Publicación original en francés: Contretemps: Revue de critique communiste, 30 de noviembre, 2023
El domingo 19 de noviembre, Argentina eligió Presidente de la República a Javier Milei, con un resultado del 55.7%, lo que le convierte en el presidente mejor elegido desde el retorno a la democracia, hace exactamente 40 años. Al votar por este candidato de extrema derecha con un programa ultracapitalista, los argentinos optaron por dar un gran salto al vacío. Una frase hecha, repetida una y otra vez. En lo que respecta al vacío, Milei es lo más vacío que se puede ser. Ahora, saltar al vacío no es lo mismo que saltar a lo desconocido. Sería un error pensar que estas elecciones abren la puerta a una distopía. Eso sólo es cierto si nos atenemos a la espuma de los hechos: la motosierra del candidato, sus exabruptos verbales y las fantasías de sus compañeros de candidatura. De hecho, el régimen que se está instaurando tiene casi todo lo que resulta nauseabundo de la extrema derecha actual. La única diferencia es que la retórica es ligeramente distinta, teñida de una prédica libertariana que reclama abiertamente el fin del Estado, la abolición de toda forma de derechos adquiridos y la mercantilización de absolutamente todo.
Dada la actual configuración política, no hay garantías de que el programa radical de Milei se traduzca en otra cosa que no sean las medidas disciplinarias típicas de los gobiernos neoliberales autoritarios. El presidente mejor elegido es también el más frágil desde el punto de vista parlamentario, y tiene que vérselas con la derecha, que probablemente es tan reaccionaria como él, pero menos dispuesta a lanzarse a la aventura.
Este artículo trata de entender qué permitió que una alianza de paleolibertarianos y neofascistas prácticamente desconocidos en política hace tres años llegara al poder en Argentina, al contrario de lo ocurrido en Brasil y Estados Unidos, donde Bolsonaro y Trump fueron derrotados, dejando tras de sí una pobre imagen.
Metapolítica y mediapolítica
Las razones son múltiples. En primer lugar, tienen que ver con el surgimiento de otra forma de ocupar el espacio político, en un momento de crisis económica y profundo desencanto con los partidos gobernantes, el peronismo en su versión más reciente de centroizquierda (kirchnerismo) y la alianza de derecha y centroderecha representada por Juntos por el Cambio, que conformó la mayoría del expresidente Mauricio Macri (2015-2019). Tras la política de tierra arrasada del macrismo, que además de endeudar al país durante décadas[1] ya había provocado una inflación de casi el 50%, el regreso al poder del peronismo había despertado grandes esperanzas. Al neoliberalismo desenfrenado debía seguir una mejor redistribución de la riqueza; con el FMI debía empezarse una pulseada para rediscutir las condiciones de devolución del colosal préstamo concedido a Macri por Christine Lagarde, y una fiscalidad más ambiciosa sobre el capital debía garantizar una mayor justicia social. Las tímidas políticas de Fernández, las luchas internas de sus leales con el kirchnerismo y, por último, la crisis económica y monetaria provocada en gran parte por una sequía histórica, que redujo drásticamente la producción de soja y maíz, recortó los ingresos fiscales y desestabilizó el presupuesto del Estado, provocando una inflación totalmente fuera de control.
En estas condiciones, una parte importante de la base electoral del peronismo, pauperizada y sin ninguna perspectiva, se dio vuelta, sumándose a las filas del antiperonismo atávico de una parte de la sociedad argentina que nunca votaría a un candidato peronista. La campaña muy derechista de Juntos por el Cambio, liderada por la exministra de seguridad de Macri, Patricia Bullrich, no le permitió distinguirse de las gesticulaciones más francas de la extrema derecha. Los electores siempre prefieren el original a la copia… Así, la segunda vuelta enfrentó a Sergio Massa, ministro de Economía del actual gobierno, totalmente desmonetizado en todos los sentidos, con Javier Milei, que ganó ampliamente.
