Te occidere possunt sed te edere non possunt nefas est
D. F. W. Infinite Jest

Hace algunos días, Francisco Barrón presentó, en esta misma revista, un argumento con el que intentó zanjar las suspicacias que despierta en Miguel Zapata la propuesta de la Nueva Escuela Mexicana en relación con la enseñanza de la filosofía en Educación Media Superior. A fuerza de latinajos, Barrón logró establecer, breviter: 1) que la transversalidad no implica la desaparición de la filosofía; y 2) que el único magister dixit pertinente es la opinión de las y los profesores de bachillerato. Este último punto sorprende, de entrada, porque se presenta como una especie de conclusión de la propuesta de “suspender la cuestión de quién tiene autoridad para hablar sobre el tema”. ¿No acabábamos de leer apenas en la oración anterior que “los profesores de bachillerato […] deben dominar la discusión”? Esta laxitud es una constante en el texto. Veamos.

Barrón presenta eius positio imitando el gesto de Zapata, es decir, poniendo de relieve su lugar de enunciación (o, como quizás debió decirse, su locus enuntiationis). Excepción hecha de la declaración de que Barrón fue coordinador de rediseño del Área de Conocimiento de Humanidades del Marco Curricular Común de la Educación Media Superior —etcétera, etcétera—, no queda muy clara la pertinencia del resto de rasgos y señas de identidad. Utcumque, lo que queda de manifiesto es la existencia de un conflicto de interés que sesga el argumento de Barrón en sentido apologético. Por supuesto, nuestro interlocutor rechaza enérgicamente que su postura sea defensiva, porque, según él, no hay nada que defender. De lo que se trata, dice, es de visibilizar (o sea, hacer visibles) “las condiciones y los esfuerzos de los colegas de la EMS mexicana encargados de la enseñanza de la filosofía”. Pero, ¿no está defendiendo, de facto, a la ACHMCCEMS et cētera contra las críticas de Zapata? ¿No es ése el propósito de su texto? En todo caso, el tema de “las condiciones y esfuerzos” no se desarrolla más ampliamente.

La oratio pro defensione de la filosofía, dice Barrón, supone que la disciplina se encuentra en crisis o en agonía. Sin embargo, continúa, el quehacer filosófico y la institución misma de la Filosofía en México gozan de excelente salud (sumamus, gratia argumenti, hanc hypothesin veram esse). De manera que sería posible “experimentar con la generación de otras maneras de lo filosófico”. Pero es bastante revelador, en primer lugar, que a Barrón sólo le parezca necesario el ejercicio de la defensa cuando algo se encuentra en mal estado. Eso sería como decir que sólo es necesario cuidar la salud cuando uno está enfermo. Con todo, el cobre queda más al descubierto desde el momento en que Barrón admite implícitamente que la propuesta de la ACHMCCEMS et cētera no fortalece la presencia institucional de la filosofía(sinon todo el punto sobre la oratio pro defensione sería innecesario).

Líneas después, Barrón tiene a bien argüir que las capacidades y las competencias humanísticas no han podido ser transmitidas, mediante el método “disciplinar”, aduciendo la prueba de que, durante cualquier sobremesa, sus comensales son incapaces de expresar el quid o la essentia de la filosofía. Otra evidencia podría ser el hecho mismo de que Barrón considere esta anécdota como una prueba valedera. Sea como fuere, en ningún caso se explica en qué sentido el rechazo curricular de la disciplina podría coordinarse con “la pretensión [de] potenciar las condiciones para poder transmitir por fin [!] las capacidades y herramientas humanísticas y filosóficas a quienes no se dedican a ellas: es decir, al pueblo mexicano”. Así y todo, lo cierto es que Barrón parece excluir de ese populus a quienes pudieran tener la pretensión de formarse como profesionales de la filosofía, dado que proscribe cualquier colaboración colegiada con los profesores de nivel superior; es decir, rechaza la posibilidad de que entre colegas de la educación media y de la educación superior pueda elaborarse un sólido perfil de egreso. Hic tua res agitur.

La propuesta de la ACHMCCEMS et cētera no impide, claro está, que el profesor o la profesora se sienta en la libertad de enseñar a discreción con el método filosófico que mejor le parezca. Sin embargo, este método es insuficiente, a juicio de Barrón, para transmitir las competencias y habilidades filosóficas. Sorprende todavía más, no obstante, que este dejar al acaso, a la deriva —o, para expresarnos en los términos de nuestro interlocutor, in incerto— el método de enseñanza se le antoje a Barrón como un proceder más sólido que una coordinación disciplinar institucional y colegiada.

Di te perdant!

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