I
El 23 de octubre de 1981, hace 43 años, Fernando “el Toro” Valenzuela subía al montículo de lanzadores en el Dodger Stadium, ubicado en la zona del Chavez Ravine, un sitio en el que originalmente se habían asentado migrantes mexicanos que habían llegado a Estados Unidos buscando hacerse la vida y que serían desalojados de su entorno, una vez más, para la construcción del nuevo estadio de los Dodgers, otrora de Brooklyn.
El escenario, pletórico y expectante atestiguaría el desarrollo del tercer juego de la Serie Mundial de béisbol de ese año, entre los poderosos Yankees de Nueva York y el equipo local. La serie era dominada por los “Mulos” de Manhattan por dos juegos a cero y la misión del Toro parecía muy cuesta arriba.
Ante la difícil misión, Tom Lasorda, el manager angelino, había decidido enviar a Fernando, su mejor lanzador de la temporada, la estrella emergente que, a sus poco más de veinte años, había transitado de ser un humilde lanzador formado en los campos rurales de su natal Etchouaquila, en el estado de Sonora, a jugar una Serie Mundial. Antes, había pasado por equipos en ligas de menor reconocimiento: los Cafeteros de Tepic, los Tuzos de Silao en la Liga Central, así como los Mayos de Navojoa en la Liga del Pacífico cuando era casi un adolescente, hasta llegar a la Liga Mexicana con los Leones de Yucatán. Llegó a a las llamadas Ligas Mayores de los Estados Unidos un poco por fortuna: se cuenta que un “buscador” de los Dodgers andaba por varios campos de la liga mexicana, siguiendo a un bateador prospecto, quien, en un partido, tuvo la mala suerte de enfrentarse al joven Valenzuela. Lo ponchó con tres lanzamientos y el buscador decidió contratar al lanzador y olvidarse del prospecto bateador.
En ese tercer juego de la Serie Mundial, Valenzuela tuvo un inicio titubeante. En los primeros innings recibió cuatro carreras, y no parecía ser el mismo jugador que. a lo largo de la temporada —la cual, por cierto, había sido interrumpida por una huelga de peloteros—, había ganado 13 juegos, completando en 11 de ellos toda la ruta, con 8 blanqueadas, y un porcentaje de carreras limpias de 2.48, números portentosos que hoy día son casi imposibles de emular.
El momento para Valenzuela era de máxima tensión. La lomita de lanzamientos comprobaba ser uno de los lugares más aislados del planeta: nadie en esa multitud agolpada en el graderío experimentaba la soledad del pitcher al enfrentarse a los bateadores. Sin embargo, el Toro recuperó la intensa calma que lo había caracterizado en su corta carrera, como siguiendo la máxima proferida por el narrador mexicano Pedro “el mago” Septién: “Si supiéramos tratar a la victoria y a la derrota como dos impostores, todos seríamos campeones”. Con tal desprecio hacia el éxito o el fracaso, el Toro mantendría una actitud impasible ante los contrarios y empezaría a dominarlos, uno tras otro, entrada tras entrada, propiciando ponches o roletazos inofensivos, elevados. Así fue controlando el juego, lanzamiento a lanzamiento, con rectas de más de 90 millas —la mayor velocidad que en esa época alcanzaban los pitchers—, con engañosas bolas de tornillo (o “screwballs”), con curvas y con algún “slider” que lanzaba mientras entornaba los ojos al cielo como buscando una señal.
Con su guía, los Dodgers fueron remontando el marcador para terminar ganando ese juego y, poco después, la Serie Mundial.
II
Ese año de 1981 sería de ensueño: además de ganar la Serie Mundial, el Toro sería declarado el Novato del año y ganó el premio Cy Young al mejor pitcher, y hasta recibió el bate de plata por ser el mejor bateador de su posición. Nadie, ni antes ni después, ha obtenido todos esos logros en un año
A lo largo de una prolongada carrera, que concluiría en 1997, jugó un total de 17 temporadas (si bien hubo un año en que, por lesiones, no jugó en Grandes Ligas). En total ganó 173 juegos (perdió 153), logró 31 blanquedas y tuvo un promedio de careras limpias de 3.54.
En todo ese tiempo jugó, además de para los Dodgers, para los Angels de California, los Orioles de Baltimore, los Filis de Filadelfia, los Padres de San Diego y los Cardenales de San Luis. En 1988 ganó su segunda Serie Mundial, aunque no pudo jugar debido a una lesión. Además, varias veces fue nombrado para participar en el Juego de Estrellas y se dio el lujo de tirar un juego sin hit ni carrera contra los Cardenales de San Luis el 29 de junio de 1990. Prácticamente no le faltó nada en el béisbol.
Aunque sus números fueron “insuficientes” para llegar al Salón de la Fama, su equipo emblemático, los Dodgers, retiró su número, el 34, como homenaje a la grandeza del Toro.
