Primera de tres partes
Terminada la Segunda Guerra Mundial, los pueblos descubrieron con horror lo acontecido durante los diez años precedentes en Europa y, sobre todo, en los últimos tres o cuatro antes del fin de la contienda bélica en 1945. Durante esos años precedentes, se consumó el proyecto nazi de eliminar a la población judía, a los gitanos, a los homosexuales y a todos aquellos que no se ajustaran a los parámetros de la “raza aria” y que, por lo tanto, pertenecían a razas degeneradas, dignas del exterminio. Muchas y muchos quedaron consternados, pero también, forzoso es reconocerlo, muchas y muchos supieron “en tiempo real”, como suele decirse actualmente, adónde se dirigían los trenes de la muerte y qué destino deparaban a sus pasajeros, que habían sido hasta hace poco vecinos incómodos o indeseables. No impugnaron la política del Reich, no sólo por temor a la represión y a sufrir una suerte semejante a la de los deportados, sino que coincidían con ella. La derrota del nazifascismo entre 1944 y 1945 estigmatizó socialmente cualquier referencia elogiosa a ese capítulo recién concluido de la historia del siglo XX. Actualmente, se habla profusamente del genocidio en la Franja de Gaza: nadie puede alegar su desconocimiento, pero no muchos se inmutan ante el dramático holocausto.
La presencia de grupos de extrema derecha durante la segunda mitad del siglo fue incuestionable: hablo de esos movimientos que reivindicaban el nazismo alemán y el fascismo mussoliniano y que siguieron presentes en Europa y en el continente americano. Se sumaron a otros, algunos más antiguos, como los que reivindicaban el supremacismo blanco, los que se opusieron ferozmente a la Revolución cubana a partir de los años sesenta, sin olvidar a los grupos impulsados por la jerarquía católica en nombre de la defensa de la religión y de la familia. Hicieron su aparición pública esporádicamente, muchas veces con acciones violentas, pero mantuvieron grados distintos de clandestinidad. Esta estrategia y sus idearios provocaron que frecuentemente fueran subestimados por las fuerzas políticas participantes del orden republicano, que los tachaban de cavernarios, retrógradas y otros apelativos por el estilo, como si fueran vestigios nostálgicos de un pasado irrepetible e indeseable. [1]
No obstante, con el inicio del nuevo siglo XXI, la extrema derecha llegó al proscenio político en varios países: Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, Victor Orbán en Hungría, Giorgia Meloni en Italia, Donald Trump en Estados Unidos, Nayib Bukele en El Salvador, la Nueva Alianza Flamenca en Bélgica y, más recientemente, José Antonio Kast en Chile. En otros países, la extrema derecha no ha alcanzado aún la cúspide del poder político, pero ha ascendido un número importante de peldaños en puestos de representación popular. Son los casos de Vox en España, de Rassemblement National en Francia y de Alternative für Deustchland. Han dejado, pues, de organizarse exclusivamente en agrupaciones secretas, sino que además han logrado mayor notoriedad política utilizando los mecanismos institucionales de las democracias representativas. Para efectuar esta transición, la derecha radical tuvo que abandonar o silenciar ciertas consignas que se habían vuelto políticamente impresentables, para reformularlas y revestirlas con otro lenguaje. El antisemitismo, propio de las derechas extremas en todo el mundo durante la primera mitad del siglo XX y luego sólo de sus facciones más duras y violentas, ha sido borrado de sus propagandas. No obstante, hay otra que remplaza al antisemitismo pero que pertenece a la misma matriz ideológica. Se trata —en el caso europeo, y, de manera menos contundente en Argentina y más abierta en Chile—, de la población inmigrante, señalada como culpable de los males que aquejan el orden económico y social.
¿Estamos ante un fenómeno inédito o ante una reconfiguración y reinvención de propuestas políticas de larga data? La respuesta que aquí proporcionaré no será concluyente, pues si bien hay ingredientes novedosos, hay otros que tienen un aire de familia añejo, aun si los creíamos desterrados. Por ello mismo, considero que es pertinente y necesario abordar la problemática con base en las principales contribuciones que se han realizado por lo menos en la última década. Tres temáticas serán expuestas: la caracterización de las extremas derechas actuales, en esta primera entrega, las principales ideas de esas derechas, en la segunda, y, en la tercera y última, las razones de su ascenso.
