Ya superada la resaca, hangover, chuchaqui o ratón, nos urge un análisis sobrio del re-ascenso de Trump en las elecciones de los Estados Unidos.

También es necesario que recordemos una verdad cruda: estamos atravesando un periodo histórico de ascenso de fuerzas de una derecha extremista. Las expresiones estadounidenses de esta tendencia volvieron a conquistar la Casa Blanca, el Senado y la Casa de Representantes, con una mayoría conservadora en la Corte Suprema. Enmarcado en tendencias ya identificadas, no es un conservadurismo tradicional con su facciones burgueses y culturales, ni tampoco se trata de una simple transferencia de poder de un partido a otro dentro de los protocolos de la democracia bipartidista “ejemplar” estadounidense.

Esta elección ha sido sin duda la más polémica y divisoria en las últimas décadas en los EE.UU., con el rencor y desprecio a flor de piel. Los Estados Unidos parece estar constituido más bien por múltiples proyectos de nación incompatibles obligados a convivir en el mismo territorio. Las contradicciones han sido construidas en términos de las elecciones bipartidistas, por lo que responden menos a indicadores objetivos y más a líneas divisorias, definidas esta vez por el propio Trump en una reelaboración de la derecha de su país.

¿De qué derecha estamos hablando? El ascenso del fenómeno Trump en los últimos años gira en torno a su figura individual, pero no hubiese sido posible sin una reconfiguración de la derecha en las últimas décadas en los EE.UU. Trump ha sabido construir un culto de personalidad electoral y aprovechar de estas relaciones de mutua-conveniencia, con particular fuerza en tres escenarios:

  1. Una potente matriz comunicacional de financiamiento oligarca, con personalidades-estrellas capaces de impulsar narrativas conspiranoicas que llegan a millones en tiempo real: “¡Son los migrantes ilegales que van a votar en masa y robar la elección otra vez!” “¡Kamala Harris es una comunista disfrazada!” “¡En algunos sitios dejas a tu hijo menor de edad en el colegio por la mañana y tu chico vuelve siendo una chica, y sin avisar a los papás, después de una cirugía de conversión!” Las “verdades” de estas citas casi directas (¡y otras!) no responden a realidades comprobables ni requieren de fundamentación. Para sus bases, basta que el propio Trump haya afirmado que eso es así, que las “confiables” vocerías mediáticas lo repitan, y listo: se vuelve una verdad indiscutible para millones de personas. La masificación y normalización de este método constituye una concepción del mundo para las bases fuertes del trumpismo.  Además, lleva a sus seguidores a entender que la propia ciencia y sus resultados son las “opiniones” de su enemigo político. Desde los datos objetivos sobre el cambio climático hasta la refutación del supuesto fraude electoral o las acusaciones contra Trump como representante de intereses millonarios, su base fuerte atribuye algunas verdades comprobables a inventos de una izquierda liberal o comunista.
  2. El nacionalismo-cristiano ha logrado consolidar sus bases con un mesianismo poderoso, poniendo a marchar a los soldados virtuosos de Dios para enfrentar los “enemigos” en todo terreno. Desde los textos escolares hasta la maestra que los utiliza, las enseñanzas sobre la evolución o el legado de la esclavitud son las “teorías hipotéticas” de los nuevos campos de batalla cultural. El fervor religioso organizado incluso busca reemplazar algunos criterios constitutivos de la “patria” estadounidense: entre sus objetivos se encuentra refundar el país en términos explícitamente cristianos, desconociendo la primera enmienda de la Constitución que establece la separación entre Iglesia y Estado. Su poder político y financiamiento no es menor. El estado de Texas es un caso de estudio, con 2 o 3 billonarios “cristianos” que están recomponiendo la orientación ideológica de los cuerpos políticos estatales a sus gustos divinos.
  3. Las tendencias en las últimas décadas de concentración y centralización del capital junto con las desregulaciones del Estado implican que los financistas de las elecciones tienen más dinero y menos limites/regulaciones que nunca. Figuras como Elon Musk y su donación/inversión de $118 millones de dólares en la presidencia de Trump desplaza la relevancia de otras maneras de “hacer política” por medio de partidos tradicionales, organizaciones de base o grupos de interés público. El aumento cuantitativo se traduce en cambios cualitativos: la burguesía del complejo industrial militar o de las empresas petroleras ya tiene competencia para la compra de candidatos en esta versión 2.0 de la democracia financiarizada. La potente receta de maquinarias mediáticas que están “manufacturando el consenso” con narrativas falsas en alta rotación traslada el epicentro de la competencia electoral. Ya no son los proyectos políticos en disputa sino un enfrentamiento entre cuentas bancarias electorales, algo en lo que ahondaré más adelante.

