La señorita Cayenne Pepper continúa colonizando todas mis células.
Donna Haraway

En un edificio de oficinas y comercios en Seúl, una presentación empresarial de biotecnología termina en un brote infeccioso. El edificio es puesto en cuarentena. Entre pasillos y escaparates, un grupo de personas busca escapar de una horda de zombis veloces y mordelones. Hasta aquí, la nueva película del surcoreano Yeon Sang-ho, Colony (2026), sigue una premisa familiar. Pero observemos con más detalle, ¿cómo se comportan estos seres? ¿Qué nos dice su movimiento? En una secuencia, un infectado descubre a un humano escondido y emite un balbuceo; otros reaccionan a distancia, como si el aviso hubiese circulado entre ellos. Sus cuerpos se sacuden, se retuercen y se entrelazan hasta formar un nudo de extremidades cuyos movimientos parecen responder a una finalidad común. Observamos ante todo una forma de organización. El director ha declarado que no se trata de “muertos vivientes”, así que, de entrada, se deslinda de buena parte del canon estadounidense. Lo que uno percibe impacta la percepción del resto. Parece un trabajo en equipo.

Para producir estas secuencias Sang-ho trabajó con el coreógrafo Jeon Young y un grupo de bailarines contemporáneos. En una entrevista, explica que les sugirió a las actrices y actores que se imaginaran como los dedos de una mano, y luego como los de un pianista ejecutando una melodía. La coreografía admite movimientos diferenciados, en lugar de repetir el mismo gesto muchas veces. A veces no sabemos si estamos viendo un organismo compuesto o un conjunto de seres.

Esta cuestión nos conduce al título original de la película: Gunche, un término biológico para organismos agrupados con cierta “distribución del trabajo”, como las hormigas, abejas, termitas, etc. El título es ambiguo, y por eso funciona: ¿en qué momento una asociación de seres pasa a convertirse en una nueva unidad viva? La traducción occidental es “colonia”, y así se dio a conocer globalmente. Desde la Roma imperial, la palabra procede del latín colonia, relacionada con colonus (cultivador, poblador) y colere (cultivar, habitar). El uso biológico moderno de la palabra ya hacía eco de asentamientos humanos y relaciones territoriales. Hubo investigaciones naturalistas del siglo XVIII sobre pólipos y corales, que se preguntaron por los límites del individuo animal. En 1881, Edmond Perrier publicó Las colonias animales y la formación de los organismos, donde se examinan unidades vivas complejas, por medio de la analogía con las ciudades modernas. Ese mismo año, el médico Robert Koch publicó procedimientos de cultivos en medios sólidos, con lo cual pudo separar el crecimiento bacteriano en colonias observables y más puras. La colonia era entonces una delimitación de una población con el objetivo de identificar microorganismos y comparar sus propiedades.

Como muestra la polémica entre Kropotkin y el darwinismo social de su época, hay un condicionamiento ideológico y un interés político de la mirada científica, sea que se proyecte “ayuda mutua” o pura depredación en la naturaleza. Categorías biológicas que aún cuentan con vigencia como “nativo”, “exótico” o “invasor” no dejan de connotar interpretaciones de pertenencia y posesión territorial. Al pasar de un ámbito político a uno biológico, y viceversa, surgen imágenes controversiales. Eso es justamente lo que vemos en el cine de zombis. Este cine se ha leído como cine “de monstruos”; esto es, como una metáfora de los miedos o traumas de la modernidad, efectos reprimidos a raíz de la esclavitud, la explotación, el totalitarismo o, durante la segunda mitad del siglo XX, de la sociedad del consumo, la radiación nuclear, el comunismo, etc.

Colony se encuentra en la intersección de la esfera biológica y política de la realidad humana, el capitalismo y las tecnologías que ―para bien o mal― están sacudiendo algunos fundamentos del humanismo occidental. En lugar de monstruos de fantasía o ciencia ficción, vale la pena pensar en los zombis en cuanto: (a) cuerpos de experimentación biopolítica, producción de poblaciones y enclaves de “mestizaje” o segregación. Y en términos de cibernética, como (b) sistemas mixtos de flujo de información (humanos y no humanos). ¿Cómo se constituye el cuerpo zombi contemporáneo? ¿Es posible gobernarlo? ¿De dónde proviene exactamente la amenaza? Este ensayo esboza algunas respuestas a partir de la polisemia de “colonia”.

