Antes de preguntarnos si los animales poseen cierta clase de inteligencia, especialmente las facultades que valoramos en nosotros mismos, tenemos que vencer nuestra resistencia interna a siquiera considerar la posibilidad.
Frans de Waal, ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales?
El simio es, con seguridad, la única criatura racional, la única que posee un alma al mismo tiempo que un cuerpo. Los más materialistas de nuestros sabios están de acuerdo en reconocer la esencia sobrenatural del alma simiesca.
Pierre Boulle, El planeta de los simios
El día 14 de marzo falleció Frans de Waal, reconocidísimo y carismático etólogo que dedicó su vida al estudio de la conducta de los primates y cuya fascinante obra de divulgación nos enseñó que la moralidad, la política y la inteligencia no son fenómenos exclusivos de nuestra especie, sino dominios compartidos con nuestros muy cercanos parientes evolutivos antropoides. Y es que el primatólogo holandés comprendió perfectamente que sus numerosas investigaciones, al desafiar las concepciones tradicionales sobre la naturaleza animal, tenían que ir más allá de los angostos recintos académicos de producción de papers y llegar a la mayor cantidad posible de estos homínidos deshermanados que somos, con el fin de hacernos entender que, en el reino animal, muchas de las facultades que creíamos exclusivas están más repartidas de lo que pensábamos.
Así, de Waal fue capaz de contagiarnos su entusiasmo y fascinación por los primates al mostrarnos abundante y sólida evidencia que nos obligaba a admitir que la imitación consciente, la empatía, el altruismo, la capacidad de elaborar planes a futuro o el reconocimiento de las intenciones e intereses del otro son facultades que constituyen la rica vida mental de diferentes especies, algunas de las cuales se agrupan en comunidades complejas en las que la impartición de justicia, las reconciliaciones, las alianzas, las venganzas y los castigos están a la orden del día.
Con estas nociones generales de fondo, me gustaría compartir dos breves ideas para homenajear la gran figura científica que será siempre Frans de Waal. La primera tiene que ver con la impronta que me dejó el primero de los libros que leí de él, Simios y filósofos. Habiéndolo comprado sin conocer al autor y dejándome llevar por lo sugerente del título, su lectura me hizo salir del sueño dogmático de una filosofía que consideraba la razón (humana) como la piedra de toque que determinaba el deber de nuestras conductas y me introdujo en el apasionante mundo de las raíces evolutivas de la moral. Explorar ese espacio argumentativo y evidencial, no sólo disciplinarmente ajeno, sino incisivo con la tradición a la que pertenecía, supuso una brusca sacudida de los pilares que sostenían algunas de mis pocas convicciones filosóficas. Tras su lectura acabé reconociendo, por la fuerza a la que obliga la razón, que la razón misma, desvinculada de la empatía, el altruismo y la reciprocidad, no es que sea un mero formalismo desarraigado del mundo de la vida, sino que, simplemente, no podría haberse dado.
La adopción de esta nueva perspectiva no suponía, desde luego, desconocer las virtudes, logros y alcances de aquellas perspectivas morales y políticas que ponen en el centro las especificidades inferenciales y lógico-argumentativas humanas. Tampoco implicaba asumir una postura que redujera la filosofía moral a un registro de expresiones emocionales en el que se ignorara la función legisladora de la razón práctica. Sin embargo, sí me comprometió con la idea de que las emociones son un componente fundamental de la moralidad que compartimos con otras especies y sin el cual sería imposible el forjamiento de nuestros vínculos sociales o la existencia de cualquier tipo de reflexión ética.
Sobre este asunto, el que quizá sea el más famoso experimento de Frans de Waal, resulta profundamente revelador. Es más o menos así: dos monos capuchinos están metidos en jaulas contiguas, de tal forma que cada uno de ellos puede ver lo que sucede con el otro. El experimentador, o sea, Frans de Waal, premia a uno de ellos con comida cuando ejecuta bien una tarea. Al otro, por la misma acción, le da también alimento, pero algo menos sabroso. Pues bien, resulta que tras la primera ejecución podemos observar que cada uno de los monos disfruta felizmente de su premio; sin embargo, tras las siguientes acciones exitosas, cuando el segundo mono se percata de que el primero recibe uno mejor, arroja el suyo con enojo al experimentador. El experimento, como es de imaginarse, tuvo un profundo impacto: una especie distinta a la humana expresaba algo que podríamos llamar sentido de la justicia. ¡Qué lejos quedaba entonces la tesis mecanicista de que los animales no sufren, sino que responden a estímulos! Se estaba abriendo la puerta de par en par a la posibilidad de que los animales, además de sufrir físicamente, también pudieran hacerlo psicológicamente cuando sintieran estar recibiendo un trato injusto al que responderían con lo que podríamos considerar un justo enojo. La justicia, fenómeno archirreflexionado por teóricos y filósofos políticos, irrumpía así en un mundo diferente al de ese homínido autodenominado sapiens.