Este éxito electoral se debe primero a la cara visible de esta alianza de extrema derecha. Javier Milei es ante todo un histrión de la televisión, un payaso mediático que se ha hecho famoso en los últimos años por sus virulentos discursos al aire, recitando un credo paleolibertariano, acompañados de gesticulaciones, gritos e insultos a sus interlocutores: zurdos de mierda, incompetentes, perdedores, delincuentes, mentirosos, planeros, colectivistas. El Papa, el imbécil que está en Roma, es un comunista, es el mensajero del Maligno en la tierra, lo cual es bastante lógico porque Bergoglio es peronista, y que según la reja de lectura mileista el peronismo viene siempre equiparado al comunismo soviético. Sería bastante gracioso si el mensaje no tuviera cierta eficacia en un país que conserva estructuralmente el viejo cimiento ideológico de la Guerra Fría y las dictaduras financiadas por la CIA que usurparon intermitentemente el poder entre 1955 y 1983.
Es un caso bastante típico de anticomunismo sin comunismo, favorecido por una grieta peronista/antiperonista. Hasta hace tan poco unos años, el presidente electo era una figura bastante anodina, con una vaga licenciatura en Economía de una universidad privada de segunda línea, que participaba ocasionalmente en debates televisados. Pero, de tanto repetir que manejaba como nadie la ciencia económica, y de sepultar a sus interlocutores bajo un aluvión de referencias banales pero que ellos no manejaban, terminó ganándose su etiqueta de “economista” en un número creciente de programas. Nada nuevo: recordemos que en otras partes del mundo es común entronizar a opinólogos mediáticos como “filósofos”… Hay que reconocer, sin embargo, que Milei era un buen producto, hábilmente empaquetado: corte de pelo excéntrico, campera de cuero negra, vociferaciones, detalles biográficos cuidadosamente escenificados que debían contrastar con el perfil de un político profesional. Tiene todos los ingredientes para llamar la atención de los argentinos: fútbol, rock y lunfardo. Agréguesele a eso una pizca de detalles jugosos: sexo tántrico, el medium desdentado que le permite comunicarse con su perro muerto. Sus otros perros, clonados del anterior, llevan los nombres de sus autores favoritos, todos ultraliberales o libertarianos: Milton Friedman, Murray Rothbard y Robert Lucas.
El problema es que en un país donde la economía va tan mal —se prevé que la inflación alcance el 180% en 2023— se empezó a hacerle caso al bufón. Al fin y al cabo, se la tomaba a los gritos contra toda la clase política y llenaba el espacio con sus insultos y remates, reciclando de paso todo el catecismo neorreaccionario: el escepticismo climático, el antivacunas, el antifeminismo, la lucha contra la “teoría de género”, la escritura inclusiva y, más en general, la hidra progresista que habría impuesto la herética creencia de que toda necesidad da lugar a un derecho. Fiel a su paleolibertarianismo de manual, ha llegado a proponer un mercado libre de órganos y armas, y la privatización de calles y veredas. Ahora bien, abolir el Estado no significa la anarquía, y menos aún una sociedad sin clases: la fuerza del Estado debe utilizarse para prohibir el aborto y garantizar la seguridad de las reformas planificadas… contra el Estado social, los aprovechados, los planeros, todos parásitos, culpados de la “decadencia” del país. Milei se ha labrado poco a poco un verdadero seguimiento entre los postergados, el 40% de personas que componen el sector informal y para quienes el Estado es, en el mejor de los casos, una quimera que no les concierne, en el peor, un fondo mafioso destinado a enriquecer a su costa a la casta, término tomado de los españoles de Podemos pero desviado de su significado original para vituperar a un enemigo polimorfo: peronistas, radicales, políticos corruptos, sindicalistas chorros, funcionarios inútiles. En definitiva, el établissement del viejo Le Pen, el Estado profundo trumpista, con una buena pizca de poujadismo maquillado de libertariano.
