Ha sido lugar común decir que árabes musulmanes y judíos han estado en guerra constante a lo largo de la historia, básicamente porque todos son fanáticos religiosos, que jamás podrán vivir en paz y no hay más que hacer. Esto es falso. Se trata de una narrativa que corresponde más bien a la mirada colonialista europea, bastante interesada en sostener el estado de guerra en Medio Oriente, aunque para ello tenga que negar la historia.

La evidencia histórica muestra que estas comunidades convivieron en relativa armonía. Primero, habría que recordar que árabes y judíos son pueblos semitas, con lenguas hermanas (árabe y hebreo), por lo que cualquier ataque contra alguno de los dos grupos es, por definición, antisemita. En segundo lugar, las diferencias religiosas no fueron una barrera insalvable. De hecho, la tradición islámica reconoce a Moisés y a Cristo como enviados divinos, mientras que los lugares de culto judíos y cristianos fueron respetados en los dominios musulmanes. Tanto así que para muchas escuelas musulmanas, los judíos fueron considerados “hermanos mayores”. Así, encontramos que muchos judíos ocuparon posiciones de prestigio como consejeros de califas y sultanes desde la expansión del Islam en el siglo VIII. Y sabemos de sabios judíos —filósofos, botánicos, astrónomos, médicos y poetas— en las universidades islámicas de Al-Ándalus, como Maimónides o Yehuda Halevi.

En contraste, la situación de los judíos en la Europa cristiana era muy distinta. A partir del siglo XI, se desataron las persecuciones y los pogromos contra judíos, marginándolos de la vida social, bajo la acusación de ser “asesinos de Cristo”, confinados a la única actividad que se les permitió: el comercio. Que se hayan convertido en prestamistas de capitales no hizo sino afianzar los estereotipos de avaricia que han alimentado los imaginarios antisemitas hasta nuestros días.

Ciertamente, la situación de los judíos en los dominios musulmanes era otra. Ejemplo de ello es que, tras la arabización de Palestina en el siglo VII, las comunidades judías que permanecieron allí no fueron aniquiladas, sino que coexistieron pacíficamente con sus vecinos árabes musulmanes, así como con drusos, armenios y cristianos a lo largo de toda la Edad Media. Ese corredor multiétnico bajo hegemonía islámica, que se extendía desde España hasta la India, fue testigo de un intenso contacto entre las tres religiones abrahámicas por casi ochocientos años, sin que se produjeran fenómenos de persecución sistemática similares a los europeos, quizá con la sola excepción del régimen rigorista almohade en la España del siglo XII, donde se hostilizó tanto a judíos como cristianos. Sin embargo, ese fue un caso aislado. En general, cuando los judíos fueron expulsados de la España católica en 1492 o cuando huyeron de los pogromos en la Europa oriental, encontraron refugio seguro en los territorios musulmanes del Imperio Otomano y del norte de África.

El punto de inflexión que rompió esta coexistencia no se originó en la región, sino que llegó desde fuera con la aparición del sionismo a finales del siglo XIX. Este movimiento surgió como respuesta directa al feroz antisemitismo que aún persistía en Europa, especialmente en la Rusia zarista. Motivados por esta persecución, muchos judíos adoptaron la agenda del sionismo, el presunto regreso a “la Tierra prometida” en Palestina y, por desgracia, el discurso supremacista y racista que le subyace. El problema fundamental fue que esa “tierra prometida” ya estaba poblada por palestinos: árabes (musulmanes y cristianos), drusos y también judíos autóctonos.

Es así que el sionismo llegó aquí con rostro extranjero, mayoritariamente europeo, y por la fuerza. Apoyados por el Mandato Británico, los colonos sionistas se establecieron en el territorio y los hogares palestinos valiéndose del uso de las armas, ganándose así la abierta oposición de la población árabe local, e incluso la de los judíos que ya vivían allí. De modo que la creación del Estado de Israel en 1948, avalada por la ONU como un resarcimiento por el Holocausto cometido por los europeos, se hizo a costa de los árabes palestinos, que terminaron pagando por los crímenes antisemitas cometidos en Europa.

Hoy sabemos que mantener un estado de guerra en Medio Oriente resulta un gran negocio para la industria militar angloeuropea, aunque eso suponga sostener un genocidio. Para eso sirve mantener la narrativa antisemita (sea contra árabes o contra judíos), de que se trata de locos fundamentalistas que se pelean desde hace siglos. El fondo es geopolítico, y hay que señalarlo.

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