Las clases subalternas sufren la iniciativa de la clase
A. Gramsci
dominante, incluso cuando se rebelan; están en estado de defensa
alarmada. Por ello, cualquier brote de iniciativa autónoma es de
inestimable valor
Del conjunto de filósofos jónicos, Heráclito fue quien se destacó por introducir la dialéctica en el pensamiento y la práctica humana universal. Sus nociones de contradicción y transformación son visibles en su aforismo más famoso: “no es posible bañarse dos veces en el mismo río, porque nuevas aguas corren siempre sobre ti”. Retomando las aguas de este proverbio, vale la pena pensar la situación hídrica que vivimos hoy las y los habitantes del Valle de México. ¿Con cuáles aguas podríamos bañarnos si ya son escasas debido a la sequía y el saqueo? Para responder esta pregunta hay que profundizar en las aguas que conduce el modelo hegemónico de gestión del agua de la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) para saber cómo funciona y quién lo perpetúa.
La conformación de la hidrocracia mexicana
El origen de la actual crisis hídrica en el Valle de México se encuentra en la configuración de las fuerzas políticas y culturales que concentran el poder para decidir sobre el acceso al agua. La idea de que todos los bienes naturales son de la nación está cristalizada en el artículo 27 de la Constitución de 1917. Tal artículo es resultado de la inserción de las demandas de todas las luchas agrarias que antecedieron a la Revolución mexicana. No obstante, el régimen posrevolucionario concentró todo el poder en el Estado, absorbió las iniciativas populares y con ello prácticamente cercó las posibilidades de realización de las clases subalternas en el entramado estatal.
Por más de 70 años la tensión entre el uso popular de los bienes comunes y el acaparamiento de éstos por parte de las clases dominantes se mantuvo. En el caso concreto de la gestión del agua, se crearon organismos dirigidos por los estados y municipios para abastecer de agua potable que podrían coexistir —de manera diferenciada y en ocasiones conflictiva— con formas comunitarias y ancestrales de su gestión. Sin embargo, la tensión se rompió y se convirtió en una relación desigual a partir de la imposición del proyecto neoliberal. Como consecuencia de ello se creó la Ley de Aguas Nacionales (LAN) en 1992; una ley que establece que existe una única autoridad hídrica, que es la Comisión Nacional del Agua (Conagua), y permite otorgar concesiones a empresas privadas y a organismos operadores públicos del suministro de agua potable, así como regular la descarga de las aguas residuales.
La LAN oficializó la entrega del agua a los capitales nacionales y transnacionales, y se convirtió en la única instancia dirigente de la composición técnica, social y política de la gestión del agua. Para asegurar el uso o la explotación de estas concesiones, los sectores económicos hacen alianzas con las clases dominantes, con juristas y tecnócratas para constituir un bloque histórico. Pedro Moctezuma (2023) cuenta que la Nación Yaqui denomina a este entramado como hidrocracia; el cual “ejerce su influencia sobre el Estado tanto directamente, desde el seno del bloque en el poder, como permeando el sistema de partidos; en el campo cultural reafirma conductas y crea percepciones mediante formas de pensamiento, expresiones artísticas y medios de comunicación que magnetizan a la población” (p. 49). Este hecho lo han conseguido colocando “a sus miembros como piezas clave en la legislación y el manejo del agua, con la misión de bloquear decisiones consensuadas” (p. 326).
¿De dónde viene el agua y para dónde corre en el Valle de México?
El modelo hegemónico de la gestión del agua en el Valle de México es resultado de la dirección técnica y política de la hidrocracia para satisfacer sus necesidades. De forma general, este sistema hidráulico es el medio por el cual se administran las aguas para mantener las actividades de los grandes sectores económicos; pero también es un medio de consumo colectivo. Esto quiere decir que la infraestructura de abastecimiento de agua potable y la red de drenaje se introduce al proceso productivo de ZMVM; al tiempo que el propio sistema dota de agua potable a la población de la ZMVM y las obras de saneamiento conducen las descargas domésticas y aguas residuales hacia las salidas artificiales de la cuenca. El problema es que desde la implementación del neoliberalismo este sistema ha sido orientado por el Estado a través de las instituciones hídricas con una visión entreguista y extractivista. Esto logra desequilibrar la doble función del sistema hidráulico porque el agua es acaparada por la burguesía industrial y sectores del capital inmobiliario del Valle de México y no se consolida una dotación de agua para consumo público de forma suficiente, aceptable y asequible.
