En una caminata por la Piazza della Signoria en Florencia, Italia, se puede observar “Perseo con la cabeza de Medusa”, una escultura en bronce cuya autoría es de Benvenuto Cellini. La obra de arte realizada en el periodo de 1545 a 1554 representa un episodio de la mitología griega en el que Perseo sostiene victorioso la cabeza cortada y ensangrentada de la gorgona.
En su libro Women & Power: A Manifesto (Liveright, 2017), Mary Beard explica, a través del mito de Medusa, cómo se ha relacionado a las mujeres con el habla y el poder, así como la percepción cultural y social que se tiene de ellas desde la Antigüedad hasta nuestros días. En el capítulo inicial, empieza su exposición hablando sobre uno de los primeros ejemplos en la tradición de la literatura occidental en el que un joven le dice a su madre que “se calle”: en la Odisea de Homero, Telémaco le dice a Penélope que su voz no debe oírse en público y que “el habla será asunto de los hombres”. Posteriormente, en el segundo capítulo, la autora aborda el tema del poder y la mujer, y cómo se reconoce el poder femenino en la literatura, en el arte y en la realidad social, o más bien cómo no se reconoce.
Beard explica que las metáforas que comúnmente se utilizan para expresar el acceso de las mujeres al poder, tal como “romper el techo de cristal”, implican que ellas deben derribar barreras o forzarse el camino a algo a lo que no tienen derecho. Aquí utiliza el ejemplo de Medusa como “uno de los símbolos antiguos más potentes del dominio masculino sobre los peligros destructivos que representaba la posibilidad misma del poder femenino”.
A pesar de esto, algunos eventos recientes parecerían reivindicar la imagen de Medusa como una figura que se desprende de la narrativa masculina para convertirse en un símbolo de resistencia y fortaleza para las mujeres. El movimiento feminista se ha adueñado de su propia narrativa por medio de la protesta y la manifestación artística en América Latina en los últimos años.
El rechazo a la cultura de la violación, normalizada en relatos como el de Medusa, ha sido viralizado en el plano de la protesta social y en línea. Por un lado, en el contexto del movimiento #MeToo, se empezaron a compartir imágenes de una escultura de Medusa ubicada cerca de la Suprema Corte de Nueva York, reinterpretada por Luciano Garbati, un artista argentino-italiano. Por otro, también está la viralización en redes sociales de la tendencia de hacerse tatuajes con la imagen de Medusa como un símbolo de supervivencia a los abusos sexuales.
La escultura de Garbati dibuja un escenario diferente: Medusa es la que agarra del cabello la cabeza decapitada de Perseo. A diferencia de la obra de Cellini, en la que podemos observar el cuerpo mutilado de la gorgona, la de Garbati la muestra a ella sosteniendo la cabeza de Perseo en una mano y una espada en la otra. Además, es notable la alteración en su pelo (las serpientes), porque tiene una forma menos fálica (Sigmund Freud interpretaba las serpientes como símbolos fálicos y relacionaba la decapitación de Medusa con la castración).
Cabe mencionar que una de las fundadoras del movimiento #MeToo, Tarana Janeen, no estuvo de acuerdo con que se asociara esta obra con el movimiento, pues “no es sobre venganza, sino sobre sanación y acción”. En este sentido, los tatuajes de Medusa que se han puesto de moda últimamente (algunos incluso con la consigna “Petrify the Patriarchy”) han sido utilizados como una reivindicación de Medusa al convertirla en la representación visual de la resiliencia, la fuerza y el empoderamiento para supervivientes de agresiones sexuales, ayudando a eliminar la vergüenza y la culpa.
Según una encuesta de Enkoll para el periódico El País, el 45% de las mujeres en México asegura haber vivido algún tipo de agresión o acoso sexual en su vida, reconociéndolo como uno de los temas más preocupantes para las mujeres. Le siguen la inseguridad, la violencia doméstica y, en cuarto lugar, el feminicidio. En un país donde durante el primer trimestre del año pasado incrementaron los homicidios dolosos de mujeres en un 8.7% en comparación con el 2022, es de vital importancia atender no sólo a las voces de las personas afectadas, sino cuestionar la configuración del poder actual que permite que esto siga sucediendo en el país.
En 2021, colectivos feministas tomaron el espacio público antes denominado “Glorieta a Colón” para ser renombrado como “La Glorieta de las Mujeres que Luchan”. La estatua de Cristóbal Colón fue reemplazada por la Antimonumenta, una figura de una mujer en color morado con el puño izquierdo en alto llamada “Justicia”, en reconocimiento de todas las mujeres víctimas de un país que ejerce violencia sobre ellas. Un antimonumento es “una reivindicación ciudadana del espacio público, al margen de las autoridades” que “no aspira a perpetuar el recuerdo, sino a alterar la percepción de que un hecho es inamovible”.
Si tomamos el ejemplo anterior de la reivindicación de la figura de Medusa en los tatuajes como una forma de adueñarse de la narrativa sin caer en la revictimización, el poder proviene directamente del movimiento. Lo mismo sucede con la Antimonumenta como una propuesta que nació en colaboración entre los colectivos y es representativa de la lucha feminista, además de ser un espacio de encuentro y sanación para amigos y familiares de víctimas de violencia.
En varias ocasiones, nuestro propio gobierno ha obstaculizado la lucha feminista e incluso ha cometido actos de violencia contra las personas que protestan, y por lo mismo, se ha generado un sentimiento de desconfianza y miedo hacia las autoridades. Así como para varios Medusa ha logrado desprenderse de la narrativa masculina impuesta desde tiempos mitológicos, ¿podrá nuestro gobierno desprenderse de la estructura masculina y la violencia histórica para acabar con la violencia contra las mujeres e iniciar los procesos de justicia?
