Ozzy Osbourne falleció el pasado 22 de julio a los 76 años, después de poco más de un lustro de padecer la enfermedad de Parkinson. Rápidamente fue objeto de homenajes y obituarios por personas del espectáculo a nivel internacional, lo cual hizo evidente su lugar dentro de la cultura popular contemporánea. El vocalista de Black Sabbath, de legendaria carrera también como solista, se convirtió con sobrada razón en el tema del día, sobre todo porque apenas el 5 de julio fue objeto de un concierto homenaje en su natal Birmingham, Inglaterra.
Sin embargo, algo más acompaña los recuerdos tras su muerte: Sharon Osbourne, su mánager y esposa por más de 40 años, y él aparecieron en una carta firmada en marzo de este año por más de 200 personalidades británicas, donde acusaban a la BBC de antisemitismo y sesgos en su cobertura del genocidio israelí en Gaza. No podemos escatimarlo: su mera aparición como abajo firmante de esa carta es reprobable y demuestra insensibilidad ante la catástrofe histórica que vive el pueblo palestino. Y lo digo como fanático de su música y seguidor fiel del género que inventó como parte de Sabbath.
A pesar de que su banda escribió canciones antibélicas como “War Pigs”, “Children of the Grave” o “Into the Void”, por mencionar las más famosas, o de que el propio Osbourne reconociera que guardaba distancia de la política y los políticos, no hay manera de justificar esta acción. Tampoco considero justo achacarlo exclusivamente a su esposa, quien administró su carrera y fue responsable del éxito que tuvo tras su despido de la banda en 1979. Ambos son responsables de esa acción que mancha su legado.
Dicho esto, considero necesario discutir el uso que se ha hecho de esta carta para denostar no sólo a Ozzy Osbourne, sino a la gente que decidimos celebrarlo tras su fallecimiento. Considero que estos ataques o señalamientos no hacen ningún favor a una recepción crítica de su legado, ni mucho menos a la denuncia del genocidio que comete Israel contra la población palestina. En cambio, sólo alimentan una visión infantil y maniquea, donde un simple acto o manifestación es suficiente para reducir absolutamente a una persona a ese sólo acto como un juicio de sus posturas en conjunto.
Mi idea de la crítica está basada en la propuesta de Walter Benjamin, quien la consideraba una herramienta necesaria para la emancipación de las personas oprimidas. Es importante recordar que su obra fue marcada de manera definitiva por el ascenso del fascismo y el nazismo europeo —los mismos que ocasionaron su muerte—, y que en parte se abocó a describir la relación entre cultura y política. Para él, la crítica era una herramienta que nos permitía separar a las expresiones culturales de los sedimentos opresivos que imponía la cultura capitalista de masas.
El ejercicio de la crítica era, pues, para Benjamin, una manera de activar las experiencias opacadas o marginadas por el desarrollo de la sociedad capitalista, que buscaba un progreso económico, fundamentado en parte en la falta de reflexión por parte de las personas. En este punto retorno a la recepción y uso de la carta firmada por Ozzy y Sharon, pues considero que reducir la discusión sólo a esa carta nos impide, por un lado, entender cómo se construye la narrativa sionista al apropiarse de cualquier resquicio de apoyo para magnificarlo y, por el otro, dimensionar de manera compleja nuestras expresiones culturales.
Podemos preguntarnos si este episodio sionista del llamado “Príncipe de las tinieblas” justifica o no las reacciones que ha desatado, así como la censura de quienes han lamentado su muerte por el lugar que ocupa en sus vidas. No negaré mi propio sesgo, pues claro que me interpelan estas acusaciones y me parecen infantiles, pero también me lo parece tratar de omitirlas. Para ello, es importante discutir a la persona y su obra en conjunto, como parte de una contradictoria totalidad.
