Luego de los dichos del exmandatario Ernesto Zedillo Ponce de León acerca de la naturaleza de la democracia y de la tiranía en México, uno de los debates públicos que más dio de qué hablar los últimos meses entre propios y ajenos al obradorismo tuvo que ver con las formas en que los gobiernos emanados del Movimiento de Regeneración Nacional han decidido gestionar la integración a sus filas de personajes quienes —para decirlo pronto y en el lenguaje ya característico de esa corriente política— parecieran encarnaciones irrefutables de “la vieja política” y del “antiguo régimen”. Personificaciones, pues, de aquellos contra quienes Andrés Manuel López Obrador siempre esgrimió la máxima del “no somos iguales”. Se trata, así, de un debate cifrado en la oposición ―maniquea― entre puristas y pragmáticos.

En particular, en esta ocasión la discusión se produjo a partir de la designación del exjefe delegacional (2012-2015) y exalcalde (2018-2024) de Cuajimalpa de Morelos, en la Ciudad de México, Adrián Rubalcava, como nuevo director del Sistema de Transporte Colectivo Metro, a partir de mayo de este año. Y es que, dada su biografía política, no fueron pocas las voces que, dentro y fuera del obradorismo, señalaron lo contraproducente que resultaba, para el prestigio actual del Movimiento y para su viabilidad política en el futuro, premiar con un cargo público tan estratégico para los destinos de la Capital a uno de los personajes más cuestionables del priismo capitalino en los últimos diez años.

En el fondo, la discordia por la designación de Rubalcava responde, sobre todo, a dos consideraciones: en primer lugar, el cuestionamiento sobre sus credenciales técnico-profesionales para ejercer su nuevo cargo y, en segunda instancia, la legítima duda sobre si, entre tantos perfiles adherentes, simpatizantes y/o militantes de la 4T tan bien calificados para ejercerlo en verdad no se pudo encontrar a nadie mejor.

Ante tales objeciones, al interior de Morena se activó de inmediato una reacción intelectual y mediática enfocada en defender la designación del susodicho como una medida que, por haber provenido de donde presumiblemente provenía —la presidencia de la República—, debía ser aceptada y defendida en los términos en los que se había dado. Esto es: asumiendo que sólo se trataba de darle una oportunidad al también exdiputado de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (2015-2018) para demostrar sus capacidades como funcionario público en el cumplimiento de la tarea que se le había encargado. A saber: atender las muchas crisis por las que atraviesa el sistema de transporte público más grande del país.

En medios de comunicación, redes sociales y redes intelectuales trascendió, pues, que lo criticable del asunto no tenía que ver con el nombramiento en cuestión sino, antes bien, con los posicionamientos políticos e ideológicos de quienes criticaron y cuestionaron la designación.

Puestos así los términos de la discusión, los polos intelectuales en los que terminó configurándose el debate interno eran, por un lado, el de los defensores del pragmatismo, en cualquiera de sus versiones (el táctico, el estratégico, el dogmático, etc.), y, por el otro, el de los defensores de los principios, también en cualquiera de sus variantes (los ingenuos, los idealistas, los academicistas, etc.).

Ahora bien, la controversia entre principios y pragmatismo, por supuesto, no es nueva para la presente administración, como tampoco lo fue para la presidencia de Andrés Manuel, a propósito de personajes como Manuel Bartlett o Lilly Téllez. Casos más recientes que los de Rubalcava fueron los del proceso de selección interna de candidaturas de Morena para los comicios de 2024 y, durante el segundo semestre de ese año (cuando la política nacional fue absorbida casi en su totalidad por la discusión alrededor de la Reforma al Poder Judicial de la Federación), del arropamiento que hizo Morena, en el Senado de la República, del hasta entonces orgulloso panista Miguel Ángel Yunes Márquez, con tal de conseguir los votos suficientes para aprobar la reforma constitucional.

En todos los casos, dentro y fuera de Morena y del obradorismo —pero también, en general, en el seno de la agenda pública y de los medios de comunicación (y de ese decadente avatar suyo que son las redes sociodigitales)—, se colocó en el centro del debate nacional el cuestionamiento sobre la legitimidad de los medios por los cuales Morena y el obradorismo pretendían conseguir la prometida regeneración y transformación de la vida pública nacional en lo sucesivo, ya sin López Obrador al frente.

