Entramos al segundo cuarto del siglo XXI y las noticias sobre el colapso climático se multiplican. Los informes sobre las altas temperaturas en Europa se agravaron con los incendios incontrolables en España. En Hong Kong, los pobres, hacinados en viviendas minúsculas, luchan contra el calor que les impide, incluso, dormir. La situación en América y África también es alarmante. Mientras esto sucede, la sociedad global es bombardeada por desinformación y las élites respaldan gobiernos cada vez más autoritarios.
A pesar de la información disponible, la gente piensa que el colapso climático (con todas sus consecuencias) es algo que se puede solucionar. Algunos creen que la llamada transición energética —la sustitución de los combustibles fósiles por las llamadas “energías renovables”— logrará que las emisiones de gases de efecto invernadero disminuyan. La realidad es que, según el informe más reciente de la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), las emisiones no han dejado de aumentar ni de romper récords. No sólo eso: el año pasado, la Organización Meteorológica Mundial informó que “aunque las emisiones se redujeran rápidamente hasta alcanzar el cero neto, el nivel de temperatura observado actualmente persistiría durante varios decenios, porque el CO2 es un gas que permanece en la atmósfera durante periodos extremadamente prolongados”.
La inevitabilidad del colapso climático es una suerte de tabú en una sociedad global creyente en el progreso y en la tecnología como salvación. Por esta razón los gobiernos de todo el mundo tienden a ignorar esta realidad, a pesar de que aparezca todos los días en las noticias y de que nosotros mismos seamos testigos de la escasez de agua, la contaminación ambiental, la pérdida de la salud y el estrés térmico. Gobiernos reaccionarios, como el de Donald Trump, niegan abiertamente la crisis en el clima y menosprecian o relativizan sus consecuencias. No sólo eso: también aceleran el capitalismo fósil dependiente del petróleo, el gas natural y el carbón que empeoran el caos en el planeta. Sin embargo, gobiernos considerados de izquierda como el de México reciclan el dogma del desarrollo sustentable, la economía circular, la transición energética, la descarbonización y las energías renovables. Todas estas medidas, además de haberse propuesto hace muchos años, son placebos, pues no cambian un hecho fundamental: la actividad económica depende del petróleo, pues es barato, fácil de almacenar y tiene alta densidad energética. No hay, pues, un “crecimiento verde”: es decir, no es posible sostener y, sobre todo, aumentar la actividad económica reflejada en PIB (Producto Interno Bruto) sin contribuir a los efectos que están trastornado el clima, con todo lo que eso implica para nosotros y las generaciones futuras. El crecimiento económico está indisolublemente ligado a la explotación de la naturaleza, al consumo desbocado de energía y, por supuesto, al calentamiento global.
Muchas personas tildan de “catastrofista” este diagnóstico. Hay, también, una tendencia a ignorar la realidad, como sucede en la película Don’t Look Up del 2021. También hay una crisis en la imaginación para crear un nuevo paradigma después de décadas de pensamiento moldeado por el capitalismo industrial. Una sociedad individualista y fragmentada impide una discusión colectiva del mundo en el que vivimos y los cambios que ya estamos viendo en el planeta. Hay, en la minoría que entiende la gravedad de la catástrofe climática, la intención lógica de evitar el colapso para regresar a una especie de “normalidad”, aunque esa normalidad sea, precisamente, la que nos condujo a un callejón sin salida. Debería haber, en todo caso, una aceptación de la realidad basada en la información científica sobre las consecuencias climáticas que ya existen en nuestro planeta y que ya generan flujos migratorios, inestabilidad social, crisis alimentaria, conflictos por recursos y, particularmente, una desigualdad cada vez más brutal, pues las élites —más allá de su rechazo o negacionismo climático— se aíslan cada vez más, no sólo de la realidad sino de los muchos millones que lucharán por sobrevivir en los próximos años. Aun con la incertidumbre que nos espera, lo que estamos viendo son los primeros asomos del futuro que nos espera y que será, por supuesto, violento, pues se trata del fin de un ciclo que traspasó varios límites en el funcionamiento de la naturaleza y sus ecosistemas. A pesar de la oscuridad de todos los pronósticos hechos por los que han decidido mirar de frente a la realidad y analizarla, queda la tarea de poner los primeros cimientos de las décadas y siglos por venir para que pueda sobrevivir lo mejor de lo humano: la solidaridad, la empatía, el respeto a aquellos con los que convivimos en el planeta. De esta manera le daremos sentido a lo que hacemos en esta fase terminal de la cual somos testigos, sin caer en falsas promesas o ceder al autoritarismo creciente que prospera en épocas de crisis.
