Las campañas electorales arrancaron oficialmente el viernes, 1 de marzo, aunque desde hace varios meses la radio, las redes y supongo que la televisión, aunque hace mucho que no la veo, se llenaron de mensajes proselitistas “dirigidos a los militantes” de los respectivos partidos políticos. Por supuesto que desde el viernes la publicidad se ha multiplicado hasta límites intolerables, y eso que apenas llevamos pocos días de esto que pretende durar hasta finales de mayo. Comerciales, entrevistas, actos públicos que se graban y se retransmiten una y otra vez, en los que las candidatas y el candidato a la presidencia de la República se comprometen a llevar a cabo una infinidad de cambios que bien sabemos no ocurrirán, y que, en muchos casos, está bien que no lo hagan. Una cárcel de máxima seguridad al estilo Bukele, supuestamente para que las personas que habitamos este país “dejemos de tener miedo”, no sólo es una promesa profundamente punitivista, sino que celebra e impulsa, sin reparo alguno, la violación sistemática de los derechos humanos. Curioso es que la oferta de una prisión como “castigo ejemplar” no se aleja mucho de los planteamientos de algunos feminismos que hoy en día enarbolan la bandera del punitivismo y la política de la cancelación. El feminismo que se hermana con la derecha no es ajeno para nadie, lo vemos actuar día y noche bajo su máscara de “movimiento de liberación”, aunque termina pactando —o coincidiendo— con los sectores más conservadores para impulsar agendas que jamás estarán encaminadas a lograr la emancipación. Así que no, ni cárceles ni diálogo con aquéllas que las promueven. La candidata de la coalición PRI-PAN-PRD no es una interlocutora válida para un movimiento feminista de izquierda. Y aquí diré una obviedad: ser mujer no es suficiente.

Por otro lado, si nos guiamos por las preferencias electorales, la única que tiene posibilidad de llegar —si es que no sucede un imprevisto en el camino, y por “imprevisto” quiero decir un golpe de Estado blando, que tan de moda están en América Latina— sería Claudia Sheinbaum, quien promete dar continuidad a la Cuarta Transformación impulsada por el gobierno actual. ¿Es ella una interlocutora válida para responder a las demandas del movimiento feminista? En su arranque de campaña hizo 100 compromisos, tal como los hiciera AMLO en 2018. ¿Cuántos cumplirá? ¿Están dentro de sus compromisos algunas demandas del movimiento feminista?

La respuesta es sí. No obstante, si llegar al gobierno no es tomar el poder, ¿cuál es realmente su margen de maniobra? Esta pregunta me persiguió desde el momento en el que me invitaron a escribir sobre las campañas electorales y el movimiento feminista. Desde mi perspectiva, estamos ante exigencias que transmutan en promesas cuya única finalidad es el voto en las urnas. Pero ¿después qué? He de confesar que las respuestas que tengo no son esperanzadoras: después el avance del fascismo, la derechización, la nula capacidad de nuestros gobernantes para disputar los espacios de poder, etc. Ojalá me equivoque, pero hemos visto tantas veces la escenificación de la caída de proyectos progresistas —que de maneras minúsculas se atrevieron a desafiar el statu quo—, que no sé si la transformación sea sostenible por muchos sexenios. Aún así, no quisiera dejar de responder la pregunta, aunque lo haré en dos partes.

Para la candidata, algunas acciones puntuales —e insuficientes— para sus promesas: 1) paridad salarial, por decreto y sin concesiones, en todos los ámbitos laborales; 2) legalización en todo el territorio nacional, por decreto y sin concesiones, del derecho al aborto; 3) liberación inmediata, por decreto y sin concesiones, de todas las personas presas por abortar en cualquier rincón de la República; 4) promulgación de una ley que garantice los derechos de las personas trans y LGTBI+ en todo el país; 5) romper, desde el primer día, relaciones con el Estado genocida de Israel, que ha asesinado a más de 30 mil personas en Palestina, en su mayoría mujeres y niñes. 

Para nosotres, algunas hojas de ruta —siempre a discusión—. 1) El movimiento se ha quedado corto en la lucha por la emancipación: enfrascadas en discusiones identitarias, punitivistas y muchas veces triviales —aunque otras terribles y violatorias del derecho de todes a existir—, vamos abandonando la lucha por la liberación de les oprimides, mientras que allá afuera la realidad avanza hacia un futuro cada vez más aciago. La sombra de la guerra, la ultraderecha y el fascismo se hace presente, incluso en sitios donde pensamos que jamás volvería. Un movimiento feminista emancipatorio tendría que enarbolar la bandera antifascista, anticolonial e internacionalista continuamente. 2) La policía de la moral feminista no libera a nadie, al contrario, dicta cada vez más nuestros comportamientos. ¿En qué momento pensamos que nuestro deber era decirle a la gente cómo debía de conducirse, en lugar de encaminar todos nuestros esfuerzos al derrocamiento del sistema capitalista patriarcal que nos oprime? 3) Angela Davis nos enseñó hace mucho tiempo que el punitivismo no es la vía para la emancipación. Salgamos de una vez por todas de esa lógica y acerquémonos a las feministas marxistas que bien nos han mostrado que la única ruta para terminar con la opresión es romper las cadenas de todes, desde la ciudad hasta la sierra, desde el río hasta el mar… No hay promesa de campaña, compromiso o juramento que alcance para lograr esto. Y ése es mi punto, porque no es el Estado capitalista quien cumplirá nuestros anhelos de libertad; somos nosotras, nosotros, nosotres organizades y en pie de lucha quienes crearemos otro mundo posible. Eso no hay que olvidarlo nunca.

Author