De hecho, tan persistente ha sido este debate dentro y fuera del partido que, entre círculos intelectuales afines mucho más acotados, pero no por ello menos importantes, la reflexión a propósito de esta díada también ha sido planteada para polemizar sobre el compromiso con la causa de la 4T de personajes que en efecto venían de lejos acompañando a Andrés Manuel y a su movimiento de masas, pero cuyos motivos para hacerlo tenían que ver menos con la transformación en y por misma que con los posibles réditos políticos que podían obtener para si se mantenían relativamente alineados con la retórica de López Obrador.

Al interior de Morena, por ejemplo, han sido ilustrativos en esta línea de ideas los planteamientos de personajes como Paco Ignacio Taibo II en cada Consejo Nacional del partido en que ha participado. Planteamientos que, dicho sea de paso, más allá de su aparente estridentismo y de subrayar el abandono al que ha condenado Morena al trabajo permanente de base, insistentemente han invitado a reflexionar a simpatizantes, adherentes y militantes del partido sobre el oportunismo de quienes se integran a la 4T buscando un cargo y, más aún, sobre la hipocresía de quienes ostentan un alto rango dentro de Morena, pero que, hondeando las banderas del obradorismo, repiten las prácticas más deleznables de la cultura política del priismo, comenzando por las clientelares y corporativistas.

Personajes como Ricardo Monreal (y su familia), Marcelo Ebrard, Mario Delgado (cuando dirigía el partido y ahora como improvisado Secretario de Educación) o Adán Augusto López (como Gobernador de Tabasco, Secretario de Gobernación y, ahora, Senador), para no ir más lejos, han brillado persistentemente por su presencia entre las críticas que muchas y muchos intelectuales morenistas han hecho al partido y al proyecto de nación que éste dirige, ya sea porque, desde el punto de vista del principismo, legítimamente se les cuestione por sus dichos y sus hechos, ya porque pragmatistas de distinto tipo los defienden ingeniosamente, asumiendo que sin su participación en la Cuarta Transformación ésta sencillamente no se sostendría en pie.

En términos similares, disputas intelectuales de este tipo también han latido en el corazón ya no de procesos de integración de personajes de la vieja política al proyecto de transformación que dicen defender los principales liderazgos políticos de la 4T sino, antes bien, de decisiones políticas tomadas por legisladoras y legisladores morenistas en ambas Cámaras del Congreso de la Unión para defender causas de dudable legitimidad política y de aún más cuestionable integridad ética. El rechazo al desafuero del exgobernador de Morelos (2018-2024), Cuauhtémoc Blanco, para que enfrentara sin gozar del fuero legislativo los procesos penales abiertos en su contra, es, hasta el día de hoy, el caso paradigmático de ello. Más aún cuando casos como éste involucran distintas formas de violencia de género… en tiempo de mujeres. En esa ocasión también se avivó el debate sobre la necesidad de priorizar los principios por encima del pragmatismo, y viceversa.

Ahora bien, más allá de las múltiples y muy diversas querellas centradas en descalificar, a priori, al adversario, entre los varios argumentos que hasta ahora ha defendido el pragmatismo morenista —es decir, el que asume que toda decisión pragmática es correcta porque ha sido tomada con base en un respeto irrestricto a los principios del obradorismo (algo así como un pragmatismo principista, valga el oxímoron)—, hay tres, en particular, a los que se les debería de prestar atención y discutirlos con detenimiento. A saber:

  1. aquel que hace del temor a las extremas derechas en el mundo su justificación para defender pragmáticamente la fragilidad de la transformación en curso en México;
  2. aquel que descalifica la defensa de los principios como una defensa abstracta de todo principio, incapaz de comprender con realismo la naturaleza de la política contemporánea; y,
  3. aquel que resta gravedad al conjunto de la discusión por afirmar que los casos que sirven de prueba empírica en la crítica principista son excepciones a la regla: una lágrima en un inmenso océano.

