En 1925, el socialista peruano José Carlos Mariátegui publicaba su primer libro, La escena contemporánea (Lima, Editorial Minerva). El volumen se presentaba en su breve prólogo como “un ensayo de interpretación de esta época y sus tormentosos problemas”. Sus capítulos se internaban en radiografías de fenómenos emergentes como la Revolución rusa, el fascismo o los movimientos anticoloniales y antimperialistas del Oriente en su primer ciclo de efervescencia. Mariátegui, que desde su formación inicial como periodista había evolucionado al ensayismo, no se limitaba a un registro factual de esos procesos. Entusiasta de lo nuevo, de los acontecimientos que trastocaban lo instituido, de todo aquello que ofreciera vías de ingreso al cambio epocal global al que asistía exultante, desplegaba en una clave historicista lecturas e intuiciones penetrantes de hechos y figuras evaluados con arreglo a su relación con la contemporaneidad.
La referencia al contemporaneísmo de Mariátegui sirve para iniciar una exploración de la obra y la praxis intelectual de uno de los más importantes pensadores marxistas de las últimas décadas, el italiano Antonio Negri (Padua, Italia, 1933 – París, Francia, 2023), fallecido hace un mes. Luego de su muerte se sucedieron los homenajes y semblanzas. Este texto se propone asimismo homenajearlo, pero avanzando sobre algunas claves de sus perspectivas críticas.
Como para Mariátegui, para el autor italiano las categorías del tiempo tienen primacía por sobre las del espacio. Las hipótesis de Negri sobre las transformaciones del capitalismo y las mutaciones de la anatomía del trabajo vivo presuponen primeramente un escenario europeo, pero se proyectaron también en consideraciones sobre América Latina. En rigor, involucran sin distingos a cualquier metrópoli del mundo. También como en Mariátegui, la ontología negriana del presente —equivalente a la noción de “época”, clave en los escritos del peruano— se ocupa de distinguir los elementos activos y emergentes de aquéllos que han caducado (evocados en la cuadrícula mariateguiana bajo un término incorporado precisamente en su viaje a Italia: el tramonto). Es en ese sentido específico, temporal, atinente a una era global que ha trastocado núcleos fundacionales de la modernidad, que el pensamiento de Negri puede llamarse posmoderno.
La obra del filósofo italiano puede verse así como una actualización de los diagramas marxianos a nuestra contemporaneidad. Esa labor de adecuación se asienta en dos componentes. Siguiendo a Marx, y enraizado en la tradición de coinvestigación de la corriente operaísta de la que fue protagonista principal, Negri parte de un examen de las condiciones materiales de existencia de la clase obrera, de su composición técnica y política. Sus inferencias surgen de los cambios impulsados por las fuerzas de trabajadores en lucha, en particular en el pasaje a la era posfordista. Pero, en un segundo nivel, esa indagación sociológica se prolonga en un horizonte político. Como el Marx del Manifiesto que desde la apenas incipiente realidad fabril en Inglaterra postula la existencia de la clase obrera mundial e invoca el fantasma del comunismo, Negri afirma secuencias tendenciales e hipótesis de futuridad.
Esa dimensión de futuro-pasado (pensable desde los fundamentales conceptos metahistóricos de Reinhart Koselleck de espacio de experiencia y horizonte de expectativa) recuerda también los modos en que los estratos del tiempo informan las perspectivas de Mariátegui. El creador de la revista Amauta cultivó un prisma atravesado por lo que alguna vez denominó “idealismo materialista”, que partía también de investigaciones sobre la trama material del más inmediato presente, incluyendo sus sedimentos de pasado y la trabazón sociológico-política que enhebraba la corporeidad de los fenómenos emergentes, pero que atendía especialmente a sus tonalidades emotivas asociadas a sus reverberaciones futuras (y allí relucía la tesis soreliana del papel movilizador de los mitos). “Cada época quiere tener una intuición propia del mundo”, escribe Mariátegui, y en la que asiste detecta un actor fundamental, el proletariado mundial, erguido y soliviantado por el mito de la revolución (Mariátegui, 1925).

