Mis colecciones suelen tener como principio de archivo la incomodidad. Guardo cosas que me importunan con la idea de exorcizarlas en algún futuro a base de análisis. Elijo el verbo incomodar con malicia, porque por lo general se usa para hablar de cosas fuera de su lugar, que complican la vida o causan cierta molestia. En mi muy particular caso, yo disfruto la incomodidad porque es una herramienta para verle el revés a las cosas, la grieta que alumbra la estructura. La mejor manera de entender cómo funciona algo es analizarlo cuando se descompone. Lo mismo si se trata de un refrigerador que de un régimen de poder. Hay una especie particular de calma que sólo es posible gracias a una incomodidad inicial. No me refiero en exclusiva al desajuste catastrófico que cambia la composición de manera súbita, sino a las incomodidades de cocción lenta. A eso que se nota con el rabillo del ojo y muestra su verdadera dimensión tras el cultivo paciente del acontecimiento.
En mis caminatas por la ciudad, traslados propios de una chilanga que no ha aprendido a manejar, las casetas telefónicas en desuso se me revelaron como monumentos a una práctica de comunicación que se volvió obsoleta con la ubicuidad de los teléfonos celulares. En las colonias más céntricas de la capital hay cientos de casetas rotas: algunas han perdido partes del teléfono; de otras queda la pura carcasa, como una especie de refugio sonoro para los ruidos de la ciudad; unas más permanecen intactas, pero las líneas han sido desconectadas, así que son invitaciones a la simulación. ¿Con qué nos comunican las casetas cuando dejan de funcionar para hacer llamadas?

La casetas rotas son un testimonio silencioso de la época en la que hablar por teléfono en la calle era privilegio de quien portara una tarjeta telefónica o tuviera monedas para activar la comunicación. Abro un paréntesis para darle espacio aquí a esa etimología popular de la socorrida frase ‘me cayó el 20’ (usada para decir algo como ‘por fin lo entendí’), cuyo origen es el tintineo de los 20 centavos que costaba hablar desde un teléfono de monedas. Al iniciar la llamada, el dinero se deslizaba por una ranura de metal y ese ruido indicaba el inicio de la comunicación. En ocasiones, para acceder a esas tecnologías había que hacer fila en la cabina y esperar turno entre retazos de pláticas ajenas. Era forzoso también, ¡qué obviedad!, saberse el número del destinatario de la llamada —o tenerlo escrito y a la mano—. Los celulares liberaron la parte de la mente humana dedicada a almacenar números telefónicos, y volvieron irrelevantes otras prótesis de la memoria, como los directorios, aunque todavía hoy existen manos que recuerdan algún teléfono como un particular movimiento de los dedos sobre el teclado numérico y no como cifras abstractas en la mente.
Mi madre puede, por ejemplo, llamarme con los ojos cerrados, confiada en el registro manual del número que la conecta conmigo. Deben de haber pasado mínimo diez o incluso quince años desde la última vez que usó una caseta o un teléfono con teclas materiales —o con discos—. Sin embargo, los gestos perseveran y, para llamarme desde su celular, luego de que abre el teclado digital, el ritual de sus yemas sobre la pantalla da paso a la conversación. Esa gestualidad ha perdido su función práctica y, por tanto, obtiene el significado de lo inútil. Eso, para mí, la acerca a una danza expresiva: el baile de los dedos sobre una pantalla resguarda el paso de una tecnología a otra: es su memoria pero también su actualización en el presente. Algo parecido a la alegoría. La resistencia de un pasado que el progreso no puede borrar y que, de hecho, subraya su propio fracaso. La tecnología promete potenciar la capacidad humana de transformar su entorno, por medio de una ampliación de los sentidos; sin embargo, esta variante se percibe como lo contrario: una reducción. La “comunicación sin límites” de la conexión digital anunciaba un progreso que fracasó en sus afanes de universalidad. Aunque parece equitativo, el paso de los teléfonos públicos a los celulares privados generó dependencia a una herramienta individual que, además, prescinde de pedagogías de una memoria vuelta cada vez más inmaterial.

Si ahora para llamarle a alguien bastan uno o dos clics, reclamar el ritmo lento de una caduca herramienta implica rodear la comunicación de su fantasma. Es como decir de otra manera: ‘esto que hoy es así no siempre lo ha sido’. ¿Y no recaen en ese tipo de ideas las revoluciones más profundas? Al despojar un gesto de la identidad única, se evocan en narraciones táctiles las genealogías y las historias que se resisten al olvido.
Liberadas del mandato del servicio original, las casetas rotas son ruinas de una ciudad, gatillos para narrar el pasado y la idea de futuro que se tuvo en algún momento. Las variopintas huellas humanas que las casetas acumulan en su nueva naturaleza desfuncionalizada forman pastiches efímeros, a la espera de su borramiento. Pocas de ellas se mantienen íntegras. La mayoría han sido desvalijadas: les faltan secciones de la cabina (las láminas laterales, por ejemplo), los auriculares o la caja de teléfono por completo. Sin excepción, todas conservan rastros de interacciones con su entorno, como choques automovilísticos que las han doblado en ángulos obtusos o acrobacias humanas que han dejado en ellas abolladuras y raspones. He visto cómo en manifestaciones públicas las casetas sirven de taburete al fotógrafo intrépido que las monta como jinete de una ficción especulativa. Otras casetas son lienzos para guardar mensajes: tags de grafitis que marcan el territorio de una banda y declaraciones amorosas, insultos o saludos se superponen en la superficie metálica de la cabina o el plástico del aparato telefónico. Cuando se comienza a prestar atención a esas conversaciones, el espacio público se reconfigura como un sitio habitado tanto por los parroquianos de una calle como por los paseantes ocasionales. Y así las casetas recuperan, bajo reglas indómitas, su talante de medio de comunicación.

Esta colección también me abrió las puertas a otra cofradía: la de quienes nos detenemos a observar los escombros. Alrededor del Día de Muertos, por ejemplo, se montan altares sobre las casetas, con todos los elementos de la ofrenda tradicional y un guiño a la frase hecha de “teléfono muerto”, que se refiere a un teléfono sin línea ni capacidad de conexión. En algunas colonias, las casetas son estructuras de jardines colgantes a lo largo de varias cuadras, que gracias al contraste entre lo vegetal y la tecnología en decadencia llaman a pensar en utopías donde la ciudad y el campo no sean excluyentes. Descubro en ello que no estoy sola y adivino una legión de curiosos nostálgicos.
Elijo pensar que las casetas rotas hacen espacio para una nostalgia subversiva porque prometen la decadencia de uno de los monopolios (¿o debería decir ‘familias’?) que más riqueza ha acumulado en México. Dicho de otra manera: nos permiten imaginar el desastre en las empresas multimillonarias culpables de la desigualdad económica, pilar de la injusticia sistémica. Las letras azules y mayúsculas que coronan la mayoría de casetas rotas se presentan como epitafios de una tumba en un ejercicio de publicidad involuntaria. Y yo guardo las fotos del funeral por venir.

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