Nueve tesis hacia una crítica al pensamiento político-intelectual de José Antonio Romero Tellaeche ante las urgencias de México
I. La antesala de la conversación
Hay realidades y proyectos políticos en la historia que desbordan las ideas que han pretendido explicar el mundo desde paradigmas de escritorio. Cuando eso ocurre, quienes ocupan posiciones de “autoridad intelectual” quedan inevitablemente expuestos: el mundo los rebasa, la tierra tiembla bajo sus marcos teóricos, sus visiones de mundo y lo que antes parecía un mapa seguro se revela, de pronto, como un archivo arcaico y estéril. México atraviesa en la actualidad precisamente un proceso de cambio donde se hace necesario imaginar otros y novedosos horizontes; y es en esa coyuntura donde se abre la contradicción que hoy señalo.
José Antonio Romero Tellaeche, economista y hasta hace poco director del CIDE, se presenta —por lo menos hacia afuera— como una figura alineada con la narrativa de la Cuarta Transformación, convocada por el gobierno de Morena como un proyecto de renovación profunda del Estado mexicano. Hablamos de un discurso que promete refundar instituciones, redistribuir poder y riqueza, repensar el desarrollo y abrir espacios para los sectores que han sido históricamente marginados. Sin embargo, al examinar el pensamiento económico-político de Romero Tellaeche, quien a últimas fechas se ha convertido en un crítico habitual en los medios, emerge una paradoja contundente: su proyecto político-intelectual no camina hacia el futuro que proclama, sino que insiste en regresar a un desarrollo clásico, rígido, lineal, incapaz de comprender —entre muchas otras cosas— las transformaciones socioecológicas del siglo XXI.
Su apuesta por el Estado como “gran jugador”, su defensa del crecimiento económico vía innovación como eje civilizatorio, su lectura productivista del bienestar y su ceguera sistemática hacia los territorios, las comunidades, los pueblos y los límites ecológicos del país —y del planeta mismo— revelan una distancia insalvable entre su pensamiento y las necesidades actuales de México; limitación frecuente en alguien que se formó en Estados Unidos.
En un momento histórico que exige sensibilidad ecológica, diálogo transcultural, economía de solidaridad y justicia social, él insiste en reproducir un marco conceptual donde la vida no cabe: ésta es la contradicción que hoy vengo a poner sobre la mesa.
II. Un pensamiento anclado en el siglo pasado
Romero Tellaeche piensa México desde categorías heredadas de un tiempo en el que la modernización se entendía como sinónimo de crecimiento industrial, aumento del PIB y expansión estatal. Su pensamiento sigue orbitando alrededor del viejo binomio desarrollista: Estado fuerte + impulso industrial = progreso y crecimiento infinito. Es una ecuación conocida, que tuvo sus virtudes en el siglo XX —y que en ese mismo siglo fue fuertemente rechazada por la teoría marxista de la dependencia—, pero que hoy se encuentra agotada. No porque el Estado carezca de importancia —al contrario, sigue siendo fundamental en el contexto material y simbólico que vivimos—, sino porque la realidad se ha vuelto demasiado compleja para ser reducida a una fórmula de manufactura y planificación vertical.
El mundo actual desborda los límites del pensamiento económico tradicional: colapso climático; devastación de ecosistemas; crisis hídrica; urbanización descontrolada y gentrificación; variadas formas de violencia; migración forzada; extractivismos renovados bajo nuevos nombres; luchas indígenas por autonomía y autodeterminación; economías comunitarias que no caben en el PIB. Frente a esto, Romero Tellaeche sigue hablando de industrialización e innovación como si los efectos socioecológicos de esa industrialización no fueran ahora una de las mayores causas de conflicto, violencia, despojo y destrucción en México; como si el país pudiera enfrentar la crisis civilizatoria con herramientas teórico-políticas diseñadas hace más de medio siglo. El problema no es que el desarrollo haya sido un proyecto fallido —lo cual es cierto—; el problema es que pretende ser resucitado sin considerar lo que destruyó, lo que ignoró y lo que ya no puede sostener.
III. El territorio como ausencia estructural
Uno de los silencios más significativos —y más graves— en el pensamiento de Romero Tellaeche es la omisión sistemática del territorio como categoría tanto política como analítica. Para él —y para los economistas que lo acompañan—, México es un conjunto de sectores productivos, variables macroeconómicas, relaciones industriales y estadísticas nacionales. Es un país en abstracto, sin montañas, sin selvas, sin pueblos originarios, sin conflictos por el agua, sin asambleas comunitarias, sin fronteras heridas por la migración forzada.
¿Cuáles son las ausencias en su pensamiento? La resistencia indígena frente a megaproyectos; la contaminación de ríos y destrucción de lagunas; la expansión minera que devora cerros; el avance inmobiliario que desplaza comunidades y barrios; la infraestructura energética que fragmenta territorios; la violencia del agronegocio sobre cuerpos y suelos.
