La lógica securitaria con la que se criminaliza a las poblaciones migrantes está en parte sustentada en construcciones sociales, discursivas y visuales. En ellas, se presenta a las poblaciones en movilidad como agentes amenazantes que ponen en riesgo la estabilidad de la población local.
Si entendemos la lógica securitaria de la migración como el proceso en que se convierte a las personas migrantes en una amenaza para la seguridad de una nación y la criminalización de la migración como ese conjunto de prácticas y procesos, tanto estatales como sociales, que hacen coincidir al sistema migratorio con el sistema penal, de manera que la migración es tratada como un crimen que merece ser castigado, aquí interesa particularmente pensar cómo es que las imágenes participan activamente en la configuración de la política migratoria cuando se montan sobre dichas lógicas securitarias y criminalizantes.
Bajo la premisa de que lo visual participa en la construcción de una realidad sociopolítica como la de la dinámica migratoria, cobra relevancia preguntar de qué manera los esfuerzos de deportación del gobierno norteamericano hacia terceros países, como El Salvador, también están siendo apuntalados por la espectacularización que permiten los recursos audiovisuales. Sumergirnos en ello acarrea la posibilidad de cuestionarnos si nos encontramos en una coyuntura donde la producción audiovisual es un apoyo central en la construcción de un régimen multilateral de deportaciones.
La migración visualizada desde el poder hegemónico
¿Por qué es tan fácil para un gobierno como el norteamericano o el salvadoreño argumentar que la migración es una amenaza, una invasión o un peligro que necesita ser obliterado? Como nos encontramos ante un fenómeno complejo, multifacético y multifactorial, la respuesta no es sencilla. Para contestarla, podemos acudir a múltiples anclajes históricos, a fin de rastrear la criminalización de la migración y la arquitectura jurídica que tiene detrás, así como las variadas estrategias biopolíticas para el control de las movilidades que operan bajo sesgos raciclasistas y de género. En este texto quisiera ensayar una respuesta que, aunque no es la única, participa activamente en la securitización del fenómeno migratorio: si les resulta así de sencillo a los gobiernos de ultraderecha difundir esa visión de la migración como una amenaza, es porque la población ya está entrenada, de alguna u otra forma, para poder ver a la migración desde esa óptica.
Claro está que ver a la migración como un peligro es todo menos algo natural, e involucra un intrincado andamiaje representacional que coloca a las imágenes en el centro de la construcción de realidades como la migratoria. En ese sentido, cuando digo que ya poseemos la capacidad de ver a las movilidades como una amenaza, se trata de entender que ciertas producciones visuales –como los videos de deportación en redes sociodigitales– han sido puestas en operación como dispositivos que, con lo que dejan ver y lo que ocultan, construyen la manera en que concebimos las migraciones. Dar cuenta de cómo ciertas imágenes participan en la securitización de las migraciones implica, por supuesto, pensar en las condiciones políticas y hegemónicas que han hecho posible la producción, exposición y circulación de tales imágenes.
Si asumimos que las visualidades son empeños por normalizar una realidad a partir de un ejercicio de poder que ensambla informaciones, ideas e imágenes, y que tienen el efecto de hacer un fenómeno, como el migratorio, legible y aprehensible, entonces tenemos que entenderlas como parte de un dispositivo de poder que produce y hace circular a las imágenes y tiene como corolario la unificación de un sentido de realidad migratoria. En este caso, nos preguntamos, por un lado, por la construcción de sentido visual de la migración como algo amenazante y criminalizado por medio de los dispositivos de visualidad que se ponen en operación desde instancias hegemónicas, como los gobiernos nacionales, y que se insertan en una larga tradición cultural de representaciones —y no hablo sólo de imágenes visuales— que por ahora me limitaré a señalar. Por otro lado, cabe la pregunta sobre de qué manera dicha puesta en operación participa en la construcción de un régimen multilateral de deportaciones. Para este último punto, propongo detenernos a pensar de manera articulada un par de prácticas audiovisuales digitales del gobierno norteamericano y otra del salvadoreño.