A lo largo del siglo XX la misión por mantener un balance en el manejo del agua se convirtió en una tarea compleja. Para el caso del abastecimiento de agua, el proceso de industrialización de la metrópoli en la década de 1940 indujo un ciclo de urbanización acelerado y creció la necesidad de dirigir agua como medio de producción socializado. Es por ello que se planteó la idea de traer agua de la cuenca del río Lerma, al poniente de la Ciudad de México. En 1942 inició la construcción del Proyecto Lerma. A la par, la dinámica de perforación de pozos dentro de la cuenca del Valle de México fue más recurrente, logrando así que los pozos privados y municipales se convirtieran en la principal fuente de dotación de agua en los años de 1950 (Garza, 1985).
Con la expansión de la Ciudad de México, la demanda de agua excedía la infraestructura del sistema hídrico existente hasta el momento. Así que el Estado implementó la segunda etapa del Sistema Lerma en 1965. Este hecho también se realizó como método alterno a la perforación de pozos, pues a inicios de 1970 se mostraron las primeras señales del agotamiento del acuífero del Valle de México: los pozos eran cada vez más profundos. A pesar de estas señales tempranas de agotamiento, durante la misma época se iniciaron las obras hidráulicas más importantes para la región. La primera de ellas se conoce como Plan de Acción Inmediata (PAI), el cual está integrado por 218 pozos distribuidos en 7 ramales ubicados en la Ciudad de México, Estado de México e Hidalgo, además de cinco plantas de bombeo, la planta Potabilizadora Madín y la Planta de Remoción de Manganeso.
La segunda megaobra hidráulica es el sistema Cutzamala. Construido entre 1982 y 1993, este sistema, la principal fuente externa de la ZMVM, se compone de un gran transvase proveniente de la cuenca alta del río Cutzamala en el estado de Michoacán y atraviesa todo el Estado de México para llegar a la Ciudad de México; se integra de siete presas, de las cuales cuatro son presas derivadoras y tres son de almacenamiento (Del Bosque, Valle de Bravo y Villa Victoria), seis plantas de bombeo y una planta potabilizadora. Su objetivo, comenta Rosales (2014), fue reducir la extracción de agua del subsuelo de la Cuenca de México por los pozos profundos y terminar con la sobreexplotación del acuífero de Lerma debido al proyecto del mismo nombre. Sin embargo, hoy por hoy ninguna de estas pretensiones se ha logrado del todo.
Las principales obras de saneamiento muestran su capacidad de almacenamiento y conducción del agua cada año con las intensas lluvias. El hecho de que la ZMVM se asiente sobre un lecho lacustre y no contar con salidas naturales para las aguas, obligó a edificar megaobras para evitar las periódicas inundaciones. En 1900 Porfirio Díaz inauguró la que fue por mucho tiempo la obra principal del sistema de drenaje: El Gran Canal. Pocos años después el sistema se amplió con la construcción de una red de colectores y atarjeas que llevaban por gravedad las aguas pluviales y descargas hacia el Gran Canal y se conectaban con el primer túnel de Tequixquiac, para así expulsar las aguas de la Cuenca de México hacia el río El Salado en el estado de Hidalgo (Rosales, 2014).
La modernización del sistema de drenaje ocurrió cuando la infraestructura del Gran Canal dejó de ser suficiente debido al hundimiento gradual del suelo donde se edificó la Ciudad de México y se instalaron plantas de bombeo para llevar el agua al Canal y aumentar la capacidad de flujo. A pesar de estos esfuerzos, el problema de las inundaciones en la ciudad se agudizó tanto que en 1951 se inundó el Centro Histórico. Por tres meses quedó sumergido y en algunas zonas el agua alcanzó los dos metros de profundidad. Fue una experiencia traumática para las y los habitantes de la ciudad y para quienes dirigían el modelo de gestión del agua. Así que en 1954 se realizó el segundo túnel de Tequixquiac, pero al ser insuficiente por los grandes escurrimientos del poniente de la ciudad que surgían en la temporada de lluvias, se construyó el interceptor del poniente, el cual actualmente se conecta con el Túnel Emisor Poniente y va en dirección al antiguo Tajo de Nochistongo para así descargar las aguas negras al río Tula.
