Visitamos el correccional Daleney Hall, en Newark, donde el pasado 13 de junio se fugaron cuatro detenidos por ICE en medio de una confusión nocturna, entre zarandeos y gritos. Hoy algunas almas permanecían en la entrada a la espera de otros, pero tal vez ya los reclusos habían sido desplazados a otro recinto. O al menos eso se comunicó a horas tempranas de la mañana. Como ya sucedió en el 2020, es obvio que la gran marcha organizada en diversas ciudades puntuales —con el impulso y los dólares de la heredera de Walmart— es otro instrumento contrainsurgente para ralentizar los focos dónde se ha concentrado, a lo largo de estos días, la energía del disturbio ampliado, en el que se entrecruzan la destrucción de la mercancía y el desplome de los salarios.
Daleney Hall es ciertamente un ominoso lugar: el gris del día lluvioso se confundía con el arabesco del alambre de púas sobre las rejas. Las cámaras de seguridad multiplican los ojos ad infinitum, y es algo que sentimos de inmediato. Como tantos otros correccionales administrados por grupos privados, Delaney Hall es una entidad privada a manos del GEO Group, cuyas ganancias netas este año fiscal superan los dos billones de dólares. En un momento de crecientes excedentes poblacionales, en medio de la crisis demográfica y del agotamiento del crecimiento laboral, la prisión es un reservorio ineludible para sostener el patrón de acumulación en picada, como quedó claro en la disputa entre los federales y el alcalde Baraka de hace unas semanas. Las disputas por la representación en Estados Unidos casi siempre son pugnas por cómo organizar, acoplar, y distribuir la tasa de ganancia en las diversas capas institucionales. Y poco más.
Daleney Hall nos da entrada a la totalización carcelaria del mundo. Allí la interioridad y la exterioridad se aproximan y se repliegan. En todo momento el cerco de la cárcel puede desbordarse al mundo (las calles fueron cerradas tras la irrupción del jueves), a la vez que el mundo tiene su espejo de príncipe paupérrimo en el correccional privado: nuestro mundo es, cada vez más, un mundo encarcelado. La comprensión liberal no llega a dilucidar este presupuesto, del cual se deriva el poder del rex regnat. El paisaje mismo lo confirma, puesto que del otro lado de la avenida Doremus, de cara al Río Passaic, es posible ver el corredor completamente erizado por los contenedores de Maersk en garajes variopintos y grisáceos. Factoría y penitenciario son los dos ámbitos de la autonomía de la modernidad que ahora se rebelan contra la degradación de la especie humana, a tal punto que sobreviven a su colapso. El vaso comunicante entre el neo-nacionalismo arancelario y la activación de las redadas en las comunidades más precarizadas de migrantes y trabajadores informales en el país son dos polos del mismo nexo de competitividad que opera mediante mecanismos efectivos y feroces en su intento por erigir, a punta de fuerza bruta, un nuevo crecimiento industrial estable y homogéneo. Se dice que los territorios son ingobernables, pero esta descripción sólo es legible si entendemos la configuración del espacio como último reducto de la circulación por encima de las viejas mediaciones de la producción. Si los modernos comprendieron la circulación como índice del tiempo, la oposición entre ciudad y hinterland norteamericana (esos territorios pauperizados en las periferias de los centros metropolitanos que ha estudiado Phil Neel) nos instruye en su dominio especializado como reserva fluctuante de la nueva física del valor concentrado. Es así que se organiza el espacio en el entorno metropolitano: infraestructura de la factoría planetaria (gula y consumo de un lado, hambruna del otro); y, en su reverso, la comunidad de rehenes y semihumanos, seres excluidos de la comunidad de la especie, no tanto porque hayan sido sustraídos de la Society (de la que nunca fueron parte), sino porque, al no estar aún muertos, experimentan la muerte como simulación de una no-libertad, como “inmanencia absoluta de la muerte que se renueva cada día”, por ponerlo en palabras de José Revueltas en el Diario de Lecumberri. Para los rehenes, cada día el tiempo se vive como aniquilación y vacío, como posible última vez. Y, al mismo tiempo, en ese “cada vez” yace la génesis de un quiebre del cerco, de una interrupción, de la fragmentación contra la compresión ordenada de la espacialidad. La depredación en curso es simplemente proporcional a la fragilidad de los viejos ideales de contención y futuro.

En Newark, el mundo de las mercancías y el mundo de los humanos se confunde en el ámbito cada vez más abstracto de la administración de los poderes indirectos. No hay americanismo feliz que no sea, en su fuero interno, el olvido sistemático de los rehenes como destino concreto del excedente poblacional que a duras penas sobrevive al interior del declive; esto es, de la época inmóvil, decreciente y decadente, que hace de la rapiña al interior de la crisis del valor un verdadero ejercicio de ruleta rusa contra todos sus partícipes (la figura es de Jamie Merchant en Endgame: Economic Nationalism and Global Decline). No existe americanismo que no conduzca a la proliferación de celdas, reducto de la desesperación de una libertad mutilada y necrófora.
Ahora es posible ver cómo toda crítica “política” cae a nuestros pies hecha trizas de una fiesta ya lejana: la crítica radical debe insistir en lo que claramente es una metamorfosis acelerada que apunta contra la especie humana en su totalidad. Sólo desde allí es posible reiniciar la recuperación del mundo como gnosis fugitiva de un zoológico diagramado a escala mundial. Por supuesto, no hay vía contrametropolitana que no se mida contra el desmantelamiento de esos dos polos de la absorción del espacio: la factoría y el correccional. El penitenciario Delaney Hall constata que el campo sigue siempre adelante de nosotros como una estrella radiante y glacial. Y en su reproducción mundana, las viejas y nuevas celdas organizan el letargo rutinario como pequeños montículos en lo espeso de la tierra baldía.
Newark, N.J., junio de 2025