Tras cierto éxito editorial, surfeando sobre el entusiasmo, en particular, de los jóvenes prepúberes que votaban por primera vez,[2] el predicador mediático se lanzó a la política, avalado por la extrema derecha local y por la internacional reaccionaria, en particular Vox en España, Bolsonaro en Brasil y Kast en Chile. A falta de verdaderos cuadros políticos, aparte de algunos neoliberales tan de derechas que se habían distanciado del expresidente Mauricio Macri, Milei y su puñado de asesores (su hermana en particular) se rodearon de una tropa inverosímil de influencers, youtubers, cosplayers y tiktokers. Una serie de epígonos que mascullaban consignas aún más básicas que las de su mentor y que han saturado literalmente las redes e invadido los estudios de televisión y radio con propuestas tan fácilmente polémicas como el reemplazo de la educación sexual integral (ESI) por sesiones de pornografía, la posibilidad de que los hombres pueda renunciar a su paternidad 15 días después de la confirmación de embarazo, la venta de niños y órganos, o la ruptura de relaciones diplomáticas con el Vaticano, la autodeterminación de las Malvinas para los kelpers.
Ruido y microescándalos que han garantizado a su paladín una omnipresencia sin equivalente en los medios. Una estrategia de marketing que cuidó con esmero la identidad visual del “león” sobre fondo amarillo, y una versión (en contra de la opinión del grupo) de una popular canción argentina de hard rock. Cierta habilidad por fin en la recuperación y resignificación de eslóganes propios de movilizaciones de izquierda, desde el que se vayan todos y se viene el estallido del 2001 hasta Massa, basura, vos sos la dictadura, una vuelta de tuerca revisionista sobre un eslogan que denunciaba a los agentes y cómplices de la dictadura. Un esfuerzo metapolítico consciente que no deja piedra sobre piedra en la “lucha cultural” que siempre ha abanderado Milei. Todo ello servido por un ejército de trolls que difunden sin parar un solo instante todo tipo de fake news e invectivas violentas contra cualquiera que se oponga al líder máximo.
Cuando el sabio muestra la luna…
De modo que Milei es originalmente un puro producto mediático. Formulaciones sencillas, punchlines, formatos cortos, fáciles de difundir en cualquier soporte. Él mismo multiplicó todo tipo de provocaciones, a menudo sexuales;[3] sus epígonos, como lo hemos visto, se encargaron de completar el cuadro en un concurso de la declaración más grotesca, mientras sus trolls se encargaban de que toda esta sopa indigesta se difundiera urbi et orbi.
Sin embargo, detrás de este circo estruendoso y abigarrado, dos grupos estructurados han hecho avanzar más discretamente a sus peones: la extrema derecha militar y la derecha neoliberal.
La extrema derecha militar
Los primeros en comprender la ventaja de una alianza táctica con el agitado libertariano ultrarreaccionario fueron los militantes de la extrema derecha, cercanos a la última dictadura cívico-militar (1976-1983), que nunca habrían llegado al poder de no haberse colado en la estela de sus imprecaciones. La vicepresidenta electa, Victoria Villarruel, es la cabeza de puente de una nebulosa que lleva años trabajando para rehabilitar a la Junta, haciendo campaña por la liberación de los militares condenados por crímenes de lesa humanidad y librando una batalla sin cuartel contra todas las organizaciones de defensa de los derechos humanos. Es la figura más visible del movimiento negacionista argentino, que consiste en negar la existencia de los 30,000 desaparecidos durante la dictadura, denunciar una instrumentación de los derechos humanos y rehabilitar la “teoría de los dos demonios” según la cual la violencia de las fuerzas armadas no era más que una respuesta a la de las organizaciones guerrillera de los 70, en particular el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros. Conforme con el cínico confusionismo propio de los círculos de extrema derecha, fundó y dirige el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV), acrónimo que imita al CELS, Centro de Estudios Legales y Sociales, que desde el retorno de la democracia reúne a abogados especializados en Derechos Humanos y en el esclarecimiento de la verdad en las investigaciones judiciales sobre la represión ilegal llevada a cabo durante la dictadura.