Durante la ocupación estadounidense de Haití (1915–1934) se popularizó la imagen del “zombi”: un cuerpo reanimado mágicamente que, tras la muerte física, sigue estando sometido a su amo; esto es, introduce la terrible idea de la continuidad de la plantación en el más allá. El zombi tiene antecedentes en un cuerpo sometido y a la vez una insurrección aterradora, aunque su imagen en la cultura cinematográfica estadounidense tiende a representarlo exóticamente, como fruto de la magia negra, según lo ha descrito Raphael Hoermann. Por su parte, Anna-Esther Younes observa que, con las décadas, el zombi, en su representación cinematográfica, se fue desconectando de sus raíces africanas y haitianas, hasta que dejó de ser una figura concreta de la desposesión —y la promesa de liberación—, y pasó a ser una masa anónima descontextualizada. En este cine, la eliminación de estos seres es una condición para la recuperación de la tierra y la reconstrucción social, pero se da en condiciones de una utopía fallida, o una distopía funcional, podríamos decir. Es lo que vemos en decenas de tramas sobre grupos cerrados de sobrevivientes cuyas reglas terminan emulando vocaciones totalitarias. Para Younes, muchas de estas tramas épicas replican las fantasías del colonizador, conquistador o colono, dentro del paradigma de las colonias de asentamiento, según el cual, quienes han sido despojados originariamente aparecen como invasores foráneos, y la tierra, como hogar amurallado. Una tierra prometida blindada hasta los dientes.

Quizá la mejor película que muestra esto siga siendo World War Z (Marc Forster, 2013). Dentro de la fantasía sionista, el zombi es explícitamente elevado a una categoría científica, geopolítica y securitaria. Jerusalén aparece como un refugio amurallado. La autoridad que administra la frontera deja entrar a supervivientes, incluidos palestinas y palestinos. En esta ficción, los límites fronterizos coinciden con los límites clínicos, en un estado de excepción, experimentación e inmunidad único en el mundo. La “solución de dos estados” es técnicamente imposible ante la amenaza existencial que viene de afuera. La frontera es un filtro tecnológico de blanqueamiento y producción de ciudadanía israelí. Los humanos tienen que des-palestinizarse para sobrevivir.

Mientras WWZ aborda el gobierno de la vida y la muerte, la gestión y la seguridad de las poblaciones en un marco de etnonacionalismo, Colony profundiza en la composición de la vida, las facultades de la población y las tecnologías de sus cambios internos. La cuarentena en una ciudad, un edificio o un laboratorio sirve para delimitar claramente el exterior, ¿pero qué sucede en el cuerpo infectado? Quisiera proponer una lectura cibernética del zombi. Al popularizar el término de “cibernética” en 1948, Norbert Wiener estableció que esta ciencia permitía comparar sistemas de distinta composición (seres humanos, animales, computadoras, etc.) y, sobre todo, cómo éstos regulan su actividad por medio de señales y circuitos de retroalimentación. En estos circuitos, los efectos de una acción repercuten en las acciones posteriores. Desde esta perspectiva, observamos en Colony cómo una percepción localizada tiene consecuencias para otros cuerpos y cómo la información compartida modifica sus respuestas. En la película, esto se muestra mediante las señales que circulan entre los infectados, como si se tratase de nodos y vectores, y ya no masas humanas. Según el guion, el científico que desata el contagio tiene el propósito de una pacificación humana mediante la comunicación simultánea y sincronizada de individuos.

Cabe mencionar que en el cine de zombis, la telecomunicación y el control mental tienen una larga historia. En el ámbito nacional se cuenta con la famosa película El Santo contra los zombies (Benito Alazraki, 1962), en donde los cadáveres se reaniman mediante descargas eléctricas y químicos. Cada zombi tiene un receptor electrónico, un cinturón metálico a través del cual recibe ondas de radio de alta frecuencia, emitidas desde una consola central, con órdenes puntuales para cometer crímenes. El director de Colony retoma ese estilo de zombi telepático, que antecede al inaugurado por George A. Romero. Desde Night of the Living Dead (1968), Romero introdujo un zombi que ya no era el vehículo teledirigido de una voluntad externa, sino un cuerpo obsesivo y compulsivo, irracional, que sigue un instinto interno, una insaciable hambre caníbal. El zombi de Sang-ho conserva esta necesidad interna del consumo pero la articula con funciones cerebrales que sí son susceptibles de manejo externo. La diferencia respecto al zombi mexicano de los sesenta es que éste era controlado mediante la tecnología de la radio, mientras que en Colony observamos un control bioquímico, causado por un mimetismo de feromonas.