El hundimiento de la ciudad se acrecentaba de forma exponencial y este complejo sistema de túneles y colectores dejó de ser sostenible como modelo de saneamiento. Es por ello que en 1963 se inició la construcción de lo que se consideraba como una de las más grandes obras de la hidráulica moderna: el drenaje profundo. Este método se presentó como la “forma segura de sacar el agua” mediante gigantes túneles ubicados a varios metros bajo el suelo. La construcción del drenaje profundo se ha realizado por fases, la primera de 1963 a 1975 y la segunda de 1975 a 1997. Este sistema está conformado por el Túnel Emisor Central y 14 interceptores compuestos por tubos de entre tres y cinco metros de diámetro. En el año 2006 comenzó la construcción del Túnel Emisor Oriente (TEO), que se sumaría a este sistema. Tardó 11 años en terminarse la obra, que se conecta con el túnel Churubusco-Xochiaca para conducir las aguas hasta el río Tula.

En suma, el actual modelo de gestión del agua de la ZMVM se compone de todas las obras y procedimientos descritos anteriormente bajo una dinámica de importación del agua fuera de la ZMVM, extracción de agua subterránea dentro de la urbe para el uso público urbano, industrial y servicios en general y la conducción de las descargas domésticas y de aguas residuales de los procesos productivos, así como las aguas pluviales, hacia las salidas artificiales localizadas en Hidalgo. A pesar de que existen cuerpos de agua y vasos reguladores, estos no son suficientes para mantener el agua dentro de la cuenca.

Consecuencias del modelo hegemónico de gestión del agua
El sistema de abastecimiento de agua potable se divide en dos: fuentes internas y fuentes externas de la cuenca. Las primeras corresponden a agua extraída por pozos profundos y una mínima parte de aprovechamientos superficiales. Las segundas provienen de otros estados a través del sistema Cutzamala, el cual aporta alrededor de 30% del volumen de agua potable para la metrópoli, mientras que 70% del agua proviene de las fuentes internas de la cuenca mediante pozos profundos.
La combinación actual de fuentes internas y externas tiene altos costos económicos, sociales, ambientales y políticos. La extracción de agua por pozos es relativamente barata en términos económicos, pero el costo social y ambiental es muy alto debido a que la perforación de pozos aumenta la sobreexplotación del acuífero y el riesgo de hundimiento del espacio urbano. Por otro lado, traer enormes volúmenes de agua desde cuencas lejanas es sumamente caro y tiene una lógica extractiva, pues el modelo de transvase tiende a priorizar la distribución del agua a zonas urbanas o metrópolis para satisfacer las necesidades hídricas de los grandes sectores económicos sobre la del medio de consumo colectivo de las localidades y las comunidades cercanas a estas fuentes.
Además, los problemas actuales por el abastecimiento de agua de la ZMVM no solamente tienen que ver con la sobreexplotación y el agotamiento de las fuentes, sino que también están relacionados con el acaparamiento del agua por parte de la hidrocracia. Según la Conagua, existen 179 títulos de concesión de aguas subterráneas para uso industrial y de servicios en la Ciudad de México, de los cuales 36 de ellos representan el 80% del volumen total concesionado en la entidad. Algunos titulares que tienen este volumen son grandes empresas y consorcios corporativos como FEMSA, Pepsi Co, Lala, La Esperanza, Televisa, Grupo Modelo y P&G.
