La crisis climática y ecológica es una amenaza para la vida humana organizada. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) dijo en su sexto reporte, publicado en 2022: “Cualquier retraso en acciones globales de adaptación y mitigación nos hará perder una pequeña ventana de oportunidad, la que se está cerrando rápidamente, para asegurar un futuro sostenible y vivible para todxs”.
Esa ventana se está cerrando porque entre más calentamos la atmósfera, es más probable cruzar puntos de inflexión o de no retorno, a partir de los cuales, procesos como el derretimiento entero de las capas de hielo de Groenlandia y de Antártida, la muerte de la selva Amazónica, o el colapso de las corrientes de circulación marinas globales se vuelven imparables, con consecuencias catastróficas para la humanidad.
A pesar de que entendemos el proceso del calentamiento global desde 1896, de que lxs científicxs empezaron a sonar la alarma sobre el cambio climático desde principios de los años 70, de que el científico de la NASA y activista James Hansen testificó frente al congreso de EE. UU., en 1988, de los seis reportes del IPCC, y de las 29 Conferencias de las Partes, las emisiones de gases de efecto invernadero globales siguen en aumento. Basta decir que se ha contaminado más desde 1992 —año en que virtualmente todos los países del mundo acordaron “prevenir la interferencia antropogénica con los sistemas climáticos del planeta”— que en toda la historia humana previa.
El genocidio en Gaza es un flagrante ejemplo de por qué no hemos frenado la crisis climática. Tanto la crisis ambiental como el genocidio parecen seguir una misma inercia: son producto de las políticas capitalistas e imperialistas, llevadas a cabo por personas, corporaciones, instituciones y naciones como EE. UU. La maquinaria militar estadounidense es el mayor consumidor institucional de hidrocarburos del mundo y contamina más de lo que contaminan 140 países, incluidos Portugal y Dinamarca. Hay quienes lucran con el genocidio: empresas como Shell, BP, Exxon, que venden los hidrocarburos para los aviones y tanques de guerra; las empresas armamentistas, como Elbit (cuyo director, Michael Federmann, forma parte del consejo administrativo de la Universidad Hebrea de Jerusalén), Lockheed Martin, y Boeing, la empresa que hace también aviones comerciales; o los bancos corporativos, como Banamex, BBVA, y Santander, son todas empresas que financian o lucran con el genocidio y que producen la crisis climática.
El genocidio en Gaza es una catástrofe medioambiental
El genocidio en Gaza es un crimen de lesa humanidad que también ha generado una catástrofe medioambiental. En los primeros 60 días del brutal genocidio, las emisiones de dióxido de carbono superaron la contaminación anual de 20 países. Sólo cuatro meses después del inicio del intento de exterminio de la población gazatí, Israel había lanzado más de 25,000 toneladas de explosivos sobre Gaza (el equivalente a dos bombas atómicas). Hasta noviembre de 2024, esa cifra había aumentado a más de 85,000 toneladas de bombas, todas sobre Gaza, una región del tamaño de una cuarta parte de Londres. Algunos de esos explosivos no detonaron, lo que significa que entre los 50 millones de toneladas de escombros quedan bombas por detonar, junto a los miles de cuerpos en descomposición. La ONU calcula que 100 camiones trabajando a tiempo completo tardarían más de 15 años en retirar los escombros. Al menos el 70 % de los edificios están destruidos, incluidas más de 245 000 viviendas. Tan sólo reconstruir 100 000 edificios con técnicas convencionales contaminaría más que 135 países en un año, o tanto como Nueva Zelanda en un año.
Además de las emisiones directas producidas por la maquinaria de guerra, las cuales nos amenazan a todos los seres humanos actuales y futuros, el genocidio en Gaza dejará un legado tóxico por décadas.
Los olivares y las granjas han quedado reducidos a tierra compactada; el suelo y las aguas subterráneas han sido contaminados por municiones, toxinas, metales pesados; el aire está contaminado por el humo, por partículas suspendidas, y por asbesto (amianto), el cual también entra al suelo y al agua. Se calcula que hay 800 000 toneladas métricas de restos con asbesto en Gaza. El asbesto es un carcinógeno que produce mesotelioma, un cáncer que se forma en el tejido que recubre los pulmones, el abdomen, el corazón, los testículos. Solo el 8% de las personas diagnosticadas sobreviven cinco años, y solo unos meses si no reciben tratamiento.
Con cada edificio destruido, se liberó asbesto. Después del ataque contra las Torres Gemelas, el equipo de intervención inmediata desarrolló mesotelioma y murieron más personas por la exposición al asbesto que gente durante el atentado en sí mismo Eso significa que una sola exposición aguda al asbesto es potencialmente mortal, y que cada niño, periodista, personal médico, cubierto en polvo blanco por cada edificio bombardeado por Israel, probablemente desarrolle cáncer en un futuro.
Por si eso fuera poco, la lista de toxinas y metales en el suelo, aire, y agua de Gaza es enorme. La Franja de Gaza tenía una de las mayores densidades de paneles solares en tejados del mundo, e Israel destruyó gran parte de esa infraestructura. Los paneles rotos liberan plomo y metales pesados, que contaminan el suelo y el agua. Los metales y el cemento pulverizado, liberados con cada bomba y edificio destruido, dejan mercurio, titanio, plomo, hierro pulverizado, los cuales causan leucemia, cáncer de mama, de pulmón, de cerebro, renal, entre otros, así como fibrosis pulmonar (cicatrización en los pulmones que impide la respiración, hasta que muere la persona).
Todas estas sustancias entran en los cuerpos de los niños, mujeres y hombres que habitan y habitaron Gaza. El titanio, plomo y magnesio generan trastornos del neurodesarrollo, como se ha comprobado en la niñez iraquí, después de la invasión a su país, liderada por los EE. UU. Las mujeres embarazadas que fueron expuestas a estas sustancias, las transmiten a los fetos, causando defectos de nacimiento y malformaciones, ahora, y por décadas. Según la toxicóloga ambiental Mozhgan Savabi-Esfahani, Gaza ya no es un lugar seguro para la reproducción. Contaminar tanto un ambiente donde ya no es posible dar a luz a bebés saludables es un crimen de lesa humanidad. Y es otro mecanismo siniestro que implementa el Estado genocida de Israel para desarrollar la limpieza étnica del pueblo palestino.