Esta Virgen de los asesinos uniformados, hija y sobrina de oficiales estrechamente involucrados en el terrorismo de Estado, copa los noticieros y las redes, donde sale sistemáticamente a negar los 30,000 desaparecidos y a reclamar la “memoria completa”, es decir, a equiparar a las víctimas de la represión estatal con los militares caídos en enfrentamientos con organizaciones armadas de izquierda, todos terroristas y subversivos. Esta reivindicación del papel de la dictadura conduce naturalmente a un plan para liberar a los peores criminales condenados a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad.
Algunos, como Jorge “Tigre” Acosta, uno de los principales dirigentes del campo de concentración de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), o Mario “Churrasco” Sandoval, policía implicado en cientos de desapariciones, que más tarde se refugió en Francia y fue contratado como profesor por Jean-Michel Blanquer y otros, han apoyado lógicamente la candidatura de Milei. La extrema derecha y sus militantes están muy presentes entre los partidarios del tándem Milei-Villarruel. Militares que agitan el espectro del Falcón verde (el auto utilizado por los comandos clandestinos para secuestrar a los opositores), neonazis confesos, católicos integristas antiabortistas, miembros del Opus Dei e incluso un grupo de rock nostálgico de la dictadura y de la Solución Final: hay de todo en el entorno del nuevo gobierno.
El barniz democrático se resquebraja rápidamente cuando se tocan ciertos temas. El matrimonio homosexual se asemeja a una infestación de piojos, según Diana Mondino, futura cancillera; en materia de identidad de género, el nuevo presidente no tiene nada en contra de que alguien se autoidentifique como “puma”; en cuanto a su futuro secretario de Educación, Martín Krauze, lamentó que “la Gestapo no fuera argentina, porque habría matado menos judíos”… en una discusión que nada tenía que ver con la Segunda Guerra Mundial, pero que revelaba claramente las referencias que estructuran su imaginario. Las amenazas físicas contra activistas de organizaciones de derechos humanos, sindicalistas y diputados de la futura oposición se multiplican a un ritmo alarmante. Los símbolos reproducidos en cartas y redes anónimas son claros: falcones verdes y esvásticas, el retorno de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina, grupo paramilitar responsable del asesinato de unas 1,500 personas entre 1973 y 1976). Ya no podemos descartar una vuelta a la violencia paramilitar o parapolicial alentada por la llegada al poder de estos círculos de extrema derecha.
La derecha neoliberal
El segundo pilar del régimen que se instala es sin duda la derecha neoliberal. Una fracción de ellos ya se había unido a Milei, en particular un rejunte de exmenemistas un poco olvidados y algunos macristas que habían roto filas. Pero este apoyo se hizo casi orgánico al día siguiente de la primera vuelta: la franja más radical de la derecha clásica, alineada con el expresidente Macri, se puso al servicio de Milei. La rapidez de este alineamiento parece dar crédito a la teoría de que las negociaciones orquestadas por Macri ya estaban en marcha desde hacía tiempo. Atrás quedaron, en todo caso, las acusaciones contra el expresidente, tildado de delincuente, mafioso, personaje repugnante, pilar de la odiada casta. Olvidados los insultos contra la candidata de Macri, Patricia Bullrich, montonera,[4] asesina de niños y terrorista. Buenos Aires bien vale una misa…
Milei necesitaba los votos de Bullrich, necesita a los cuadros y a los ediles de Respuesta Republicana (PRO). Macri pretende controlar desde adentro el poder… que perdió en las urnas. El partido de Milei tiene sólo 38 de los 257 diputados y 7 de los 72 senadores. Necesita reunir a algunos de los 94 diputados y 21 senadores de Juntos por el Cambio para evitar un bloqueo institucional total. No tiene apoyos serios en ninguna de las 24 provincias del país. El sostén de las redes macristas será importante para respaldar las brutales políticas a punto de aplicarse. La prensa de derecha (el grupo Clarín y La Nación en particular) puede ser una valiosa herramienta de propaganda. Milei lo sabe perfectamente: no es ninguna casualidad que sus primeros anuncios de privatización afecten a la agencia de prensa pública Télam y al grupo público de radio y televisión. Sería imprudente dejar un espacio que no esté supeditado a los intereses económicos y políticos del nuevo régimen. A falta de mayoría parlamentaria, habrá una fuerte tentación de gobernar por decreto, lo que permite la Constitución argentina, muy presidencialista. Y los primeros anuncios van en esa dirección: shock fiscal, sin medias tintas, todo en un contexto de urgencia apocalíptica: o eso o el caos. Se paga la deuda, los indicadores macroeconómicos vuelven a subir y alcanzamos el nirvana de la ortodoxia liberal. No importa si mientras tanto la mayoría de la población se queda en la lona. Cuando estén en el suelo, a los argentinos les encantará que se les derrame encima…
“Make Argentina Great Again”, podría decir el nuevo presidente, que sueña en voz alta con volver a la época dorada de la república oligárquica de finales del siglo XIX, cuando ni el sufragio universal ni la legislación laboral ralentizaba el avance del capital.
