Desde finales de junio, cada semana Claudia Sheinbaum ha ido revelando a las personas que conformarán su gabinete ampliado. Al día de hoy, salvo Marina y Defensa Nacional, sabemos ya quiénes ocuparán las principales secretarías y direcciones generales del gobierno federal. Los nombramientos de Sheinbaum no han sido tan espectaculares como en su momento los de AMLO, quien presentó los nombres de su gabinete durante las campañas electorales, una práctica que lamentablemente no se repitió. No obstante, aunque con ciertas excepciones, las personas elegidas y la manera en que se ha dado el proceso de transición representan, en mi opinión, una razón más de esperanza para quienes apoyamos la Cuarta Transformación. Sin negar los grandes desafíos que enfrentará el nuevo gobierno, en esta columna quisiera explicar el porqué de mi optimismo en el relevo.

Las características del cambio que viene en el gobierno federal se pueden sintetizar en tres puntos: transición sin ruptura, consolidación de nuevos cuadros y experiencia acumulada. La convergencia de estas características hace del caso mexicano algo excepcional al compararlo con otros países que han votado a la izquierda en América Latina y puede ser clave para el éxito y la consolidación del movimiento progresista en México.

Si revisamos lo que ha sucedido en las últimas tres décadas con otros gobiernos de izquierda latinoamericanos, veremos que en varios países ciertas figuras han monopolizado o monopolizaron la escena política nacional por largos periodos: Hugo Chávez, Evo Morales, Lula da Silva, los Kirchner y Nicolás Maduro, por ejemplo. En otros casos, el relevo se dio con rupturas o traiciones, como sucedió en Ecuador con Rafael Correa y Lenin Moreno, o como está pasando en Bolivia con Luis Arce. En Chile y Perú —si es que Ollanta Humala puede considerarse de izquierda— los cambios se dieron mediados por gobiernos de derecha, y los equipos de trabajo de Gabriel Boric y de Pedro Castillo se caracterizaron por una (casi) completa renovación y, por lo mismo, por la escasa experiencia. Esto último ha marcado también al gobierno de Petro en Colombia, aunque en su caso se trata de un presidente inédito de izquierda.

El enquistamiento de líderes, las venganzas o la poca experiencia han representado serios problemas para los gobiernos de izquierda latinoamericanos y han llegado a comprometer su estabilidad. ¿Cómo es que las características en el relevo mexicano constituyen una afortunada excepción? Veámoslo punto por punto.

Transición sin ruptura

Todas las transiciones presidenciales en México están determinadas por un principio fundamental: el de la no reelección. Son pocos los países en el mundo que prohíben la reelección de presidentes o primeros ministros; en América Latina, además de México, sólo lo hacen Guatemala, Colombia y Paraguay. Difícilmente un mandatario con una aprobación popular del 70% no hubiera buscado repetir en el cargo en caso de ser permitido. Es, pues, por el principio de no reelección que AMLO dejará de ser presidente en poco más de un mes, a pesar de lo que pensaron algunos opositores paranoicos y desearon sus más fervientes groupies.

Pero López Obrador no sólo dejará la presidencia, sino que ha prometido alejarse por completo de la vida pública. Esta situación puede ser también determinante para la transición. Más allá de que AMLO brinde o no su consejo y apoyo en privado al nuevo gobierno, la promesa de que no ocupará más el lugar protagónico que por más de veinte años ha tenido en la vida política del país implicaría, de cumplirse, una reconfiguración radical de la esfera pública, y abriría la puerta a que otros personajes —empezando por Claudia Sheinbaum— lideren el escenario. Cabe destacar que en este punto no sólo se desmarcaría AMLO de otros líderes de América Latina, sino también de expresidentes mexicanos como Vicente Fox y Felipe Calderón, cuyos protagonismos e impulsos controladores han causado grandes daños a la oposición.

Un tercer factor determinante en esta transición, el cual constituye el punto de no ruptura, es la disciplina que ha mostrado Morena como partido y el hecho de que, sorprendentemente, los precandidatos a la presidencia —particularmente Marcelo Ebrard— terminaron por cuadrarse a la designación de Sheinbaum y, más aún, se han incorporado al equipo del nuevo gobierno. Esto habla de la buena gestión de la dirigencia del partido, pero también del peso aglutinador que representa la figura de AMLO. En ese sentido, nada garantiza que la armonía se mantenga dentro del movimiento y éste será uno de los grandes retos que enfrentará Sheinbaum y quienes queden al frente de Morena. No obstante, al día de hoy podemos decir que, a diferencia de lo que había ocurrido dentro de la izquierda partidista mexicana, en Morena la teoría de juegos apuntó hacia el bien mayor.

