Es difícil definir el sentido común: puesto que se fundamenta en un supuesto consenso tácito, ello impide sustentarlo en parámetros objetivos. Acaso por eso, el sentido común puede emplearse —como se ha venido haciendo últimamente— para destruir la argumentación de formas aterradoras. Me refiero a frases como “Por sentido común, tú estás mal”: sin nada más, sin mayores razonamientos, sin ninguna referencia a otro aspecto que el de poner en duda la capacidad cognitiva de la otra persona. Este tipo de dinámicas son empleadas con mucha frecuencia, por ejemplo, para deslegitimar a movimientos por los derechos humanos —como el de la lucha por los derechos de las personas trans—. Hay, pues, quienes dicen: “sólo hay mujeres y hombres, por sentido común”, puesto que pareciera que a sus ojos la biología es un hecho autoevidente. El uso del microscopio o las pruebas de cariotipos no son necesarios, sólo el puro sentido común, porque aseguran que quienes están en su contra no cuentan con la capacidad de tenerlo. El sentido común como razonamiento mató al debate, debido a la nula disposición de quienes lo usan como bandera para crear un canal de comunicación efectivo.
En este texto hablaré de un concepto propio: el sentido engañoso que consta de tres fases: lo incomprendido, lo engañoso y lo malconceptuado. Esta tipología describe la forma en que la información puede ser bloqueada, atravesada por prejuicios y tergiversada para formar parte de una agenda de deslegitimación cognitiva de grupos históricamente oprimidos. El sentido común como argumento y concepto ha pasado a ser un sentido engañoso. El Facts, not feelings (hechos, no sentimientos) por parte de la derecha es una estrategia propagandística de que cierto sector de la población no entiende de sentido común, cuando éste no es más que un prejuicio y una faceta de la ignorancia activa.
La construcción del otro como un sujeto drenado de conocimientos o de entendimiento del mundo no resuelve un conflicto, porque no crea un espacio seguro para seguirlo. Un espacio seguro para el debate es cuando existen las mismas condiciones para interpelar y construir; no obstante, cuando por el otro lado sólo arrojan etiquetas o tratan de silenciar mediante “el sentido común” el debate se vuelve inoperante. El sentido común no es un argumento válido, dado que puede ser meramente un engaño autoinfligido para no escuchar a los demás.
Lo incomprendido
El concepto de lo incomprendido no hace referencia a que el individuo no entienda un fenómeno o no tenga las herramientas hermenéuticas para analizarlo. No es que alguien no comprenda las palabras o la información arrojada por una estadística. Lo incomprendido es cuando una persona busca agencialmente una base de datos que confirmen todas sus sospechas y que, a pesar de encontrar su contradicción, decide ignorarla porque no cumple los requisitos de su sesgo cognitivo y juicioso. Lo incomprendido es parte de lo que el filósofo José Medina llama “ignorancia activa”:
[…]Una ignorancia que se produce con la participación activa del sujeto y con una batería de mecanismos de defensa, una ignorancia que no es fácil de deshacer y corregir, para ello requiere un reentrenamiento —la reconfiguración de actitudes y hábitos epistémicos— así como un cambio social (2013, p. 39)[1].
José Medina caracteriza al ignorante activo como alguien epistemológicamente flojo, arrogante y de mente cerrada; es decir, que dicho sujeto no quiere buscar otra información sobre un tema en específico, no desea escuchar a otras voces e incluso considera que sabe mucho sobre el tema para preocuparse por otras perspectivas. El sujeto del sentido común asume que su conocimiento sobre el mundo es el correcto, el sujeto del sentido común es un “sujeto experto”.[2] Y al ser profesional del sentido común prefiere construir muros contra cualquier diferente forma de pensar.
Lo incomprendido tiene que ver con la recepción de datos muy específicos de un medio específico. Los trumpistas prefieren medios trumpistas antes que medios wokes, por lo tanto, es muy común que las fake news funcionen como herramienta colectiva de información. El historiador Steven Forti (2021) considera que las fake news no son un objeto ingenuo o inocente, ya que son consecuencia de escenarios de posverdad, donde los “hechos” son fundamentados a través de pánicos morales y de juicios selectivos: “Consecuentemente, la posverdad se puede concebir como una especie de marco de referencia para muchas más cosas. Se trata, en síntesis, de ‘una condición previa y elaborada’ o ‘una idea, un imaginario, un conjunto de representaciones sociales o sentidos ya incorporados por las audiencias y desde donde son posibles fake news que refieren a esa idea afirmándola o ampliándola’” (p.136).
No comprender un tema es diferente a buscar la manera de no comprenderlo. Lo incomprendido es adherirse a las noticias falsas para diseñar narrativas que permitan un estilo de vida destruyendo otro. Por ejemplo, el que se considere que dotar de derechos humanos a los menores trans* dará paso a que sea una obligación penada por la ley el no hormonar a las infancias, lo cual es una apresuración falsa. Sin embargo, se toma al igual que un hecho y al no comprenderlo, se esparce como una realidad.
