Este texto, que aparecerá en dos entregas, forma parte de un programa de investigación que seguimos José Luis Moreno Pestaña y yo acerca de la normatividad del socialismo de mercado —otros lo llamarán socialismo con mercados— con algunas publicaciones conjuntas: “Planificación, mercado y propiedad en una agenda socialista” y “¿Qué libertad requiere el socialismo de mercado? Las contribuciones de Antoni Domènech y Axel Honneth”. Aunque este texto lo firmo en solitario y no necesariamente Moreno Pestaña ha de suscribir sus tesis por completo, no habría sido posible sin nuestras largas conversaciones y seminarios. Por ejemplo, la referencia engelsiana al regateo en los mercados precapitalistas parte de una reinterpretación del mismo que Moreno Pestaña hace en Los pocos y los mejores. En esta primera entrega, trateremos de deshacer algunos mitos sobre la planificación y los mercados que se asumen acríticamente. En la segunda entrega, se intentará describir la diferente racionalidad productiva (racionalidad técnica o poiética, la llamaba el joven Toni Domènech) operante en los mercados precapitalistas y capitalistas. A partir de esta distinción extraeremos consecuencias sobre la duración de la jornada laboral, la posibilidad de una economía estacionaria, esto es, sin crecimiento con mercados de equilibrio.

Cuando desde posiciones que invocan a Marx y el marxismo como sostén de sus argumentos se habla de socialismo de mercado, lo mejor es comenzar asentando algunas premisas que, si no especifican suficientemente, llevan a equívocos y malas interpretaciones. El mero uso del término pone en guardia a quienes sospechan que se aboga por algún modelo normativo que aliente una mano invisible corregida que permita la retirada del Estado a la posición de vigilante nocturno igualitarista —el socialismo por cupones de John Roemer es una tentativa de esta pretensión—. Nada más lejos del uso que aquí se propone. Suponemos aquí que en toda sociedad se articulan tres institucionalidades económicas bajo el predominio de una de ellas, según el caso: el mercado, la planificación estatalizada y la reciprocidad en la que se incluyen todas las formas de intercambio no venales.

Empecemos por las últimas. Es evidente —salvo para los teóricos del homo oeconomicus que encarcelan la racionalidad en un angosto egoísmo— que los individuos intercambian bienes sin que medie ningún interés pecuniario o de prestigio de fondo. Sin ir más lejos, la revisión ciega por pares propia de la literatura científica es un intercambio complejo y fructífero de información sin mediación mercantil. Además, demuestra que estos intercambios se producen también fuera de comunidades pequeñas más o menos cerradas.

La planificación, por su parte, acude a los mercados, aunque los precios sean pocos informativos —tampoco son muy informativos en los mercados oligopólicos del capitalismo— para la distribución de bienes y servicios, al tiempo que a sus espaldas o con consentimiento tácito florecen mercados negros que suplen necesidades insuficientemente cubiertas. La planificación yerra, como señala Trotski en 1932, porque “el cálculo económico es impensable sin relaciones de mercado”. Esto se debe a que difícilmente la planificación puede prever la emergencia de necesidades o variaciones de las mismas; por ejemplo, las dificultades que encontró la emergencia del rock en la URSS que se puede ver en la película Leto. Éste es uno de los errores en el que, desde nuestro punto de vista, las propuestas de planificación computerizada incurren: tienen que basarse en una concepción de la necesidad humana sin variación o con variaciones mínimas. El otro error es separar, como el liberalismo y el estalinismo, economía y política. Junto a esta promesa cibercomunista, convive la idea de una planificación democrática, frente a las experiencias estalinistas, donde los productores se reúnen para dictar la producción. Éstas yerran cuando consideran que la planificación fracasó respecto a los habitantes (las tasas de crecimiento hasta la crisis de estanflación de finales de los sesenta eran muy importantes) porque el partido, identificado con el Estado, asumió las decisiones sin la participación de las clases populares, pero que, si en lugar del partido son los mismos productores los que dictan los niveles de producción y las tasas de ganancia, este obstáculo se disipa. No podemos profundizar en este problema, no obstante, hemos de señalar, al menos, que no es lo mismo decidir democráticamente la organización de la producción de forma que se garantice la autonomía de las trabajadoras y trabajadores, que legislar, por ejemplo, la ratio de peluquerías por habitante, ya sea desde un supuesto saber científico depositado en el partido o una asamblea de peluqueros. Por último, la planificación no es identificable sin más con economías igualitarias o poscapitalistas, como asegura Toni Domènech en El eclipse de la fraternidad; la centralización de la economía tuvo su primera puesta en práctica en la economía de la guerra prusiana, capitalista, durante la I Guerra Mundial. Los bolcheviques acudieron a ese modelo durante el Comunismo de Guerra. En los modelos socialistas de autogestión y cooperativistas, las unidades de producción han de operar en mercados estables bajo determinadas circunstancias que trataremos de desgranar.

