La bandera roja en la playa de Pampelonne estaba al alza. Los vientos mediterráneos golpeaban en el municipio de Ramatuelle, un centro turístico de la Costa Azul, no muy lejos de Saint-Tropez. A lo lejos, a unos cuantos metros de distancia, el mar sacudía con su oleaje la calma de un día de verano. El sol caía sobre los bañistas recostados en la playa francesa, mientras que una mujer se levanta repentinamente al ver en el horizonte a dos niños ahogándose dentro del mar.
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La presencia de Anne Dufourmantelle en México fue un acontecimiento en todo el sentido badiousiano. Quizá pocos tuvieron la oportunidad de escucharla o de asistir a alguna de las presentaciones que hizo en la Ciudad de México y en Cuernavaca, pero aquellos que sí pudieron constatar que la fisura acontecimental no fue precisamente por el aforo del público o la afluencia de los medios, sino que el verdadero antes y después que provocó su estancia en el país fue la erudición que transmitió a través de la belleza del lenguaje en conjugación a la potencia de su dulzura en cada encuentro. Anne visitó México en los primeros días del mes de noviembre de 2015.
Cuando recibí su correo electrónico, luego de haber convivido con ella durante mi último año en el doctorado, me alegró mucho la sencillez con la cual planeaba su visita. Quiero descubrir México y dialogar con la gente, decía. Así, me puse a organizar su primera visita a este país, en honor a la entonces reciente traducción y publicación que hicimos de su libro Elogio del riesgo en Paradiso editores. Aunque su diálogo con Jacques Derrida en torno a la hospitalidad ya había sido publicado en Buenos Aires por Ediciones de la Flor en 1997, o aunque podamos encontrar un artículo suyo sobre Tótem y tabú traducido para la conmemoración del centenario de la obra freudiana y publicado por Siglo XXI en 2013, Elogio del riesgo fue el primer libro suyo traducido al español. Era un libro por el que sentía un cariño especial, y así me lo hizo saber: “Quiero que lo publiques”, me dijo. Eso hicimos, pocos meses antes de su primera visita a México.
A pesar de que varios colegas psicoanalistas no se enteraron de ello —algunos, de hecho, ni siquiera conocían su obra—, Anne Dufourmantelle se presentó en la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM) el martes 3 de noviembre de 2015 ante un asiduo público, en su mayoría formado por jóvenes de posgrado. Una de las asistentes salió de ahí con la grata sorpresa al confirmar que el psicoanálisis también puede ser pensado desde la dulzura, a partir de la generosidad que evoca abrir un espacio y un encuentro con la otredad —lo extranjero—, sin dejar de lado sus metas terapéuticas. Al día siguiente, Anne visitó a la recién fundada Sociedad Freudiana de la Ciudad de México (SCFM), donde supervisó un caso clínico, además de ofrecer una charla sobre una de sus figuras mitológicas predilectas, Eurídice. Las actividades programadas para su estancia en México concluyeron el jueves 5 de noviembre por la mañana, cuando visitó la Universidad Latina en Cuernavaca para presentar Elogio del riesgo. Tras este último encuentro, recuerdo que Anne, ante el asombro genuino por la vitalidad que palpitaban las docenas de estudiantes que se congregaban para escucharla, me decía “me encanta escuchar las risas de la juventud”. Antes de regresar a la capital, pasamos por Tepoztlán.
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“La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros, lo vivos, corremos”. Así comienza Elogio del riesgo (Paradiso editores, 2015). Recuerdo la primera vez que hablamos del tema, con su escucha atenta y precisa, su voz diciendo cómo es que se ponía a escribir. En este libro, Anne nos comparte distintas maneras de entender el riesgo. Más que estudiarlo del lado de la muerte o del fracaso, siempre lo aborda del lado de la vida. ¿Cómo comprender el riesgo en tiempos donde se espera que todo sea calculado? Los análisis de mercado, las crisis financieras, los discursos políticos nos han conmovido (y convencido) de que es mejor no correr riesgos, de “vivir” una vida calculada, a pesar de que eso signifique que quede sedada, carente de toda vitalidad con tal de no incurrir en riesgos innecesarios. Esto mismo es a lo que Anne se opuso fervientemente.
El riesgo abre un espacio desconocido. Al asumir que debemos dar un salto hacia adelante (¿o hacia atrás?), el riesgo ofrece justicia a su origen etimológico, palabra que aparece tardíamente en el siglo XVI en su forma francesa, risque. Derivado de riscare, que significa “correr hacia un peligro”, el riesgo es una condición inherente de la vida. Ya lo afirmaba Anne en tinta: “No puede haber vida sin riesgo”. El riesgo también debe su raíz etimológica a otra acepción, aquella que expone un espacio. En los siglos XVI y XVII, los exploradores occidentales zarpaban a viajes alrededor del mundo a través de mares desconocidos, siempre con el riesgo de que su nave se estrellara sobre un risco. Así, el riesgo nos confronta no solo con un peligro sino también con una condición humana: la pérdida.