Por otro lado, Sang-hobuscaba problematizar la velocidad, lo instantáneo y lo masivo del flujo de internet; demostrar, en sus propias palabras, cómo impacta la “conciencia colectiva”, aunado al riesgo de perder singularidad y del borramiento de minorías. Para Sang-ho, lo más extremo de esta tendencia está en la IA, pues debido a esta tecnología tendríamos menos poder y menos derechos. Además de tener excelente sentido del olfato, estos zombis son capaces de percibir y asimilar información del cerebro humano. No consumen carne humana nada más, sino también los datos de los usuarios, sus experiencias y recuerdos integrados en sus cuerpos, celulares y servicios de almacenamiento online. Cuando esta colectividad parece haber sintonizado su información, siguiendo la trama de la película, se dice que están teniendo “actualizaciones” (updates); es decir, adquieren nuevas capacidades, como si descargaran de internet parches y nuevas versiones de sí mismos. La película nos hace pensar en los proyectos “transhumanistas” de empresarios como Peter Thiel o Musk. Por ejemplo, Nucleus Genomics, que busca hacer modelos predictivos del “coeficiente intelectual” de embriones humanos, o Neuralink, cuya meta es producir implantes cerebrales conectados con sistemas de cómputo y eventualmente modelos de IA. Efectivamente, en esta obra vemos una inteligencia que sólo existe y se despliega en cuanto colectiva, a pesar de que se pretenda su abstracción y cosificación, como en el caso de la extracción informática y la monopolización de los modelos de lenguaje automatizados actuales.

La separación o abstracción entre el cuerpo humano y sus capacidades o habilidades nos remite al problema de la instrumentalización capitalista del conocimiento. ¿Es posible que el capital integre el conocimiento acumulado de toda la humanidad en una máquina automatizada y en una forma organizativa que supere la destreza de un cerebro individual humano ―lo que Marx llamó “general intellect”―? ¿Cómo es posible que el carácter cooperativo de la reproducción humana esté subordinado al criterio de acumulación y que, al final del proceso, sus virtudes reaparezcan como atributos sobrenaturales de la herramienta? Las coreografías de Yeon muestran la tensión entre la potencia del conocimiento social y los intentos por capturarla. Por su parte, el antagonista de la película encarna personalmente estas contradicciones: su motivación para desatar el contagio es que la empresa se robó su investigación. No obstante, al final él mismo intenta capitalizar el conocimiento que los infectados le proveen. El control centralizado unipersonal causa una saturación y un colapso de los zombis que comienzan a dañarse entre sí. A pesar de la temática distópica, Sang-ho parece sostener un mensaje optimista: es extremadamente difícil capturar por completo las fuerzas cooperativas de la vida.

En microbiología, como adelantamos con Koch, una colonia es una población que resulta de la multiplicación de una misma célula de origen. Cuando esta población se aísla y se cultiva, se pueden identificar sus rasgos, hacer pruebas y comparaciones sobre su susceptibilidad a ciertos tratamientos, por ejemplo para determinar qué antibióticos detienen su crecimiento. Sin embargo, hay análisis recientes que muestran cómo ciertas bacterias, mediante una transferencia horizontal, pueden recibir material genético de otra especie con la cual no comparten descendencia inmediata y cómo esa transferencia les permite resistir un antibiótico. En otras palabras, la resistencia de este tipo de bacterias ya no se concibe como una propiedad encerrada en cada uno de los microorganismos; más bien se asume en una relación, una circulación entre elementos y unas condiciones que favorecen el intercambio. Por esta razón, algunas investigaciones han teorizado a los microbios como seres “poscolonia”, con lo cual se intenta desplazar la atención del origen de la población primera, en el laboratorio, para dirigirla hacia el ambiente, hacia los factores que atraviesan las unidades y hacia las características transversales.

