragmento de su intervención, grabada por el canal ALFATVMX:
El zurdo tiene la otra palabra que es “igualdad”, y esa palabra es nefasta, es nociva y es del lado del mal. Y por eso estamos hoy hablando de la batalla cultural… bueno, significa que existe el bien y existe el mal, y hay que ponerle nombre al mal, ¿qué significa? La clave del mal es la igualdad, y el subyacente que viene ahí es la envidia. Los zurdos no pueden ver a alguien que tenga éxito […] no han podido salir adelante y entonces piensan que se merecen más de lo que tienen.
Sus palabras, como he dicho, expresan la vigencia del pensamiento neoliberal y su insistente lucha por los conceptos: esto que últimamente gustan llamar batalla cultural. Tal parece que han dejado claro que en el terreno del pensamiento y de la disputa de las ideas hay también un bastión muy importante para la instauración de su imaginario de la vida, de la sociedad y del mundo. Puesto que para ellos la libertad es esencialmente asocial —es decir necesariamente individual y económica—, es vista como un instrumento de poder, y por ello debe estar desprovista de la preocupación por los otros, el mundo o el futuro (Brown 2020: 60 y 61). Desde la teoría neoliberal que ha gestado estos imaginarios, la sociedad y la justicia social no son más que productos de «arrogantes hacedores del bien., racionalistas y déspotas, aquellos con ambiciones de diseñar y dirigir la sociedad, antes que honrar la libertad [básicamente de mercado]» como lo expresa Wendy Brown de nueva cuenta al respecto de los planteamientos de Friedrich Hayek (Brown, 2020: 65).
En aras de seguir ilustrando el código del imaginario neoliberal entre sus facilitadores políticos, vuelvo a poner el ejemplo de Milei, quien también se ha expresado en distintas ocasiones de manera peyorativa sobre la justicia social. En la edición de 2024 de la CPAC con lugar en Washington, donde el presidente argentino conocería a Donald Trump, casi al final de la conferencia, emitida a través de Youtube por el canal “La Nación”, Milei aquél dijo lo siguiente:
[…] la otra gran amenaza por donde atacan los socialistas y el estatismo es básicamente la discusión entre eficiencia y distribución. Donde ahí se señala al capitalismo como un sistema hiperindividualista y se lo compara frente al altruismo socialista… con el dinero ajeno. Y esta aberración se lleva a cabo en nombre de la justicia social […] De hecho, como dice el gran Jesús Huerta de Soto [economista español representante de la escuela austriaca neoliberal] “la justicia social es violenta e injusta”, o sea no es ni justa ni social ni nada: es una aberración. En primer lugar es injusta porque implica un trato desigual frente a la ley; y la redistribución que implica la justicia social es robarle a uno para darle a otro, lo cual hace que la justicia social, además de violenta, sea injusta […]
Hasta aquí puede comenzar a ser evidente el vínculo y la vigencia de los planteamientos neoliberales que sostienen las gramáticas comunes de las derechas políticas de hoy en día. El neoliberalismo no ha desaparecido. Parafraseando a Rodrigo Nunes, sigue ahí; tambaleándose, pero de pie. Sus voceros son aquellos personajes que, como Milei, Bolsonaro, Salinas Pliego, Viktor Orbán, etcétera, se encargan de mantener vivas sus consignas incendiarias y sus imaginarios. Basan su instauración en la fuerza y el tono de combate pugilista. Siempre hay un enemigo a combatir. Importa poco si el ultraderechista neoliberal realmente cree que el otro es el diablo o no, como diría Adorno: debe actuarse de acuerdo con la creencia de que ese otro debe ser derrotado cueste lo que cueste.
Lo que se encuentra en juego en la reconfiguración epistemológica del neoliberalismo es, por un lado, una personalización y apropiación del concepto de libertad entendida principalmente como exclusivamente individual, interesada y asocial; y, por otro, una desacreditación expresa de la igualdad. Al ser ambos, tanto la libertad como la igualdad conceptos que históricamente se originan en las concepciones políticas de izquierda —aunque esto último es algo que tomaría mucho más tiempo y espacio explicar—, una de nuestras tareas es poner en tela de juicio, desde una mirada crítica, el modo en que las derechas políticas y los imaginarios neoliberales de la vida pretenden reorganizar el sentido de conceptos que son útiles para la defensa de lo social como terreno común y de la democracia como lugar de participación de todos los que constituimos la sociedad. Una sociedad de sujetos individualizados, persecutores de propio interés en aras de la exclusividad de su libertad y desprovistos de toda creencia en la justicia y la igualdad, es una sociedad de competencia y de justificación del paradigma de los “más fuertes”. Hoy sabemos que este paradigma de darwinismo social no es del todo útil ni deseable por sus consecuencias más evidentes. Sólo hace falta voltear a nuestro alrededor.
Referencias
Brown, Wendy. (2020). En las ruinas del neoliberalismo: el ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Tinta Limón
De Beistegui, Miguel. (2018). The Government of Desire: A genealogy of the Liberal Subject. University of Chicago Press.
Feher, Michel. (2019). “Por qué y cómo convertir los mercados financieros en el nuevo foco de las luchas sociales”, entrevista con Ivan Du Roy. Revista Nueva Sociedad (281).
Hayek, Friedrich. (2012) [1976]. “El atavismo de la justicia social”. Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política 9 (2), pp. 415-430
Nunes, Rodrigo. (2024). Bolsonarismo y Extrema derecha. Una gramática de la desintegración. Tinta Limón.