Lo engañoso
Luego de lo incomprendido, el hecho ya está dado como inapelable: todo lo demás es falso, por sentido común. Las personas van por el mundo creyendo que las personas trans quieren hormonar a las infancias y se crean pánicos morales, que vuelven a la comunidad trans en enemiga de las buenas costumbres y un objetivo que debe ser destruido. No sólo están encerrados en sus cámaras de eco (Nguyen, 2020), sino que además organizan campañas publicitarias para hacerle creer a otros su juicio. Allí se deja ver esta segunda fase: la de lo engañoso. No se esparce una noticia verídica sobre un huracán, un hecho histórico o un descubrimiento científico: se propaga información incorrecta que para el individuo en cuestión es sentido común. Lo engañoso resulta a partir de un nulo análisis de la información: “¿verdadera o falsa?, no importa, hay que compartirla”. El que las fake news pasen como datos objetivos es lo engañoso. En consecuencia, los wokes tienen información falsa y la derecha, la correcta; no importa si hay coloquios o seminarios o conferencias acerca del tema porque están hackeados por la agenda masónica de George Soros. ¿A dónde nos lleva esto? Aceptar como sentido común las teorías de conspiración mata al debate. No obstante, también llevan a la muerte simbólica y semiótica de las palabras: si partimos de un trasfondo incomprendido y de un engaño se conceptualiza mal.
Lo malconceptuado
Un ejemplo muy evidente de lo malconceptuado es la palabra diversidad. La derecha persigue una génesis de la diversidad, ¿de dónde viene y cómo se empezó a hablar de ella? Sin embargo, las definiciones que hablan de la gran variedad de vivencias y experiencias atravesadas por raza, clase y género se han transformado a sus ojos en un plan maligno para desestabilizar la familia tradicional. Dicen: “no podemos perder lo que hemos construido”, y por eso marchan supuestamente por la familia y por los niños; no obstante, lo que está de fondo es el miedo a perder sus privilegios: “porque somos conscientes de que no somos tan iguales y esa diferencia tiene que ser marcada”. Porque se puede ser consciente de la diversidad de cuerpos, pero a la vez cargarla con narrativas racistas, machistas, sexistas, biologicistas. Lo malconceptuado es utilizar un término con una connotación contraria, pero conervando a su vez un significado unilateral; es decir, volverlo un designador rígido (Kripke, 1995), a pesar de que en su uso cambie el significado según el contexto. La definición de diversidad como variedad y diferencia es la misma siempre; la connotación y la narrativa que se construye alrededor de ella, no. Es la misma palabra y el significado es exacto, pero con diferentes consecuencias según su uso.
¿Cómo muere el debate?
El debate muere cuando las personas tapan sus oídos ante las diferentes posturas, y una forma de hacerlo es en el momento que refugiándose en el sentido común: “Las mujeres deben obedecer al hombre, por sentido común”, “Las mujeres no pueden ser presidentas porque producen más estrógenos y son más inestables, por sentido común”. Esas reflexiones comunes tienen poco o nulo sentido.
Así, el propio concepto de sentido común pasa también por un proceso del sentido engañoso, pues entenderlo como algo único, universal, transhistórico y compartido no es funcional. Intuir que alguien está alejado del sentido común, de una noción hegemónica y dominante del sentido común en un mar de polisemias es, por ello, ser parte del sentido engañoso. Ahora se habla de la biología del sentido común precisamente, porque los argumentos se alimentan de ahí. Declarar “hombre y mujer, nada más” es una manera de recriminarle a alguien que no está dentro de su sentido común y, por lo tanto, argumentar se vuelve un sin sentido. Es una forma de dejar en claro que no se tiene la disposición a escuchar una palabra y que explicarle algo que parece evidente es perder el tiempo. Esto es lo que el filósofo Bruno Latour (2014) llama blackboxing; es decir, fijarse en la entrada y en la salida (A – Z), sin entorpecernos con explicaciones de un sistema más complejo. La información que no necesito, hay que mandarla a una caja negra; la información que ignoro, también. El sentido común como argumento es una caja negra para evitar dar razones y compartir saberes.
Cuando alguien grita y se tapa los oídos no habrá debate: es lo que el filósofo Blas Radi llama desacuerdos profundos a partir del mismo concepto de Fogelin. Blas Radi los caracteriza como:
i. Los desacuerdos profundos se producen debido a un choque entre formas de vida;
iib. [dado que una colisión entre formas de vida implica que no están dadas las condiciones de posibilidad del intercambio argumentativo en el marco de procesos deliberativos] los desacuerdos profundos no son resolubles mediante la deliberación;
iiib. [dado que no es el caso que la argumentación sea la única vía racional de resolución de desacuerdos] no es el caso que los desacuerdos profundos no estén sujetos a resolución racional (2022, p. 194-195).