El territorio real —el que sangra, el que se defiende, el que sostiene la vida— es invisible en su visión del mundo. Y esa invisibilidad no es un descuido: es un síntoma. Es el síntoma de una visión de economía que todavía no ha entendido que el siglo XXI es el siglo de los límites materiales, de las disputas territoriales y del reconocimiento de las poblaciones que habitan y cuidan esos territorios.
¿Cómo hablar de desarrollo sin hablar del agua? ¿Cómo hablar de crecimiento sin hablar de fronteras ecológicas y los límites del planeta? ¿Cómo hablar del futuro sin hablar de la tierra y de la gente que hace posible la vida humana? Su teoría no tiene espacio para estas preguntas; tampoco lo tienen su práctica y forma de gestionar. Y es allí, precisamente, donde radica su mayor falla, tanto epistemológica como política.
IV. La inexistencia de los pueblos
Quizá la ausencia más dolorosa en esa visión económica sigue siendo la de los pueblos indígenas: quienes habitan desde hace miles de años las distintas geografías de lo que hoy nos hemos acostumbrado a llamar México. No aparecen en sus textos. No aparecen como actores económicos, ni como sujetos políticos, ni como guardianes del territorio y de semillas nativas, ni como depositarios de caminos alternativos para pensar la vida. Su pensamiento rehúye esa conversación y, cuando no es así, sólo alcanza a decir que practican y mantienen “economías atrasadas”.
Romero Tellaeche prefiere mirar hacia la industria que mirar hacia las comunidades, prefiere las cifras antes que las autonomías, prefiere la nación abstracta antes que los pueblos concretos. Pero México no puede pensarse sin ellos. No puede planificarse sin ellos. No puede transformarse avanzando sobre sus territorios. Un economista que no incorpora la dimensión indígena y territorial en su análisis del desarrollo no está hablando ni del desarrollo clásico, menos de la realidad mexicana: se vende como antineoliberal, pero de fondo continúa con la fallida lógica tecnocrática de los “Chicago Boys”.
V. El desarrollo como ceguera socioecológica
El desarrollo clásico nunca reconoció que su idea de progreso estaba fundada en el sacrificio de territorios y su gente. Su lógica es extractivista, intensiva, expansiva, lineal. Siempre demanda más: más energía, más minerales, más infraestructura, más tierra, más agua. Nunca se detiene a preguntar: ¿qué queda después? ¿qué se destruye para construir?
Romero Tellaeche hereda este ciego optimismo en el crecimiento. Su énfasis en la industrialización y la innovación, en la integración productiva, en la expansión del aparato estatal, ignora que vivimos una época marcada por la necesidad de reducir, reparar, restaurar, regenerar, ¡cuidar!
México no necesita más carreteras que fragmenten selvas: necesita proyectos de regeneración ecológica. No necesita más presas que alteren ríos: necesita justicia hídrica. No necesita más megaproyectos: necesita territorios sanos y habitables. El pensamiento de Romero Tellaeche no tiene herramientas para comprender esto. Y cuando su teoría se vuelve política pública —o al menos horizonte de política pública— el daño potencialmente se multiplica.
VI. El T-MEC y el modelo chino: insuficiencia teórica y autoritarismo
Otro elemento que evidencia las limitaciones analíticas de Romero Tellaeche es cómo aborda la inserción internacional de México. Por un lado, sostiene que el T-MEC constituye una traba estructural para el desarrollo nacional, debido a la subordinación comercial y tecnológica frente a Estados Unidos (sirvan de ejemplo este artículo de hace un año o este otro de hace unos días). Tal diagnóstico, aunque correcto en líneas generales, carece de una propuesta coherente sobre vías reales de desconexión o diversificación. No se explican alternativas concretas, ni acciones graduales, ni instrumentos de política industrial, ni modelos de integración regional que permitan reducir la dependencia histórica respecto al mercado estadounidense. La crítica se queda así en un plano declarativo: innovación, innovación, innovación; pero sin planes, tácticas y menos estrategia.
Por otro lado, esta mirada crítica hacia el T-MEC contrasta con la insistente idealización del “modelo chino” como paradigma de desarrollo. Presenta a China como ejemplo incuestionable de eficiencia estatal e industrialización acelerada, pero omite lo fundamental: los costos ecológicos devastadores del crecimiento chino y el impacto de sus megaproyectos en Asia, África y América Latina. A ello se suma la ausencia de cualquier reflexión crítica sobre el carácter autoritario del sistema político chino, la represión interna, la falta de libertades civiles o el uso político de la vigilancia masiva. De fondo, Romero Tellaeche celebra dicho autoritarismo porque cree que explica la omnipresencia del Estado chino. Tal entusiasmo resulta destacable —pero nunca sorprendente— si se considera el estilo de gestión autoritario que él mismo ejerció en el CIDE. En su gestión se transformó el Consejo Académico del CIDE de un órgano deliberativo a uno colegiado meramente consultivo, lo que sugiere una afinidad con modelos de concentración ilegítima del poder. Esto siempre incluye control extremo, hostigamiento, abusos de todo tipo, amenazas, represalias y, no raras veces, acoso moral y laboral.