¿Y Trump? Como un tío borracho y narcisista (también racista, misógino, homófobo y xenófobo) en la fiesta familiar, Trump llega como outsider a la tradicional fiesta política gringa, violando los protocolos “civilizados”, incluso de la propia receta conservadora iglesia-patria-burguesía. Es el bully carismático del salón que acaba de ser votado director de la escuela norteamericana.

A diferencia de presidentes norteamericanos anteriores —todos orgánicos al sistema, con los buenos modales necesarios para comprender su papel— Trump no supo/no quiso acomodarse bien en la silla de la maquinaria imperial. Quiso invadir Venezuela, pero no supo cómo. Con su arrogancia y carácter peleón, Trump y su gabinete crearon un ambiente de constantes contradicciones internas, poniendo a pelear a la Casa Blanca con cuerpos de inteligencia del Departamento de Defensa. Mientras tanto, las estructuras del Estado norteamericano supieron cuidarse/protegerse, bajando la cabeza 4 años y saliendo medianamente ilesas para retomar la armónica “normalidad imperial” en la gestión de Biden.

¿Y esta vez? Sigue siendo el mismo tío horrífico, y todavía no le gusta leer (i.e. tomar decisiones informadas o fundamentadas en los hechos), pero entra a la Casa Blanca con una victoria electoral contundente. Con mayor ímpetu y una correlación de fuerzas más favorable, Trump tiene mejores condiciones para subvertir, reformar, someter o remover algunos de los frenos estructurales del Estado norteamericano que limitaron su capacidad de actuación durante su gestión pasada.

También hay sectores poderosos detrás de él, con propuestas más consolidadas. Un ejemplo destacado es el Proyecto 2025, impulsado por los intelectuales orgánicos derechistas del Heritage Foundation, que busca cosechar mucho más en este segundo mandato, sobre la base de las reconfiguraciones políticas mencionadas. En su primer mandato, los debates sobre su carácter fascista le quedaron grande: no tenía nivel político para cohesionar la combinación fascista peligrosa de una ideología estructurada, un órgano comunicacional y una organización de masas. En esta ocasión, los debates sobre su carácter fascista tienen mayor relevancia que antes: temas como la familia tradicional, un proyecto étnico-nacional blanco y cristiano, las libertades individuales, el desmontaje de estructuras regulatorias y administrativas del Estado, el control fronterizo antiinmigrante y estrategias violentas de seguridad nacional pretenden instalarse de manera permanente en los EE.UU. El nivel de ambición y la expectativa es mayor, con esos proyectos que proponen una reelaboración de los cimentos fundantes de los EE.UU.

¿Qué puede esperar América Latina? En su lista de prioridades, el proyecto nacional étnico-blanco, cristiano y ampliamente desregulado es de primer orden, por lo que todo lo que queda “fronteras-afuera” pasa a segundo plano. Sin embargo, la designación de Marco Rubio —un sujeto con un rabioso discurso anticomunista sacado de los tiempos de la Guerra Fría— como secretario de Estado es una señal de una política exterior activa e intervencionista. Con su nombramiento, América Latina pasa de ser un lugar mayormente olvidado por Trump a un lugar lamentablemente importante en su política exterior, con especial énfasis en Venezuela y Cuba. De hecho, Rubio ha sido protagonista en los intentos de un cambio de régimen en Venezuela “de forma pacífica o sangrienta”, en sus palabras. Con aliados regionales naturales en Milei y Bukele, y con líderes “progres” en países como Brasil, Colombia y Chile sumándose a tendencias anti-venezolanas, el futuro próximo es preocupante. El veto de Brasil sobre la incorporación de Venezuela a los países BRICS elimina este respiro alternativo (por ahora), lo cual vuelve mucho más eficaz la estrangulación de la economía venezolana por las sanciones de Washington. Así, quizás sin querer, Lula se vuelve aliado circunstancial importante de la administración Trump.

¿Y las relaciones con México? México parece ser una excepción a las tendencias en América Latina y con Trump las negociaciones bilaterales se complejizan. Trump hizo promesas de campaña extremistas, desde elevadas tarifas a importaciones mexicanas o la renegociación el T-MEC, hasta una política masiva de deportaciones. Es difícil saber si las amenazas de aplicar aranceles de 25% a importaciones de México y Canadá son los nuevos términos violentos de negociación a-lo-Trump, o si realmente hay un plan concreto. Trump eligió a Stephen Miller y Thomas Homan para cargos de peso dentro de su administración, dos xenófobos radicales que representan una peligrosa posibilidad de que en serio se intente llevar a cabo algo que podría aparentar una deportación masiva, aunque una cosa es una promesa de campaña y otra la realidad. A la vez, hay enormes obstáculos logísticos, jurídicos y económicos para poder cumplir esta meta suya. Estos temas también dependen en parte de México. En ese sentido, las relaciones binacionales entre Trump y su contraparte, la presidenta Sheinbaum, no podrían ser entre dos jefes de Estado más disímiles: la presidenta de México valora el respeto mutuo entre países, la dignidad, la mesura en el trato, la importancia de la ciencia para tomar decisiones fundamentadas y la reivindicación de los pueblos históricamente invisibilizados.