Macri y los intereses que representa tienen una inclinación evidente en apoyar esta terapia de shock: les resulta una divina sorpresa. Están en línea con el desmantelamiento del Estado social iniciado por el ministro de Economía de la dictadura de Martínez de Hoz (1976-1983), continuado por Menem (1989-1999) y retomado con fuerza por el propio Macri (2015-2019), con el fracaso estrepitoso que conocemos. Desregulación monetaria, supresión de impuestos, eliminación de las retenciones a la exportación y, por supuesto, drásticos recortes del gasto público. Todo envuelto en el papel mágico de la dolarización de la economía, promesa de campaña que supuestamente resolvería todos nuestros problemas.
Es muy probable que las medidas más radicales del candidato de la motosierra —la abolición del banco central y la sustitución del peso por el dólar— se pospongan indefinidamente. Ésta es, sin duda, la apuesta de Macri y de los medios de negocio, encantados de poder esconderse tras semejante energúmeno al que esperan manipular sin ensuciarse directamente las manos. Por cierto, el Ministerio de Economía acaba de pasar a manos de un macrista puro y duro.
Lo mismo cabe decir de los cambios radicales en política exterior anunciados durante la campaña: ruptura de relaciones comerciales con los países “comunistas”, a saber… China y Brasil (que figuran entre los principales socios económicos de Argentina), abandono del Mercosur y entrada anunciada en el grupo BRICS. Las dos últimas medidas son probables. Cortar los lazos con China o Brasil es sencillamente imposible. De hecho, Lula acaba de exigir una disculpa del neopresidente antes de reanudar cualquier intercambio. Y él no debería tardar en hacerlo: incluso el Papa acaba de perder su naturaleza demoniaca e imbécil para volver a ser “su santidad”. El alineamiento de Milei con una internacional reaccionaria y conspirativa podría, sin embargo, tener consecuencias en varios temas, como el multilateralismo, los derechos humanos y la lucha contra el cambio climático. Políticamente, es muy probable que la apuesta de Macri sea ir tomando paulatinamente el control de un verdadero partido de derecha a su mano, sin la incómoda alianza que unía al PRO con otras formaciones más centristas, como la vieja Unión Cívica Radical que, aun derechizada como lo es ahora, no puede seguir con Macri los pasos de un presidente negacionista para quien los peores presidentes de la historia fueron Hipólito Yrigoyen, el primer presidente radical, y Raúl Alfonsín, elegido presidente hace exactamente 40 años, al final de la dictadura. Macri y los suyos llevan mucho tiempo vomitando el “curro de los derechos humanos” y cuestionando públicamente la cifra de 30,000 desaparecidos.
