Si la llegada al poder de la 4T en el 2018 desató una epidemia de odio a todo lo que oliera a popular, ahora, con la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia, la epidemia ha continuado acompañada por altas dosis de misoginia. En el sexenio pasado, los opositores no pudieron tolerar los zapatos sucios de Andrés Manuel López Obrador; también denunciaron con vehemencia las imágenes de luchadores mexicanos en los baños del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) o la ceremonia indígena en la cual participó el ahora expresidente el 1 de diciembre del 2018. En este nuevo sexenio, la acusación favorita de una buena parte de la oposición es que la presidenta es una marioneta controlada, en todo momento, por López Obrador. Les parece inconcebible que Sheinbaum tome decisiones propias.  

El asunto, por desgracia, no empieza ni termina allí. Alrededor de las mujeres más visibles de la 4T se ha diseminado un discurso misógino que ha sido normalizado por muchos, pues pareciera pensarse que las redes sociales —el lugar en donde se producen y viralizan estos ataques— son tierra de nadie y no hay ningún tipo de responsabilidad en lo que se publica. Los numerosos casos de bullying cibernético y de distintos tipos de acoso en internet  —con sus graves repercusiones— demuestran lo contrario. En días recientes, una fotografía alterada de Andrea Chávez, senadora de Morena, estuvo en el ojo de huracán. La imagen, difundida en redes sociales, presenta a Chávez en una pose sexualizada, por lo que su creación y difusión encarnan un tipo de violencia tipificado por la Ley Olimpia, la cual sanciona como delito la violación de la intimidad sexual de las personas a través de medios digitales.

El acoso a la senadora Chávez provocó que la política decidiera, según anunció en su cuenta de X, denunciar al monero Antonio Garci Nieto, colaborador, entre otros medios, de El Financiero y autor de varios libros de sátira política. El monero, quien difundió la imagen que sexualiza y denigra a la senadora, también ha compartido, tiempo atrás, otras imágenes misóginas que agreden a políticas de la 4T. En una de ellas, por ejemplo, se muestra una imagen de Luisa María Alcalde, actual presidenta de Morena, que alude a su participación  en un spot del partido hace unos años, con el título de “Amigas putonas del bienestar”. Ante la denuncia en ciernes, el monero arguye que él no creó la imagen falsa de Andrea Chávez, que sólo la compartió y que, por supuesto, el “linchamiento” que está sufriendo es parte de una campaña para silenciar a personajes opositores al gobierno. Esta defensa no tiene ningún sustento, pues quien participa de la vejación digital de una persona, en especial si se alude a su sexualidad, tiene responsabilidad en el delito, de acuerdo con lo estipulado por la ley Olimpia, que, como he dicho ya, contempla no sólo la creación, sino también la difusión de contenido violento. La otra queja que esgrimió Garci es que otros habían difundido la imagen y que ellos no han sido denunciados en las redes ni penalmente. Claro, cada usuario de internet debería ser responsable de lo que comparte; sin embargo, el monero olvida que es un cartonista de un diario de circulación nacional, que tiene en su cuenta de X más de 180 mil seguidores y que es autor de varios libros. Esto lo convierte, para bien y para mal, en un personaje púbico.

El asunto de Antonio Garci y la senadora Andrea Chávez tiene una lectura que necesita ir más allá de la coyuntura. El discurso de odio, la discriminación y la violencia de diferentes niveles presentes en los medios han permeado la comunicación en la era de las redes sociales. Los cartones políticos no han sido la excepción. Antonio Garci incurre frecuentemente en este tipo de agresiones, pero no es el primero ni el único. La caricatura política muchas veces sirvió para respaldar la agenda de un grupo político y acabar con la reputación de un enemigo. El linchamiento en los medios de Francisco I. Madero, antes de su asesinato, es uno de los casos más emblemáticos de la caricatura política usada para orquestar una campaña de descrédito contra un personaje en el poder. En contraste, también sirvió como denuncia. Por ejemplo cuando, décadas más tarde, Abel Quezada publicó un rectángulo de color negro en su espacio editorial. El título del cartón que apareció en el Excélsior fue una pregunta: “¿Por qué?”. Era 1968.

En el afán por desacreditar las acusaciones de los internautas afines a la 4T, Garci mostró cartones de moneros cercanos o militantes de Morena como Rapé o El Fisgón. En uno de ellos se muestra la siguiente escena: Claudia Sheinbaum está acompañada por Andrés Manuel López Obrador. Juegan el papel de unos comensales dispuestos a comerse la cabeza de la magistrada presidenta Norma Piña que está en el centro de la mesa. El discurso del cartón titulado “Plan cena” es, por supuesto, violento, pero no es misógino, pues no se alude a Piña por su condición de mujer sino por el poder que tiene. En otros cartones, particularmente los que son autoría de El Fisgón, se representan a personajes de la oposición enfrentados al pueblo, simbolizado por un feroz e inmenso tigre. Empequeñecidos, están a merced del animal que los puede devorar en cualquier momento. Los moneros opositores contratacan, como es previsible, subiendo el tono: recientemente Paco Calderón, colaborador del diario Reforma, publicó el cartón titulado “Altar a la patria”, en el que unas manos malignas sacrifican con un cuchillo en el cuello a una oveja trasquilada (símbolo del votante morenista) quien, antes de morir, dice: “sí, pero me dan una lana”. Para volver a Garci esta vez no con una foto adulterada sino con un cartón firmado por él, conviene describir su colaboración de junio de este año en El Diario de Yucatán. La ilustración titulada “Entrenador” muestra a López Obrador conduciendo a Claudia Sheinbaum a la silla presidencial atada a una correa como si fuera un perro. El cartón, indignante, se explica por sí mismo.

Antonio Garci y opositores afines se quejan de las numerosas críticas a sus cartones, opiniones y descalificaciones, aludiendo a su amenaza favorita: la censura y la cultura woke que impide, según ellos, la libertad de expresión. Por supuesto, es una censura inexistente, pues el discurso de odio que difunden se sigue publicando en los medios en los cuales trabajan. Por si fuera poco, este mismo discurso es potenciado en las redes sociales. Habría que recordar la famosa Paradoja de la Tolerancia propuesta por el filósofo austriaco Karl Popper: no se puede ser tolerante con la intolerancia, en particular cuando hay un resurgimiento de la derecha radical que estigmatiza a la mujer y ataca derechos humanos conseguidos tras décadas de lucha. También, por supuesto, habría que hacer una crítica a la caricatura política afín a la 4T. Históricamente la caricatura sirvió como un acto contestatario ante los poderosos. Reyes y reinas, entre otros, fueron retratados como cerdos glotones, parásitos alimentándose de los pobres. ¿Los moneros militantes del partido en el gobierno —un partido que ha acumulado un gran poder, por cierto— están en la misma situación de desventaja de años anteriores, cuando eran una oposición con poca penetración en el debate público? Es cierto que muchos medios empresariales siguen atacando sin argumentos y de forma virulenta a la 4T, pero los moneros que se asumen como de izquierda deberían reflejar en sus cartones algo más que una reacción que imita el discurso violento de la derecha. La sutileza, el humor y la inteligencia pueden ser, también, una herramienta de combate en la caricatura política en tiempos de polarización y maniqueísmo.

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