
Opinión
Xavier Domènech
Cuando empezó la agresión de Rusia a Ucrania, se trataba de defender la soberanía y la integridad de un país; ahora se trata de repartirlo y trocearlo, sin la voz de la Unión Europea.
Hace tres años, el 24 de febrero de 2022, comenzó la invasión y la guerra de Rusia contra Ucrania. El relato era sencillo, no admitía matices. Era un ataque directo a la soberanía y la libertad de un país que se erigía en la última defensa y baluarte de “Occidente” (un concepto siempre impreciso) contra los sueños expansionistas de un sátrapa enloquecido. Ante esto, la respuesta del “mundo libre” era “unánime”: ayudar económica y militarmente a Ucrania. Cabe decir, como afirmó con malicia y mala leche un representante de la política exterior china, que, cuando “Occidente” habla del “mundo”, éste en realidad es muy pequeño: la mayoría de los países americanos, africanos y asiáticos decidieron permanecer neutrales. En cualquier caso, no había otro camino: Rusia sería derrotada tanto económica —según muchos “analistas”, su economía implosionaría ante las sanciones— como militarmente.
Tres años después, se negocia la “paz”. En la mesa inicial, no está ni el país soberano agredido, ni la Unión Europea (UE), que es quien más ayuda económica ha suministrado en la defensa de Ucrania. Si se trataba de defender la soberanía y la integridad de un país, ahora se trata de repartirlo y trocearlo. Para Rusia, parte del territorio y la garantía de que Ucrania no entrará en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); para Estados Unidos, el control de sus valiosas tierras raras. Rusia ha ganado; Estados Unidos, también. Ambos, por distintos motivos y con una lógica común.
La agresión rusa tenía intereses territoriales evidentes y el intento de evitar la expansión de la OTAN junto a sus fronteras. De hecho, ésta era una vieja promesa que los países “occidentales” habían hecho a la extinta Unión Soviética al final de la Guerra Fría. La Carta de París de 1990, firmada por Estados Unidos, por la Unión Soviética y por una treintena de estados más, se comprometía, ilusionada e ilusoriamente, a construir “una nueva era de democracia, de paz y de unidad”. Como consecuencia de esta Carta, se disolvía el Pacto de Varsovia (¿qué sentido tenía cuando la Guerra Fría había terminado?), pero no así la OTAN, nacida en 1949. Sin embargo, los líderes estadounidenses y europeos —Helmut Kohl, James Baker, George H. W. Bush, François Mitterrand y Margaret Thatcher— se comprometieron claramente a que la organización militar no se ampliaría hacia el este (“not an inch Eastward”, dijo por tres veces James Baker a Gorbachov). Como todos sabemos, no fue así y Ucrania era ya la última pieza del dominó expansionista de una organización que no está muy claro para qué sirve si no es para los intereses de Estados Unidos y de la industria militar.
Así, Estados Unidos también se ha beneficiado del presente conflicto, y todo parece indicar que lo mismo pasará con su final. El alineamiento de los países de la UE acababa con el sueño alemán de conseguir alimentar el crecimiento del Viejo Continente a partir de los recursos energéticos de Rusia —un sueño que murió definitivamente con la voladura del gasoducto Nord Stream—. En el despertar, los países de la UE se descubrían ahora dependientes de los suministros estadounidenses, mucho más caros. Europa acababa aún más en manos de Estados Unidos, mientras que Rusia basculaba hacia China. Desaparecía así la posibilidad de una UE que pudiera competir en igualdad de condiciones frente a las dos superpotencias mundiales (EE. UU. y China). Asimismo, en el contexto de la cumbre de Madrid de la OTAN, en 2022, se declaró por primera vez a China como una amenaza para la seguridad europea. No es sabido que China pertenezca al Atlántico; de hecho, por eso se creó, a imagen de la OTAN, la Organización del Tratado del Sudeste Asiático (SEATO) —y tal “amenaza”, por lo tanto, le corresponde a esa organización—. Lo que sí es sabido es que China es uno de los principales socios comerciales de la UE, que, si no había tenido suficiente con un disparo en el pie al romper toda relación con un socio energético, ahora hacía lo mismo amenazando a un socio comercial. Todo para alinearse con los intereses de EE. UU. Al fin y al cabo, Occidente quedaba unido en la defensa de sus valores.
Gana Rusia; gana Estados Unidos; ¿quién pierde? Evidentemente, Ucrania, que no ha sido ni invitada a la negociación inicial sobre su rendición, pero también la UE. Ella ha llevado a cabo el principal esfuerzo económico de la guerra, y una gran parte del bélico; ella llevará a cabo el principal esfuerzo para la reconstrucción y, de propina, aumentará su gasto militar para favorecer de nuevo a la OTAN. Esto último es precisamente lo que siempre le ha exigido un Trump, que ahora inicia una guerra comercial contra la UE. La desorientación de un proyecto europeo, que decidió seguir tan al dictado el de EE. UU. y que, cuando éste ha cambiado de orientación, ha quedado absolutamente huérfano y al descubierto, no puede ser más absoluta. Si la UE fue legitimada como un intento de una versión social y amable de la globalización, como una promesa al mundo de una vía alternativa basada en derechos y libertades, ahora sólo es capaz de verse a sí misma como una fortaleza sitiada (“Europa es un jardín rodeado por una jungla”, afirmó Josep Borrell, ex-Alto Representante de la UE para Asuntos de Política Exterior y Seguridad), y, como tal, pareciera que sólo le resta esperar el crecimiento de sus propios diablos internos en la forma de nuevos fascismos.
Las extremas derechas son plenamente consecuentes, tanto con la idea de la “fortaleza asediada” como en su vasallaje a Trump o Putin. No deja de ser paradójico que precisamente aquellos que se presentan como los más nacionalistas —se llamen Meloni u Orbán— son los principales servidores de potencias extranjeras: los “patriotas” de Europa se reunieron recientemente en Madrid para celebrar… la victoria del presidente de Estados Unidos. Sin embargo, no nos engañemos: no estamos ante una nueva fase de la globalización, ni tampoco de la última versión del proyecto neoliberal. Ésta ha terminado y de sus restos ha emergido nuestro presente. Lo que queda es una territorialización de los viejos imperios (Estados Unidos, hacia Canadá, Groenlandia y América Latina; Rusia, hacia sus países fronterizos), mientras, paradójicamente, China es ahora la única potencia que parece mantener una vocación verdaderamente globalizadora. ¿Y Europa? Europa… Europa…
Afirmaba Tucídides, en sus Guerras del Peloponeso, en el siglo V antes de la era “occidental”, que “el debate sobre la justicia sólo se plantea entre dos fuerzas iguales”. Aun siendo algo cínicamente cierto, cabía esperar, sin embargo, que esta realidad no se encarnaría en el espectáculo indecente de una potencia “occidental” queriendo convertir Gaza en la “Riviera de Oriente Medio” —como forma surrealista de blanquear una limpieza étnica— y el fin de una guerra en un mero reparto de los despojos de un país, mientras que los líderes europeos, queriendo hacerse valer, prometen a Trump un aumento de su gasto militar a la OTAN.
* Este texto fue publicado originalmente en catalán en el medio de comunicación CRÍTIC.