En tiempos novohispanos, según dicen, se blanqueaba la sangre con dinero. Un mulato, un mestizo o un criollo podía acceder a otra categoría racial lubricando pecuniariamente el sistema de reconocimientos. Buena idea. Aquello debió de mitigar las diferencias de clase y estatus, y contribuyó, creo, a que todo funcionara un tiempo largo y la fiesta se llevara en paz. Supongo que algo similar acaece al morir un político de las polainas y el peso material y simbólico de Cuauhtémoc Cárdenas. Buena idea, otra vez. Los elogios y reconocimientos al ingeniero (los sinceros y los de dientes para afuera, no importa) proliferan entre el personal de una clase política y de una intelectualidad pública en extinción. Con su adiós a Cárdenas se están despidiendo ellos también, en un simulacro fascinante, y profundamente humano, de la manera en que les gustaría ser recordados. Las buenas maneras luctuosas —como los modales de mesa, de alcoba y de cortejo— son huellas de nuestro proceso de civilización, no obstante su lentitud, errancia y fragilidad. Pero Cuauhtémoc Cárdenas no es un muerto de ocasión. Fue artífice de rupturas en una cultura política —la nuestra— que de verdad cree y ha creído —estúpidamente— que vivimos en lo Mismo desde el año cuatro caña dos conejo.
De entrada, la suya propia, la biográfica, que implicó su desplazamiento desde la figura del hijo dorado al líder político de la tumultuosa y muy plebeya rebelión electoral de 1988. Cuauhtémoc estuvo allí, y se dice fácil, pero él era la ruptura. Para entender la agencia del individuo —viejo tema teórico e historiográfico— no basta el inventario de las barricadas; lo que importa es en qué lado de las barricadas se encuentra un individuo, y en qué momento. Hay más, algo de Hamlet, sin duda. Recuérdese que la pregunta fundamental entre el 6 de julio (día de la elección) y el 10 de septiembre de 1988 (fecha de la calificación de las elecciones por el Colegio Electoral) era hasta dónde llevar la protesta poselectoral.
Sin que conozcamos aún los detalles imprescindibles, podría decirse que había dos alternativas aquel verano en el campo rebelde: la que defendió Porfirio Muñoz Ledo en el entorno cercano del candidato, que apostaba por llevar el conflicto a un límite; y la de Cárdenas, quien optó por una salida política de mediano y largo plazo. Es presumible que el ingeniero tratase de evitar a toda costa la represión, ante la cual sus seguidores estarían —así escribió en sus memorias— en la indefensión. A distancia, prolongar e intensificar la protesta era un camino más transitable de lo que en su momento se pensó. El presidente de la República, Miguel de la Madrid, el candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari, y la alta burocracia no estaban en su mejor momento: ¿habrían resistido jornadas de movilización popular sostenidas en el tiempo y con un programa tan sencillo como limpiar o repetir la elección? Ese bloque ¿tenía el prestigio nacional o internacional para encarar por tiempo prolongado un movimiento de protesta? De la Madrid era, sin duda, el eslabón más débil, y sus atribuciones constitucionales, que en la cultura política mexicana importan, lo constreñían. Las fuerzas armadas habrían sido clave en cualquier arreglo o desenlace; pero su sola permanencia en los cuarteles habría sido suficiente para inclinar la balanza, y no es probable que estuvieran dispuestas a vestir de nuevo el sambenito que les colgaron Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría apenas dos décadas antes, en 1968.