La polémica no inició con la carta firmada en marzo de este año, sino con la primera visita del cantante al estado genocida de Israel en 2010. Al ser cuestionado entonces por las razones de que no hubiera visitado antes el país, y si éstas se basaban o no por cuestiones políticas, respondió que más bien había sido por sus problemas con el abuso del alcohol y declaró: “Trato de alejarme de los políticos. Ellos no me entienden y yo no los entiendo.” Esta afirmación no es gratuita, pues responde a las persecuciones políticas en su contra durante los años ochenta, cuando fue acusado de satanismo.
En ese entonces, Sharon también afirmó que no habían recibido peticiones para participar en el boicot encabezado por el movimiento BDS (Boycott, Divest and Santcions). Junto a esto, declaró también que “la música va más allá de la política, porque es el lenguaje internacional del mundo.” La nota destaca que el padre de Sharon, Don Arden, era judío. El cantante se presentó nuevamente en Israel en 2018, sin levantar ninguna polémica entonces. Más allá de esta situación, no existen otras declaraciones o actos públicos que permitan vincular a Ozzy con apoyo o simpatía hacia el estado genocida de Israel.
Sin embargo, no podemos obviar que la pareja Osbourne, tanto en 2010 como en 2025, hicieron oídos sordos ante los llamados de boicot —por más que no hayan recibido peticiones directas, sabían de la situación— y ante el genocidio llevado a cabo por Israel. ¿Cómo podemos situar esto en el marco del legado cultural del cantante, de su recepción y su lugar como uno de los creadores de un género profundamente popular? Si nos atenemos a los acontecimientos y las declaraciones hechas tanto por Ozzy como por Sharon, no es difícil entender que en 2010 se mostraran indiferentes, pero en 2025 apoyaron abiertamente una carta que reproducía uno de los puntos de la narrativa sionista: cualquier crítica al estado de Israel expresa un sesgo antisemita en su contra.
Ahora, el problema está en el uso que hacemos de esta información. ¿Estos acontecimientos son suficientes para que todo el legado de su obra musical se reduzca a estas acciones reprobables? No lo considero así, pues hacerlo es renunciar a la crítica y la incidencia política que demanda la defensa del pueblo palestino desde la izquierda y las causas populares y progresistas. La crítica, como nos explicaba Benjamin, busca motivar una acción política de resistencia y de transformación, pero necesita forzosamente vincular a las personas, no alienarlas.
Por eso, tampoco considero apropiado enfocar todo exclusivamente en el cantante y sus seguidores: es necesario hablar de cómo el aparato sionista rápidamente se ha apropiado de estos dos momentos para pintar una imagen mentirosa de él como un simpatizante abierto del estado genocida de Israel. Igualmente, creo que es necesario denunciar las declaraciones posteriores de Sharon Osbourne, quien condenó, junto a otras celebridades que se asumen judías, la presentación de Kneecap en el festival Coachella de este año. Esta conjunción entre arte y política demanda nuestra intervención, porque es muestra de la imposición de una narrativa por medio de quienes pueden expresarse artísticamente o no por su militancia política.
En lo que respecta a quienes, como seguidores del artista, lamentamos su muerte, es necesaria una segunda precisión. En honor a la crítica, es importante considerar no sólo la obra y la persona, sino también su recepción. Aquí podemos identificar dos momentos de la trayectoria del cantante: su carrera con Black Sabbath y su carrera de solista. En el primer momento fue parte de una banda que inauguró un género, el heavy metal. Los discos producidos durante la década de los setenta dieron forma a un sonido y una forma de expresión de emociones, deseos, inquietudes y voluntades que definirían a las generaciones siguientes.
En ese cuerpo de canciones no sólo encontramos temas sobre lo oculto o el terror, también hay temas que reflejan cómo manejar las emociones y, lo importante en este caso, una crítica nada discreta a la guerra y la política que de ella se alimenta. En el segundo momento de su obra, su carrera de solista reflejó un cambio en sus temas e intereses, con canciones con menor contenido político. Eso refleja también su distancia con la banda, donde los principales letristas eran Bill Ward y Geezer Butler. En ese sentido, puede sostenerse lo que él mismo decía en 2010: Ozzy prefería guardar distancia de la política.
