(Tercera de cuatro partes)
Cerramos la pasada entrega con la teoría de Marx sobre las dos formas en que el capital transformó la producción en los albores de la modernidad y con la manera en que la segunda reordena el proceso productivo en términos ya específicamente capitalistas. También anunciaba que Dobb ubica ese proceso revolucionario en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII, punto que desarrollaré a continuación.
Desde comienzos del siglo XVI, elementos puramente mercantiles comenzaron a ejercer un dominio creciente sobre la producción por medio del control monopólico de determinados mercados esenciales para el proceso productivo. Desde esta posición, se enfrentaron a las organizaciones gremiales, a las que neutralizaron y pusieron bajo su control, volviendo inoperantes sus regulaciones mediante encargos directos a artesanos domésticos de los suburbios y de las zonas rurales (161-162). Pero, a partir del siglo XVII, se produjo un desplazamiento del centro de gravedad hacia una nueva clase de patronos que provenían de un sector enriquecido entre las filas del artesanado urbano (167-168). Convertidos en una aristocracia dentro de las propias organizaciones gremiales, habían empezado a demostrar interés por emplear a otros artesanos y por controlar el acceso a los materiales de producción y el proceso de venta y distribución de las mercancías. Los mercaderes de antes, más preocupados por excluir posibles competidores que por extender la industria artesanal, advirtieron aquí una amenaza contra sus privilegios comerciales. Los nuevos patronos capitalistas, en cambio, intentaron ser admitidos en las viejas corporaciones o, en su defecto, crear franquicias propias con el apoyo de la Corona. Cuando ambas estrategias se mostraron ineficaces, el objetivo pasó a ser el de abolir los monopolios de la vieja clase mercantil.
Pero el nuevo capital manufacturero también estaba transformando a la masa de productores directos. La formación de ese sector enriquecido dentro del artesanado produjo finalmente una mayoría empobrecida que quedaría pronto subordinada al elemento capitalista como una clase semiproletarizada (168-171). La creación por parte de estos capitalistas de nuevos talleres manufactureros al margen de los gremios y en los que se empleaba directamente a trabajadores asalariados reforzaría esta tendencia. Y también la producción doméstica del ámbito rural evolucionaba en una dirección similar: los pequeños labradores, enfrentados además al empuje de los cercamientos (inclosures),[1] iban perdiendo la independencia económica de tiempos anteriores y su condición social empezaba a aproximarse cada vez más al de un simple asalariado (176-177).[2] Según Dobb, esta progresiva subordinación de los productores al nuevo capital “define la línea esencial de separación entre el viejo modo de producción y el nuevo, aun cuando los cambios técnicos que asociamos con la revolución industrial necesitaban completar la transición a la vez que permitir la plena madurez del modo capitalista de producción, así como del gran incremento de la fuerza productiva del trabajo humano ligado a él” (177).
Llegado a este punto, Dobb plantea una cuestión fundamental. El proceso que hemos descrito arranca en regiones urbanas de los Países Bajos, de Italia, de Alemania y, en menor medida, de Francia, bastante antes que en Inglaterra (195). La pregunta entonces es por qué el capitalismo no logró arraigar en estos lugares y convertirse en el modo de producción dominante como, en cambio, sí lo hizo en Inglaterra (195). De nuevo, la respuesta apunta hacia el papel preponderante del capital mercantil en estos ricos centros comerciales. Las oportunidades que ofrecían la usura y los monopolios sobre el comercio internacional se revelaron como un importante obstáculo para incentivar una inversión constante en el ámbito de la producción. Para que el capitalismo arraigara y se desarrollara se necesitaban, según Dobb, dos cosas: quebrar las regulaciones gremiales y que el capital invertido en la manufactura se emancipase de las restricciones de los monopolios comerciales. Por este motivo, las luchas políticas del periodo cobran una relevancia de primer orden (196). Pero antes de entrar a tratar este asunto, Dobb añade a un tercer requisito: la existencia de condiciones que favorezcan la inversión y la explotación capitalista de la agricultura (196-197). La cuestión es relevante, no sólo porque el desarrollo del capitalismo agrario en Inglaterra permitió crear una masa de proletarios rurales y se reveló como un factor decisivo en la formación de un mercado interno cohesionado, capaz de absorber los productos manufacturados, sino también porque, como veremos a continuación, la resolución del conflicto político dependió en gran media del problema de la tierra.
