Este texto parte de la reflexión, la denuncia y la autocrítica hacia la práctica académica de las mujeres. Tenemos un común interés en nombrar las problemáticas históricas y actuales a las que nos enfrentamos en el universo de la academia; un espacio con su propio devenir, marcado, hasta no hace mucho, por la resistencia a la presencia de las mujeres en espacios universitarios, cánones, corrientes del pensamiento y entornos de validación y legitimación.

También es un manifiesto en favor de prácticas académicas desde otros lugares. Abrazamos al feminismo, sus valores y pedagogías. Construido como producto de la reflexión y la autocrítica que se ha hecho al sistema patriarcal como base de la cultura y las dinámicas de poder (exclusión, borradura y discriminación) de las cuales la academia no ha quedado exenta.

Esta apuesta también invita a detenernos en nuestras áreas disciplinares y en nuestro lugar en la producción de conocimiento científico-social desde lo colectivo. El feminismo, en sus diferentes corrientes, nos ha mostrado múltiples vías para derribar las nocivas lógicas individualistas y de competencia que minan la capacidad de pensar y proponer la ciencia desde otros lugares.

Frente a ustedes tienen reflexiones abiertas y no acabadas, escritas por académicas de las ciencias sociales y las humanidades que hacen una parada en sus dinámicas de trabajo docente y de investigación para poner sobre la mesa un tema que tendremos que seguir posicionando entre otros tantos, y que afecta nuestros entornos inmediatos, nacionales y globales.

Frente a las violencias y al abuso del poder… el feminismo

Nuestras antecesoras y nosotras mismas hemos lidiado y luchado para ocupar los lugares vetados tradicionalmente en el mundo de la ciencia, la academia, las instituciones educativas y en espacios de toma de decisiones. Por todo ello, observando críticamente ese legado, es necesario hacer un alto en el camino, en lo conseguido hasta ahora, para mirar nuestras propias prácticas y las de nuestros pares.

Somos conscientes de que las mujeres no estamos exentas de reproducir violencias de diferente tipo en los lugares en los cuales nos relacionamos. Esto es parte de la práctica feminista: reconocer no sólo las violencias ejercidas por otras, otros, otres, sino también aquéllas que somos propensas a ejercer. En el espacio académico, en nuestro vínculo con estudiantes, asistentes, colegas, en sitios donde se ejerce autoridad, estamos ante la posibilidad de replicar y reproducir prácticas violentas, de abuso de poder y discriminación de diferentes clases.

No creemos en la cancelación. Por el contrario, consideramos que la denuncia, la crítica y la autocrítica se vuelven el medio por el cual podemos reconocer que el poder tiene que ser visto y practicado desde la responsabilidad que éste implica, en el entendido de que al asumirnos desde el feminismo como postura política, tenemos la oportunidad de redefinir los usos, condiciones y formas en las cuales se configura el poder. Por ello, es fundamental deshacer esas dinámicas ancladas a la violencia patriarcal, para imaginar un ejercicio de la academia desde el poder-hacer, como apunta la socióloga mexicana Raquel Gutiérrez Aguilar.

Una academia posible desde el feminismo

El espacio académico se constituye a partir del encuentro y la convergencia, en dinámicas aparentemente colegiadas, de personas que cruzan ideas, conocimientos y especializaciones. Una ética feminista en la academia busca el ejercicio horizontal de nuestras relaciones e implica la construcción del ethos desde un proyecto histórico de los vínculos, como lo señala la antropóloga argentina Rita Segato. Lo anterior conlleva el reconocimiento del trabajo de nuestras y nuestros pares; es decir, el desarrollo de la capacidad sorora para reconocer sus aportes, así como el valor de sus líneas de investigación y especialización. Creemos que hay posibilidades para construir una academia que haga suyo el respeto a los derechos humanos, a prácticas e ideales que reverberen del feminismo —como la sororidad, el affidamento, el respeto o el trabajo colectivo— y permitan instituir una ciencia no extractivista —es decir, que no sólo se nutra de lo social, sino que nutra a la sociedad de manera recíproca.