¿La resurrección del fascismo?
La controversia que más tinta ha hecho correr concierne al rigor y precisión teóricos de denominar fascistas a estos gobiernos llegados a la cima del poder en años recientes, así como a los movimientos que están en su base. El concepto de “fascismo” nos remite a la experiencia atravesada por Europa a partir de la década del veinte del siglo pasado, y es materia de polémica qué tantas similitudes se pueden trazar con nuestro presente. Son tantos los que rechazan tajantemente el concepto de fascismo para referir a la extrema derecha actual, como quienes lo defienden, por un lado, y quienes lo matizan, por el otro. Robert Paxton, por ejemplo, sostiene que denominar fascista a Trump opaca su libertarismo económico y social. Según él, el poder ejecutivo no sometido a controles es indicativo de una dictadura más que de un fascismo. Por ello, se inclina por otro término: el de plutocracia. En el mismo sentido, Philippe Corcuff afirma que “la noción de ‘fascismo’ (o de neofascismo) me parece tener más inconvenientes que ventajas intelectuales y políticas. El uso de los términos ‘fascismo’ y ‘neofascismo’ tiende a orientar la mirada hacia la repetición en detrimento de condiciones y características nuevas. Favorece por lo tanto una suerte de pereza intelectual” (2020, 215). “Estas nuevas derechas radicales no son, sin duda, las derechas neofascistas de antaño,” dice por su parte Pablo Stefanoni. “Cada vez parecen menos nazis” (2021, 39).
En contrapartida, Michael Löwy confirma el carácter eminentemente fascista de los partidos de extrema derecha europeos, tanto por el pasado intrincado de sus fundadores de franca colaboración con el Tercer Reich como por la diversidad de posturas ideológicas que sustentan, a saber, la xenofobia, el racismo, el odio a los inmigrantes y a los gitanos, el antisemitismo, etc. Y Gaspár Miklós Tamás argumenta que “la hostilidad a la ciudadanía universal es la principal característica del fascismo”, aunque se inclina por el concepto de posfascismo. La ciudadanía dejó de ser, según él, una cualidad aplicable a todo ser humano para devenir el privilegio de las personas de algunos países, “mientras que la mayoría de la población mundial no puede ni siquiera aspirar a la condición cívica y ha perdido la relativa seguridad de la protección preestatal (tribu, parentesco)”. Actualmente, prosigue Tamás, el posfascismo no requiere embarcar a los no ciudadanos en trenes de carga para conducirlos a la muerte. Sólo requiere evitar que se suban a los trenes que los llevarían a los países ricos.
Con todo, no queda claro por qué Tamás utiliza el prefijo “pos”. ¿Es acaso simplemente para indicar que el fascismo del siglo XXI es posterior al del XX? Enzo Traverso también opta por designar a las nuevas derechas como “posfascistas”, aunque en su caso es un recurso provocado por la incertidumbre que suscita concebirlo como una reiteración de la experiencia de la primera mitad del siglo XX: “Prefiero hablar de posfascismo. […] Por un lado, ya no es fascismo; por otro, no es completamente diferente de este: es algo a medio camino” (2025, 15-16).
¿Pero en qué se basa el rechazo al término de “fascismo” para hablar del presente? Quienes se rehúsan a ello, proponen cuatro rasgos definitorios de los regímenes fascistas “clásicos” —es decir, los de la primera mitad del siglo XX—, según ellos ausentes en los gobiernos de extrema derecha del siglo XXI. En primer término, está la intervención del Estado en la economía, la cual contrasta con el retiro actual del Estado de la actividad económica en virtud del dogma del libre mercado y sus inviolables leyes que no admiten la intervención político estatal. En segundo lugar, el acceso de aquellos regímenes al poder, obviando los procedimientos electorales consignados por el orden democrático liberal. Un tercer argumento consiste en el afán de expansión territorial de los fascismos históricos que hoy ya no se verificaría. Por último, tenemos la corporativización de la sociedad; es decir, la incorporación de las organizaciones de la sociedad civil al Estado mediante su oficialización y, en contrapartida, la represión y persecución de aquellas que resisten su estatización.
