Hace algunos días sucedió algo que, para muchos, fue inaudito. Durante el XVI Seminario Internacional de Lengua y Periodismo, la reina Letizia de España puso en duda el llamado “desarrollo sostenible” y mencionó un concepto que, a pesar de su relevancia en círculos académicos y de divulgación científica, sigue siendo un tabú para amplios sectores de la sociedad: el decrecimiento, es decir, un modelo de civilización que abandone el crecimiento económico —el continuo aumento de productos, bienes y servicios— para satisfacer las necesidades humanas con menos recursos extraídos de la naturaleza. Esa gestión, por supuesto, tendría que ser lo más democrática posible.
Los dichos de Letizia, es claro, pueden ser atacados por el simple hecho de quien los dice. La nobleza, un modelo que se revela cada vez más arcaico, es sinónimo de derroche y de talante autoritario. Sin embargo, más allá del personaje y centrando la atención solamente en el mensaje, me llamó la atención cómo un miembro de la realeza española había mencionado un tema que ha sido ignorado por la izquierda mexicana, particularmente la que pertenece al ámbito político. En dos o tres encuentros virtuales a los que he asistido en calidad de oyente, organizados por grupos afines a la llamada 4T, uno de los temas a discutir y proponer para la plataforma de Claudia Sheinbaum —candidata oficial de Morena con amplias posibilidades de llegar a la presidencia— ha sido el de la crisis climática y la ecología. Debería, a mi gusto, ser un aspecto central de la plataforma de la exjefa de gobierno de la Ciudad de México, por su formación académica. Mas, los comentarios vertidos en los foros —a pesar de un par de honrosas excepciones— reciclaban lo que el statu quo lleva difundiendo desde hace varias décadas: el reciclaje, el consabido desarrollo sustentable, el uso de recursos para proteger áreas naturales y las muy publicitadas “energías limpias” o “renovables”. En ninguno de los encuentros se habló de decrecimiento y, peor aún, se optó por reforzar lo que se conoce como greenwashing, es decir, estrategias de mercado para problemas generados por éste. La finalidad es una suerte de “gatopardismo ecológico”: el capitalismo nos dice que está cambiando en pos de una utópica transición energética para que todo, a grandes rasgos, siga igual. Es desconcertante que ciudadanos identificados con la izquierda —aunque ese término sea cada vez más volátil en un mundo cuya característica principal sea el vacío ideológico— no hayan elaborado una crítica, aunque fuera mínima, al desarrollo que plantea el capitalismo y a la sociedad de consumo que está erosionando no sólo al planeta, sino a los seres humanos.
Hablar sobre decrecimiento y todas sus aristas extendería de más este texto. Sólo basta decir que un aspecto fundamental de esta propuesta se basa en un consenso científico importante: no se puede crecer (producir y consumir) indefinidamente en un planeta con recursos finitos. Este consenso, que muchos creen novedoso, fue explorado por primera vez por el Club de Roma, un grupo interdisciplinario de científicos que, en 1972, publicaron el informe Los límites del crecimiento por encargo del Instituto de Tecnología de Massachusetts. La investigación, encabezada por la biofísica Donella Meadows, describió un escenario polémico para aquella época: en los siguientes 100 años la sociedad industrial colapsaría por el consumo creciente e insostenible de energía propio del capitalismo, un sistema que aceleraría su dinámica en las siguientes décadas. Tachados en su momento de catastrofistas, los científicos fueron revindicados por el tiempo y, sobre todo, por las innumerables señales de que estamos llegando a un límite planetario marcado por el cambio climático y el agotamiento del petróleo —llamado “peak oil”—, así como sus efectos en nuestro modo de producción.
Ante este panorama, desde la academia se han marcado algunas direcciones para guiar la discusión: en primer lugar, abandonar la idea de que el crecimiento económico es positivo por sí mismo; en segundo, que la tecnología actual no será capaz de revertir la crisis climática y, sobre todo, expandir las fuentes de energía que están agotándose gradualmente. En este punto, justamente, aparece la izquierda, pues el futuro próximo —las actualizaciones hechas al modelo del Club de Roma señalan que los escenarios previstos de colapso se sentirán con más fuerza antes del 2030— no sólo debe ser enfrentado con políticas resilientes, sino con un cambio de paradigma económico. Habrá, para resumirlo de alguna forma, menos recursos para todos, y las sociedades desiguales que ha creado el capitalismo del siglo XXI agudizarán sus contradicciones. Este futuro previsto y debatido en muchos países del mundo ha sido prácticamente echo a un lado por la izquierda institucional mexicana demasiado enfrascada en apoyar al gobierno actual que busca, en todo momento, aprovechar los vaivenes en el comercio internacional para generar recursos, aunque las bases que sostienen esto sean, cada año, más endebles. Por poner un ejemplo, el turismo, uno de los polos económicos fundamentales para el país desde hace décadas, será afectado por los desastres climáticos —hay que recordar el caso reciente de Acapulco—, pero también por el costo del transporte, particularmente el aéreo. Una mezcla de factores geopolíticos, costos de operación por el combustible y la competencia voraz entre las empresas golpeará duramente el sector más pronto de lo que pensamos.
Es cierto, aún no se puede hablar de un Estado que implemente, a cabalidad, el decrecimiento como modelo de política pública. Es, hasta el momento, una propuesta teórica. Sin embargo, no hay que engañarse, el decrecimiento —según el consenso científico— es algo que va a ocurrir y que sólo queda gestionar a nivel local y global. Se debe criticar, como ya se hace, el alto consumo energético de los llamados países desarrollados y su prosperidad a costa de los países del Sur Global. Algunas naciones son, de facto, economías en decrecimiento no por decisión propia, sino porque permanecieron al margen del desarrollo industrial de este siglo y el anterior. El nivel de responsabilidad es diferente en un mundo polarizado como el actual. A pesar de todo esto, seguir apostando —como lo hace la izquierda mexicana vinculada con la 4T— por un desarrollo que, simplemente, no tendrá los suficientes recursos para tener continuidad en los próximos años, es ingenuo e, incluso, peligroso. El crecimiento económico —un dogma del capitalismo— debería ser sustituido por políticas agresivas de redistribución, adaptación y trabajo comunitario, entre otras cosas, para que el país esté preparado para lo que viene. La izquierda mexicana, que por primera vez tiene una tribuna e interlocución con el poder, debería señalar ese camino desde ahora.