Si pensamos en la recepción de su obra y el significado personal y social que tiene para quienes nos asumimos metaleras o metaleros, entramos en una segunda dimensión de la crítica. En este caso, su música, su imagen y los temas que transmitían permitieron construir un vínculo emocional y comunitario entre las personas que nos encontramos con su música en distintos momentos de nuestra vida. Es importante señalar algo sobre su recepción, algo que es pertinente respecto de las acusaciones o señalamientos de que quienes somos adeptos a su música buscamos exculpar a Ozzy por su sionismo: nadie se vuelve fan de Ozzy o de Sabbath por el contenido político de sus canciones.
Nuestra experiencia con su música y su arte se relaciona con otros motivos distintos que una reivindicación política. En ese aspecto es que podemos entender que la comunidad del género sea tan contradictoria: así como pueden existir bandas como Living Colour, cuyas canciones son de alto contenido político desde la izquierda, también coexisten bandas de Black Metal escandinavo con abiertos temas neonazis. No creo que la mera experiencia de escuchar a Sabbath u Ozzy nos llevara directamente hacia una postura política.
Por eso me parece un despropósito y un infantilismo terrible creer que la crítica al sionismo manifiesto por Ozzy y Sharon en años recientes sirva para desestimar sumariamente su obra. En ese aspecto, esta respuesta también tiene una lectura benjaminiana. En “Melancolía de izquierda”, Benjamin criticaba duramente a esa izquierda que, derrotada e incapaz de lograr sus objetivos revolucionarios, se resignaba con críticas tibias e inconsecuentes que, en lugar de atacar los valores burgueses, los maquillaban. Así se presentan esos reclamos infantiles contra quienes no renunciamos a nuestra afición o cariño que guardamos por la música o la persona que la produjo.
También es perjudicial sojuzgar de esa manera a quienes lamentamos su muerte, pues parte de un principio insostenible de que carecemos de toda reflexión política al respecto. Como muestra, va este texto: quienes militamos o simpatizamos con la causa palestina, nos hacemos responsables de nuestras contradicciones, y sabemos que no podemos excusar el sionismo, pero tampoco podemos renunciar sin más a un elemento que es constitutivo de nuestra propia biografía. Más allá de reclamos ruidosos y que sólo buscan el aplauso fácil, la responsabilidad es abrir la discusión y la incidencia sobre cómo lidiar con las contradicciones que conlleva nuestro consumo cultural.
En lugar de enfocarse en la persona o en quienes le guardan duelo, bien valdría enfocarse en los intentos de apropiación política típica del sionismo. En cómo, como he dicho ya, los medios israelíes no tardaron en magnificar desproporcionadamente esos dos acontecimientos para pintar la idea de que Ozzy simpatizaba con ellos. Como él mismo dijo en 2010, probablemente no se involucraba con la política, quizá porque no entendía mucho de esos temas. Lamentablemente ya no está vivo para que nos explicara sus motivos para apoyar una carta que censuraba el documental Gaza: How to Survive in a Warzone, y difícilmente creo que a Sharon siquiera le interese hacerlo.
En lugar de pelearse con una caricatura de su propio purismo político, bien harían quienes quieren sancionar a los dolientes de Ozzy Osbourne en hacerse responsables de la provocación que avientan y de fomentar, en cambio, una discusión política. Una discusión que nos invite a movilizarnos para saber lidiar y construir nuevos espacios culturales donde esas contradicciones no manchen el legado de aquellas canciones, películas o lecturas que nos construyen como personas. Si en lugar de salvar la posibilidad de la experiencia, buscamos sancionarla, no somos tan distintos de quienes buscan oprimirla.