En este sentido acotado, podríamos decir que el zombi de Colony coincide en algunos rasgos con esta descripción microbiológica. En contraste con muchas otras películas del género, la anatomía del zombi continúa transformándose después del primer momento de contagio, con el paso de los días, mediante el contacto y el estímulo con los otros cuerpos. Dejando de lado su interpretación como “monstruo”, este zombi se parece a los seres humanos en cuanto seres expuestos y abiertos al mundo, lo cual se refleja en el desarrollo de órganos. En la película, la comunicación de los infectados tiene una manifestación viscosa: la sustancia blanca que secretan, concebida por Yeon Sang-ho en alusión a las señales de las hormigas vía feromonas. La colonia pone en circulación recursos que exceden la experiencia de cada cuerpo individual. Una capacidad adquirida por algunos puede ampliar las posibilidades de otros, sin que cada integrante tenga que desarrollarla por separado desde cero. A pesar de que los individuos no comprenden ni verifican a cada paso el resultado, las tendencias globales vivas continúan, justo como las formaciones rítmicas que vemos en filas o círculos de hormigas. Las bacterias de Hinchliffe, las hormigas y los zombis son unidades cuyas capacidades no se deben exclusivamente a su origen, sino que son relacionales.

“La señorita Cayenne Pepper continúa colonizando todas mis células”, escribe Donna Haraway (2017, p. 1) al comienzo de su Manifiesto de las especies de compañía (2003). La señorita es, en realidad, su perra, y así comienza un relato sobre intercambio de saliva, afectación mutua y floras intestinales. Haraway no está romantizando ni humanizando a sus mascotas. Pretende situar la alteridad o la otredad de lo no humano dentro del cuerpo humano y de las poblaciones humanas. Las relaciones que entablamos ya nos están modificando; a veces incluso aportan elementos que terminan por ser considerados identitarios. Además, lo hacen desde márgenes de accidentalidad y experimentación que no siempre están claros. Haraway mira de cerca cómo los seres vivos se compenetran con otros para sugerir que la compañía interespecie y la coevolución no son excepcionales, sino que son una regla de biodiversidad.

De vuelta a Colony, el contagio se puede resignificar no sólo como enfermedad y muerte, sino como alianzas entre seres y/o especies vulnerables. Como vemos por medio de un personaje, una mujer en silla de ruedas, la destrucción del contagio se debe menos a las relaciones entre zombis que al ambiente social de por sí excluyente y, por supuesto, a los intentos individuales de cooptar las capacidades y habilidades grupales.

En WWZ, la amenaza biológica justifica un gobierno de la población y el territorio, con sus respectivas constituciones de segregación racial y mitología nacionalista. En Colony, la transformación de los infectados saca a relucir capacidades inéditas de conocimiento y cooperación, que son objeto de apropiación y dominio. Las películas muestran ideas especulativas y críticas en la medida en que desmontan las construcciones de subjetividad autosuficiente y atomizada, y, por otro lado, contravienen algunos dogmas de las filosofías políticas hegemónicas que suelen separar y abstraer la reproducción vital de sus potencias creadoras.

Todo ello permite preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué los paradigmas científicos y de ingeniería repiten y emulan en sus objetos de estudio los peores esquemas de poder imperialista, su tipificación y su fiscalización centralizada? ¿Por qué la IA corporativa está obsesionada con duplicar, superar y mejorar la llamada inteligencia humana, que de por sí es una simplificación productivista del cuerpo? ¿Quién querría esto, tomando en cuenta la rica existencia de múltiples inteligencias animales y vegetales? ¿Qué pasaría si en lugar de invertir en una grandilocuente “superinteligencia” ―la concentración masiva de datos y funciones cerebrales humanas―, en cambio las ciencias se enfocaran en diseñar modelos de automatización concretos para mimetizar procesos, aprender códigos presentes en la biósfera, cocrear modos de percepción y existencia?

Una mirada zombi implica abandonar las grandes narrativas antropocéntricas realizadas como violencia capitalista en el planeta. Hay que abrir la pregunta por la finalidad y los criterios de gobernanza y desarrollo tecnológico. Tal vez el horror de estas películas no está en una supuesta forma de vida desconocida o extraña. Está en la cerrazón epistemológica, económica y política que hace imposible siquiera ver y apreciar la proliferación de seres, inteligencias y mundos radicalmente otros que ya existen.

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