Hacia 1600 se habían creado ya unos intereses comunes en torno al desarrollo de la industria doméstica y de la manufactura capitalista. En este punto convergían los nuevos capitalistas manufactureros con sectores de la gentry, es decir, miembros de una nueva nobleza rural, que, junto con la práctica de los inclosures, habían empezado a contratar artesanos domésticos por encargo (197-198). Estos intereses entraban en conflicto con los de las grandes compañías comerciales, que restringían su acceso a las materias primas y manipulaban los precios de venta. Mientras que las quejas al Parlamento se hacían cada vez más frecuentes, la Corona se inclinaba por apoyar los intereses de la “Gran Ballena” (199-200). La demanda de “libre mercado” generó un espacio de confluencia política entre sectores cada vez más importantes de la gentry, los arrendatarios independientes, los nuevos patrones manufactureros y los pequeños comerciantes locales. Cuando Carlos I, acuciado por la crisis fiscal y militar, puso en marcha un sistema de ventas de monopolios y patentes que sólo beneficiaba a las grandes compañías comerciales con influencia en la Corte, el enfrentamiento se tradujo en un conflicto de legitimidad entre el Rey y el Parlamento.
La polarización en torno a la cuestión religiosa y los lineamientos políticos siguieron generalmente la línea marcada por los intereses económicos (205). Pero cuando estalla la guerra en 1642 el bando parlamentario no era homogéneo. Estaba polarizado entre, por un lado, una movilización de masas cada vez más intensa y radicalizada en términos religiosos; y por otro, el de los grandes propietarios de tierras y los manufactureros que deseaban un rápido compromiso con la Corona que le permitiera confirmar y proteger sus derechos (207-208). La cuestión de la tierra fue aquí un elemento decisivo:
Hacia la época de la guerra civil, la clase adinerada había invertido en tierras en grado suficiente para volverse conservadora y tímida en relación a toda medida que pudiera cuestionar los derechos del terrateniente y alentar la insubordinación de los terrazgueros. Además, ya la inversión de capital en compra de tierras, así como, en menor medida, en una efectiva explotación capitalista, había alcanzado un grado de progreso tal, que pocos cambios quedaban por hacer en el régimen agrario que desearan fervientemente el terrateniente promotor de mejoras o el arrendatario progresista. (207)
De tal suerte, el movimiento popular combinó demandas democráticas con exigencias de reforma económica que incluían el reparto de tierras: “si admitís a cualquier hombre que tenga aliento y vida, destruimos la propiedad”, sostenía Ireton, jefe del New Model Army, frente a los levellers, que constituían las bases del ejército (209). Esta deriva popular atemorizó los propietarios del bando parlamentario y sin duda influyó en los compromisos que dieron lugar a la Restauración en 1660. Pero la situación no volvió a ser la misma (211). No sólo la tradición republicana y niveladora enraizó entre las clases trabajadoras de Londres y de las ciudades de Provincia, lo que contribuyó a que, años después, el alzamiento de 1688 triunfara y no desembocara en una nueva guerra civil. Más allá de los límites contractuales a los que la sometió la constitución del reino, el campo de la actividad manufactura ya no fue obstaculizado por nuevos monopolios concedidos por la nobleza y, a excepción de la Compañía de las Indias Orientales, el comercio exterior empezó a estar dominado por sociedades de acciones. Así, la revolución política, vía por la que no habían atravesado otros países, creó el escenario adecuado para el desarrollo del capitalismo industrial.
Notas
[1] El proceso de cercamiento —de construir cercas para marcar los límites de la propiedad— puso fin al sistema de campos abiertos y al uso comunal de la tierra.
[2] Existían industrias (minería, sal, altos hornos) que, a diferencia de la textil cuyos medios de producción podían todavía ser costeados por un pequeño artesano, requerían de una inversión capitalista, si bien su peso en relación con el del sistema doméstico siguió siendo menor hasta finales del siglo XVIII (175).