VII. La Cuarta Transformación y el espejo roto
Existe una tensión fundamental entre la narrativa de la Cuarta Transformación y el marco conceptual que Romero Tellaeche intentó imponer como director del CIDE. Mientras el discurso político de la 4T se construye sobre la promesa de justicia social, de reconocimiento hacia los pueblos originarios, y del cuestionamiento al neoliberalismo —no hay espacio acá para evaluar dichas consignas—, el pensamiento económico de Romero Tellaeche revive un modelo que históricamente marginó a esos mismos pueblos, centralizó decisiones, debilitó autonomías y consolidó una lógica extractivista del territorio.
La 4T habla de transformación; Romero Tellaeche ofrece continuidad. En la 4T se suponen intentos por interpelar actores históricamente excluidos; Romero Tellaeche omite sistemáticamente a esos actores. La 4T se presenta —al menos discursivamente— como un proyecto de reparación histórica; la teoría de Romero Tellaeche reitera un patrón donde el Estado decide, el mercado crece y concentra la riqueza, y a las comunidades no les queda nada más que obedecer. El resultado es un espejo roto: se proclama cambio, pero se dirige con prácticas que nos regresan al pasado.
VIII. La academia como territorio en disputa
El CIDE, bajo su dirección, se presentó siempre como parte del proyecto transformador del país. Sin embargo, la transformación no puede surgir de marcos conceptuales que ya mostraron su agotamiento; no puede surgir de un pensamiento sin territorio, sin ríos y montañas, sin pueblos, sin ecología. La verdadera transformación intelectual exige reconocer que la idea misma de desarrollo quedó atrás, ya no sirve. Sea cual sea el nombre que vamos a dar a un proyecto económico-político que atienda a las necesidades mexicanas, no se tratará de un proyecto universalizante, sino territorial y diverso; no será centralizador, sino múltiple y situado; no será acelerado, sino lento, caminante y, especialmente, cambiante.
Romero Tellaeche impulsa —al igual que los otros economistas que ha llevado al CIDE, con un par de excepciones— una idea de modernización que se ha vuelto incapaz de entender los conflictos y demandas contemporáneas. Su pensamiento se enfrenta al límite histórico de todas las teorías que creen que la vida humana y no humana pueden ordenarse desde la estadística y que el bienestar puede medirse sin considerar los vínculos socioecológicos que sostienen la existencia humana.
Hace unos meses empezó a hablar, casi por arte de magia, de colonialismo académico y de la necesidad de “descolonizar” la academia mexicana y el CIDE —lo cual, en cierta medida, tiene sentido—; sin embargo, nada en su trayectoria, en su trabajo académico o en su gestión, sostienen que sea él quien hubiera podido hacerlo. Al contrario, el discurso parecía un nuevo ardid para mantener el poder, sin asumir ninguna responsabilidad intelectual ni política.
IX. Un país que se mueve, aunque cierta teoría no quiera
La contradicción final es ésta: México está cambiando. Los territorios están hablando. Los pueblos se están defendiendo. La crisis climática está exigiendo. La juventud está repensándose. La academia crítica está proponiendo. Y, sin embargo, quienes deberían estar a la vanguardia teórico-política parecen empeñados en atrincherarse en un pasado conceptual que ya no puede explicar nada. El país avanza, aunque a veces lento, pero el pensamiento de Romero Tellaeche quedó atrapado en el siglo pasado; como el tráfico nos atrapa a diario en la Av. Constituyentes.
Hay una verdad simple, profunda y que asusta: el que no es sensible a lo nuevo, se vuelve ruina. El que no se renueva, se quiebra. El que no reconoce la vida, termina destruyéndola. Romero Tellaeche puede asumir la dirección de una institución, pero no puede dirigir el tiempo histórico. El futuro exige otras voces, otras epistemologías, otras teorías, otras economías, otras formas de lo político. Exige un pensamiento que mire el territorio, que nombre a los pueblos, que escuche al clima, que vea vida en las montañas y los ríos, que entienda que el mundo que nos tocó vivir ya no acepta cualquier que sea la concepción de desarrollo.
El mundo porvenir, el que ya lo estamos construyendo aquí y ahora, sólo puede ser justo si es ecológicamente sensible, comunitario, local y diverso. México necesita una imaginación político-económica nueva, radical. Por su parte, Romero Tellaeche ofrece una teoría vieja, que ya no sirve; y esa es la contradicción de su pensamiento que la actualidad económica y política mexicana exige expresar.
Nota
Más allá de los artículos de opinión mencionados en las notas al pie de página, los argumentos aquí expuestos se apoyan en más de dos años de convivencia laboral y, especialmente, en los siguientes textos:
El Estado desarrollador (CIDE – documentos de trabajo, 2025)
Corea y México. Dos estrategias de crecimiento con resultados dispares (El Colegio de México, 2018)
Los límites al crecimiento económico de México (El Colegio de México / UNAM, 2014)
México. De la crisis de la deuda al estancamiento (El Colegio de México, 2010)
* Gustavo M. de Oliveira es profesor investigador titular de la División de Estudios sobre el Desarrollo del CIDE.