¿Los EE.UU. están en declive? Según tendencias poblacionales, para el 2045 los EE.UU. van a tener una “minoría blanca”. En un sentido parecido a la pérdida de su supremacía blanca, el proyecto reaccionario del nacionalismo étnico blanco de Trump es un reflejo nacional de la decadencia occidental en el mundo, con sus expresiones reaccionarias y violentas, con las desastrosas invasiones de Iraq y Afganistán o el apoyo absoluto al actual genocidio en Palestina. El uso desenfrenado de la industria militar occidental demuestra su incapacidad hegemónica por otras vías. Mientras el epicentro de la economía mundial se trasladó al Indo-Pacifico y asciende el espacio BRICS y el Sur Global en general, la aparente fuerza occidental evidencia otras debilidades, contradicciones y descensos cada vez más evidentes. Trump representa la personificación de la decadencia del imperialismo occidental, del declive de lo que Bolívar Echeverría llamó la modernidad capitalista “(norte)americana”. Curiosamente, el orden mundial de origen occidental —la ONU, la OMC— tiene en China su mayor defensor. El titular de primera página del NY Times sobre la última cumbre del G20 en Brazil dice mucho: “Los líderes mundiales buscan la estabilidad con China mientras Biden sale de escena”.

¿Tenía razón Fukuyama o la tenía Marx? Si bien la reelección de Trump marca un fuerte giro a la derecha, también la historia nos enseña a ser creyentes en la dialéctica. Nada es eterno. Francis Fukuyama decretó el fin de la historia de manera algo prematura. Si bien hay un núcleo duro del trumpismo racista, xenófobo y misógino que recién demostró su músculo político y que va a volver a hacer mucho daño, hay múltiples lecturas posibles sobre la votación. Por ejemplo, una proporción grande de la clase trabajadora norteamericana ha visto desaparecer millones de trabajos bien renumerados en las últimas dos generaciones, muchos asociados a la producción industrial. Para buena parte de ellos, el voto por Trump representó la desesperación frente una situación económica, más que una convicción ideológica. Trump supo posicionarse otra vez como el rebelde anti-sistémico y el candidato de Cambio (con C mayúscula), como el David que va a Washington de nuevo a combatir el Goliat de un sistema injusto.

Evidentemente los intereses de clase de Trump representan una contradicción antagónica a los intereses de su base de clase trabajadora. Tarde o temprano, esta contradicción esencial del fenómeno-Trump va a salir a flote y ensuciará el brillo de este “Cambio” que no traerá salvación. Sobre todo para quienes no comparten los compromisos identitarios o religiosos de la propuesta étnico-nacionalista trumpista. Si bien este grupo no tuvo mayor problema con las dimensiones racistas, machistas y xenofóbicas de Trump ni se alarman con sus propuestas radicales, no constituye una base “firme”, pues su motivación principal fue de carácter económico-personal.

Lo anterior quiere decir que, si bien Trump tiene una base fuerte y fiel, la suma de sus votos no representa necesariamente un apoyo ideológico masivo a sus propuestas. Por lo tanto, con las contradicciones previsibles a futuro, esta porción de sus votantes representará una base fragmentable y posiblemente dispuesta a sumarse a proyectos de clase más afines.

Otra contradicción fundamental del fenómeno Trump II se expresa en los nombramientos iniciales de su gabinete. Para América Latina los nombramientos presentan contradicciones en la capacidad de cohesionar la política imperial hacía la región. Van algunos ejemplos:  