Consolidación de nuevos cuadros

El 4 de julio Sheinbaum anunció a Mario Delgado como el futuro secretario de educación pública. La noticia cayó como un balde de agua fría entre muchos simpatizantes del movimiento, pues una vez más se privilegió lo político sobre lo pedagógico al designar al nuevo encargado de la SEP; y no sólo eso, sino que se eligió a alguien que, en su momento, impulsó desde el “pacto por México” la reforma educativa de Peña Nieto. La decepción, no obstante, no es comparable con la que sufrimos hace seis años cuando nos enteramos de que Manuel Bartlett, Ignacio Ovalle, Esteban Moctezuma y Germán Martínez se incorporarían como figuras clave del equipo de AMLO. La diferencia no es menor, no sólo por tratarse de un caso aislado, sino porque, a diferencia de aquellos, Delgado siempre ha militado en partidos de izquierda.

De hecho, una cualidad notable del equipo de Claudia Sheinbaum es que marca, finalmente, la ruptura con los cuadros priistas y panistas que dominaron la administración pública a finales de los noventa y principios de los dos mil. A excepción de Ebrard, se trata del primer gabinete en el que no encontramos personajes formados en el PRI. Por lo contrario, la trayectoria política de la mayoría, cercana a López Obrador desde que era jefe de gobierno, ha estado marcada por su oposición al prianismo. En el nuevo equipo hay quienes vienen de movimientos populares; otros tienen un perfil académico; también hay algunos tecnócratas con experiencia en instituciones públicas y organismos internacionales. No obstante, la mayor parte se formó como servidores públicos de gobiernos de izquierda, tanto en la Ciudad de México como a nivel federal. Ciertamente, desterrar a los prianistas no garantiza la construcción de un gobierno virtuoso, pero es un paso necesario para aspirar a la transformación del régimen.

Experiencia acumulada

Los casi treinta años de jefaturas de gobierno de la Ciudad de México y el último sexenio presidencial han permitido a cientos de funcionarios foguearse en la política y la administración pública dentro de gobiernos de izquierda. A diferencia de lo ocurrido hace seis años, Sheinbaum no ha necesitado echar mano de tecnócratas u operadores del viejo régimen para ocupar cargos estratégicos: Morena ha formado los suyos.

De los veintinueve nombramientos que se han hecho del gabinete ampliado, quince provienen de la actual administración federal. La experiencia acumulada de las cuatro personas que repetirán cargo, las seis que rotarán en la dirección de dependencias y los cinco funcionarios de segunda línea que ahora ocuparán cargos directivos resultará fundamental. Con ello, no sólo podemos esperar la continuidad en ciertas directrices de gobierno, como en la política económica, fiscal o laboral, sino también que la “curva de aprendizaje” se reduzca o elimine, lo cual volverá más eficaz a la nueva administración.

Otra parte importante de quienes conformarán el relevo viene del gobierno de la Ciudad de México. En concreto, ocho serán las secretarías o direcciones ocupadas por personas que fueron clave en la gestión de Sheinbaum como jefa de gobierno. Podemos suponer que gracias a ello la presidenta contará con un círculo interno de alta confianza y podrá introducir con mayor facilidad nuevas políticas en sectores en los que se espera un cambio de rumbo, como energía, ciencia o seguridad. Los excelentes resultados que tuvo Sheinbaum en la ciudad, particularmente en el último punto, alientan el entusiasmo.

Cabe destacar la importancia que ha tenido la Ciudad de México como un espacio de formación política de la izquierda en las últimas décadas, no sólo por las ocho personas que ahora suben del gobierno local al federal, sino porque más de la mitad de los quince funcionarios que repiten en el gabinete presidencial trabajó previamente en gobiernos de la Ciudad. El triunfo de Clara Brugada significa la continuidad de este semillero, como ha quedado claro con la reciente presentación de su gabinete.

El relevo pendiente

La probable llegada de Luisa María Alcalde a la dirigencia de Morena es otra buena noticia, pues replicará dentro del partido las características del relevo que se está dando en el gobierno federal. El reto que tendrá enfrente, no obstante, será enorme, al tener que resolver los conflictos dentro del partido y consolidar su identidad de izquierda sin la presencia pública de López Obrador.

Uno de los problemas más apremiantes será expandir las bases de apoyo y formar nuevos cuadros a nivel estatal y municipal. La esperanza en la forma en que se ha dado el relevo en el gobierno federal y en la Ciudad de México no se extiende a muchas de las entidades federativas, donde la estrategia de Morena ha consistido en reciclar personajes provenientes del prianismo. Por ejemplo, de los veintitrés estados que Morena gobernará en los próximos meses, nueve estarán encabezados por ex priistas y uno por un ex panista. Como ha quedado claro en el caso de la Ciudad de México, el éxito del movimiento en los próximos años dependerá de su capacidad para construir los cimientos de la transformación en la escala local, a lo ancho y largo del país.

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