III
Sin duda, Fernando Valenzuela ha sido el jugador de béisbol más notable que ha dado nuestro país. Sus hazañas deportivas explican por sí mismas la “Fernandomanía” que levantó en ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Sin embargo, no era el primer jugador mexicano en desempeñarse exitosamente en las Grandes Ligas: ya antes “Melo” Almada había destacado en los Red Sox de Boston y el veracruzano Beto Avila había ganado el campeonato de bateo en la Liga Americana. Asimismo, otros lanzadores latinos habían logrado también algunas proezas deportivas equiparables o superiores, como el dominicano Juan Marichal o el cubano Luis Tiant. Sin embargo, ninguno alcanzaría a convertirse en un fenómeno mediático y social como el Toro. Tal vez el ejemplo que se acerque más a esa idea de líder para la comunidad latina sería el portentoso puertorriqueño Roberto Clemente.
¿Pero qué hizo especial a Valenzuela? Desde ese 1981, el joven retraído, de uno ochenta de estatura, de tez morena, con rasgos indígenas, se convirtió en una celebridad. Llegaron los grandes contratos —después, por cierto, de disputas con los dueños de los Dodgers—, los comerciales de televisión o los proyectos para hacer una película biográfica (que nunca se filmó). Aparecieron imitadores suyos en televisión y cumbias dedicadas a él. Fue entrevistado cientos de veces en los medios e invitado por políticos que querían beneficiarse de su popularidad. Hasta participó en el video de “LA is my lady”, de Frank Sinatra. Las televisoras transmitían sus juegos, se daba seguimiento a sus actuaciones deportivas, el país se paralizaba cuando lanzaba el Toro y el béisbol recuperó su popularidad. Fernando era un fenómeno.
La explosión de la Fernandomanía era tal que el 9 de junio de ese 1981 fue invitado a la Casa Blanca a un desayuno con los presidentes de Estados Unidos, Ronald Reagan, y de México, José López Portillo. La presencia del Toro era una reivindicación, implícita, de los mexicanos y latinos inmigrantes en los Estados Unidos. Su sola presencia ayudó a tener una percepción más indulgente de parte del establishment estadounidense con los migrantes. Así, el Toro, se convirtió en un símbolo para mexicanos y el resto de latinoamericanos asentados en las entrañas del imperio. Tal vez incluso —aunque no lo sabemos de cierto— su presencia y ejemplo como triunfador ayudaron a establecer leyes de regularización de inmigrantes en esos años de conservadurismo político.
IV
Valenzuela encarnó, para mexicanos y latinos, los anhelos de triunfo en el centro de la mayor potencia económica del mundo. Muy pronto se convirtió en un fenómeno mediático que capturó la imaginación, las aspiraciones y deseos de aceptación social que reclamaba toda una comunidad, que repentinamente se veía proyectada en ese muchacho humilde y en apariencia ajeno al éxito que vivía.
Valenzuela, sin proponérselo, se convirtió en una reivindicación de los mexicanos y latinos, en la prueba de que sí se podía triunfar en los propios términos de la sociedad anglosajona. Consideremos en ello la enorme cantidad de migrantes que trabajan y producen para los Estados Unidos; tomemos en cuenta que allí, hoy día, viven alrededor de 12 millones de mexicanos; que los mexico-americanos representan el 11% de su población, que hay más de 65 millones de latinos en ese territorio, que el español es el segundo idioma más hablado en ese país y que, después de México, Estados Unidos es el lugar con más hispano parlantes.
Esas ansias de triunfo y reconocimiento, de lucha contra la segregación y de cierto sentimiento de revancha contra el sistema acaso explican el fenómeno que representó Fernando Valenzuela para su comunidad.
V
Como en todo, se dio el necesario declive, y el Toro terminaría su carrera jugando decorosamente con equipos de la Liga Mexicana del Pacífico, y con los Charros de Jalisco en la Liga Mexicana de Verano, llenando estadios y recibiendo el apoyo y el cariño incondicionales de los fanáticos de la pelota caliente.
Ya en su retiro, siguió siendo una figura pública, pues se convirtió en narrador de los Dodgers y fue co-propietario de los Tigres de Quintana Roo de la Liga Mexicana. Hasta hace poco seguía dando entrevistas, o era invitado a lanzar la primera bola en varios juegos. En algún punto obtuvo la nacionalidad estadounidense, e incluso colaboró con el presidente Barack Obama en la Campaña ‘Stay Stronger’ de Concientización sobre la Ciudadanía y con motivo del Día de la Ciudadanía y la Constitución.
Al parecer una lamentable y súbita enfermedad terminaría por ponchar al Toro. Antes de ello, seguramente lanzó una última bola imaginaria entornando la vista a lo más alto, al cielo inmortal.