El llamado neocardenismo no fue un revival sino una innovación. Si el cardenismo histórico —el de los treinta— es recordado como una fundación, el movimiento encarnado por el hijo del general fue otra cosa: la clausura de una legitimidad y el estremecimiento del orden político del autoritarismo. Sin embargo, comparten un elemento: la rebelión no dirigida ni plenamente organizada por alguien o por algo. Ya ha mostrado la historiografía que el cardenismo inició al calor de una ola de descontento popular —huelgas, invasiones de tierras—, probablemente unos dos años antes de la investidura presidencial del general Cárdenas en 1934, y claramente antes de su candidatura por el oficialismo en ciernes. La rebelión de 1988 inició en los márgenes del oficialismo y se impuso en los partidos, en las organizaciones sociales y en un sector de la opinión pública; fue espontánea, profunda, catártica. Aún antes de la elección de julio y de su desenlace, la rebelión había estremecido y lastimado el orden autoritario. Esto fue así porque la rebelión había sido el tropo más temido, al grado de la paranoia, por los gobiernos de la posrevolución.
Como es bien sabido, una de las salidas a 1988 que ofreció Cárdenas fue la creación de un nuevo partido, el PRD, fundado en 1989. Con todo lo que se ha escrito de aquella creatura de las izquierdas mexicanas, su fundación dio al traste con el bipartidismo como sistema de negociación y contención de la transición mexicana. Desde entonces y hasta 2012, la política nacional sería una mesa de tres patas, inestable, pero mucho más representativa que antes de las fuerzas en juego. Con todo, lo esencial está en otra parte: el ingeniero Cárdenas, su movimiento y sus consecuencias salvaron a la sociedad de las calamidades apocalípticas del bipartidismo mexicano. Este, el bipartidismo, es por cierto uno de los arreglos políticos más engañosos y corrosivos para el orden republicano y la representación política. El fantasioso equilibrio “natural” PRI/PAN, añorado por los politólogos del neoliberalismo y por algunos intelectuales públicos contra toda evidencia empírica, fue una quimera, una intoxicación ideológica.
Una veta no explorada de la biografía política de Cuauhtémoc Cárdenas ha sido su contribución, sin apartarse un ápice de su papel de líder y organizador de la política, a la historia de las ideas vigentes en la vida pública. Tengo para mí que su candidatura prometeica de 1988 desvencijó las certezas de la política cotidiana; pero sobre todo desdibujó las categorías con las que tantos pretenden comprender y explicar la política. Así, la irrupción, trayectoria y decisiones de Cárdenas congelaron los universos valorativos y propositivos de un sector considerable y significativo de los intelectuales públicos. Una datación precisa no está aún disponible; sin embargo, un punto de referencia obligado fue la publicación, en julio de 1988 en La Jornada, del texto aquel de Octavio Paz, “Ante un presente incierto”. A mi entender, las cartas quedaron echadas entonces: con el alineamiento al salinismo del intelectual mexicano más importante del siglo XX, el programa sometió, subsumió y con frecuencia negó a la democracia. Más allá de todo lo que se haya dicho ya, la tensión entre liberalismo y democracia se resolvió en favor del primero —lo cual ha sido una constante casi universal—. Lo que es peculiar de la experiencia mexicana es que los intelectuales públicos de la escuela de Paz —y de algunas de las capillas privadas del marxismo, que acá coinciden y se dan la mano— quedaron atrapados 35 años en el programa, y solo en el programa. Nada (¿poco?) han dicho de la democracia entendida como un mítico animal goloso que requiere siempre del alimento de las ideas.
Nótese: hay una tríada de personajes —Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador— que han sido acusados —no sé si ante la fiscalía de la posteridad o frente al lector neurótico e irrecuperable de lo Mismo—, de representar “el nacionalismo revolucionario” y encarnar “el populismo”. No es un dato menor, aunque sea obvio, que cada uno a su manera, y luego los tres reunidos, son el trabuco más importante de las izquierdas mexicanas luego del movimiento estudiantil de 1968. En la nota de Roger Bartra, publicada en El País, las cosas son como eran —y serán, ya se sabe, como siempre han sido: “La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas me trae a la memoria la historia de un político sumido en las paradojas típicas del nacionalismo revolucionario”, escribió Bartra. Pero Cuauhtémoc Cárdenas no es una paradoja; fue, por el contrario, un hecho político tremendo. La jaula de hierro, la paradoja que asfixia y mata la crítica, es en la que incurren, sin superarla, Bartra y los otros.
