La llegada, en el 2018, de la llamada Cuarta Transformación al gobierno del país significó una suerte de cambio en la brújula cultural del país. Morena, un movimiento marginal, escisión del ahora extinto Partido de la Revolución Democrática (PRD), llevó —sobre todo en el discurso— lo popular a una visibilidad que antes no tenía. El sexenio, simbólicamente, empoderó a las mayorías que habían permanecido ocultas para la élite tecnocrática que dominó el país por largos años, particularmente durante las últimas décadas del siglo XX y los sexenios de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. El hecho de que, por ejemplo, se hablara de racismo y clasismo desde la presidencia, entre otras cosas, incomodó a una minoría cuyos privilegios no habían sido puestos en duda hasta entonces. Por ello, era previsible que, más allá de las dinámicas económicas que impulsó la 4T y que apenas afectaron a la clase alta del país, se generara un movimiento de protesta contra el gobierno.    

Recuerdo que una de las primeras manifestaciones con cierta convocatoria en la ciudad de Puebla ocurrió justo en los albores del sexenio de López Obrador. Lo llamativo, en aquella ocasión, fue que los manifestantes usaran sus autos para hacer una especie de desfile por la ciudad por las zonas de mayor plusvalía. En aquel año, sin una figura política que los aglutinara (José Antonio Meade y Ricardo Anaya, los candidatos perdedores de la elección, desaparecieron del mapa casi de inmediato), las consignas fueron las que habitualmente se ven en las protestas de la derecha: fuera el socialismo del país; van a expropiar los bienes de la familia; el gobierno está aliado con los gobiernos populistas de Latinoamérica —y, por supuesto, con Rusia—. Sin embargo, más allá de aquellas frases que, con el tiempo, se volvieron aún más huecas, llamó la atención que las clases medias y altas (y en particular estas últimas) se manifestaran en las calles por primera vez, aunque fuera arriba de sus autos. Iban a baja velocidad, tocando el claxon y adornando sus vehículos con pancartas.

Con el tiempo, esa minoría se bajó del auto —o al menos no lo usó para tomar las calles como si fuera un desfile conformado por carros alegóricos— y marchó. Podría decirse que, a inicios del sexenio, se estaba gestando lo que después se llamaría “La marea rosa”. Había algo singular, por no decir contradictorio, en las inquietudes de los manifestantes: hablaban de una amenaza segura contra su libertad de expresión y, faltaba más, contra su estilo de vida, pues la administración obradorista llevaría el país a la quiebra. Para los activistas de izquierda que habían marchado por décadas, cuando hacerlo ponía en riesgo su libertad e, incluso, su vida, fue extraño ver a un sector de la población sumamente privilegiado desfilar por las calles y centros históricos de las principales ciudades del país sin miedo a los cuerpos de seguridad. Con el tiempo, esa oposición ciudadana se vinculó de una manera más evidente con los partidos políticos contrarios a la 4T (PRI, PAN, PRD) y, por supuesto, con la campaña de Xóchitl Gálvez.

Después de las elecciones del 2 de junio, el colapso de la oposición —cuyo único proyecto en común era sacar a Morena del poder por medio de una mezcla de noticias falsas y narrativa del miedo— ha provocado que se identifiquen, particularmente en las redes sociales, como una “minoría ruidosa”. Es interesante el término, pues, a partir del resultado electoral reciente, se le ha pedido a la candidata ganadora Claudia Sheinbaum y a su equipo que dialoguen con la disminuida oposición en lugar de aplastarla. Sin embargo, la idea de hacer ruido —aún más que antes— como forma de reivindicación no apela al diálogo, sino que insiste en seguir la misma ruta que los llevó al fracaso: usar las redes sociales como caja de resonancia para proclamar teorías y diatribas que sólo tienen sentido para ellos mismos. De tal suerte, la minoría ruidosa también es una defensa de la antipolítica reinante en gran parte del mundo: los argumentos y el convencimiento ceden su lugar a verdades dogmáticas que alimentan la disonancia cognitiva floreciente en grupos cuya homogeneidad no les permite pensar que, tal vez, podrían estar equivocados. En la llamada era de la “posverdad”, sin embargo, las falacias —por más cómicas que parezcan, o, quizá, gracias a esto— interpelan a un sector de la población que siente que le han robado el mundo en el que creyó hasta hacía muy poco. De esta forma, entre fantasías y medias verdades, la estridencia pone en el mapa a las minorías que se sienten desclasadas gracias a las redes sociales cuyos algoritmos potencian el discurso reaccionario.

La minoría ruidosa —con muchos recursos económicos y tiempo para hacer su ruido— es una buena muestra de cómo los ciudadanos relacionados con diferentes versiones de la derecha actual apuestan por la radicalización de la que tanto se quejan.