Hace unos días Pascal Beltrán del Río, conductor en Imagen y director del periódico Excélsior, escribió el siguiente tuit: “Podrán decir lo que quieran contra la meritocracia pero la historia de la chava que estudió seis horas diarias durante seis meses para aprobar el examen para entrar a la UNAM derrota todos sus prejuicios victimistas”. El contexto de la publicación es el siguiente: una joven de Ecatepec —Mariana Lozano Sánchez— obtuvo el 100 por ciento de aciertos para entrar a la UNAM, en específico a la carrera de Medicina. En una entrevista para el diario La Jornada, afirmó que se preparó estudiando seis horas diarias durante seis meses. El mismo artículo menciona que la madre de Mariana vende tamales afuera de su casa para el sustento familiar. La joven, además, trabaja en un puesto de hamburguesas los fines de semana. En la entrevista refiere que hay muchas posibilidades para personas como ella y que se pueden lograr los objetivos que quieras “con esfuerzo y buscando por dónde”.
Como es previsible, esta historia de éxito fue música para los oídos de mucha gente, particularmente periodistas y colaboradores de diferentes medios de comunicación. Tiene todos los ingredientes necesarios para demostrar que, más allá de la adversidad, la férrea voluntad de una estudiante y, por supuesto, el apoyo incondicional de su familia pueden lograr lo que sea. Esta idea problemática, condensada en el comentario de Pascal Beltrán, la rebatí en el siguiente tuit: “La historia de la chava que estudió seis horas diarias durante seis meses para entrar a la UNAM es el típico ejemplo echeleganista que le dice a la gente que, si no logró entrar a la universidad, es su culpa. Hay toneladas de estudios que demuestran las fallas sistémicas en nuestras sociedades que impiden la educación de la población de estratos más pobres, pero estos genios difunden el evangelio liberaloide de que sólo el esfuerzo es suficiente para lograr tus sueños”. Hasta el jueves por la noche —momento en el que estoy redactando este texto— el tuit tiene cerca de 3 mil “me gusta”, 167 republicaciones, 98 citas y ha sido visto más de 200 mil veces. También ha sido compartido en Instagram. Más allá de la poca o mucha popularidad del tuit, vale la pena destacar la gran cantidad de comentarios que recibí, algunos de ellos respaldando mi crítica de que, a diferencia de lo que afirma Pascal Beltrán, el esfuerzo no lo es todo para obtener una recompensa, en este caso obtener el puntaje perfecto para entrar a la UNAM; sin embargo, muchos otros me atacaron, pues, según su lectura, mi crítica a la llamada meritocracia —es decir, a la idea de que el mérito es la vía por la cual se accede a oportunidades laborales, educativas, entre otras—, fomenta en cambio la mediocridad, mientras que el esfuerzo sí puede abrir todas las puertas.
No vale la pena abundar en argumentos que desmonten la idea de que el mérito lo es todo. Podría remitir al lector a un par de libros con diferentes enfoques: La tiranía del mérito, del filósofo Michael J. Sandel, y Por una cancha pareja, de los investigadores Roberto Vélez Grajales y Luis Monroy-Gómez-Franco. En ambos textos se analizan las diferentes “fallas” —como las llamé en mi tuit— del sistema económico y social que provocan que quienes ascienden en la escalera del mérito no sean realmente quienes han hecho el mayor esfuerzo. Hay una infinidad de factores que van de lo cuantitativo a lo cualitativo. En el caso de la educación, cuenta el poder adquisitivo de la familia del estudiante, pues esto ayuda a que tenga mayor tiempo libre para el estudio e, incluso, oportunidad para tomar asesorías e inscribirse a cursos extracurriculares. Esto es sólo la punta del iceberg: hay muchos factores más que contribuyen a que un alumno logre entrar a la universidad o se quede en el intento. El género y hasta el color de piel, como ha sido analizado por el Colmex (tiene un sitio web al respecto), se entretejen para crear un filtro en el cual la regla no es que el mejor tenga éxito, sino que el triunfo y el reconocimiento social queden reservados para el afortunado que nació en el lugar adecuado con la familia adecuada. Por supuesto, hay excepciones como la de Mariana Lozano, pero son justamente eso: excepciones. Y sin embargo esos casos aislados son explotados por un sector de la sociedad que evade confrontar sus privilegios y, por lo tanto, critica cualquier intento por nivelar las condiciones de competencia (mediante becas y subsidios, entre otros estímulos), pues estos mecanismos evidencian la ventaja con la que la élite parte en una lucha que no es pareja. Por esta razón, prefieren romantizar los esfuerzos de la población precarizada y, así, mostrar que todos pueden, que sólo es cuestión de disciplina, enfoque y “echarle ganas”.
Hay otro punto a considerar en las respuestas a mi tuit. Muchos usuarios que se sintieron interpelados por mi crítica a la meritocracia endiosada por Pascal Beltrán asumieron que yo demeritaba su esfuerzo. La historia de la estudiante es una especie de espejo donde le gusta verse reflejada a buena parte de la población mexicana. Es entendible: tenemos décadas siendo bombardeados con el evangelio del esfuerzo. México es, a la postre, uno de los países que más horas trabaja según la OCDE. La idea de que el ascenso social depende de uno mismo es, por supuesto, un dogma de las sociedades liberales que expandieron su ideología desde la década de los 90, cuando el derrumbe de la Unión Soviética dio lugar al triunfo del libre mercado y el achicamiento del Estado para que, supuestamente, cada individuo buscara el éxito por sí solo. Como cualquier dogma, la evidencia y los datos duros no bastan para convencer a muchas personas de que el esfuerzo es loable pero insuficiente para aspirar a una mejor vida mientras el sistema económico siga trabajando para unos pocos afortunados.
