El Palacio Nacional de la Cultura se encuentra en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala. Fue mandado a hacer, a principios de la década de los años cuarenta, por Jorge Ubico Castañeda, dictador cuyo mandato terminó gracias a la Primavera guatemalteca de 1944. La construcción busca imitar los palacios coloniales con relieves de flores y motivos barrocos en las columnas; las baldosas tienen un color rosado y las paredes son verdes, divididas por líneas amarillas. El Patio de la Vida se encuentra en el centro de una serie de corredores y estancias que sirven de oficinas; el edificio tiene tres plantas. Por la cercanía con la época navideña, las jardineras que rodean el patio tienen nochebuenas. La extensión del patio está ocupada por alrededor de 142 sillas Tiffany blancas, enfrente de las cuales está la mesa de honor con los respectivos arreglos florales. Del lado derecho hay atriles donde más tarde el Coro Nacional de Guatemala interpretará cuatro canciones y del lado izquierdo hay un gran pendón donde se lee “Acto de disculpa pública y reconocimiento a la trayectoria de Alaíde Foppa”, junto a una de las imágenes icónicas de la poeta: su rostro joven, levemente recargado sobre la palma derecha semicerrada.

Es 3 de diciembre de 2024; hace 110 años, Alaíde Foppa nació en Barcelona, España. Hace 44 años, pero el 19 de diciembre, la académica feminista fue desaparecida, torturada y asesinada por el G2, la policía secreta del Ejército guatemalteco, bajo las órdenes de Romeo Lucas García. Hoy es una mañana fría, pero luminosa, aunque el techo del patio no deje ver el cielo azul de afuera. Faltan unos minutos para las nueve de la mañana, hora en la que está anunciado el comienzo del acto. Este lugar ha pasado por varias transformaciones: de ser el palacio de un dictador, pasó a ser utilizado como oficinas de gobierno. Después, Álvaro Colom, gobernante de izquierda, lo convirtió en Palacio Nacional de Cultura. El gobierno anterior lo mantenía cerrado al público y rodeado de fuerzas policiales y militares; con la entrada de Bernardo Arévalo, nuevamente se volvió a abrir al público y alberga exposiciones de artes plásticas.
El maestro de ceremonias nos llama puntual a ocupar nuestros lugares. En la mesa de honor, se encuentra, al centro, Bernardo Arévalo; a su costado derecho están Carlos Amézquita, director ejecutivo de la Comisión Presidencial por la Paz y los Derechos Humanos, y Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz en 1990 por su trabajo en el conflicto interno del país centroamericano. A mano izquierda del presidente guatemalteco están sentados Julio Solórzano Foppa y Alaíde Solórzano Casamayor: hijo y nieta de la poeta guatemalteca.
El acto está programado para durar dos horas. El itinerario es sencillo: después de las palabras de Amézquita, vendrán las del Rigoberta y luego un mensaje de Julio Solórzano, seguido de una lectura de poemas de Alaíde –“Mujer”, “Mis hijos”, “Ella y el tiempo”–, en voz de su nieta. Posteriormente, una intervención del presidente y, para finalizar, el Coro Nacional de Guatemala cantará “Desapariciones”, de Rubén Bladés, “Dibujada” y “Semana Santa en Guatemala”, de Alaíde Foppa, y “Yo te nombro, Libertad”, de Paul Eluard. Todo se cumplirá en estricto apego a lo planeado y la ceremonia terminará unos diez minutos antes de las 11. Habrá un pequeño refrigerio para los asistentes, compuesto por chimichangas, postre y café.
El espíritu de la ceremonia es homenajear a todas las mujeres víctimas de desaparición forzada y, en general, a todas las víctimas del conflicto interno guatemalteco, que superan a las de Hiroshima y Nagasaki, según apunta Solórzano Foppa en su intervención. En la primera fila de los asistentes, escuchan sus hermanas, Laura y Silvia Solórzano Foppa, la primera, bailarina que radica en Ecuador y que ha sorteado trámites burocráticos para estar en la ceremonia; la segunda, doctora y exguerrillera del Ejército Guatemalteco de los Pobres. De las dos, Laura es la que se parece más a su mamá en las facciones, pero ambas tienen el espíritu fuerte y libre de la cofundadora de fem. Cuando Rigoberta Menchú comienza su intervención, Silvia Solórzano Foppa se pone a repartir claveles rojos. Es un gesto pequeño, anclado en la memoria de los pueblos y también en la escritura de su madre.
El 20 de octubre de 1978 fue ejecutado Oliverio Castañeda de León, líder de los estudiantes que se oponían al gobierno dictatorial de entonces. Alaíde narró cómo las veinte mil personas que acompañaron el cuerpo del joven llevaban un clavel rojo en la mano: “De lejos, el silencioso cortejo debe haberse visto como un alegre desfile; pero los claveles, llevados como homenaje, eran también una forma de defensa: la policía no podía decir que ‘se aprovechaba’ el entierro para una manifestación subversiva: la mano que sostiene un clavel no es portadora de armas”. Silvia Solórzano reparte un manojo al inicio de cada fila de asistentes y nosotros tomamos uno y pasamos el resto; al cabo de unos minutos, todos los asistentes tenemos en las manos una flor.
