Jaime Sakäsmä (2023). Tumtumjamapä natzkuy / Terrores cotidianos. Consejo Estatal para las Culturas y las Artes, Tuxtla Gutiérrez (Colección Najsakopajk, Serie Narrativa 14).


Escritos en un zoque y un español que discurren con delicada fuerza poética, los relatos de Tumtumjamapä natzkuy /Terrores cotidianos, de Jaime Sakäsmä, nos muestran la dificultad de un amor para el que no parecieran existir palabras. Alguna gente dirá que se trata, sobre todo, del amor entre hombres, pero para mí se trata del amor a secas, la cosa más rara del mundo, la que está siempre en mayor peligro y la que más riesgos entraña. Porque vivimos en un mundo cruel y estúpido que se sostiene por la fuerza de un pequeño, invisible grupo de personas que, a pesar de todo, se arriesga en el amor y carga con el precio de haberse arriesgado. Un precio que Jaime llama “terror cotidiano”, y que es la marca que deja haber conocido la belleza, haber roto la distancia radical que nos exilia a todos de todos, haberse atrevido a tocar o a mirar, y también a mirar adentro de uno mismo para nombrar lo más secreto y más precioso. 

Cada uno de los relatos cuenta la historia de una marca. El título adelanta con ironía cómo el personaje será marcado, y la tensión dramática del relato apunta al momento en que esa marca se instala, momento que usualmente llega cerca del final del texto. Una mujer que abandona a su marido para vivir su amor con otra mujer en las orillas de un pueblo; un niño que es violado por su primo; otro más que descubre que desea a su amigo; un adolescente que ama en secreto a otro en un internado y después paga una terrible consecuencia; un hombre que se queda con la mujer de su hermano, migrante en Estados Unidos; un joven que migra para estudiar en la UNAM y descubrir su voz creadora… Ellos son sólo algunos de los personajes que quedan marcados por la aparición del terror. En su construcción, el libro me recordó a Tristes sombras de Lola Ancira, que también reconstruye relato a relato la historia de una marca que transforma vidas. Pero el libro de Jaime tiene además la voluntad de engranar cada relato en torno de una historia que el lector debe reconstruir: la de Pablo Cundapi, sus amores, su familia y su pueblo; la de los prejuicios y rencores que han convertido ese lugar en una tierra arrasada, y la de las variadas formas con que distintas generaciones intentaron enfrentar esa destrucción. En ese sentido, la escritura de Jaime quizá está más cerca a la de otros jóvenes de su generación, como Mito Reyes, quien lleva algunos años publicando los adelantos de una serie de cuentos que en realidad están pensados como capítulos de una novela sobre la historia de una familia y una comunidad. Me parece apropiado que en ambos el método elegido sea el fragmento: una historia que no logra decirse por completo porque está enfrentada al muro radical del silencio, al racismo y a la violencia, lo mismo que a una brutal homofobia en el caso de los cuentos de Jaime; una historia que tampoco logra decirse en una sola lengua, y por ello debe inventar formas de hablar en zoque, en el caso de Jaime, o ayuuk, en el de Mito, y dejarse penetrar por el nervio vital que hace que los géneros se mezclen. 

En eso, el libro de Jaime tiene características que lo diferencian de los de Ancira y Reyes. Terrores cotidianos es la puesta en escena de una búsqueda constante que se traduce en el juego con pronombres y tiempos verbales en la voz narrativa, la mezcla de narradores, el paso libre de la poesía a la prosa, la aparición de algunos momentos en que la narración abandona la labor puramente descriptiva y comienza a volar en asociaciones libres y rupturas del hilo. No todas estas exploraciones son igual de felices, pero eso le da al libro un carácter genuino, un aire fresco que se agradece, porque uno siente que el volumen es una obra en proceso, la ventana a un taller donde el autor explora y se explora, donde se permite estar en desacuerdo consigo mismo, caer en excesos y jugar. Por ese carácter exploratorio me parece natural que, como cuenta Jaime en la nota final del libro, al principio el libro estuviera concebido como una única historia, una especie de novela, que en su discurrir cambiaba libremente de idioma, del zoque al español (a semejanza de la obra de escritores quechuas como Freddy Roncalla que desde la migración construyeron en los años noventa una obra multilingüe y despreocupada de las marcas identitarias que definen a los que serían “auténticos escritores indígenas”), y que sólo después de pulir la obra se terminó con fragmentos paralelos que son presentados primero en zoque y después en español, de manera que, a decir del autor, se terminó con un libro menos largo y pesado. De cualquier manera, uno se queda pensando en cómo el proceso de escritura de este libro desafía las categorías de texto original y autoría con que las filologías monolingües, coloniales y racistas acostumbran a leer la realidad. Los textos parecen escritos en español primero, aunque el proyecto era tratar de escribir en zoque. La traducción de los textos al zoque junto a Humberto Saraoz se volvió un trabajo de tallereo que modificó las versiones en español y ayudó a repensar el proyecto de toda la obra. 