El mercado, no menos que la planificación, se envuelve en una serie de mitos que sus apologetas se cuentan a sí mismos y a cualquier incauto que se aproxime. El mito por excelencia es el de la autorregulación. En primer lugar, entre mercado y derecho se produce una “retroacción continua”, en palabras de Yann Moulier-Boutang. La retroacción continua no es más que la evidencia de que el Estado acomete permanentemente ajustes legislativos sobre el mercado. En segundo lugar, una de las actividades principales del Estado es la redistribución de cargas y beneficios, que tienden a polarizarse en procesos de concentración y centralización. No sólo redistribuye entre clases sociales, sino que también lo hace entre las distintas formas del capital o ramas dentro de un mismo capital. En tercer lugar, no olvidemos la propia actividad económica del Estado. Señala Thomas Piketty que la participación del Estado en la renta nacional en los países centrales de Europa se ha estabilizado en torno al 45% (estabilización impuesta por las políticas neoliberales tras un aumento progresivo durante todo el siglo XX). Una industria tan estrechamente unida al gasto estatal como la militar alcanza un 1.3% del PIB; el proyecto otanista es que se eleve hasta el 2%, y el 6% del PIB industrial en España. Por último, interviene ampliando o delimitando las formas de propiedad, entre ellas los bienes públicos y los bienes comunales. Es el caso de la privatización del conocimiento, un bien público, mediante patentes o el negocio espurio de las revistas científicas, algunas con una línea editorial anticapitalista, que venden a precio de oro el conocimiento producido generalmente en centros de investigación públicos y el intercambio recíproco entre los científicos a esas mismas instituciones públicas.

El segundo mito es que mercado y capitalismo van de consuno. Cuenta Karl Polanyi en El sustento del hombre que Pericles patrocinó “la humilde institución del mercado” estable para contrarrestar la influencia oligárquica de Cimón, quien ofreció a los pobres que se sirvieran de sus haciendas para alimentarse. El mercado, en este caso, fue un arma política de la democracia contra la dependencia y el clientelismo. Fue “Atenas [la Atenas democrática] la pionera del ágora comercial como forma de vida”. También en la tradición marxista se constata que los mercados son instituciones con una existencia muy anterior al capitalismo. En 1895 escribe Engels en el “Apéndice y notas complementarias al Tomo III de El capital”: “Ahora bien: el intercambio de mercancías data de una época situada antes de cualquier historia escrita, que en Egipto nos remonta por lo menos a tres mil quinientos años o acaso cinco mil años, y en Babilonia a cuatro mil, y quizá seis mil años antes de nuestra era […]”. Es más, según Marx, en esos mercados no capitalistas las mercancías se vendían por su valor, mientras que es en el capitalismo donde los precios no se corresponden con su valor. Según el capítulo X del tercer libro de El capital (hay momentos de los Grundrisse donde esta idea se anticipa), en el capitalismo la teoría del valor es un prius que rige en el sentido de que la reducción del tiempo de trabajo necesario implica una reducción de precios, pero no determina los precios —Marx ignora, por causas históricas, la formación de los precios monopolistas—; los precios responden a que no sólo son mercancías, sino también producto de capitales. Marx discrimina en el mismo capítulo tres requisitos para mercados en los que el producto se venda por su valor: 1) el intercambio no es sólo ocasional, sino que es una práctica habitual (hay un mercado estable); 2) las mercancías se producen “por ambas partes en cantidades proporcionales aproximadamente correspondientes a las necesidades recíprocas”, esto es: el mercado se vacía y no impera —o no es forzoso que impere— una lógica de maximización del beneficio (la diferencia entre producción y costes); 3) la ausencia de monopolio que fije el precio de la mercancía muy por encima o por debajo de su valor dependiendo de si es un monopolio de la oferta o de la demanda.

Engels, en el apéndice citado, señala que los precios se fijaban “mediante un tenaz, interminable regateo”, cuyo proceso es “un trabajoso proceso de aproximación en zigzag, que a menudo tanteaba a derecha e izquierda en la oscuridad”. El regateo estaba regido por la “necesidad de cubrir gastos”. Sin embargo, aquí no hay vía para la acumulación ni para la reproducción ampliada, el beneficio extraordinario se obtenía, nos dice Engels en el Prólogo de 1892 a La situación de la clase obrera en Inglaterra, gracias a “trampas mezquinas y pequeñas raterías”, que “distinguen el periodo inicial” del desarrollo de un mercado hacia su forma capitalista. Sabemos que El capital demuestra cómo, sin engaños en la distribución, se produce la acumulación de capital. Pero, para ello, según el tercer libro, no sólo basta que se generalicen los mercados, aunque sin su generalización no ocurriría, sino que es imprescindible además la inclusión del capital. Todavía una adversativa más: no es la mercancía en sí capitalista, sino la mercancía como producto de capitales. Para decirlo en términos de Moreno Pestaña en Los pocos y los mejores, del mismo modo que la reproducción simple no deviene naturalmente en reproducción ampliada; no es lo mismo un recurso, aquello que usamos para nuestra reproducción individual y social, que un capital, aquello que usamos para la explotación del trabajo ajeno o un mejoramiento en la posición social, para obtener un beneficio.

Hasta aquí la primera entrega de este artículo en el que hemos intentado desmitificar la planificación y el mercado, pero no hemos avanzado nada sobre su uso en una sociedad socialista. Antes bien, hemos visto que los mercados son instituciones imprescindibles y que la intervención estatal en la economía es inevitable. A esto se añaden las economías basadas en la reciprocidad que, si bien se dan más en ellas, no se limitan a las sociedades domésticas precapitalistas; por el contrario, están sujetas incluso a apropiación capitalista. En la próxima entrega acometeremos el problema de la racionalidad operante, que ejemplificaremos con la jornada laboral, y la relevancia de la acción política y la posibilidad de una economía estacionaria como puede inferirse de una política ecosocialista.

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