A Emilia, quien me enseñó mucho sobre las buscadoras mexicanas
Pasan los días, las semanas y los meses y la situación en Gaza “sigue su curso”. La naturaleza genocida del proceder de Benjamín Netanyahu y del ejército israelí ya quedó clara para la inmensa mayoría de las personas que siguen con mediana atención lo que ocurre en esa parte del mundo, salvo para quienes seguirán apoyando a Netanyahu hasta el final de los tiempos. Desde una perspectiva internacional, quizá lo que más sorprende es que, a pesar de que esa naturaleza genocida se manifestó de diversos modos desde hace tiempo, las democracias occidentales más importantes siguen sin reaccionar de manera decidida. A este respecto, basta señalar que ninguno de los países del G7 (Francia, Alemania, Inglaterra, Italia, Japón, Canadá y los Estados Unidos) ha tomado ninguna medida drástica en relación con Gaza y que ninguno de ellos reconoce al estado palestino (actualmente, lo hacen 147 de los 193 estados miembros que conforman las Naciones Unidas, cuya inoperancia, por cierto, se ha puesto de manifiesto por enésima ocasión). Además, uno de esos siete países —Estados Unidos— es el principal valedor y el principal apoyo del gobierno de Israel. Dicho de otro modo, la “crema y nata” de Occidente, que tanto menciona, invoca y ensalza los derechos humanos, sigue mirando, aparentemente impasible, lo que sucede en la Franja de Gaza desde hace veinte meses. Sobra decir quizá que los gobiernos de esos siete países son los únicos que pueden incidir realmente sobre lo que está sucediendo ahí. Mientras tanto, cada día siguen ocurriendo hechos estremecedores en esa pequeña parte del mundo; el cual, no obstante, sigue girando.
Lo anterior me parece una claudicación respecto a algunos de los valores esenciales de lo que supuestamente representa Occidente, al menos desde la Ilustración —es decir, desde hace tres siglos aproximadamente—, pero sobre todo desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, particularmente, después de la tan celebrada victoria del “mundo libre” que siguió a la desmembración de la Unión Soviética y de las diversas guerras y el par de genocidios que vivió el mundo en la década de 1990. Gaza es el primer genocidio del siglo XXI y hemos tenido tiempo de sobra para ver cuál ha sido la reacción de las democracias liberales más influyentes a nivel mundial. Los niveles desesperados y urgentes que se han alcanzado en los últimos meses son evidentes en las miles de imágenes que podemos ver en la red y en la televisión o que podemos leer en los reportes de varias agencias de las Naciones Unidas, que muestran no sólo esa desesperación y esa urgencia, sino también los diversos obstáculos que ha puesto y sigue poniendo el ejército israelí para que la comida, las medicinas y la ayuda humanitaria en general lleguen a su destino (aquí un reporte de hace pocos días). Ante estas realidades, el silencio internacional o, más propiamente, la ausencia de acciones por parte de los países que podrían cambiar las cosas, resulta no sólo ininteligible, sino, sobre todo, indignante para millones de ciudadanos y ciudadanas alrededor del mundo, quienes miran con incredulidad cómo algo así puede seguir sucediendo “sin que el cielo se caiga o la tierra se abra” (empleo unas expresivas palabras de Hannah Arendt tomadas del capítulo decimosegundo de Los orígenes del totalitarismo).
En cuanto a la intelectualidad mexicana y al medio académico de este país —al menos hasta donde yo alcanzo a percibir—, la situación que se vive en Palestina desde hace muchos meses ha suscitado un número limitado de expresiones claras al respecto (con algunas excepciones, por fortuna y como siempre). No me refiero a expresiones en las redes sociales personales, sino en medios periodísticos que tengan cierta difusión. Por supuesto, mi percepción, como cualquier otra, es limitada, pero no puede dejar de llamar la atención el hecho de leer a tantos intelectuales, hombres y mujeres, y a tantos académicos y académicas nacionales escribir en periódicos o revistas sobre un sinnúmero de asuntos internacionales (la guerra en Ucrania, las últimas ocurrencias de Trump o las cárceles de Bukele) y toparse muy pocas veces con artículos sobre el genocidio en Gaza. Insisto: por supuesto y como siempre, hay excepciones, pero tratándose de un tema en el que tantas vidas, tantos sufrimientos, tantos principios y tantos valores esenciales están en entredicho (la supervivencia en primer término, pero también la dignidad y el derecho a vivir sin miedo y con una cierta noción de “futuro”; derechos elementales que son negados a las mujeres, los hombres, los ancianos, las ancianas, los niños y las niñas de Gaza desde hace seiscientos días), cabía esperar una presencia considerablemente mayor de nuestra intelectualidad y de nuestra academia en los medios de México expresándose sobre la manera en que la vida, la humanidad, la dignidad y la justicia en todas sus facetas son pisoteadas en Gaza cotidianamente. Este relativo silencio me resulta inexplicable.