Respecto a la primera objeción, se omite que el intervencionismo estatal tuvo lugar en el momento del estallido de la guerra, vale decir, cuando se instaló una economía de guerra. Aun así, Hitler no confiscó ni expropió los grandes consorcios alemanes fundados durante la segunda mitad del siglo XIX; muy al contrario, estableció una relación simbiótica con ellos, la cual les dio enormes ganancias. Una prueba de ello es el envío, en calidad de esclavos, de trabajadores provenientes de los países ocupados por el nazismo a las grandes fábricas alemanas. Por su parte, Mussolini declaró en genuina prosa liberal: “Se trata de arrebatar al Estado atribuciones en las que no es competente y en que se desempeña mal. Pienso que el Estado debe renunciar a sus funciones económicas y sobre todo a aquellas que se ejercen con monopolios porque en este ámbito el Estado es incompetente”.
Frente a la segunda objeción, suele argumentarse que la violación de las reglas democráticas y la instauración de los regímenes totalitarios tuvieron lugar después del ascenso al poder, el cual tuvo lugar respetando la legalidad instituida tanto en Alemania como en Italia. Algo semejante acontece en la actualidad. Por eso dice Jorge Alemán: “El Neoemperador no es sólo un jefe de Estado que ha surgido de un proceso electoral, o mejor dicho, ha surgido así, pero toda la construcción de su agenda tiene como una de sus funciones borrar este hecho…. Su función estratégica es producir una situación ‘aceleracionista’ donde el capitalismo se separe de la democracia”.
En referencia al tercer argumento, hace una decena de años o incluso menos la objeción era válida, pero a la luz de las ambiciones de Trump sobre Groenlandia o del gobierno israelí para la creación del Gran Israel, ya no posee los mismos fundamentos.
Sin embargo, el que en efecto permanece ausente hoy en día es el cuarto y último rasgo, el de la corporativización de la sociedad. La pauta dominante de las derechas radicales hoy es, en consonancia con los postulados del neoliberalismo, el individualismo, el cual disuelve las pertenencias colectivas y comunitarias. Empero, otras formas de agrupamiento estrechamente vinculadas a gobiernos de la derecha llegan a recrear comunidades que constituyen configuraciones societales de apoyo a esos gobiernos, sobre todo en coyunturas electorales. Es el caso de las iglesias evangélicas en Brasil. Con todo, estas experiencias no son equivalentes a las organizaciones corporativas del fascismo histórico.
Este breve recorrido a través de las múltiples definiciones y precisiones conceptuales que procuran caracterizar adecuadamente a las derechas extremas del siglo XXI tiene una intención más allá de la controversia lexicográfica. Denominarlas “fascistas” posee una eficacia política, porque invoca la abominable experiencia del siglo XX. Se trata sobre todo de precisar si el capitalismo en su fase actual requiere, al igual que el capitalismo de los años veinte y treinta, de un régimen fascista para salir de la crisis y reestructurarse. De ser así, las palabras de Max Horkheimer tendrían mayor validez que cuando las formuló en 1939: “Quien no quiera hablar de capitalismo debería callar también sobre el fascismo”. Tiene además una consecuencia relevante sobre la relación entre capitalismo y democracia que muchas veces fue considerada estructural. Goran Therborn, en un célebre artículo, recusó esta tesis demostrando que fue recién en el siglo XX cuando los regímenes políticos en el seno de las sociedades burguesas fueron reformándose al calor de luchas democráticas de las clases subalternas. ¿Será entonces que en vez de concebir los regímenes autoritarios, eventualmente fascistas, como paréntesis políticos de una era democrática, deben ser pensados de manera inversa?
Nota
[1] Para el caso mexicano, recomiendo el trabajo de Mario Santiago Jiménez, quien ha dedicado su labor de investigación a estos últimos grupos, por ejemplo en este artículo sobre el Yunque.
Referencias
Corcuff, Philippe. (2020). La grande confusion. Éditions Textuel.
Stefanoni, Pablo. (2021). ¿La rebelión se volvió de derecha? Siglo XXI Editores.
Traverso, Enzo. (2025). Las nuevas caras de la derecha. Potencia y contradicciones de la etapa posfascista. Siglo XXI editores.