Respecto al sistema de saneamiento, también éste representa graves problemas. En primero lugar, la supuesta megaobra de ingeniería que fue el drenaje profundo no resuelve la totalidad de las inundaciones de la Ciudad de México; es más, prioriza unas zonas, deja desprotegidas y expuestas otras porque hay un control político de este sistema. Este manejo ha llevado a tragedias dantescas como la inundación en Tula el 6 de septiembre de 2021. Aunado a ello, las grandes obras de saneamiento representan grandes ganancias para la hidrocracia, pues ellos mismos colocan a los contratistas que construirán los proyectos para satisfacer sus necesidades. Así ocurrió con la construcción del TEO, que benefició al Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México para secar el Lago de Texcoco y construir el nuevo aeropuerto ahí mismo. Además, la construcción del TEO dejó varios problemas, sobre todo en Ecatepec, donde vecinas y vecinos estuvieron a punto de perder su casa debido a que la obra de un colector del TEO estaba ocasionando hundimiento de las viviendas, fracturas estructurales y desprendimiento de juntas constructivas.
Hacia un nuevo modelo alternativo de gestión del agua
Desde la década de 1950 ya se pensaba en cerrar la cuenca de México; es decir, en tener una visión de que las aguas de la cuenca se quedaran en la cuenca. Esto presupone reusar las aguas residuales provenientes de la lluvia y las descargas; y de esta manera enviar el agua necesaria para el riego en el estado de Hidalgo, por ejemplo, mediante tratamiento específicos para ese uso, al tiempo que se podría obtener agua potable para la población de la Zona Metropolitana del Valle de México.
No obstante, es claro que a la hidrocracia no le ha importado cambiar a un modelo con un mejor equilibrio ecológico y social porque esto va en contra de sus intereses, ya que no habría ganancias por la construcción de transvases, ni tampoco por la edificación de drenaje profundo. En los momentos de crisis, cuando se presenta la necesidad de aumentar el abastecimiento de agua o la de tener un mejor sistema de saneamiento, aparece la hidrocracia con proyectos ya conocidos, que al final más que soluciones representan problemas a largo plazo, operados por funcionarios públicos y por gobernantes en turno. Este manejo ha sido muy opaco, al igual que el del modelo de gestión de agua en su totalidad, debido a que gran parte lo oculta deliberadamente el Sistema de Aguas de la Ciudad de México y la Comisión de Aguas del Estado de México.
Ante esta dinámica extractiva y de lucro es fundamental pensar en un proyecto alternativo que permita un manejo integral de las aguas de la región. Un proyecto que busque recudir los impactos ambientales, sociales y políticos mediante la revitalización de nuestros lagos como el de Texcoco y Tláhuac-Xico y vasos reguladores como el Nabor Carillo para que las aguas residuales, escurrimientos y descargas puedan tratarse y después potabilizarse mediante la combinación de procedimientos tradicionales y sustentables como humedales. De esta forma mantendríamos nuestra agua en esta cuenca por medio de ciclo vital que rememora a nuestro pasado lacustre.

Pero para implementar este nuevo paradigma es menester la participación activa de habitantes y pueblos del Valle de México. Esto lo tenemos claro quienes participamos en el proyecto colectivo “Ordenamiento hídrico colaborativo de la cuenca de México y su entorno” desde donde impulsamos la discusión y aportamos elementos técnicos y jurídicos para consolidar comités, contralorías autónomas o asambleas comunitarias por el Buen Gobierno del Agua. Esta participación debería encaminarse a generar capacidades para diagnosticar la situación hídrica en sus barrios, pueblos y colonias, realizar planes y propuestas y darle seguimiento a las acciones gubernamentales del manejo del agua.
La actual crisis hídrica es una disputa por la gestión del agua, entre el modelo hegemónico de la hidrocracia y un modelo alternativo popular. Así, en este momento crítico lo esencial es que lo viejo termine de morir para que lo nuevo nazca; o dicho en otras palabras, que la viejas aguas se retiren para que lleguen las nuevas porque las aguas del río nunca son las mismas.
Referencias
Garza, G. (1985). El proceso de industrialización en la ciudad de México, 1821-1970. México: El Colegio de México.
Moctezuma, P. (2023). El agua en nuestras manos. México: Fondo de Cultura Económica.
Rosales, A. (2014). Valor de la infraestructura hídrica de la Ciudad de México, 1970-2009. En G. Garza (ed.), Valor de los medios de producción socializados en la Ciudad de México. México: El Colegio de México.
Imagen de portada: Vista de la Ciénega de San Juan, Texcoco. Foto: Nute Kuijin.