  1. Marco Rubio como secretario de Estado representa, como hemos visto, un anticomunismo agresivo e intervencionista, sin reservas en pretender orquestar golpes de estado en América Latina.
  2. Tulsi Gabbard (directora de Inteligencia Nacional —es decir, encargada de las 18 agencias de inteligencia de los EE.UU.—) ha sido muy crítica de la política exterior de Washington y sus tendencias intervencionistas en el mundo. Sí, leíste bien. En 2019 en un programa de televisión nacional fue presionada en un contexto de consenso imperial en apoyo al auto-nombrado “presidente” de Venezuela Juan Guaidó, y respondió: “Los EE.UU. se han involucrado en ‘cambios de régimen’, en particular en América Latina, con impactos devastadores de corto y largo plazo… Para los EE.UU. Pretender escoger quién va a gobernar en Venezuela no sirve a los intereses del pueblo venezolano. Eso es algo que ellos mismos tienen que escoger.”
  3. Pete Hegseth (Departamento de Defensa) encargado de las fuerzas armadas. Es un veterano de Iraq y Afganistán y, sobre todo, una figura mediática conservadora y entre los más fieles en la defensa pública/mediática de Trump. Es un personaje muy polémico, incluso dentro de las jerarquías de las fuerzas armadas por cuestionar los procesos disciplinares internos, poniendo en duda una cultura de mando militar que para otros es territorio-sagrado. Se considera muy por fuera de una nominación tradicional para este cargo, no sólo por polémico sino sobre todo por no tener experiencia previa relevante al cargo. Hay dudas en torno a su liderazgo de las fuerzas armadas.

De nuevo Trump está juntando una colección de personalidades únicas. Aparte de Rubio, Gabbard y Hegseth, otros nombramientos en espera de confirmación incluyen un director de los programas de salud Medicare y Medicade (Oz), famoso por dar consejos médicos públicos que contradicen la ciencia médica, un secretario de salud (Kennedy) sin título médico a su nombre, una embajadora a la ONU (Stefanik) sin experiencia diplomática y una secretaria de educación (McMahon) famosa por ser ejecutiva de una vasta red profesional de lucha libre. Elon Musk, además de participar en llamadas oficiales con el presidente Zelensky de Ukrania, fue nombrado co-encargado del Departamento de Eficiencia Gubernamental, un brazo del gobierno estadounidense que hasta el momento no existe.

Más allá de lo sensacional o lo ridículo, la ausencia de un paradigma ideológico coherente lleva a Trump a escoger personalidades leales a él como individuo, aparentemente sin considerar la gestión en su conjunto. Esta falta de cohesión no es menor y representa una contradicción esencial de gobernabilidad, y a futuro entre las distintas piezas de la maquinaria imperial. La incompatibilidad de los sujetos de su primera administración es prueba de esta contradicción que Trump no supera. De hecho, algunos de sus críticos más ácidos provienen de su primera administración: su Jefe de Gabinete, su Vicepresidente, su Jefe de Estado Mayor Conjunto (militar), sus dos Secretarios de Defensa, su Asesor de Seguridad Nacional, su Secretario de Estado, su Directora de Comunicaciones y su abogado personal anterior lo han llamado “fascista”, “estafador”, “depredador”, “idiota”, “tramposo” y han descrito su gestión como una “crazytown administration”, entre otras cosas.

Un ejemplo de esta incompatibilidad entre los miembros del gabinete que Trump repite en la nueva ronda de nombramientos podría entenderse en la política hacía China. En Rubio (secretario de estado), Hegseth (secretario de defensa) y Michael Waltz (asesor de seguridad nacional) tiene una banda de halcones ideológicos que consideran a China un enemigo que hay que confrontar en todos los terrenos posibles. En este frente, se arriesga una Tercera Guerra Mundial. Por otro lado, con el nombramiento de Lutnik (secretario de comercio) hay un lenguaje mucho más prudente hacia China, que propone, desde su oficina, un uso moderado y enfocado de aranceles, muy distinto al agresivo y amplio uso de aranceles en la guerra comercial que Trump inició con China en el 2018. También está Elon Musk, el nuevo gran cuate y asesor informal de Trump, que tiene miles de millones de dólares de inversiones que dependen de buenas relaciones con China. Por su parte el propio Trump es ahora menos ideológico y más transaccional en la relación con China, más interesado en lograr un buen “pacto” favorable para los EE.UU., que en formular las condenas típicas del occidente. Todos son leales a Trump, pero también todos tienen concepciones que van a intentar imponer. Vamos a ver hasta dónde aguantan estas contradicciones. En todo caso, la inoperatividad imperial sería un desenlace posible muy positivo para el mundo.

De nuevo, la historia continúa. En encuestas en los últimos años, las y los norteamericanos por debajo de cuarenta años ya no sienten el miedo al fantasma del socialismo que tuvieron otras generaciones. De hecho, entre la tercera parte y la mitad ven de manera favorable propuestas alternas al capitalismo. El péndulo de la historia nos sorprende. Si bien los vientos de un (pseudo)cambio empujan con fuerza circunstancial hacia la derecha, es cuestión de tiempo para que las contradicciones internas empiezan a florecer. Además, cuando quede en evidencia que ese “David” salvador sólo rescata a la clase millonaria, mediante un proyecto antagónico a las necesidades de las mayorías, los vientos tienen condiciones para cambiar su rumbo.

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