Al final del siglo XIX, el entonces presidente de los EE.UU., Benjamin Harris, fue criticado por ser muy pasivo, por carecer de iniciativa. Mark Twain respondió a esas críticas de forma memorable: “¡Déjenlo quieto… Los mejores presidentes de los EE.UU. son los que no hacen nada!”
El señor Trump no es de esos que no hacen nada. Llegó a la Casa Blanca con la misma arrogancia que en 2017, pero esta vez, aún más determinado, ha irrumpido con ímpetu vandálico, para parafrasear a Bolívar Echeverría. Muestra de ello son la estrategia de “inundar la zona” (flood the zone en inglés) y su huracán de amenazas y políticas devastadoras lanzadas contra aliados y enemigos por igual. Entre sus objetivos destacan marear, aislar, desmoralizar, para así intentar someter toda oposición.
En este marco se encuentran los aranceles. La amenaza de Trump contra México y Canadá implicó patear la mesa de las relaciones de libre comercio que han existido hasta ahora. Los otros aranceles de Trump, los puestos en práctica y los que han sido sólo amenazas hasta ahora, colocan a China y la Unión Europea en el mismo plano geopolítico, una equivalencia que trastorna relaciones previas.
Desde 2023, México es el primer socio comercial y el principal proveedor de los EE.UU., con 15,000 camiones cruzando la frontera cada día, llenos de mil millones de dólares en productos comerciales. Según la oficina de censo de los EE.UU., en los últimos cinco años han crecido las exportaciones de México a los EE.UU., de 324 mil millones de dólares en 2020 a 506 miles de millones en el 2024. Entre la pandemia de Covid-19 y la guerra comercial entre los EE.UU. y China, México ha sido un lugar aparentemente seguro para el capital transnacional y las cadenas internacionales de suministro.
Las exportaciones mexicanas ocupan un lugar inédito para los Estados Unidos: el 41% de las autopartes, el 75% de los camiones de carga, el 62% de los remolques, el 52% del cable aislado, el 49% de las pantallas, el 63% de los tractores, el 48% de los refrigeradores y acondicionadores de aire, el 83% de la cerveza y entre el 70 y el 86% de las frutas tropicales, los tomates y otros vegetales importados por los EE.UU. vienen de México.[1]
Por su parte, Canadá es el tercer socio comercial de los EE.UU., con cerca del 80% de sus exportaciones destinadas al mercado estadounidense. De las importaciones de los EE.UU., el 56% del petróleo crudo y el 91% del gas de petróleo importado viene de Canadá, entre otros bienes.
Según un enfoque neoliberal, las unidades de análisis nacional “México”, “Estados Unidos” o “Canadá” no reflejan treinta años de integración económica desigual, en la que, por poner un ejemplo de la industria automotriz, se ensamblan coches “nacionales”, cuando, en realidad, varias de sus partes han venido de otros países. El neoliberalismo desdibuja, así, ciertas fronteras para las empresas multinacionales —sobre todo estadounidenses—, herramienta discursiva que es parte de una larga trayectoria de la transnacionalización capitalista. Esto incluye el marco político-jurídico del TLCAN (1994) y más recientemente la renegociación del T-MEC, impulsada por el propio Trump, la cual entró en vigor en 2020. Como sabemos, bajo este esquema, el capital es libre y cruza las fronteras buscando su mejor opción, mientras se criminalizan las personas que buscan hacer lo mismo.
Para edificar este andamiaje neoliberal norteamericano, los tres países redefinieron integralmente sus relaciones entre sí. Junto con las empresas y sectores “ganadores” hubo contradicciones profundas entre la soberanía nacional y el capital transnacional: desde los juicios de empresas multinacionales a gobiernos locales para revertir leyes desfavorables, hasta los subsidios hipócritas del gobierno estadounidense a su agronegocio y el llamado “dumping” (inundación) del maíz norteamericano al mercado mexicano. El fallo reciente del tribunal internacional del T-MEC y la lucha contra el maíz transgénico en México es otro ejemplo más de esta contradicción.
Más allá de los casos puntuales, se trata de un conjunto de relaciones establecidas con prácticas y normas institucionalizadas desde hace décadas: una concepción del mundo, basada en ciertos términos de intercambio económico y su respectiva arquitectura, en la cual se subordina la soberanía nacional a las lógicas del libre comercio por medio de acuerdos e instituciones financieras internacionales. La narrativa de la “paz americana” y el decretado “fin de la historia” condensan el cuento del matrimonio feliz entre la democracia liberal y los mercados “libres”. Este combo ha sido el sostén principal de la hegemonía de los EE.UU. en el mundo desde hace más de setenta años.
Ya no más.
Existen varias formas de entender los aranceles de Trump —si es que eso es posible—. Primero es importante señalar que, incluso entre economistas estadounidenses, hay un consenso sobre que la aplicación en masa de aranceles sería un desastre para la economía interdependiente de los EE.UU. Un artículo del Wall Street Journal habló de “la guerra comercial más tonta en la historia”, y bastaron las amenazas arancelarias recientes para que cayeran las acciones de la bolsa de valores —entre los sectores más afectados está el sector automotriz, con su alta integración económica—. Algunos analistas afirman que, de hecho, la única cosa que puede incidir en el comportamiento de Trump es justamente la actividad de la bolsa de valores.