Es cierto que ha habido expresiones aisladas y que existen algunas iniciativas, como el grupo de “Académicos con Palestina” o la reciente creación del Seminario de Estudios sobre Palestina en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, que merecen mención aparte. Todo mi reconocimiento a su labor, activismo y empeño. Sin embargo, en esta breve nota llamo la atención sobre lo que me parece un limitado abordaje de la intelectualidad y de la academia mexicanas del tema de Gaza en medios periodísticos con una cierta difusión (a los que un número no despreciable de esos intelectuales y de esas académicas tiene acceso o podría tener acceso si lo quisiera). Una postura clara al respecto y una mayor difusión no solamente acercarían el tema al público mexicano, sino que lo mantendría vivo en la cabeza y en el “imaginario” de los mexicanos de a pie, además de enriquecer nuestra conversación y nuestra vida públicas (como sí lo han hecho no pocos intelectuales alrededor del mundo).
Me detengo brevemente en México, en los asuntos nacionales y, por tanto, en el título de esta nota. Como tal vez sepan los lectores, “¿De qué otra cosa podríamos hablar?” era el título de una exposición que Teresa Margolles montó en la bienal de Venecia de 2009. Ella se refería a la violencia que asolaba a México entonces. Esa violencia no ha hecho más que aumentar desde ese año, lo que hace que esa pregunta siga siendo perfectamente legítima. Ya no bajo el manto de un conflicto denominado “guerra contra el narco”, pero da lo mismo: “desparecidos”, “madres buscadoras”, “levantones”, “sicarios”, “fosas comunes” y vocablos por el estilo son de uso cotidiano en el México de hoy. Regreso a Palestina, pues lo que me llevó a recordar esa simple pregunta de seis palabras es que también aplica, si bien en el ámbito de los asuntos internacionales, a lo que está sucediendo hoy en la Franja.
La pesadilla gazatí viene de muy lejos, pero el origen del último episodio, el que ha llevado al genocidio del que es objeto actualmente su población, está en un acto terrorista cometido por Hamás el 7 de octubre de 2023; un acto cobarde, repulsivo y condenable, como todo acto terrorista. Esto último está fuera de duda. Igualmente fuera de duda está, o debiera estar, que lo vivido por la población civil de Gaza durante los últimos veinte meses no tiene justificación alguna, no puede tener justificación alguna.
Sin ánimo retórico, creo que Gaza es una mancha ingente en la conciencia de Occidente. Una mancha que países occidentales sembraron y que, en la actualidad, países occidentales patrocinan, solapan, sancionan o simplemente ignoran. Una vez más y por si hiciera falta mencionarlo, con notables excepciones; no sólo en el continente europeo, sino también en América del Sur y en África.
Escribir estas líneas, lo sé muy bien, es una pérdida absoluta de tiempo, pues no cambiarán nada y la población civil palestina seguirá viviendo lo mismo otro día y otro día y otro día… Esta sensación de sinsentido, de futilidad, de impotencia, de que nada de lo que nadie diga, escriba o haga cambiará nada en Gaza es una sensación que seguramente comparten conmigo miles y miles de personas alrededor del mundo. Se trata de un sentimiento no solo desazonador, sino desolador. Un sentimiento que incluye una profunda sensación de coraje, de frustración y de decepción ante un mundo que está conformado de tal manera que una situación como la de Gaza puede prolongarse en el tiempo sin que, al parecer, nada ni nadie pueda ponerle fin. Ante esto, desde mi punto de vista, el silencio no tiene cabida.
Es cierto que uno puede ir a manifestaciones en favor de Palestina o escribir unas líneas al respecto, en gran medida porque son de las pocas opciones que los ciudadanos comunes y corrientes tenemos para mostrar lo que sentimos y pensamos. Sin embargo, el desánimo que percibo en mí y en muchas otras personas que conozco a las que Gaza les importa, es de tal magnitud, que me pregunto por cuánto tiempo más quienes no se resignan a lo que está pasando ahí seguirán manifestando su rechazo y su indignación.
Concluyo. Más allá de la inutilidad referida y del desánimo que nos embarga, decidí escribir estas líneas por un motivo bastante simple: como ser humano, como padre, como ciudadano y como profesor universitario, considero que hay que seguir alzando la voz respecto a la interminable serie de inhumanidades que han tenido lugar y que siguen teniendo lugar en Gaza en este mismo momento.