En el caso del primer argumento, aunque se acierta en subrayar una amenaza que se cierne por todo Occidente (la emergencia, el fortalecimiento y la consolidación de viejas y nuevas extremas derechas), lo que a menudo se obvia es el análisis concreto de las correlaciones de fuerzas vigentes y potenciales en México, tanto en el plano de la política doméstica cuanto en el de sus relaciones internacionales. Y es que, en efecto, siendo innegable la derechización extrema que se vive en muchas partes del mundo, pero principalmente en Occidente (América incluida), lo que, no obstante, no termina de quedar claro aquí es por qué, si en México las correlaciones de fuerzas efectivas y potenciales no se distinguen por estar franca o veladamente cargadas en favor de esas extremas derechas en el país, al interior de Morena y algunos círculos muy específicos del obradorismo se da por hecho que al Movimiento y al proyecto de nación del Gobierno Federal se los debe de reforzar constantemente con incorporaciones de personajes de “la vieja política” y con concesiones a sus principales liderazgos históricos y contemporáneos (a propósito del también malogrado desafuero de Alejandro Moreno Cárdenas, Presidente Nacional del PRI).

Cualquiera, por supuesto, podría argumentar que, en el fondo, Morena, el obradorismo y el proyecto de nación que hoy encabeza Claudia Sheinbaum Pardo no son, en realidad, tan fuertes o no se hallan tan bien posicionados como parecen. Sin embargo, en los hechos, cualquiera que sea la evidencia empírica que se tome para evaluar el vigor que exudan, siempre salen favorecidos ante sus adversarios. La famosísima derrota moral de la oposición, señalada por Andrés Manuel en más de una ocasión durante su mandato no era, en este sentido, una vanidosa invención suya ni, mucho menos, una hechura de su capricho. Era, antes bien, una suerte de estribillo que en verdad daba cuenta de la decadencia por la que ya comenzaban a transitar los adversarios históricos de la política de masas del obradorismo.

Que aquella derrota moral nunca se haya extendido hasta el plano de las correlaciones de fuerzas que enfrentan a los grandes capitales nacionales y transnacionales con la política de la 4T es otra historia. Y una, sin lugar a dudas, en la que en absoluto se puede afirmar con seriedad que el capital, que los capitalistas con intereses en juego en este país, se hallen en iguales condiciones de derrota que el panismo y el priismo. Ello, empero, en nada cambia el hecho de que las fuerzas políticas que históricamente habían operado como correas de transmisión de los intereses de aquellas burguesías hoy no se hallen o en crisis o en abierta decadencia, sin que hacia el futuro inmediato parezcan contar con opciones programáticas y operativas suficientes como para recomponerse orgánicamente.

Y es precisamente allí en donde el argumento que parte del temor a las extremas derechas en el mundo pierde el foco de la situación concreta que se vive en México: dada la derrota en la que se hallan las fuerzas políticas tradicionales del viejo sistema de partidos, hoy por hoy, la mayor parte de la disputa política en el país se gestiona y se procura resolver dentro de los límites que proporcionan Morena, como partido político, y el obradorismo, como movimiento de masas. Es dentro de ambos en donde hoy en día no sólo cualquiera que busque tener una carrera política exitosa en lo inmediato procura cultivar su imagen, sus contactos y su proyección mediática, sino que —y más importante aún que ello— es allí, en el seno de uno y de otro, en donde hoy se gestan las oposiciones al proyecto de nación de Sheinbaum.

Esto, en principio, está sucediendo con apuestas como la de Marcelo Ebrard, quien parece sentirse con el derecho legítimo de heredar el siguiente sexenio y, en consecuencia, estar buscando, a través de la Secretaría de Economía, edificar las bases de lo que sería su 4T de clases medias, mientras cumple con la agenda que le encomendó la presidenta de la República de hacer de la riqueza socialmente producida en el país el marco de expansión de una prosperidad compartida. Pero también, al margen de apuestas como ésta, dentro de Morena y del obradorismo anidan proyectos mucho menos ambiciosos y más genuinamente oligárquicos, como los que personifican Ricardo Monreal, desde la Cámara de Diputados, y Adán Augusto López, desde el Senado: oposiciones, ambas, que todo el tiempo buscan arrebatarle a Claudia Sheinbaum concesiones políticas que les favorezcan personalmente a ellos y a sus círculos políticos más próximos.