En ese sentido, es fundamental tener en cuenta que el feminismo —ya como movimiento, ya teoría social y política desde la academia— nos obliga a estar en constante autovigilancia. Pero no en un sentido persecutorio, sino como horizonte hacia la construcción de buenas prácticas y de sociabilidades horizontales y respetuosas, tanto en el ámbito de la investigación y generación de conocimiento, como en el docente.

Desde esta perspectiva, ¿cómo abordamos las expresiones de violencia patriarcal que cotidianamente enfrentamos investigadoras, profesoras, estudiantes y trabajadoras en los espacios académicos? Aunque reconocemos que se han dado pasos importantes en la constitución de diversas normativas institucionales para sancionar estas conductas, gracias en gran medida al esfuerzo de compañeras feministas, es imposible hacer uso pleno de las herramientas de denuncia cuando las víctimas que deciden alzar la voz enfrentan un camino de constante revictimización, un periplo solitario que hace estragos en todos los ámbitos de su vida personal y profesional.

En este contexto nos toca acompañar. Configurar una voz colectiva que exija a las autoridades la protección de las víctimas a través de un ejercicio institucional que incentive la cultura de la denuncia. El reclamo debe transmitirse también a los sindicatos, los cuales deben someterse a un ejercicio de profunda autorreflexión: pasar de la protección irrestricta hacia los agresores a convertirse en una instancia que coadyuve a la construcción de espacios seguros para todes. No queremos más víctimas arrepentidas de denunciar. No queremos que más mujeres abandonen sus trayectorias académicas a causa de la violencia.

Prácticas ante la docencia

El proceso de enseñanza-aprendizaje supone una socialización entre docentes y estudiantado mediada por los contenidos programáticos, pero que, a su vez, permite una interacción que trasciende dichos contenidos. Por ello, la práctica docente aparece como una posibilidad de construir un mundo otro, ya que para las, los, les estudiantes, ese espacio-tiempo es un mundo alterno a la realidad que puede ser doliente. Se trata de abrir la enseñanza y mirarla como acto político que debe ser antisexista, anticlasista y antirracista; es decir, un acto contrahegemónico de resistencia ante cualquier tipo de colonización, empezando por la crítica al propio sistema educativo tanto en las condiciones pedagógicas como en las condiciones laborales.

Es cierto que no es sencillo ser docente en un contexto capitalista de explotación y empobrecimiento laboral. Muchas veces, hay una separación entre teoría y praxis de vida que se expresa en planes y programas educativos sesgados, que si no son cuestionados reproducen prácticas patriarcales, coloniales y capitalistas.

Por eso, evitamos romantizar la práctica docente: somos conscientes del contexto en el que laboramos y, con mayor razón nuestro objetivo es, siguiendo a bell hooks, académica estadounidense: enseñar a transgredir. Romper con la idea de que para una trayectoria académica la docencia es lo que menos estatus otorga o lo que menos valor tiene. También, romper con la idea de que estamos dotadas de un poder jerárquico que podemos ejercer impune-abusiva-autoritariamente contra el estudiantado.

Ser partícipes de la formación intelectual y ética de las, los, les estudiantes implica atender a la diversidad de los grupos en cuanto a intereses y en formas de aprender. Enseñar es una performance constante. No obstante, las docentes sabemos que no sólo nos encontramos con alumnas y alumnos, sino con la dignidad del otro, otra y otre. Comprendemos que no nos corresponde enseñar qué o cómo pensar, como diría bell hooks, sino potenciar y/o redirigir la creatividad de las y los estudiantes.

Entender el aula como un espacio donde se comparten saberes, formas de vida e interpretaciones del mundo derivados de la propia experiencia es comprender que lo correspondiente es acompañar alimentando la curiosidad, porque se trata de inteligencias vivas. Aprender implica pensar en voz alta, escucharnos unas con otras u otros. Siguiendo a bell hooks, sostenemos que debemos mirar el aula como espacio de libertad donde el diálogo es crítico y abierto. A veces será encuentro y otras disputas, pero nunca humillación o despojo.

