El pasado 22 de septiembre Lex Ashton, un estudiante del CCH Sur, asesinó a Jesús Israel Hernández Chávez —también estudiante—, hirió a un trabajador y se lanzó de un edificio, tras lo cual acabó gravemente herido. Mucho se puede y tendrá que decir sobre el caso particular, las señales o avisos previos, las responsabilidades, las líneas de acción, etcétera. Lo aquí planteado busca ayudar a entender la situación poniendo énfasis en la construcción de masculinidades crueles, bajo la idea de que no es un suceso aislado, sino que responde a un contexto y una dinámica social en donde crecen grupos como los autodenominados incels, fratría masculinista con fuerte base en redes sociales que reproduce discursos misóginos y enaltece comportamientos violentos.

En ese sentido, considero pertinente recuperar planteamientos como los de Rita Segato, pensadora imprescindible para entender la relación entre género y violencia, quien en su libro Contra-pedagogías de la crueldad define la masculinidad como un estatus de prestigio que se tiene que actualizar constantemente mediante la demostración de potencia y que viene aparejado a la extracción de tributo de personas feminizadas (algo que abordaré un poco más adelante). Para Segato, las personas socializadas como hombres vivimos con el mandato de demostrar dominio, potencia o éxito —un mandato cuyo cumplimiento es la condición necesaria para el reconocimiento y la existencia social—. Si no demuestras potencia no eres un “hombre de verdad”, y si no lo eres, “no eres nadie”.  Esta presión, potenciada por el exhibicionismo de las redes sociales, enmarcada en un contexto de precariedad e impotencia, y sumada al abandono y aislamiento generalizado que viven nuestras juventudes, genera un ambiente más que propicio para el crecimiento de grupos como los que componen la llamada machósfera.

En el caso que nos ocupa, los propios mensajes que Ashton dejó antes de su atentado nos revelan la pertinencia de pensar lo sucedido en estos términos. En ellos, el joven manifestó haber “perdido todo” y se autodenominó “escoria”, dando cuenta de ese abandono y falta de reconocimiento. Pero también manifestó dos cosas centrales para la cultura incel: la deshumanización de las mujeres —a quienes denominan foids o femoids por “humanoide femenino” (female humanoid)— y lo que podemos referir como “percepción del derecho agraviado” (el concepto es de Kimmel, en Hombres (blancos) cabreados), un sentimiento alimentado en los incel, basado en la idea de que las mujeres les deben una suerte de tributo, fundamentalmente sexual, que simplemente no les están dando. Por tal razón, merecen castigo, venganza o retribución (término incel usado por Ashton que podemos entender como darles su merecido, con todo el carácter moralizante que tiene la violencia que se piensa como castigo a quien no cumple su deber).

Y aquí entra esa otra cuestión central también señalada por Segato y ya mencionada un par de párrafos atrás: esa “extracción de tributo de cuerpos feminizados” que la autora identifica como un ingrediente necesario para la conformación de la masculinidad. Si bien ahora no pretendo ahondar en quiénes serían esos cuerpos, sí quiero señalar la obsesión que tienen estos grupos de la machósfera con el sexo, el cual debe ser entendido justamente como el tributo que merecen y que les es negado. El propio término “incel” —del inglés involuntary celibate o ‘célibe involuntario’— define una identidad por la falta de relaciones sexuales, pero también por una interpretación particular de esa situación. Los incel denuncian un orden social que efectivamente les margina, pero caen en una lectura fácil, victimista, misógina y poco esperanzadora. En lugar de buscar las raíces estructurales de sus infortunios, combatir la matriz de dominación que les oprime e intentar deshacerse del orden patriarcal que les sobaja y humilla, estos grupos culpan a las mujeres, al feminismo (dicho en singular) y a los varones que sí tienen sexo con mujeres, y llaman a vengarse de estxs enemigxs.

Es cierto que dentro de la machósfera conviven posiciones e intereses muy variados. Quienes tienen preocupaciones “políticas” suelen alinearse a la derecha y promover políticas “regresivas” o anti-derechos, pero muchos de sus integrantes se centran en compartir estrategias para convertirse en una persona “exitosa” sexualmente (coachs del ligue), subir en el orden social (volverse alfas), renunciar a relacionarse con mujeres (MGTOW) o bien en ideologizar su frustración y generar y descargar su odio frente a lxs supuestxs culpables de sus penas, sin esperanza en que su situación personal mejore. 

Por lo que sabemos, el caso de Ashton cabe en este último caso. Sus mensajes, de gran aislamiento y soledad, nos enfrentan con un joven desesperado y frustrado por no poder cumplir con las expectativas patriarcales, al tiempo que da cuenta de la captura de esa marginación por los discursos más individualistas y violentos. Quizá muchos pensábamos que estas identidades e ideologías, con un mayor desarrollo en Estados Unidos y el norte global, tendrían un proceso distinto de tropicalización. Acá en México, por ejemplo, la llamada narcocultura se llena de otros imaginarios de empoderamiento (o necroempoderamiento) dentro del mismo sistema, y cuenta historias de éxito y ascenso social para quienes no tienen nada más que la necesidad de demostrar potencia. Pero una cosa no excluye a la otra, y si bien es claro que las condiciones en que vivimos son hostiles y se recrudecen rápidamente, también es palpable la necesidad y urgencia de caminar horizontes emancipatorios donde todxs tengamos una vida digna y feliz. Mucho queda por entender y construir. 


* Licenciado en Filosofía y maestrante en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor del CCH Sur interesado en los procesos formativos, las juventudes y el género con un fuerte compromiso con la transformación social.