Videos de deportación: el espectáculo del castigo transnacional
El 18 de febrero de 2025, a casi un mes de iniciada la segunda administración de Trump en Estados Unidos, la Casa Blanca posteó un video corto en sus redes sociales que muestra una secuencia de imágenes de personas siendo encadenadas de pies y manos por agentes federales y posteriormente obligadas a subir a un avión. El video se titula “ASMR: vuelo de deportación de inmigrantes ilegales”. Con el propio mote de “ilegal” nos damos una idea, de entrada, de que hay un proceso de criminalización de la migración que está siendo visualizado según la imaginería más consolidada del castigo al crimen: hacer caer las cadenas sobre los criminales. Además, se trata de un video que respalda audiovisualmente la promesa de campaña de echar a andar el mayor programa de deportación en la historia norteamericana. Entre las más notorias particularidades de este video es la forma y el medio en el que se transmite: se trata de un video compartido en redes sociales que se inscribe en una tendencia de medios digitales —el ASMR o Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma, por sus siglas en inglés— que se enfoca en generar placer y relajación como consecuencia de estímulos visuales y auditivos de alta fidelidad. En pocas palabras, la Casa Blanca está dando a entender que el encadenamiento de migrantes a punto de ser expulsados del país es una cuestión placentera y relajante. No basta con que hayan asentado en imágenes la convergencia de un sistema punitivo con la política migratoria; además, señalan que disfrutan hacerlo.
La ironía desenfadada, aunada al encabalgamiento con las tendencias de las redes sociales, es quizá una de las formas más recurrentes de uso de imágenes por parte de la administración norteamericana en apoyo de su política migratoria. Tomemos, por ejemplo, el caso de la imagen generada por inteligencia artificial al estilo del Estudio Ghibli de una mujer dominicana siendo esposada por un agente federal que la mira desafiante mientras llora por su detención, o cuando la Casa Blanca se sumó a la tendencia en redes sociales que utiliza el sonido de una agencia de viajes británica (Jet2Holidays) para promocionar unas vacaciones, pero lo añade a un video de vuelos de deportación. Además del racismo que subyace en estas imágenes y del uso no autorizado de la banda sonora, la desfachatez de estos posteos es una forma estratégica de activarse en medio de una economía de la atención y de anticiparse a las reacciones negativas que pudieran tener, es decir, es una forma de promocionar sus acciones, pero a la vez de controlar la narrativa en un ecosistema digital donde la máxima “mala publicidad es publicidad” funciona con esteroides en busca de clics.
Estas estrategias de visualidades criminalizantes no son exclusivas del gobierno norteamericano. En marzo del 2025, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, cargó en sus redes sociales un video donde se despliega un enorme y complejo aparato de seguridad para recibir el famoso vuelo de venezolanos deportados a dicho “tercer país”, de quienes se dijo que pertenecían a la “organización criminal Tren de Aragua” sin necesariamente dar pruebas sobre ello. El video presenta durante tres minutos las diferentes etapas en la recepción de los deportados, desde bajarlos del avión y trasladarlos a la luz de un enorme aparato securitario, hasta confinarlos con un trato deshumanizante en un enorme centro de detención. Es patente a lo largo del video que se quiere dar a entender que ese es el trato que merecen los terroristas y criminales.
En la descripción del video, el propio Bukele señala que recibían a dichas personas porque los EE. UU. habían pagado para mantenerlas en el Centro de Confinamiento para Terroristas, lo que abonaba a mantener en pie dicha estructura carcelaria. También mencionó que se trata de una lucha de aliados contra el crimen organizado, apuntando con ello a que Estados Unidos y El Salvador estaban estructurando una lucha conjunta contra lo que ellos consideran un riesgo para la seguridad nacional de ambos países: los migrantes vistos como criminales. En febrero del 2025, ambos países llegaron a un acuerdo para acoger migrantes de otros países en El Salvador, con una retribución de seis millones de dólares. Las condiciones bajo las cuales se celebró el acuerdo presentaban a las personas migrantes como criminales y peligrosas, lo que justificaba un enfoque punitivista y carcelario para su tratamiento y procesamiento.