Aunque estoy en Guatemala las palabras que escucho no me suenan ajenas, de pronto me siento en México. Hay un lenguaje común hecho de llamados a no “banalizar el mal”, a mantener la memoria, a ser conscientes de que “el amor y la memoria son más fuertes que el olvido”. Aunque por razones diferentes, México y Guatemala comparten la herida de las desapariciones. Cuando Rigoberta Menchú habla de una canción que nos identifica y cita de inmediato la consigna que hemos gritado por tantas calles tantos años: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, es imposible que no piense en nuestros desaparecidos, nuestros 43 y nuestros miles. Lo que nos da identidad es la ausencia de los que fueron y son desaparecidos. Y el intento de mantenerlos presentes.
El tiempo de las ceremonias es distinto del tiempo de la justicia, y mucho más del tiempo de las desapariciones. Imagino que los integrantes de la policía secreta actuaron rápido cuando interceptaron a Alaíde Foppa y al señor Leocadio Actún, que la acompañaba ese día en el mercado El Amate. El tiempo de la ausencia comenzó ese día, el 19 de diciembre de 1980. La justicia en cambio ha tardado en llegar: tan sólo esta ceremonia de disculpas públicas ocurre casi 44 años después de esa detención. “Es fácil pensar que de las heridas nacen flores”, dice Alaíde a propósito de Castañeda, y es otro modo de nombrar la esperanza para nuestros pueblos.
La ceremonia de disculpas públicas, realizada entre las nueve y las once de la mañana, el día 3 de diciembre —aniversario del natalicio de la poeta— es consecuencia de una denuncia hecha por los hermanos Solórzano Foppa ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en 2012. Durante la administración de Bernardo Arévalo, ha sido posible establecer consensos como parte de una negociación amistosa entre las partes, y uno de ellos es la realización de este acto. Si bien, en el gobierno de Álvaro Colom también se realizaron este tipo de ceremonias, en esta ocasión es particular, porque se trata de una mujer feminista y poeta que representa no sólo a otras mujeres víctimas del conflicto, sino también la represión selectiva hacia el sector intelectual y artístico del país centroamericano.

Arévalo concluye su intervención: “Pedir disculpas a las víctimas de la violencia estatal, como representante del Estado, acto que hago hoy, frente a la familia de Alaíde Foppa, es un elemento fundamental para poder encontrar nuestra ruta hacia una nación cohesionada y con confianza en sí misma”. La desaparición forzada de Alaíde, su posterior tortura y muerte fueron un símbolo nefasto de los alcances de los gobiernos dictatoriales de Guatemala, y mostró que no importaba pertenecer a una de las familias adineradas de Guatemala o tener una red de apoyo internacional —como se evidenció en las demandas de aparición promovidas por el Comité Internacional por la vida de Alaíde Foppa—, pues todos eran susceptibles de perder la vida a manos del gobierno. Hoy esta ceremonia también es símbolo de un compromiso del estado con las miles de familias que esperan justicia para sus desaparecidas y desaparecidos.
Al final de su artículo sobre Oliverio Castañeda, en el lejano 1978, Alaíde se preguntaba: “¿Pero cuándo veremos las flores? Hoy, en Nicaragua como en Guatemala los claveles rojos sólo brotan sobre las tumbas.” Hoy, 3 de diciembre de 2024, podemos decirle que brotan de las manos de su hija, de las manos de quienes estamos en el Patio de la vida y, cada quien a su modo, la recordamos. El tiempo de la ausencia se impuso el 19 de diciembre de 1980, pero “recordar es un hacer presente” —dice Menchú—, y se puede hacer de muchas maneras: desde la evocación, la lectura de uno de sus poemas, ordenando su archivo, reconociendo sus aportes a las historias de Guatemala y México.
Al salir del Palacio Nacional de Cultura, me encuentro una mesa con sus libros. Los más recientes –Viento de primavera (2022), Memorias y transfiguraciones (2023), No me quise quedar al margen (2024) – están a la venta. En uno de los extremos, está la colección personal de Silvia Solórzano de la obra de su madre: ediciones originales de Los dedos de mi mano, Guirnalda de primavera, Las palabras y el tiempo y Viento de primavera, así como las traducciones de Miguel Ángel y Paul Eluard. En el fondo hay una máquina de escribir color verde de la marca Olympia, con una hoja donde se lee “Estas obras fueron impresas por Alaíde Foppa en esta máquina de escribir”. La escritura es otra forma en que la misma Alaíde prolonga el tiempo de su presencia.