Ante la defensa irrestricta del pragmatismo en México como una forma de mantener al país a salvo de la amenaza de las extremas derechas en el mundo, habría que cuestionar si en este país lo que de a poco las va fortaleciendo (en lo personal, pero también como proyecto político colectivo) no es, precisamente, una política de puertas abiertas irrestrictas a personajes “del viejo régimen” que, como Monreal Ávila, a pesar de portar las siglas del partido y de manejar públicamente una de las retóricas más dogmáticamente obradoristas, insistentemente operan en favor de la construcción de sus propios cotos de poder. ¿O acaso ya no se recuerda que fue él quien operó, desde el Senado, para sabotear algunas de las reformas legales y constitucionales más importantes de Andrés Manuel, el sexenio pasado? La afiliación al partido no hace al morenista.

No quiere esto decir, por supuesto, que por su oposición interna estos personajes sean personificaciones de la extrema derecha mexicana. Reconocer su actuar como quinta columna dentro de Morena, sin embargo, sí implica reconocer que son ellos un factor de mayor debilitamiento de lo que lo pueden ser las extremas derechas en y por sí mismas.

¿Qué objetar, por otra parte, al segundo de los argumentos que bregan por el pragmatismo como sistema en las decisiones políticas de Morena? Acá lo que resulta incongruente es que, al calificar al principismo de purista, de idealista, de ingenuo, de filosófico y de academicista, etc., se lo hace partiendo del reconocimiento de que una defensa de principios pierde de vista que la política del país no está para principios porque la política aquí es la que es y ésta se maneja por reglas singulares. Lo desquiciante aquí resulta ser, en consecuencia, que a la vez que se sostiene que es el pragmatismo el que permite hacer avanzar al proyecto de transformación y de regeneración de la vida pública nacional, se concede que la realidad política que se vive sencillamente no está para andar respondiendo a principios que privilegien la decencia por encima del efectivismo, la preparación por encima de los cargos y de los encargos, la congruencia por encima del gatopardismo y así sucesivamente.

Habría que preguntar, entonces, a quienes sostienen este argumento, cómo se transforma una cultura política, las formas de ejercer el poder y la naturaleza de lo público en el capitalismo contemporáneo cuando no se defienden principios que sustenten precisamente esos cambios. La salida fácil ante este cuestionamiento es sostener que los fines justifican los medios, y que es en aquéllos (en los fines) y no en éstos (en los medios) en donde realmente se juega la transformación de la política nacional. Claramente, en esta división tan tajante, abstracta y falsaria de las relaciones dialécticas que guardan entre sí fines y medios lo que no se termina de comprender es que los medios no son simples instrumentos neutrales al servicio de una causa que los rebase y que los redima en su naturaleza por la justicia alcanzada a través suyo. Por el contrario, estos hacen parte íntegra de la legitimidad y de la justicia de los fines que se persiguen.

Si se pierde de vista lo anterior, entonces las izquierdas de México y del mundo quedarán desarmadas ante la emergencia, el fortalecimiento y la consolidación de nuevas y viejas extremas derechas, toda vez que las izquierdas no sólo se distinguen de las derechas por los fines que persiguen, sino por los medios de los que se valen para llegar a ellos. Y en el caso mexicano, así como ya ocurrió en muchas partes de América, la correcta distinción de este aspecto crucial en el continuum político derecha-izquierda es lo que termina por definir que, a ojos de la ciudadanía, no todos sean iguales y, en consecuencia, que esa misma ciudadanía, después de un tiempo, no termine exigiendo o bien “que se vayan todos” o bien que sea la extrema derecha la que reemplace en funciones gubernamentales a unas izquierdas que a menudo no supieron distinguirse de todo aquello que el electorado ya despreciaba de “la vieja política”. En política muy pocas cosas son tan despreciables para las masas como las izquierdas que se presentan como alternativas moralmente distintas y superiores a sus adversarios de derecha y que, ya en el poder, empiezan a emularlas, pero enmascarando su mímesis con altas dosis de retórica.