Prácticas ante la investigación

La producción de conocimiento raramente es un proceso individual. Por ello es primordial tener claro que hay un conjunto de actores que intervienen y participan en ese proceso. Por ejemplo, becarixs y asistentes merecen reconocimiento en función de la actividad desarrollada. Asimismo, las investigaciones de las/los/les tesistas son resultado de un proceso de formación que acompañamos y al cual hacemos aportes desde diferentes perspectivas, pero no son nuestra propiedad. El acompañamiento en la formación profesional no debiera verse jerárquicamente: el conocimiento se construye de manera multidireccional, por lo que asumir una postura vertical cierra las posibilidades de, por un lado, corregir nuestras propias posturas, las cuales pueden tener sesgos y limitaciones y, por el otro, entender que no poseemos la verdad absoluta. Si hay una negación de la independencia cognitiva y del valor de lo producido por becarixs y asistentes, tenemos ante nosotros procesos dolorosos que laceran la estabilidad emocional y física de las personas.

Lo mismo ocurre con colegas posdoctorantes; sí, “colegas”, porque no somos dueñxs de su trabajo: no hay una relación de subordinación que implique empleador-trabajador, ya que encuentran en las instituciones y el financiamiento público la posibilidad de llevar adelante investigaciones originales y de calidad, además de sostenerse económicamente, mientras amplían sus trayectorias curriculares. Las personas posdoctorantes merecen el respeto a su autonomía, a ser observadas y reconocidas desde la aportación y no desde la destrucción o la humillación. Debemos dejar de decirles “becarias/os/es”, pues, en la limitación y/o ausencia de ese sistema de plazas que les ha precarizado, seguimos reproduciendo violencia y discriminación —y no de forma vedada, sino consciente.

Asimismo, el acercamiento a las ideas, los saberes, experiencias y conocimientos de las comunidades y personas participantes en nuestras investigaciones debe hacerse desde el respeto, el reconocimiento y el compromiso ético rigurosos. NO al extractivismo, repetimos ¡NO al extractivismo! ¡NO a la apropiación!

A manera de cierre

Este texto apunta a reflexiones colectivas amplificadas desde lo escrito que, como investigadoras y docentes, hemos expuesto en diferentes espacios, y que fueron potenciadas por el conocimiento de casos concretos de violencias de diferente orden que se supondría estaban erradicadas de las universidades, centros de investigación, grupos colegiados y dinámicas docentes. Aunque parecieran lugares comunes, argumentaciones ya expresadas o medianamente sistematizadas en la jerga y en las tradiciones y prácticas del gremio, los hechos y la realidad abrumadora nos muestran abusos de poder, acoso, discriminación, violencias que deben ser reprobadas, denunciadas y sancionadas.

Finalmente, no podemos dejar pasar inadvertida la falta de cuidado en la academia. El cuidado y el autocuidado como sostenimiento de nuestra vida pareciera dejarse de lado frente a exigencias institucionales para cumplir metas y objetivos en tiempos que nos sobrepasan. En el proceso de investigación, las demandas por entregar productos académicos suelen pasar por la frustración, el autosabotaje, la inseguridad y la soledad. Es recurrente escuchar entre colegas la presencia de agotamiento, así como el detrimento en la salud mental y física producto del estrés. No es normal la pérdida de cabello, los cambios bruscos en el ciclo menstrual y las ausencias con la familia. El feminismo y las prácticas tanto de sororidad como affidamento requieren la construcción de Círculos de Palabra que abran a la confianza, el apoyo, el consejo y el apapacho. No estamos solas, podemos acompañarnos, bajo la premisa de la honestidad académica y de la gestión de las diferencias mediante un tejido de lazos colectivos, no pensado para soportar, sino para liberarnos y transformar nuestra experiencia vivida en saberes comunes.

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