Como Marx, como luego Mariátegui, Negri también quiso entonces desplegar un comunismo que supiera ser contemporáneo a su tiempo. Voy a apuntar apenas dos de las más reconocidas direcciones en las que desarrolló ese impulso. Por un lado, fue el pensador por excelencia de las implicancias de la crisis de la sociedad salarial fordista, y del desplazamiento de la fábrica como locus privilegiado de tramitación de la relación capital/trabajo. Para Negri, la pregunta por la emergencia de nuevas formas de subjetividad ligadas al trabajo conllevó una apertura a la consideración de la metrópolis como matriz de análisis. El declive del trabajador fabril no supuso la evaporación de las clases sociales, sino el pasaje del proletariado clásico a una miríada de posiciones de sujeto interrogadas en alianza al posestructuralismo de cuño francés y a las corrientes del feminismo de la tercera ola, con su incorporación de la carga laboral invisibilizada en la esfera de la reproducción social. Como escribió en uno de los innumerables textos dedicados a la cuestión,
los regímenes biopolíticos del trabajo, en los que están implicados tanto los trabajadores como las amas de casa, los docentes como los alumnos, las nuevas clases sociales cognitivas y los banlieusards [habitantes de los suburbios urbanos], son absorbidos y comandados por las estructuras del biopoder. El mando sobre la ciudad se estructura como mando sobre la vida: el tiempo y el espacio se ordenan para la producción y el consumo (…). La metrópolis es el lugar donde el trabajo inmaterial puede volverse hegemónico, dado que todas las formas del trabajo están presentes, desde las más miserables hasta las más desarrolladas.
(Negri, 2020, pp. 84-85; énfasis del autor).
Esta perspectiva se respalda y se desdobla en los dos componentes antes mencionados, un registro sociológico y sus proyecciones políticas. Negri parte de la implosión del régimen salarial fordista del último cuarto del siglo XX, y del rastreo empírico de las mutaciones contemporáneas de las formas de trabajo. Pero las conclusiones que extrae se expresan en una serie de hipótesis sobre fenómenos tendenciales. Y allí es donde hace su ingreso la noción de multitud, como una apuesta por aferrar las transformaciones del trabajo vivo y por pensar esos cambios bajo un concepto de clase ampliado y reconfigurado. Hoy, cuando “las cadencias regulares de la producción fabril y su división clara entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio tienden a declinar en los dominios del trabajo inmaterial” (Hardt y Negri, 2004, p. 177), la explotación se difumina en una multiplicidad de situaciones laborales atravesadas y potencialmente conectadas por dimensiones afectivo-cognitivas, “multitud” es el nombre posible para la reconstitución de lo común.
La proposición, expresamente fundada en el “método” a través del cual Marx descubrió-inventó al proletariado —como hallazgo que logra “captar el rumbo” de un despliegue tendencial— (Hardt y Negri, 2004, p. 173), es especialmente relevante en nuestro mundo actual. En un contexto en el que el ascenso de las nuevas derechas respaldadas en las oligarquías capitalistas mundiales (piénsese en los guiños obscenos que se prodigan mutuamente Elon Musk y Javier Milei) encuentra como contraparte una contestación sumamente débil en términos de clase, la necesidad de interpelar/constituir a las figuras heterogéneas del trabajo vivo (el trabajo inmaterial, intermitente, cognitivo, precario, de tareas de cuidados y un largo etcétera) se torna más angustiosamente apremiante que nunca. El emplazamiento de la multitud como concepto clave de una filosofía política marxista renovada es la tentativa de Negri y sus seguidores por repensar los antagonismos de clase en condiciones contemporáneas.
Por otro lado, en conexión a esa readecuación sin nostalgia del proletariado histórico, desde fines de 1990 —en colaboración con Michael Hardt— Negri despliega su contemporaneísmo materialista sobre el paisaje emergente de la globalización. En diálogo con la antropología trasnacional y la geografía crítica de autores como Arjun Appadurai o David Harvey, el clásico Imperio (publicado originalmente en inglés en 2000 por Harvard University Press) se propone subvertir las concepciones de la modernidad estructuradas sobre bases geopolíticas, en especial en relación al pensamiento antimperialista de izquierda y a la impronta tercermundista de los movimientos de liberación nacional. En la primera parte del libro, “La constitución política del presente”, Negri y Hardt parten de “reconocer a la globalización de la producción capitalista y su mercado mundial como una situación fundamentalmente nueva y un cambio histórico significativo” (2002, p. 14). La metamorfosis sobre la que se colocaba ahora el ojo ya no era tanto la de la trama material que reconfiguraba la fisonomía de las clases subalternas, como la cúspide del sistema mundial, en la que la financiarización de la economía y la alianza entre élites e instituciones capitalistas supranacionales fundaba un nuevo orden global. En ese esquema, estudiado también en sus direcciones tendenciales —incluidos sus frenos y contrapesos históricos—, el poder del Estado nación, incluso de los más poderosos, se veía menguado a expensas del nuevo comando económico y jurídico-político del mundo (eso que los autores llaman Imperio).