Sin embargo, otra lectura de los aranceles es que es una forma contundente de proteger la economía de los EE.UU. frente al avance de China, bajo el eslogan poco definido de Make America Great Again (MAGA). El arancel es una medida clásica de protección a una economía nacional. El problema es que con Trump no hay ningún plan para una economía nacional: traer trabajos industriales de vuelta a los EE.UU. implicaría una planeación que involucraría a distintas industrias nacionales estadounidenses. Dicho plan no existe. Mientras China tiene planes hasta el 2050 y más allá, en el caso de Trump no se sabe qué va a decir mañana.
Frente a las amenazas y a la aplicación real de aranceles, son múltiples las respuestas posibles, cada una un sondeo que prefigura las relaciones para los próximos años. Canadá respondió con una lista larga de aranceles contra productos estadounidenses, muchos de ellos provenientes de estados donde Trump ganó en las elecciones. Surgió, pues, un nacionalismo de mercado, que busca boicotear la compra de productos de EE.UU. y el sello “Made in Canadá” ha estado circulando ampliamente. También en México aumentó un sentido nacionalista. En encuestas recientes, 74% de los mexicanos defienden la soberanía nacional y rechazan mayor cooperación con los EE.UU. en el combate contra el crimen organizado, mientras un abanico poco común de sectores políticos y empresariales han respaldado el manejo de la presidenta Sheinbaum. En ambos casos, se logró negociar con Trump la postergación de los aranceles..
Por su parte, la respuesta de China a esta ronda de aranceles empezó apelando a la OMC y a sus mecanismos jurídicos de resolución de conflictos, levantando un juicio contra los EE.UU., además de poner aranceles específicos en represalia. Mientras China recurre, reafirma y así fortalece a la OMC y la arquitectura financiera internacional de creación occidental y de corte neoliberal, las numerosas contradicciones de la política económica de los EE.UU. los han llevado a abandonar la OMC en los últimos años, haciéndola relativamente impotente. Al negar su papel en la renovación de los jueces de la OMC, se hacen inoperantes los tribunales, el lugar decisivo para la resolución de conflictos. Pobrecita OMC.
Para justificar la franca violación a los principios fundantes de la institucionalidad neoliberal, Trump ha ampliado los usos de los conceptos de “emergencia nacional” y “seguridad nacional”. Ya no son el proteccionismo ni los ingresos fiscales sino la migración y el consumo de fentanilo las justificaciones formales para los aranceles. Todos los nexos de organismos, instituciones y tratados de libre comercio tarde o temprano van a perder vigencia o a ser renegociados bajo el gobierno de Trump. Anticipándose a ello, México está reevaluando cómo relacionarse de la mejor manera con el T-MEC en este nuevo contexto.
Con la respuesta de Petro en rechazo a los abusos de las deportaciones, Trump utilizó su latigazo preferido y con una velocidad violenta: aranceles inmediatos del 25%, que llegarían al 50% una semana después, contra Colombia. La respuesta del presidente Petro fue pura dignidad: aranceles iguales de 25% y luego 50% para importaciones de los EE.UU. Sin embargo, la desigualdad, la dependencia y el bullying de Trump pudieron más esta vez, y el conflicto no duró mucho. ¿Qué podemos aprender de este episodio? Primero, que la dignidad frente al imperialismo, incluso en condiciones de enorme desigualdad, sigue subyacente en América Latina. Segundo, que semejante resistencia no funciona por sí sola ni por separado: es forzoso retomar la integración y la unidad latinoamericanas.
Los aranceles nos sirven como ejemplo del porvenir. Si bien representan una amenaza en sí, también son ilustrativos de otras tendencias. El concepto de “imperialismo” retoma vigencia, sin corazón y sin aviso previo, con la violenta decadencia del proyecto estadounidense encarnada en su presidente. El abandono de las grandes narrativas —democracia, derechos humanos, libertad, etc.— y la retirada norteamericana de los organismos multilaterales es una confesión de una incapacidad hegemónica. La gobernanza pragmática de los superricos sin intermediarios (y aparentemente sin planes), su desmontaje de toda institucionalidad, menos en lo militar, y sus experimentos con la maquinaria imperial estadounidense son un cóctel peligroso. Para Trump, “arancel es la palabra más bonita en el diccionario”, una táctica coercitiva que seguramente vamos a ver de nuevo.
En los países latinoamericanos resurge un nacionalismo con características distintas al ciclo progresista de hace años. En México, la presidenta Sheinbaum goza de un 81% de aprobación, segundo en el mundo, y ha mostrado un manejo hábil en todo este contexto. Aparte de postergar la amenaza inminente de aranceles, también está aprovechando los vacíos dejados por la retirada estadounidense. Por ejemplo, con el abandono estadounidense de su gran apuesta por convertirse en un productor principal de semiconductores, México ha anunciado el “Proyecto del Centro de Diseño de Semiconductores”, asumiendo protagonismo en la producción de un insumo fundamental para toda tecnología avanzada actual.
Pero hay otras señales: el comunicado de Petro, la urgencia de Honduras y Colombia de una convocatoria regional y las banderas panameñas como símbolos de soberanía frente la visita del secretario de estado norteamericano Marco Rubio. Crece la insistencia de retomar los espacios de evaluación regional común con la urgencia que demanda el momento histórico. La CELAC y la UNASUR tienen historias pertinentes con propuestas específicas de integración regional que podrían formar parte de una estrategia mayor.
Notas
* Agradezco a la profesora Monika Meireles por aportar el título.
[1] Aquí puede verse el porcentaje respectivo de docenas de productos por encima de mil millones de dólares, de origen mexicano, canadiense o chino importados a los EE.UU.