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La vocación filosófica y la escucha psicoanalítica de Anne Dufourmantelle siempre estuvieron atravesadas por su escritura. En un estilo de incomparable originalidad y poco habitual para los cánones psiquiátricos o académicos, Anne encontró en su escritura —a veces confesional, a veces literaria— un espacio propio, una habitación compartida con sus filósofos queridos y otras figuras de antaño. De esta manera, fue una mujer que conoció el amor de muchas formas —por la sabiduría, por el encuentro, por el no saber, el amor sororal, el amor materno, el amor carnal—, superando las fronteras a las que nos induce el Eros o, mejor aún, el cupiditas. Así se despliega su obra a través de una escritura que transmite el amor por el lenguaje y la alteridad a quien se involucra en el acto de escribir, pero también por aquello que nos lleva hacia lo desconocido, a un inframundo, como en el mito de Eurídice, en pleno renacimiento de las oscuridades ante un estallido de luz gramatical. Pero, como en el caso de la ninfa dríade, ¿estamos descendiendo a la noche o emergiendo hacia una luminiscencia estival? La pregunta nos asedia.
No es inusual que abriguemos a nuestros ídolos con gabardinas áureas o que las condecoremos con coronas de olivo. Acaso por ello, la prensa comenzó a referirse a Anne Dufourmantelle como la “filósofa del riesgo”. A mi parecer, esta marca es equivocada, incluso sesgada por el amarillismo cultural. Si hay algo de lo cual podría distinguirse la obra de Anne, ésta merecería tomar, en su lugar, el nombre de filósofa del acontecimiento, y precisamente tomando prestado uno de los cuatro procedimientos de la verdad sugeridos por Alain Badiou, me parece que sería más apto destacarla como la filósofa del acontecimiento amoroso, con todos sus matices nietzscheanos.
Cuando salimos de la iglesia del Ex Convento de la Natividad en Tepoztlán, nos dirigimos al mercado para sentarnos en un puesto de quesadillas. Era noviembre, como he dicho, y todavía teníamos a la mano la temporada de chapulines. Cuando le ofrecieron un chapulín de patas rojas, recuerdo cómo su rostro proyectaba el gesto de una niña curiosa y espectadora. Al preguntarle si quería probarlo, me dijo sonriendo, “No puedo arriesgarme tanto”. ¡Vaya paradoja!
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¿Qué hemos perdido con la partida de Anne? Perdimos a una gran mujer, filósofa, psicoanalista y pensadora contemporánea, una voz fresca para otras generaciones. Siempre sostuvo su práctica psicoanalítica como un espacio de hospitalidad. Así lo decía: “El tiempo de la sesión es un tiempo en el cual la hospitalidad brinda acogida a lo que el sujeto ignora […]. Es así como se hace el espacio de una traducción inédita”. Qué mayor hospitalidad que la que nos dejó a través de su obra, ese legado por descubrir.
Anne escribió que el riesgo era un momento de decisión, un kairós y no un aión. Por más calculado que sea el riesgo, los mecanismos de poder provocan que su vitalidad quede suprimida a un mínimo. Pero ¿qué es el amor sin tomar ese riesgo? Incluso durante su charla en Cuernavaca, mencionó que hoy en día el mayor tropiezo del amor es que demandamos al otro que nos ame como no somos capaces nosotros mismos de amarnos. Tal como Orfeo asume el riesgo de regresar por Eurídice al inframundo, el amor es un riesgo que implica asumir una posición subjetiva ante la pérdida.
“Arriesgar la vida” es saber que en cualquier momento la podemos perder, por lo tanto, si lo único que podemos arriesgar es la propia vida, entonces, ¿por qué alejarnos de ella con el fin de protegernos y vivir una vida insípida? Ya lo decía Marco Aurelio (un filósofo de su agrado): “No hay que temer a la muerte, sino a no haber empezado nunca a vivir”. A lo lejos se escucha el canto de Beatriz.
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Anne Dufourmantelle falleció el 21 de julio de 2017, en aquella playa de la Costa Azul debido a un paro cardiaco, luego de entrar al mar para salvar a aquellos dos niños. Se sumergió en las olas mientras daba un clavado hacia la vida en aras de rescatar lo infantil. Lamentablemente, nunca logró salir con vida, y sin embargo podemos testificar con qué coraje y vitalidad entró en ese mar. Las noticias de la filósofa y psicoanalista que arriesgó su vida por el prójimo circularon por el mundo: un caso que ilustra cómo el riesgo siempre antecede a la decisión de perder y sabernos vivos, realmente vivos.
Au revoir, chère amie.