Finalmente, sobre el tercer argumento (relativo al reconocimiento de que los casos hasta ahora experimentados son la excepción y no la regla), apenas habría que elevar una advertencia, en apariencia inocente y sin mucha relevancia: puede ser que, en verdad, por ahora los casos de pragmatismo que acosan a la 4T sean una reducida excepción ante la inmensidad de la política nacional. El problema es, no obstante, que lo que aquí se excusa tiene que ver sólo con la dimensión nacional de la política mexicana; no se está prestando atención a los centenares de casos que proliferan en el ámbito de la política local, en los municipios, en donde los Rubalcava y los Yunes Márquez siguen siendo el pan nuestro de cada día para millones de mexicanos y mexicanas.

Más aún, en relación con este argumento se tendrían que reflexionar varias cosas a profundidad: ¿cuántas excepciones siguen siendo una excepción? ¿Toda excepción tiene el mismo peso que las demás o hay algunas que resultan más cuestionables que otras? Cuando esas excepciones son designadas a cargos y/o asignadas a responsabilidades estratégicas, ¿siguen siendo excepcionalidades sin capacidad de incidir en la regla de la cual se asumen excepción? ¿Qué grado de tolerancia frente al pragmatismo es lícito demandarle a la ciudadanía antes de descalificarla como purista, ingenua, idealista, academicista, poco realista y poco experimentada en el refinado arte de la política? Y, más importante aún, ¿en qué momento una excepción o un par de excepciones a la regla se convierten en regla suficiente para desacreditar por completo aquello del “no somos iguales”?

Cualquiera que sea la respuesta que se ofrezca a estas preguntas una cosa es segura: sigue siendo evidente la falta de cuadros del obradorismo y la deficiencia en la que se halla su programa de formación política. Hoy por hoy, después de todo, es importante reconocer que no es en absoluto suficiente cumplir con los requisitos que se piden en Morena y en la 4T a viejos priistas, panistas y perredistas para demostrar que son auténticos morenistas conversos. En particular, porque, en gran medida, el pegamento que mantiene unidas a las muchas facciones al interior de uno y de otra está hecho con base en el carisma personal que irradian personajes como López Obrador y Claudia Sheinbaum. Hacia el futuro, sin embargo, la cohesión interna en este proyecto de transformación no podrá seguir sosteniéndose con relevos carismáticos.

La actual Dirigencia Nacional de Morena, en voz de su presidenta, Luisa María Alcalde, ha dicho más de una vez que el partido no puede permanecer hermético y que necesita abrirse a muchos y muy diversos perfiles para mantener su fuerza. También ha expresado en múltiples ocasiones que la crítica interna se vale cuando las bases y los cuadros del Movimiento no estén de acuerdo con las decisiones que se tomen y los personajes que se integren o que asuman roles estratégicos en el seno de la 4T. A pesar de ello, sin embargo, también ha defendido con insistencia que el objetivo prioritario del instituto político que preside sigue siendo el de no hacerle el juego a la derecha. ¿Qué exactamente significa eso? ¿Significa que, si las opiniones de la comentocracia opositora a la 4T y las críticas hechas desde el interior del obradorismo y Morena son convergentes o coincidentes, a pesar de estar motivadas en principios distintos (la carroña política en aquella, la crítica constructiva en éstas), entonces simpatizantes, adherentes y afiliados/as a Morena mejor deberían de ahorrarse sus críticas para no hacerle el juego a la oposición?

Es verdad que todo proceso de transformación y de regeneración nacional es, por definición, frágil. Ahora mismo, empero, la fragilidad del proceso que se vive en México proviene de la pretensión de nutrir al partido, al movimiento y al proyecto de nación con personalidades que representan todo aquello por lo cual no votaron las mayorías en 2018 y 2024. Ni el arrepentimiento (cuando lo hay) es suficiente sin reparación del daño cometido durante los años del “antiguo régimen” ni basta con cuadrarse con la voluntad presidencial en turno para demostrar la conversión ideológica y política de nadie. Acá lo que se necesita es hacer carrera política militando en la causa antes de acceder a cualquier posición de poder público.

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