Estos videos, en primer lugar, contribuyen a la construcción de la idea de que lo normal es castigar a las personas deportadas con el mismo trato que se les da a criminales y terroristas. En segundo lugar, hay un proceso de estetización de la deportación que la convierte en un espectáculo de crueldad que normaliza el tratamiento punitivo y carcelario de las personas migrantes. Pero, en tercer lugar, cuando vemos de manera conjunta estos videos y estas imágenes —tal como los presentó Bukele— podemos percibir la construcción visual de un ensamblaje transnacional de deportaciones en donde gobiernos nacionales hacen acuerdos económicos a costa del tratamiento deshumanizante de las personas deportadas.
Esta situación es aún más preocupante con las recientes noticias de la nueva estrategia de seguridad nacional del gobierno norteamericano que está abiertamente dirigida hacia el control de América Latina por parte de Estados Unidos, país que deja de lado el famoso poder blando para usar la fuerza en la lucha contra lo que considere una amenaza para su seguridad nacional. Una especie de actualización de la Doctrina Monroe. Precisamente, uno de sus objetivos estratégicos es poner fin a los flujos migratorios provenientes de América Latina. Así, en esta nueva estrategia imperialista, la criminalización de la migración en los productos audiovisuales y los medios digitales contribuye directamente a señalar que en los países de origen de los migrantes son sitios donde se producen criminales y que por lo tanto necesitan ser intervenidos. El asedio actual a Venezuela lo demuestra. Así, este proceso de securitización visual que sustenta el ensamblaje multilateral de las deportaciones también puede convertirse en una cuña para apuntalar la nueva doctrina de seguridad nacional hacia un expansionismo e imperialismo en América Latina.
¿Hay posibilidades de generar otras miradas?
Si entendemos las imágenes como dispositivos que vehiculan poder para construir visualmente una realidad social, entonces, como diría Deleuze, si queremos desentrañar los nudos de un dispositivo hay que colocarse en esos mismos nudos. De tal manera, si bien cada dispositivo tiene un régimen de (in)visibilidad y enunciación, y moldea marcos de reconocimiento o reparte sensibilidades de manera excluyente, también radican en ellos las posibilidades de ruptura con esos mismos marcos o, por lo menos, de variación de esas visibilidades.
La cuestión, entonces, radica en cómo podemos construir miradas alternativas de la migración y la deportación que no estén montadas ni en lógicas securitarias y criminalizantes, ni en discursos victimistas y desagenciantes. Colocar las condiciones necesarias para que la perspectiva de personas externas no domine en la narrativa de la migración puede comenzar por que sean las mismas personas migrantes quienes tomen el control de lo que se cuenta sobre ellas. En términos del filósofo Rancière, esto sería una manera que posibilita el disenso dentro de un orden sensible ya establecido. El proyecto Humanizando la Deportación, que crea contra-narrativas audiovisuales digitales con testimonios dirigidos por la propia comunidad migrante, es un buen ejemplo de ello. Así, ante la representación dominante de la migración signada por enfoques securitarios y criminalizantes, es importante reconocer que persiste un espacio de agencia desde el cual las personas migrantes pueden hablar, o, como Mirzoeff, analista de las visualidades, ejercer un derecho a mirar. El ejercicio de este derecho permite cuestionar, a su manera, el imaginario restrictivo en el que normalmente son ubicados, y ello permite que existan posibilidades alternativas para repensar sus experiencias desde perspectivas más complejas, pero, sobre todo, más humanas.