Ante este panorama, Blas Radi y José Medina sugieren el activismo epistémico como respuesta a estas situaciones, donde “el boicot se propone provocar una transformación que, dadas las circunstancias, no podría alcanzarse por medio del juego de dar y pedir razones”.
Para ahondar en lo dicho hasta ahora, quisiera hacer referencia al feminismo crítico de género, el cual ha condenado a las personas trans a un exilio epistemológico y hermenéutico. Las feministas radicales adoptan posturas similares a las del sentido común frente a la regulación de los derechos de las personas trans. Muere el debate cuando lo que se debate es la vida de las personas: posicionarse en una dimensión en la que “sí o no” estoy de acuerdo con que existan ciertos seres humanos es tocar un fondo imparcial. Las personas trans no están obligadas a debatir sobre su existencia; las feministas críticas del género no deberían desgastarse en ello. Una forma de seguir un sentido engañoso en torno al sexo es precisamente erigirlo como lo que alguna vez nos categorizó.
Dividirnos según nuestro sexo, defender que cada tal tiene diferentes capacidades según su sexo, promover al sexo como categoría natural, todo ello es en lo que se fundamenta el sexismo en un sentido histórico. En palabras de Sara Ahmed “Sex realism = sexism” (2025). El que las mujeres no pudieran votar debido a su sexo fue una razón incuestionable, considerada parte del sentido común. ¿Por qué volver ahí?
El sexismo disciplina los cuerpos de las personas según sus capacidades y posibilidades según su sexo. “Tú eres mujer porque puedes hacer esto, tú serás madre porque puedes hacer esto, tú no votarás porque no eres hombre, tú no estarás en este espacio porque no tienes esto”. El feminismo crítico del género disciplina las capacidades y posibilidades de los cuerpos de las personas según su sexo. “Tú no eres mujer porque no puedes hacer esto, tú no serás madre porque no puedes hacer esto, tú no estarás en este espacio porque no tienes esto”. Si trazáramos un diagrama de Venn, queda claro cómo coinciden ambos círculos en un nodo por demás problemático, ¿no?
Conclusión
Utilizar el sentido común es una forma fácil de no argumentar y a su vez una postura de nunca querer hacerlo. El sentido engañoso es difícil de identificar por esa razón; investigar, escuchar, aprender de otras perspectivas debe ser obligación de todxs, como lo es también informarse de medios que no propaguen noticias falsas y que produzcan en nosotros sentidos engañosos. El debate es un ejercicio democrático; no obstante, está obstaculizado cuando creemos que nuestra perspectiva es objetiva y que los demás solo son sujetos “ideologizados”; en realidad nosotrxs también lo estamos, hay que ser conscientes y movernos a partir de ello. El sentido común es un concepto polisémico, no es fácil definirlo, como lo decía al principio, al igual que advertir un hecho biológico. No es tan claro cómo XY= hombre o XX=mujer, ¿qué pasa con las demás combinaciones posibles (XO, XXY, XYY)? No es tarea simple, ni es tan sencillo como se supone. Hagamos más prolijos nuestros argumentos, ya que pueden jugar en nuestra contra cuando lo que queremos es precisamente abrir espacios para el diálogo y no para nuestro desafortunado exilio.
Referencias
Ahmed, S. (2025, 24 enero). “A noisy part. feministkilljoys”.
Baquero, T. (2020). “El sentido común en la construcción de conocimientos: apuntes para una discusión desde coordenadas filosóficas, políticas e históricas”. Grado Cero. Revista de estudios de comunicación.
Radi, B. (2022). “Desacuerdo profundo, ignorancia activa y activismo epistémico”. Cuadernos de Filosofía, (40), 181-198.
Forti, S. (2021). Extrema derecha 2.0.: qué es y cómo combatirla. Siglo XXI de España Editores.
Kripke, S. (1995). El nombrar y la necesidad. UNAM.
Latour, B. (2014). “Sobre la existencia parcial de objetos existentes y no existentes”. En VV. AA. Biografías de los objetos científicos (trads. E. González Muñez y V. García Deister), La Cifra, pp. 351-381.
Medina, J. (2013). The epistemology of resistance: Gender and racial oppression, epistemic injustice, and the social imagination. Oxford University Press.
Nguyen, C. T. (2020). “Echo chambers and epistemic bubbles”. Episteme, 17(2), 141-161.
Notas
[1] “An ignorance that occurs with the active participation of the subject and with a battery of defense mechanisms, an ignorance that is not easy to undo and correct, for this requires retraining—the reconfiguration of epistemic attitudes and habits—as well as social change” [la traducción al español es mía]]
[2] Ya he mencionado esto en textos anteriores como en “El texto irónico: anti-academia, el compartir y las emociones materiales”