Por supuesto que hay muchísimas más evidencias de conductas morales basadas en la expresión o el reconocimiento de una emoción. Comportamientos altruistas, de reciprocidad y empatía han sido registrados en múltiples especies. Sin embargo, no profundizaré en esto e iniciaré con la segunda de mis ideas, que tiene que ver con algunas cuestiones que me daban vueltas por la cabeza desde que supe de la muerte de Frans de Waal y que me hicieron ir al cine a ver la última entrega de El planeta de los simios, un flamante estreno que inevitablemente me trasladaba a las tesis de quien escribió La política de los chimpancés. Una de mis preguntas era la de si no estaríamos vistiendo artificialmente a “los monos” con exquisitos ropajes morales humanos cuando ya tendríamos que saber por el refrán que “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”. Sobre este asunto, yo mismo he recibido alguna reprimenda académica por imputar cualidades supuestamente humanas a otras especies. Pero es que además, en caso de sí poder atribuir a muchos animales capacidad sintiente e inteligencia y a algunos de ellos moralidad, sentido de la justicia y cualidades políticas, ¿sería insensato imaginar un acto revolucionario de destronamiento del rey humano que diera paso a una nueva república animal que atendiera y respetara la diversidad de formas en que se expresan las capacidades e intereses de lo vivo?
Pues bien, con estas preguntas y como una acción simbólica que me parecía de lo más apropiada tras la muerte de Frans de Waal, me dirigí al cine. Tengo que confesar que me quedé dormido a mitad de la película y no puedo decir que lo que vi me interesara mucho. Me decidí entonces por volver a la novela, una joya de la ciencia ficción escrita en 1963 por el francés Pierre Boulle y que ganó popularidad por ese inicio de la saga que nos regaló una de las más icónicas imágenes de la historia del cine: la de un desdichado Charlton Heston que se encuentra con la cabeza de la Estatua de la Libertad asomando por la arena de una futura playa de la Tierra. El caso es que cuando busqué la novela, descubrí que el propio Frans de Waal había escrito una introducción para la edición de Folio Society de 2020. Lamentablemente no he podido encontrar copia u original de ese texto, así que espero que lo que a partir de ahora diga no contraríe el espíritu, las ideas o las intenciones con las que presentó la distopía simiesca.
En la novela, Ulysse Mérou, un astronauta francés que forma parte de una expedición espacial, llega a un planeta aparentemente desierto que pronto se descubre habitado por una civilización de simios inteligentes y una comunidad de humanos carentes de palabra y discernimiento. Tras una batida llevada a cabo por los simios contra los desnudos, desprotegidos y desarmados homínidos extraterrestres, Mérou es hecho prisionero y llevado a un centro de investigación sobre conducta humana. Allá trata de hacer entender a sus captores que él no es como esos hombres brutos que habitan aquel planeta, sino una persona dotada de alma y cultura. Sin embargo, todos sus intentos por mostrar su naturaleza son rechazados por los etólogos primates. Incluso las palabras del astronauta, que poco a poco va aprendiendo el lenguaje simio, son interpretadas como una extravagancia más digna de llevar a un circo que de poner en marcha una investigación sobre la existencia de una verdadera capacidad lingüística. Al fin y al cabo, ¿cómo podría ser capaz de hablar un humano?
El escenario que plantea y desarrolla la novela me invita a pensar en la antropomorfización. Los simios civilizados son incapaces de reconocer una inteligencia que está expresándose delante de sus narices. ¿Y no es lo mismo que nos ha pasado y seguramente nos siga pasando a nosotros cuando nos negamos a aceptar comportamientos y estados mentales inteligentes en una enorme cantidad de formas de vida que resuelven eficazmente los múltiples problemas de los complejos mundos que habitan? Cuando los investigadores chimpancés se resisten a aceptar que el astronauta posee cualidades simiescas por temor a dejar de ser los únicos poseedores de espíritu, están llevando a cabo un ejercicio parecido a quienes nos siguen criticando de antropomorfizadores. Y es que ¿por qué no llamar inteligentes a conductas similares a aquéllas que sí creemos que lo son?, ¿por qué no llamarlo justicia cuando hay un reparto equitativo entre los miembros de un grupo? El número de pelos o patas no es un criterio razonable para decidir si se está dando o no cierta cualidad cognitiva o moral. Tampoco parece sensato buscar un nombre distinto a un fenómeno que ocurre en otras especies cuando ya tenemos un concepto que refiere al mismo fenómeno en el ámbito de lo humano.
Sobre este asunto, creo que Frans de Waal tenía razón. La antropomorfización no constituye el gran riesgo en el incurrimos cuando tratamos de atribuir facultades a otras especies. Al contrario, si se toma en serio, nos motiva a indagar sobre la existencia de capacidades que siempre fueron rechazadas por la arrogancia de una especie que se ha autocomprendido como radicalmente diferenciada y superior al resto. El mismo de Waal defendió una antropomorfización crítica, aunque quizá el mismo concepto sea problemático porque puede dar la sensación de que estamos humanizando lo no humano en lugar de reconocer facultades compartidas. En cualquier caso, sea cual sea el concepto que utilicemos, creo que nos iría mucho mejor si evitamos ser como el orangután del planeta de los simios, el Dr. Zaius, que no podía ver lo que tenía en frente por temor a caer en ridículas simiomorfizaciones.