La escritura colectiva, por más que hoy se presente en los textos que el racismo estructural ha definido como “literatura”, no es sólo un mecanismo de las vanguardias más sofisticadas, sino algo que compromete a la expresión en cuanto experiencia comunal. Las reflexiones de los escritores indígenas de México sobre lo que significa traducir su propia obra al español para que otros podamos acceder a ella no hacen sino poner de manifiesto que escribir es siempre traducirse a uno mismo, y que uno nunca sabe quién es o qué es lo que intenta decir. Jaime escribió este libro escuchando: reunió cosas que le han ocurrido, relatos de los que fue testigo, “historias que iban llegando poco a poco”, como le escuché decir una vez, porque “a veces pienso —decía— que nuestra biografía no es sólo nuestra; es de aquellos en quienes nos compartimos”. En torno de ellos urdió ficciones de ardiente material vital. No son textos hechos para sanar, pero sí para explorar y hacer conciencia de lo ocurrido. 

Varias de las historias de este libro tienen que ver con la transmisión de una enfermedad sexual. Al mismo tiempo, en los relatos hay otra enfermedad que se transmite: la de la violencia, y que vuelve difícil distinguir víctimas de victimarios. Personajes violentados, lastimados brutalmente, en donde crece el hierbajo del rencor y a quienes se les emponzoña la sangre de remordimiento. Ninguno de ellos es ejemplar, pero todos se encuentran con un momento abismal donde toman conciencia parcial de que han sido infectados y trastabillan con la pregunta de qué hacer con eso que los infecta. Los personajes no saben responder a esa pregunta, que se queda abierta en el libro. Me gusta que la pregunta quede abierta, que algunos de ellos sucumban, que otros duden y busquen, porque de esa manera la pregunta no cede con facilidad a la moral del relato. 

Sin embargo, también existe la realidad del amor. De su búsqueda, incluso si en ese mundo la palabra “amor” no puede ser nombrada y quizás no existe. Y con todo, los cuerpos se buscan, y hay presencias añoradas cuyo recuerdo transfigura a quien las guarda a pesar de los años. Hay mínimos gestos de piedad, cosas sagradas que después pueden ser traicionadas. También en esto la narrativa de Jaime es una narrativa de la búsqueda. Si no existiera esa realidad, los personajes no habrían tenido que pagar el precio, y el precio del amor es un tema fundamental del libro, que en esto emparenta a Jaime a grandes narradores homosexuales como Reinaldo Arenas y James Baldwin, aunque el tono de Jaime sea más orillero, más cercano a las periferias urbanas, a su música y su bohemia, su alcohol y sus excesos malditos, lo mismo que a su leve cursileria, con la que me siento identificado. Y aunque su tono también sea más cachondo, más desvergonzado y a veces con mayor voluntad de tocar la vergüenza. 

La realidad del amor es, en estos relatos, análoga a la búsqueda de un arte sincero, a las reflexiones de Pablo, joven escritor y migrante, sobre la voluntad de crear, y a través de la creación alcanzar una forma de vida más verdadera, menos distante, más segura en esa no pertenencia de la belleza que nos transforma. “No pretendo originalidad, ni siquiera un estilo: simplemente quiero compartir aquello que sé; que he leído; que creo; que me deslumbra, aunque no me pertenezca”, dice Pablo en la p. 193. De lo que se trata es de vivir de otra manera: de reconquistarse a uno mismo, que quedó escindido por la brutalidad del mundo kaxlan, lo mismo que por el veneno de Copainalá; y quizá, también, se trata de poder dejar una huella mínima del dolor y la belleza, algo que se salve del torbellino del tiempo que va dejando en el mundo un paisaje de ruinas: “Ser un simple ser que camina y mastica su pan con alegría; que goza de lo bueno y lo malo; que asume su dolor como propio, real, y no con una mueca sarcástica. ¿Quedará algo de mí, algo que valga la pena? Este dolor se perderá en la inmensidad de las cosas. Ni el humo de mi nombre ni su hueco retumbo quedarán. Se perderán en la memoria del todo: tú y yo, vida mía, que no somos ni metal ni escoria, nos perderemos en el viento que pasa esta tarde…”, como añade poco tiempo antes Sergio, el primo de Pablo, que comparte su deseo de crear (pp. 148-149). 

En los relatos del libro, la búsqueda del amor es paralela a esa búsqueda de un arte que salva, de una mirada que logra preservar el secreto de lo amado, del desgarramiento y la belleza, de decir la verdad, incluso si ella mancha. En ambas búsquedas, de lo que se trata es de la transparencia, un ideal entrevisto del que nunca sabemos qué es, pero sabemos que es algo distinto del silencio en los relatos familiares, los dobleces hipócritas de los vecinos, pero también de la llamada “literatura”; es decir, de las expectativas urbanas sobre lo que debe ser un escritor indígena,  las cosas que premian los concursos, las suposiciones racistas sobre lo universal y lo exótico, la “belleza” banal, el llamado “oficio”, la mentira disfrazada de bisutería. El libro trata también de la búsqueda de un lenguaje que sea capaz de contar, que no traicione y no se traicione a sí mismo. En esa búsqueda nos podemos sentir interpelados, porque de lo que se trata, al final, es de la pregunta inconclusa sobre cómo vivir.

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