Ese conjunto de trastocamientos produjo —escribía Negri en un artículo titulado “La crisis del espacio político”— “un paradigma nuevo, un nuevo agencement del poder político y del espacio físico mundial”. Para nuestro autor “la radicalidad de la mutación” se cifraba en la crisis de la concepción soberanista fundada en el gobierno del Estado nación, un desfondamiento que ponía en entredicho al objeto mismo de la filosofía política moderna (Negri, 2003, pp. 19-23). Esas transformaciones, que dislocaban las figuraciones espaciales y las rigideces de los modelos estáticos de centro-periferia, tuvieron un teatro privilegiado de observación en el proceso constituyene de la Unión Europea. Allí, a diferencia de otros filósofos europeístas como Jürgen Habermas —concentrados en la nueva trama institucional del experimento posnacional—, Negri y sus compañeros de ruta insistieron en vincular la apuesta postsoberanista al ya mencionado movimiento multitudinario de reconfiguración de las clases, dentro del cual a la par de las figuras del trabajo inmaterial y el cognitariado le cabe un papel relevante a los trabajadores migrantes.[1] Pero esa “crisis del espacio político” involucró también a otras zonas del mundo como América Latina, cuyo ciclo de gobiernos progresistas de la primera década del nuevo mileno para Negri pudo representar también tendencialmente un ensayo que trascendía los paradigmas limitados a los marcos del Estado nación (Negri y Cocco, 2006).
Varias décadas después de formuladas, las tesis impulsadas por Negri mantienen y hasta tornan más acuciantes sus sentidos críticos, ante todo al interior del campo de debates intelectuales y políticos de las izquierdas. Y ello no solamente porque la profundidad de la crisis contemporánea hace que una perspectiva global como la impulsada por el filósofo padovano sea imprescindible ya no como recurso de emancipación, sino de mera supervivencia (lo postuló certeramente Noam Chomsky en su dramática invocación reciente: “internacionalismo o extinción”). El ascenso de las nuevas derechas radicales, los desafíos socioambientales abiertos por la inequívoca realidad del cambio climático y el nuevo ciclo de guerras y conflictos mundiales otorgan más valor a respuestas compuestas desde lógicas alternativas a las del repliegue en las trincheras del Estado nación. Por esa vía, el pensamiento de Negri funge como un antídoto contra el renacer dentro de las izquierdas de visiones “campistas” (posiciones que desde el altar de las emociones de una geopolítica banal que desplaza los análisis de clase, llegan a entusiasmarse incluso con fenómenos como las aventuras guerreristas de Putin), tan afines también a posturas “rojipardistas” que desde los automatismos del antimperialismo de vieja escuela se comunican con facilidad con los temas de los nacionalismos de las derechas.
El legado de Toni Negri es así el de una praxis enraizada en los dilemas de nuestro tiempo. Si el contemporaneísmo de Mariátegui atañe al momento de la crisis global que abre el “corto siglo XX” de Eric Hobsbawm, el del filósofo italiano se ubica en el otro extremo de esa parábola histórica. Dentro de ese panorama, la biografía de este comunista impenitente testimonia un trayecto impetuoso y sensible a los cambios y reconfiguraciones del mundo que transita. El vitalismo que exuda guarda una relación orgánica con el filón de futuridad de sus apuestas.[2] Quien haya podido conocerlo o asistir a alguna de sus presentaciones públicas no podrá olvidar su voluntarismo del concepto y la dimensión performática de sus construcciones teórico-políticas (que, para trazar un último paralelo, hubieran también interpelado a la italianofilia de Mariátegui). En el recuerdo de esa pasión política que llamó comunista, y en el compuesto virtuoso de un proyecto intelectual hecho de fidelidades y aperturas, memorias y arrojos, anida el valor de un pensamiento en el que habrá que seguir hurgando para rejuvenecer nuestros anhelos de transformación de lo existente.
Referencias
Hardt, M. y A. Negri. (2004). Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio. Buenos Aires: Debate.
Hardt, M. y A. Negri (2002). Imperio. Buenos Aires: Paidós, 2002.
Mariátegui, J. C. (1925, 16 de enero). “El hombre y el mito”. Mundial, Lima.
Negri, A. (2020). “Metrópolis y multitud” [2002]. En De la fábrica a la metrópolis, Buenos Aires: Cactus.
Negri, A. (2003). “La crisi dello spazio politico” [1995]. En L´Europa e l´Impero. Riflessioni su un processo costituente, Roma: Manifestolibri, 2003, pp. 19-23.
Negri, A. y G. Cocco. (2006) GlobAL. Biopoder y luchas en una América Latina globalizada. Buenos Aires: Paidós.
Notas
[1] Sobre la apuesta europea de Negri y sus compañeros postoperaistas puede consultarse Martín Bergel (2006), “La idea de Europa en la izquierda radical italiana contemporánea (1995-2004)”, Nuevo Topo, núm. 2. Para una perspectiva afín a la de Negri sobre el lugar de los trabajadores migrantes en la constitución del nuevo orden mundial postsoberanista, véase Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización, de Sandro Mezzadra.
[2] Ese vitalismo, desplegado incluso en momentos de derrota y sinsabores, se aprecia estupendamente en los tomos de las memorias de Negri, traducidos al castellano por Raúl Sánchez-Cedillo: Historia de un comunista y Cárcel y exilio.