El caos que se viene
En el mismo momento en que la Argentina celebrará el 10 de diciembre el cuadragésimo aniversario del retorno a la democracia, el futuro se presenta sombrío, por no decir negro. El equipo que acaba de instalarse en el poder tiene sed de sangre, y es consciente de que debe actuar con rapidez, porque se va a encontrar con una gran resistencia por parte de los numerosos y poderosos sectores afectados por las medidas que se anunciarán el 11 de diciembre.
Ya sabemos que los Ministerios de Salud, Trabajo, Asuntos Sociales, Cultura y Educación van a ser degradados a Secretarías de Estado[5] adscritas a un extenso Ministerio de Capital Humano, y que sus presupuestos van a ser drásticamente reducidos, con consecuencias en cascada para todo el país. El Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), equivalente argentino del CNRS (Centre national de la recherche scientifique), principal instituto de investigación del continente, también está en la línea de fuego. Tras anunciar su supresión pura y simple, Milei parece querer quedarse sólo con los sectores más “productivos”. Las humanidades, las ciencias sociales y las ciencias medioambientales, entre otras, tienen mucho de qué preocuparse.
Los planes y todas las medidas de apoyo a las capas más pobres de la población serán suprimidos o reducidos al mínimo. Las organizaciones de lucha contra la desigualdad y la discriminación, el Instituto Nacional Indígena y, por supuesto, todas las organizaciones de defensa de los derechos humanos, consideradas como oficinas de propaganda, están claramente en el punto de mira. Villarruel, en quien recae la facultad de nombrar a los titulares de los ministerios de Defensa y Seguridad, ha expresado su deseo de transformar el antiguo campo de concentración de la ESMA —sitio y museo de la memoria bajo la tutela de la secretaría nacional de Derechos Humanos desde 2015, y recientemente inscrito en el patrimonio mundial de la Unesco— en un jardín, sin hacer mención alguna a las 5,000 personas que desaparecieron allí. Las provincias verán la participación del gobierno federal suprimida o reducida al mínimo.
Todas estas medidas van a provocar reacciones políticas y movilizaciones sociales a gran escala. Milei y Macri ya han advertido que no dudarán en desatar la represión para imponer sus contrarreformas. Macri ha llegado incluso a comparar a los posibles manifestantes con los orcos de Tolkien, esas criaturas inhumanas, violentas y estúpidas que sólo pueden ser contenidas por la fuerza de las armas o eliminadas. Desde ese punto de vista, la liberación de los militares y policías encarcelados por crímenes de lesa humanidad tiene mucho sentido. Absolverá de cualquier escrúpulo a las fuerzas implicadas en aplastar cualquier atisbo de resistencia, garantizándoles total impunidad. No hay ninguna garantía de que se tomen estas brutales medidas, y aún no podemos conocer la magnitud del desastre social que está a punto de desencadenarse. Lo que es seguro es que Argentina está entrando en un periodo de intensa confrontación.
Notas
[1] Macri ha contraído una colosal deuda de 45,000 millones de dólares con el FMI, lo que ha colocado a varias generaciones de argentinos bajo la dependencia de este organismo, cuya capacidad para interferir en las políticas sociales de los países a los que tiene endeudados es bien conocida.
[2] En Argentina se puede votar a partir de los 16 años. Es obligatorio a los 18 años y optativo entre los 16 y los 18.
[3] “El Estado es un pedófilo en un jardín de infantes lleno de niños encadenados y cubiertos de vaselina”, la coparticipación (el mecanismo de solidaridad entre las provincias) es una mujer violada, etc. Es una obsesión para él: “La corporación política es más peligrosa para el capital que un ejército de pedófilos con síndrome de abstinencia en un jardín de infantes”.
[4] Antes de convertirse en representante de la derecha dura, Patricia Bullrich militó en Montoneros, una organización guerrillera peronista revolucionaria.
[5] Milei suprime 10 de los 18 ministerios actuales. Los ocho ministerios restantes son: Seguridad, Defensa, Interior, Infraestructura, Relaciones Exteriores, Economía, Justicia y Capital Humano, siendo los dos últimos fábricas de gas con un gran número de secretarías.
